Paula, de Isabel Allende

04 octubre, 2016

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Hay una conexión mágica entre las historias que nos narran nuestros padres y el presente que vivimos. Llegamos al mundo in media res y debemos adaptarnos, descubrirlo por nosotros mismos, pero nuestra familia suele ser la que primero nos descubre los antecedentes, las anécdotas que conforman todo un rompecabezas de personas que conocemos en otro punto de sus vidas o de otras que en realidad nunca llegaremos a conocer. No podemos evitar sentirnos identificados con esos sucesos que de alguna forma tuvieron repercusión en nosotros, aunque no estuviéramos allí por la mera imposibilidad de la no existencia. Sin embargo, después nosotros nos convertimos en transmisores de esos recuerdos. Otros vendrán y seguimos con ellos el vínculo.

Seguramente sea mucho lo que se pierda, fruto de la erosión de la memoria, pero también irán surgiendo nuevas y únicas historias. Así ha sido siempre. Y así el ser humano ha ido creciendo. No nos resulta ajeno encontrarnos con una voz que nos habla con naturalidad, aunque con cierta belleza literaria innegable, como si hablara en confidencia de esas historias familiares. Es cierto que nosotros no somos Paula y que seguramente nunca ocuparemos el lugar que ella dejó, pero la voz que le narra a ella también se abre a nosotros.

Quizás por eso sentimos que estamos ante una voz auténtica, más cercana que nunca, que rompe con la ficción aunque a la vez creamos que es ficción. Dudamos porque viene entre páginas de un libro. Pero son las mismas historias que hemos vivido o que nos han contado. Esto es lo que se deja ver en Paula (1994), de Isabel Allende (1942-). La escritora chilena llegó al mercado editorial con su obra más conocida, La casa de los espíritus (1982), tras su trayectoria como periodista humorística y directora de una revista infantil. Desde entonces, ha gozado del favor del público con sus siguientes novelas, como De amor y de sombra (1984), la trilogía juvenil Las memorias del águila y del jaguar, que recopila sus novelas La ciudad de las bestias (2002), El reino del dragón de oro (2003) y El bosque de los pigmeos (2004), y también sus obras autobiográficas, entre las que encontramos la que hoy reseñamos, Paula, o la más reciente La suma de los días (2007).


Hace once años escribí una carta a mi abuelo para despedirlo en la muerte, este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida. (pág. 19)

De manera general, a pesar de su éxito, la crítica especializada u otros autores han considerado a Allende como una escritora más bien mediocre, considerándola una imitación menor del estilo de García Márquez (1927-2014), sobre todo por la novela con la que debutó, que se inserta en el realismo mágico. Lo cierto es que como ella misma declara, no suele preparar en exceso sus obras, sino que se deja llevar por las mismas. La casa de los espíritus, como revela en Paula, surgió como desarrollo de una carta dirigida a su abuelo, cuando este estaba a punto de morir. Por así decirlo, las experiencias vitales de Allende unidas al estilo que había desarrollado en su trabajo como periodista la llevaron al mundo de la ficción, pero una ficción que parte irremediablemente de sus experiencias vitales, al menos en origen. En el caso de Paula, esta es directamente su historia.

Paula
El origen de esta obra autobiográfica es la enfermedad de su hija Paula, a la que se dirige de manera epistolar a lo largo de la narración. Cuando su hija cae en un largo coma del que ya no regresará, Isabel se refugió en la escritura para contarle lo que no había compartido con ella: la historia de sus abuelos, de sus padres, cómo fue la relación con su primer marido, el padre de Paula, y cómo vivió los acontecimientos más importantes de su vida, como el golpe militar en Chile o el posterior exilio.

Ambas líneas temporales se van dando la mano a lo largo del libro entrecruzando la dolorosa evolución sanitaria de Paula, con las vivencias en el hospital, los compañeros de habitación, las conversaciones con la familia y con el marido de Paula, con la narración de la vida de Isabel desde su infancia hasta el momento actual, ofreciéndonos en muchos casos las claves del origen de su primera novela, dada la correspondencia entre la historia familiar y la ficción de aquella obra, y sus diferentes reflexiones en torno a acontecimientos sociales e históricos.

Como sucede con algunos libros, el lector se sentirá como un observador morboso, una persona que no estaba invitada en origen a recibir esta historia, pero que no puede seguir avanzando, conviviendo con los sentimientos de la narradora y percibiendo la tragedia, pero también las alegrías, las incongruencias, la vida que desprende sus hojas. Mientras leía Paula no pude evitar recordar una obra similar en el tono que había leído tiempo atrás, El club de lectura del final de tu vida (Will Schwalbe, 2012), en tanto que se narraban precisamente vidas en un momento de desahogo ante la enfermedad y muerte de un ser querido. En este caso, el de una hija, en aquel, el de una madre. En estas circunstancias, más allá del mérito literario de estos libros, lo que subyace es ver reflejado nuestro propio dolor, nuestros propios pensamientos, escritos por otra persona, aún cuando no hemos vivido una situación semejante.

Isabel Allende en el año del golpe militar, 1973
La casona familiar, encantadora cuando ella la presidía, con sus tertulias de intelectuales, bohemios y lunáticos, se convirtió a su muerte en un espacio triste cruzado de corrientes de aire. [...] Con la muerte de mi abuela se vaciaron las jaulas de pájaros, callaron las sonatas en el piano, se secaron las plantas y las flores en los jarrones, escaparon los gatos a los tejados, donde se convirtieron en bestias bravas, y poco a poco perecieron los demás animales domésticos [...] (pág. 39)

Paula se convierte en un diálogo cómplice donde cabe todo, aunque suponemos que Allende se guarda secretos, lo cierto es que acaba por contarnos momentos de extrema delicadeza: el acoso del que fue víctima cuando era niña, la presión y la amenaza que sintió sobre sí y sobre su familia durante la dictadura, los continuos robos de los que fue víctima, las casualidades por las que llegó a tener un trabajo a pesar de no estar en la mejor predisposición para el puesto o la petición de su abuelo de que, llegado el momento, le ayudase a morir. Idas y regresos a momentos oportunos que provocan que más allá del hilo conductor cronológico que habitualmente se sigue, sintamos en la obra una coherencia que se asemeja a la conversación personal, con algunos saltos temporales tanto hacia delante como hacia atrás en torno a momentos concretos. Todo ello unido a la narración del presente, dedicado al dolor y a la impotencia del proceso al que se vio sometido Paula hasta la muerte y, sobre todo, hasta que Isabel aceptó que no había marcha atrás para su hija.

El libro presta atención a diversos temas derivados de las vivencias de la narradora, incluyendo algunos comentarios con los que se podría debatir. Entre los temas que se tocan está el feminismo, centrada sobre todo en la situación en su país y que atraviesa de manera transversal otros subtemas, como la educación o la situación laboral; la política y el histórico golpe de estado chileno, con la muerte de su tío (primo hermano de su padre) Salvador Allende (1908-1973), incluyendo a los hechos históricos notables algunos cotidianos que ella misma vivió, como el entierro de Pablo Neruda (1904-1973); algunas menciones metaliterarios, como la forma en que crea historias o el trato con su agente, la célebre Carmen Balcells (1930-2015); las relaciones de pareja y familiares o la crítica a ciertos aspectos sociales de otros países, como el caso de la España de principios de los noventa o la Venezuela de los setenta. También hay espacio para las consideradas medicinas alternativas o para la vida naturalista.

Salvador Allende
Sin duda, se trata de una obra de gran intensidad humana, devastadora no solo en la enfermedad, sino también en el punto al que puede llegar el ser humano dominado por el poder. Paula parece una narración sincera y madurada cuyo valor reside más en el testimonio que en su aparato literario. Ello no le resta nada, dado que no se trata de una obra que lo pretenda, simplemente se lee con facilidad y hasta con cierta desazón cuando se va acercando el final. No en vano hemos entrado en contacto con una voz real, sincera, convencida de sus palabras, que lanza estas páginas a un mar de lectores como quien grita al aire para encontrar alivio. Puedes no estar de acuerdo con lo que diga, puede que no te guste el estilo, puede que no creas sus palabras, pero no le falta valentía y alma. Eso, al menos, hay que reconocérselo.

Escrito por Luis J. del Castillo


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