Clásicos Inolvidables (CXXIII): La voluntad, de José Martínez Ruiz, Azorín

08 febrero, 2017

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La voluntad (1902) es una novela insólita. Y desde luego, apesadumbrada. De un marcado y anticipador tono existencialista, la novela de José Martínez Ruíz, Azorín (1873-1967) es la representación de un estado de ánimo que unas veces se corresponde con el paisaje y otras, con los seres que lo habitan. Un panorama que, así mismo, unas veces emerge y otras se difumina, mientras se confunde con la nitidez espléndida del cielo (Primera parte, capítulo I). Como si el tiempo que recorre casas y campos fuera el silencioso pero elocuente protagonista de una serie de impresiones (se refieran estas a un ser vivo o no) que van de lo particular a lo universal, tratando de fijar, en su propia memoria, cada uno de los mil detalles con que se adorna la prosa, ¡casi al modo de un registro akashico local!

José Martínez Ruiz adoptó el seudónimo de Azorín en 1904, dos años después del éxito de La voluntad y, en menor medida, de Antonio Azorín (1903), precisamente por influencia de su propio personaje literario. Por eso, en su condición de innovadora, la novela es de un efecto retardado entre el público y la crítica literaria, en un país que, como muy bien advirtió Mª. Martínez del Portal (1930-2015) en su ejemplar estudio introductorio para Cátedra (Letras Hispánicas, 1997-2010), muchas veces pone los factores extraliterarios por encima de los literarios.

Fue Martínez Ruíz uno de aquellos grandes escritores que ayudaron a hacer evolucionar la novela, ya que, a las aportaciones teóricas y filosóficas, sin una trama argumental definida (lo que no quiere decir que sin un objetivo claro), incorporó unas determinantes innovaciones estéticas en forma literaria, y hasta pictórica, cercanas a un impresionismo descriptivo-psicológico. La obra consta de un prólogo, tres partes de distinta extensión y un epílogo. Una estructura que lleva aparejada el paso de la tercera persona (un narrador) a la primera (el personaje de Antonio Azorín), ya en la tercera parte.

En cuanto al epílogo, este se presenta en forma de tres misivas debidas a un conocido del protagonista. De hecho, ¡están firmadas por J. Martínez Ruíz y dirigidas a Pío Baroja! (1872-1956). Verdaderamente, si Azorín hubiera sido merecedor de una mayor atención académica, aún se seguiría hablando de las sorpresas y mecanismos que, con presteza, hemos atribuido a otros. Por ejemplo, en el capítulo XIV de la primera parte, el profesor Yuste alecciona a su discípulo Antonio sobre cuestiones literarias, deteniéndose en lo que debiera ser la novela. Luego incidiremos algo más en el carácter de ambos personajes.

Azorín, por Ignacio Zuloaga
En torno al precepto del eterno retorno de Nietzsche (1844-1900), por el cual todo pasa y se repite (capítulo III de la primera parte; capítulo V de la segunda), es reinterpretado o ampliado, más que tomado a secas, por Azorín. Para el escritor, el tiempo se expande, y no solo se limita a su repetición. El tratamiento del material temporal narrativo es multiforme, pues también salta de etapa en etapa (de la población manchega de Yecla a la estancia de Antonio Azorín en la capital del país). Un proceso que incluso afecta a la fama, de populosa a paupérrima, de los propios escritores, o de los artistas en general, y en el cual, los afanes regeneracionistas que no cuajan en la realidad, también son puestos en tela de juicio con indudable claridad (I: VI).

Sin duda, Azorín se hace eco de la repetición del tiempo, pero lo que no se suele tener en cuenta es que este atiende a esas otras características; también se puede desdoblar, siendo el mismo y distinto como la imagen de un espejo (I: III). Su novela es un monumento a las rutinas más recoletas y enorgullecidas, y a las laboriosas y cotidianas labores que el propio tiempo termina por derribar, para volverlas a edificar con cada nueva hornada de seres humanos. Alguien observa. Y es el tiempo, que deambula por entre la pompa y la circunstancia, por entre lo que ya pasó a formar parte de la tradición (sea recordada o no) o es sombra del pasado (¡lo que incluiría el mismo hábito de la lectura!).

Es la parte más agraciada y agradecida del sentimiento de renovación de la Generación del 98, con demasiada frecuencia, pernicioso y amargado en exceso, por mucho que su justificación fuera el necesario suspiro por una España que volverá a ser poderosa (I: XIII). En el caso de Martínez Ruíz, esto se manifestó en un pasado de corte anarquista y en su dedicación como periodista inconformista, hasta que de lo libertario emergió un liberalismo más razonado y razonable. De enfant terrible a literato concienzudo, el escritor alicantino supo trocar las ideologías por los ideales, pese a que La voluntad aún muestre a un escritor escindido, reflejo impresionista de unos tiempos determinados y de su propia juventud.

No obstante, lo interesante es que La voluntad rompe con los esquemas de la literatura realista, compartiendo relevancia con otras tres novelas fundamentales y fundacionales, escritas en 1902: Amor y pedagogía, de Miguel de Unamuno (1864-1936), Camino de perfección, de Pío Baroja, y Sonata de otoño, de Valle-Inclán (1866-1936).

Montes de Calatayud, de Ignacio Zuloaga
Ahora bien, el símbolo que domina toda la novela, a pesar de mantenerse en un discreto off narrativo a partir de la segunda parte, es la construcción de una catedral, junto al recurso, señalado en el prólogo, de un diario inédito y anónimo. Un ámbito sagrado que, más que a causa de él, a pesar de él, destila un sometimiento confesional en el que tiene mucho que ver y decir el carácter adocenado de los habitantes del pueblo de Yecla. Más que tierra de misterios ancestrales, tal enclave parece el territorio de un atemporal maleficio.

Precisamente, la falta de voluntad popular o la facilidad de inserción grupal (religiosa o política) es lo que arrastra la individualidad de Antonio Azorín hacia la más pesarosa mansedumbre. La incapacidad de todo un colectivo es lo que se contagia. Razón por la que no es extraño que este doblegarse conlleve la casi inmediata pérdida de interés en la búsqueda del conocimiento por parte del protagonista. Pese a su prólogo, no parece haber preámbulos en La voluntad; tan solo epílogos. E interpretaciones que no conducen a ninguna parte salvo al estancamiento.

El esfuerzo detallista del autor resulta sobrecogedor: Azorín planta una cámara de cine en la que prevalece una imagen estática, soporte de palabras lentas, solemnes y abrumadoras (I: XVI) y de una religiosidad grave, adusta y castradora. Al término de lo narrado, Azorín personaje (al que paso a identificar en cursiva) ya ni siquiera es capaz de escribir; es decir, de llevar a cabo la que hasta ese momento ha sido su actividad más autónoma y plena. En cuanto al autor, otro rasgo definidor estriba en que este, antes explica cómo es la palabra de un personaje (el viejo clérigo Puche, por ejemplo), que da cuenta de aquello que dice. 


La lectura pormenorizada y psicoanalítica de la novela no es sencilla, por detallista e inmóvil, aunque dicha inmovilidad forme parte de un falso sosiego. Los interiores de tal quietud bullen, antes de agostarse por el (sin)sentir de una colectividad, intelectual y eclesiástica. En el caso de Azorín, ha de enfrentarse a una integración fisiológica y psicológica… indispensable para la absoluta igualdad ante la naturaleza (I: V), lo que contempla que el procedimiento de la fuerza se impone (es decir, la tiranía de la igualdad). Motivo por el que el profesor Yuste también niega el libre albedrío. Su determinismo sociológico lo convierte en uno de esos profesores sentenciosos y permisivos con lo suyo, que adoctrinan más que enseñan. El estilo discursivo y aleatorio del personaje así lo confirma. Lo que, a su vez, es motivo de que el joven Azorín asegure que pretender alcanzar su voluntad era como salir de un hoyo para caer en una fosa (como he señalado, sacralización e intelectualidad se confunden, VII), poniéndose además en evidencia los retruécanos dialécticos y demagógicos de la política (I: VI).

De tal manera, que Azorín carece de un criterio propio: lo ama todo, lo busca todo, y es definido como un solitario y un raro, en un clima donde la originalidad es lo que más difícilmente perdona el vulgo (I: VII). Siendo una pieza más de la vida resignada y mortecina con apariencia de verosimilitud que le toca contemplar, Azorín siempre está melancólico ante la presencia impasible y las sentencias de su amado maestro, abocado a un asumido fracaso ontológico. Salvo en su arranque de anti-pasividad en favor de su individualidad (al término de XI) o su comedida pasión por Justina (I: XI), relación que también se acaba frustrando, el joven literato nunca se encuentra eufórico. Más que indiferente, se muestra impotente. Su voluntad espontánea y libre es un lujo personal en unos tiempos, ¡ciertamente cíclicos!, en los que no se permiten las personalidades. Y aunque, a partir del capítulo XXVII, el muchacho se ve forzado a tomar algunas determinaciones por sí mismo, no es la de Azorín la única voluntad que muere en el intento de ser libre; también la de Justina (I: XXI). Al final, la presión socializante ha podido más.

Entre tanto, el pueblo languidece y se marchita, no solo a causa de una bochornosa tarde de estío o una apagada lluvia, sino bajo las abrasadoras elucubraciones de una retórica divagadora, nihilista y cariacontecida. Para el joven José Martínez Ruíz autor, el tiempo era ya una cosa bastante vieja.

Paisaje de Marcelino Santa María

Como ya he referido, en la novela, el tiempo se fracciona en varias partes, correspondientes a sendos segmentos vitales del protagonista (o protagonistas). En la segunda parte, Justina ya ha salido de la vida de Azorín, y este se dirige a Madrid, donde su voluntad acaba por disgregarse (II: I). Se ha producido un lapso de diez años, pero nada nuevo hay bajo el mismo sol. Al final, el joven regresará a su destartalado pueblo manchego, silencioso y triste (II: III), tras el legado de esta crónica biográfica y periodística, en consonancia con la descrita tristeza de un paisaje que, a ráfagas airadas, también se equipara con el propio arte, por medio de su visión fatalista. El espíritu de hastío del profesor Yuste se ha apoderado de Azorín como si de una transmigración de las almas se tratara (II: VII): una honda tristeza satura su espíritu (I: III). Es el culmen de una etapa (casi) definitiva, que queda sintetizada en el capítulo VIII (segunda parte), poco antes del recordado aniversario de Larra (1809-1837) (II: IX).

La tercera parte del libro se compone de fragmentos sueltos, escritos a ratos perdidos, por Martínez Ruíz. De este modo, la disgregación del personaje literario se traslada a la forma estructural de la novela. El autor se incorpora como personaje, participando de una serenidad y clarividencia intelectual que su correlato no tenía (al fin y al cabo, se trata de dos personajes distintos y no de un alter ego al uso).

¿A qué puede achacarse esta serenidad final?, se pregunta el autor. ¿Es la experiencia? ¿Es la decepción de los hombres y de las cosas? (III: II). Lo curioso es constatar cómo se va desligando la capacidad reflexiva de la ausencia de voluntad, como si estos fueran elementos antitéticos (III: IV). Lo cual, evidencia la personalidad escindida y escéptica del protagonista, mudable pero sometida, consciente de que una cosa es dudar y otra muy distinta renegar. Es por ello que considero el epílogo especialmente significativo. Abarca toda la novela. Toda una vida.

Escrito por Javier C. Aguilera


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