Clásicos Inolvidables (CXIX): El asno de oro, de Apuleyo

14 enero, 2017

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Qué personaje tan interesante debió de ser Apuleyo (125-170 d.C.). Nacido en el norte de África, pronto adquirió un relevante conocimiento de la filosofía platónica en Grecia, pasando más tarde a ejercer como abogado en Roma. Pero ahora viene lo interesante. En Alejandría fue acusado de practicar las artes mágicas, una relación con el ocultismo que relajó formando un matrimonio ventajoso y tranquilo, y pasando el resto de su vida en Cartago.

Representación de Apuleyo
Esto sucedía en tiempos de Marco Aurelio (121-180 d. C.), y al igual que el reflexivo emperador, Apuleyo fue siempre una persona cultivada, de tan curiosa como amplia formación. Por ejemplo, instruyéndose en la escuela estoica, esa corriente partidaria de la consecución de la virtud por medio del conocimiento del ser humano como parte integrante de un todo, sin por ello tener que sacrificar la individualidad (de la cual parte dicho conocimiento, como máximo valor de la felicidad), además de propugnar el contacto con la naturaleza, en detrimento de los aspectos más suntuarios (que no es lo mismo que “materiales”) de la existencia.

Circunstancia última que Apuleyo subvierte: el contacto con la naturaleza “a secas”, sea animal o vegetal, insólita o pedestre, no es para el protagonista de El asno de oro (Asinos aureus) sino una continua fuente de calamidades. Como lo es, en suma, todo lo que escapa a su control como individuo, o se contempla únicamente como un bien corporal, sin miras hacia algo más.

Lo cual no es impedimento para que Lucio, que a tal nombre responde nuestro personaje, busque y experimente el conocimiento por sí mismo. De hecho, si suponemos que cada uno tiene trazado su propio camino, pese a esporádicos rasgos de aparente libertad, el determinismo no puede ser algo igualitario en modo alguno. En cualquier caso, Apuleyo es consciente de la naturaleza que no se ve, y no solo de la evidencia de la percepción (o de la estrechez de su razonamiento, inevitablemente imperfecto).

Es por ello que Apuleyo participa de un panteísmo no entendido de forma arbitraria, como la exteriorización beatífica y mundana de una naturaleza ajena por completo a la divinidad (como se esgrime alegremente: no sabía que tal cuestión se pudiera demostrar con tanta rotundidad, ¡como si lo presuntamente creado por un dios, el que sea, dejara de estar vinculado, aún indirectamente, a dicho creador!).

Muy al contrario (como suele suceder con las desinformaciones con que uno se topa en determinadas bases de datos), este panteísmo estoico del que participa Apuleyo se nos muestra como la plausible manifestación de una totalidad cósmica o principio activo -llámese dios, logos, pneuma (en griego), spiritu (en latín), sustancia única, o como cada cual prefiera-, del mismo modo que la lógica, la ética y la física eran materias filosóficas interdependientes para los estoicos. Otra cosa sería la creencia en los demás dioses de la naturaleza o en el santoral, con sus respectivas idiosincrasias.

En cualquier caso, no comprender esto (o tergiversarlo) es desconocer la naturaleza estoica, donde los argumentos propios construyen el sistema y no al revés; así como negar la propia doctrina panteísta, por la que deidad y naturaleza son sustancias idénticas. Solo de esta forma el destino encuentra su lógica, además del carácter celeste de la propia naturaleza, cuya transformación energética, casi eterna, incluso ha demostrado la física moderna, dando la razón a los intuitivos sabios de la antigüedad.


La crisis económica, cultural y religiosa que el Imperio Romano padece a partir del siglo I d.C., así como las características expresivas de El asno de oro o Las metamorfosis, de un estilo cercano al barroquismo, con gran dominio del lenguaje, son aspectos bien sintetizados en la introducción de José Mª. Royo (-) para la edición de Cátedra, Letras Universales (1986-2008). La novela participa de la tradición narrativa helénica; es decir, es una obra de aventuras y de amor al estilo griego, y pertenece al género de la “milesia”, caracterizado por la ligereza y frescura del lenguaje, la rapidez y variedad de las situaciones costumbristas, y su adscripción a la doctrina estoica; como hemos visto, un elemento primordial en la formación del joven Apuleyo, que traslada sus inquietudes al protagonista. Más aún, la tabla de salvación individual frente a un abusivo y mastodóntico sistema imperial será precisamente la religiosidad del personaje; en este caso, las creencias egipcias.

Ello pese a cierto afán exegético por reducir los contenidos taumatúrgicos a un simple código narrativo desprovisto de cierta alma. Indudablemente, se trata de un molde genérico, pero lo que no comparto es que tan solo sea eso para el autor (se esté o no de acuerdo con él) y su protagonista; máxime, cuando anteriormente se nos ha explicado de forma procedente su implicación en determinados ámbitos mágicos y ocultistas (“este tipo de temas”) a través de su biografía. Resulta algo ridículo el pavor historiográfico y filológico a admitir la llamada ciencia de la magia o las creencias en lo sobrenatural como características constitutivas y hasta básicas en el ánimo y proceder de un autor, ya que estas se contemplan como peculiaridades poco serias. Aparte de que todo iniciado es conocedor de los riesgos del mal uso de sus conocimientos, y tanto Apuleyo como Lucio lo son; el primero por convicción, y el segundo, por curiosidad y accidente, en propias carnes.


Tampoco me parece convincente el tópico esgrimido de achacar el acercamiento a tales disciplinas esotéricas al hecho del deterioro de las creencias oficiales y la crisis de valores del hecho religioso (crisis a un nivel profundo, personal y colectivo las ha habido siempre, y las habrá mientras exista el ser humano). Tal argumentación sería válida dentro de un parámetro simplista de lo bueno contra lo malo. Por lo tanto, ¿hasta qué punto podemos considerar tales disciplinas totalmente ajenas a las concepciones religiosas de Grecia y de Roma? Lo cierto es que la religión romana se caracterizaba, precisamente, por admitir y asimilar un conjunto de cultos públicos y domésticos, incluidos los griegos, siempre que estos no atentaran contra la tolerante convivencia de los ciudadanos (unos misterios orientales de los que, confrontaciones aparte, participará el cristianismo).

Debemos escapar, por lo tanto, de unos restringidos puntos de vista (como el de relacionar la grandeza del héroe, por muy clásico que sea, a un origen social elevado en exclusividad), que pueden llegar a descontextualizar un texto. Una vez más, máxime cuando después se nos asegura que en el libro XI y último sobresale un intento de armonizar las formas religiosas grecorromanas con los incipientes misterios de las religiones orientales; una conclusión que compartimos plenamente.

A su vez, hay aspectos que casan mal con cierta crítica al individualismo: con la ironización del mal funcionamiento de las instituciones públicas, lo que precisamente se pone en solfa es la colectividad (“un orden extraño impuesto”); que en esto, el estoicismo refinaba con creces al cinismo. De hecho, no creo que la veracidad o credibilidad de lo narrado (la suspensión de la credulidad) redunde en contra del mensaje crítico de Apuleyo. Por el contrario, rasgo de modernidad es el enjuiciamiento de la realidad por medio de los mecanismos de la ficción y de la sorna (o de la semi-ficción). En este sentido, tampoco comparto la apreciación de Royo de que Lucio-Asno tan solo se limita a huir; en cualquier caso, su huida, es un ir al encuentro de… Lo que al introductor le parece “una socarronería contemplada con distanciamiento”, a mí me resulta un acercamiento a lo narrado por medio de la misma. Me parece que Apuleyo camina a buen paso sobre la senda abierta por Luciano de Samósata (125-181 d.C.). En la referida edición, justo es destacar que las notas a pie de página nos refrescan convenientemente la memoria en lo que a los mitos grecolatinos se refiere.


El desenfadado y apuesto Lucio se dirige de una forma directa al lector, al comienzo del primer capítulo. De igual modo, da paso a su narración, en la que el maleficio de una hechicera hacia un tal Sócrates (no confundir con el célebre filósofo) tiene por testigo a un viajante de comercio que, a su vez, relata el hecho al joven Lucio. Con la debida sugestión y punto de vista, el muchacho hace una notable gala de su imaginación al contemplar el entorno (comienzo de II), lo que es un modo muy eficaz de describir su propio carácter y disposición respecto al mundo que le rodea, visible e invisible. La suya es una particular forma de mirar, lo que ya particulariza al personaje del resto.

Todo ello, es importante recalcarlo, antes de que dé inicio su propio proceso físico de transformación (en criatura totalmente terrenal, por cierto; esto es, con los pies en la tierra, aunque dicha tierra no quede exenta del componente mágico, ya que es constitutivo de esta). Motivo por el cual Lucio presagia los acontecimientos por llegar: una sensación que me atormentaba (II). El chico se reencuentra con su tía Birrena, pero prefiere hospedarse en casa del avaro Milón, pese a que es advertido de que su esposa Pánfila es, así mismo, una hechicera. Razones no le faltan al instintivo y algo inconsciente Lucio, porque de este modo se permite gozar a troche y moche de la criada Fotis. Encuentros sexuales que desprenden un sarcasmo y vivacidad de corte erótico, que es retomado en el capítulo IX.

A partir de aquí, los episodios intrigantes y rayanos en lo asombroso se suceden sin abandonar el sentido del humor (la buena disposición de ánimo). Por ejemplo, cuando Tesifrón, un invitado de su tía, le narra su experiencia custodiando a un cadáver de igual nombre al suyo. Los difuntos son un botín codiciado por las brujas para sus mejunjes y encantamientos.

Representación de Eros y Psique
Antes de proseguir con la andadura del buen Lucio, quisiera llamar la atención acerca del animoso lenguaje poético empleado por el autor -y su protagonista- en muchas ocasiones. Como ya hemos señalado, así ocurre en determinados pasajes sobresalientes a inicios del capítulo II, y nuevamente a comienzos del capítulo III. Además, en El asno de oro, Apuleyo intercala (rasgo retomado por Cervantes [1547-1616]) el relato amoroso de Eros (Pasión) y Psique (Razón). Pero lo hace a modo de complemento y contrapunto moral del material narrado. Al no hallar el equivalente a su razón, Psique es consciente de que su atractiva belleza se marchitará sin amor, hasta que el elemento mágico, la divinidad en forma de Júpiter, intercede en su favor. Una tesitura compartida por Lucio y una característica de la novela alejandrina, donde la belleza y el amor eran sostenidos por unos personajes ideales en abstracto. Esto ocupa los capítulos IV (a finales), V y VI del libro.

El caso es que, en honor al dios de la risa, Lucio es juzgado por creer haber atacado a unos asaltantes a las puertas de la morada de Milón, cuando lo cierto es que estos son unos odres transformados por Pánfila (otra anécdota a la que Miguel de Cervantes supo dar la vuelta ingeniosamente). La transformación de Pánfila en ave y de Lucio en asno, al equivocar Fotis la fórmula de este último, hace que ambos conserven el entendimiento como personas, aunque queden privados de los gestos y la voz humana.

En compañía de unos malhechores auténticos, Lucio-Asno inicia unas involuntarias correrías al asalto de propiedades y poblachos, perpetrando el secuestro de una joven adinerada. Tras un frustrado intento de fuga (VI), el pretendiente de la muchacha acude al rescate haciéndose pasar por salteador, y es elegido jefe de la banda. Tras aturdirla con vino, rescata a su amada y de paso a Lucio. Pero no cesan los infortunios para el vapuleado protagonista, que es atado a la noria de un molino y sometido a una nueva tanda de vejaciones (VII).

Y de nuevo irrumpen las características fantásticas en la novela. Como cuando la joven Cárite recibe en sueños la visita de su amado Tlepólemo (VIII), vilmente asesinado por su primo Trasilio. Un fenómeno que se repetirá con la aparición en sueños de un molinero, protagonista de otro de los micro-relatos intercalados (IX), hasta el punto de que dos historias se suceden dentro de una narración en retrospectiva, al irse superponiendo las anécdotas. Es en este mismo capítulo noveno que, una vez más, Lucio se dirige al lector para defender su relato. El propio Lucio es también objeto de un sueño premonitorio (XI).

Aparte de que, tras recuperar su aspecto humano, por intercesión de la diosa Isis, se ve reclutado por este sugestivo culto. Una actividad que, como se nos anuncia finalmente, el chico compaginará con una exitosa dedicación en el foro romano. Lo que acontece, recordemos, sin perder el talante irónico. Entre cambios de dueños, Lucio prosigue su camino arduo con unos pastores hasta que es traspasado a un grupo de afeminados predicadores (que llevan a cuestas la efigie de una diosa), donde alguno de ellos simula estar poseído por un espíritu divino: Apuleyo es muy consciente de las deformaciones y patrañas, como si los hombres, en presencia de los dioses, en lugar de mejorar, tuvieran que enfermar y enloquecer (IX). En ningún otro capítulo se condensa mejor la iniquidad humana; el tono es mucho más agrio.

Tras desvelar y resolver el delito de una esposa que ha tratado de envenenar a su hijastro, un decurión enajena a Lucio a dos hermanos, cocinero y panadero, hasta que un nuevo propietario de Corinto vende los favores sexuales del sorprendente asno a una dama muy principal. Un descacharrante episodio de animalismo cuya singularidad es convertida en espectáculo público, aunque Lucio consigue escapar a tiempo (X). Finalmente, el significado de toda iniciación nos es advertido por el autor hasta tres veces, en el último de los capítulos. Este no es otro que el de morir para volver a nacer (es decir, renacer no solo orgánicamente, sino espiritualmente).

Representación de Isis
De este modo, El asno de oro no solo divierte, sino que hace pensar en cómo la razón del ser humano no puede estar completa hasta que se adentra en el entendimiento más amplio de una razón universal, negándose a divorciar de esta la ética de la naturaleza humana. Para el estoico, la moralidad procede del control deífico de la razón (que no todos alcanzan), de tal modo que, incluso los tropiezos y padecimientos pueden estar sujetos a un plan o estructura mucho más amplios.

Solo la propia felicidad queda bajo el control de los hombres; no así su parte en el funcionamiento global del universo. Para el iniciado Apuleyo y su protagonista, los fenómenos físicos y esotéricos muestran un interés en tanto manifestaciones de la naturaleza racional de dicho universo, adscrito a un continuo ciclo de cambio.

Escrito por Javier C. Aguilera


2 comentarios :

  1. hola! gran contenido y de lectura que exige cuanto menos bastante atencion, me encanta tu reseña pues resumes algo que parece extenso y lleno de detalles curiosos, eso de cuidar el cadaver... y demas. te compartimos y saludamos.

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  2. Gracias a todos por vuestra atención, y especialmente a Búho por su interés.

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