Clásicos Inolvidables (CVIII): Niebla, de Miguel de Unamuno

19 agosto, 2016

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Cuando hablamos de Miguel de Unamuno (1864-1936) solemos referirnos a un autor de la conocida como Generación del 98 que deslumbró intelectualmente y consiguió introducir algunos términos que aún perduran, como el de intrahistoria o sus personales nivolas. Pero, sin duda, estamos ante un escritor que bebe de los últimos debates del pensamiento de su época, de la filosofía del momento. Al contrario que narradores natos, como su coetáneo Pío Baroja (1872-1956), la literatura de Unamuno parte de tesis y temas profundos con los que pretende otorgar su propia visión sobre cuestiones humanas y filosóficas. Cuestiones que le afectaban personalmente y sobre las que meditaba en su vida rutinaria.

Quizás en intención no se aleja de la corriente del naturalismo, en tanto que en muchas ocasiones plantea su obra narrativa a partir de un propósito casi científico: comprobar cómo se desarrollan los acontecimientos en torno a una hipótesis. Pero su forma de proceder y el pensamiento que sustenta la mayoría de sus obras son muy distantes del naturalismo, rompiendo en varias ocasiones con el realismo imperante y empleando el argumento narrativo para defender o plantear algunas de sus ideas.

Así, Unamuno realiza filosofía literaria, plasma sus resoluciones, creencias y crisis en lo que escribe. En Amor y pedagogía (1902) muestra el pesimismo y el fracaso del positivismo, en San Manuel Bueno, mártir (1930) se acerca a la cuestión de la fe, o de la ausencia de fe, se adentra también en el tema de la maternidad, recurrente en su narrativa, con La tía Tula (1921), e incluso escribe metaliteratura con Cómo se hace una novela (1927). Y así llegamos a Niebla (1914), la nivola, como él la denominó por primera vez, igual que hiciera Valle-Inclán con el término esperpento en Luces de bohemia (1920) o en Los cuernos de don Friolera (1921), que hoy comentamos.

Detalle de la portada de la edición del centenario realizada por Ediciones del Viento
Su argumento base, en relación al conjunto de hechos que se narran, parece sacado de una comedia romántica: Augusto Pérez despierta al amor por culpa de los ojos de Eugenia Domingo del Arco y trata de convencerla de que sea su pareja con el beneplácito de su tía Ermelinda y la atenta mirada de su tío Fermín, aunque ella tiene un novio haragán, Mauricio, del que está enamorada. Desdichado por su situación, Augusto trata de estar cerca de Eugenia, pero sobre todo de aprovechar el descubrimiento que ha logrado gracias a ella: el amor. Sobre este y otros temas divagará consigo mismo y con otros personajes, como sus criados, su amigo Víctor o su perro Orfeo.

Sin embargo, a pesar de este argumento sencillo, la obra esconde, como es habitual en Unamuno, toda una serie de reflexiones existencialistas esparcidas en la conciencia del protagonista, a veces saltando de tema en tema hasta que finalmente alguno se impone con mayor fuerza, como será el caso del amor, aunque habrá sitio para cuestiones como la maternidad y las relaciones maternofiliales, usual en el autor bilbaíno, la ciencia de la época, incluyendo la crítica a los falsos eruditos, o la duda sobre la realidad de nuestra existencia, recurriendo aquí habitualmente a la cita de Hamlet (William Shakespeare, 1601) o al pensamiento de Descartes. No obstante, hay que señalar que a pesar de que puedan parecernos temas serios, el autor suele banalizarlos, tratándolos de forma superficial o en tono paródico. Incluso el protagonista es ninguneado por el comportamiento más realista de Eugenia, mientras él suele divagar sobre estos temas sin tener realmente conocimientos en que apoyarse. De esto se traslada una evidente crítica a la actitud de la sociedad de su momento.


¿Por qué el diminituvo es señal de cariño? -iba diciéndose Augusto camino de su casa-. ¿Es acaso que el amor achica la cosa amada? ¡Enamorado yo! ¡Yo enamorado! ¡Quién había de decirlo!... Pero, ¿tendrá razón Víctor? ¿Seré un enamorado ab initio? Tal vez mi amor ha precedido a su objeto. Es más, es este amor el que lo ha suscitado, el que lo ha extraído de la niebla de la creación. (pág. 99)

A todo ello debemos incluir un giro final que rompe con los esquemas de la ficción realista. Se aprecia aquí de forma evidente la huella de Miguel de Cervantes (1548-1616), si acaso no era notable en la parodia de una historia sentimental, de quien toma muchos recursos y al que incluso se refiere en esta obra: el uso de los distintos niveles de narradores, incluyendo al prologuista, la inclusión del autor de la obra dentro de la propia novela o la inserción de breves historias ajenas insertas por intervención de otros personaje. En este sentido, podríamos incluso referirnos a cómo Unamuno expone una metaliteratura, reflexionando sobre los límites formales de la novela en su época al romperlos o, incluso, cuando los personajes, especialmente Augusto, comienzan a plantearse si son personajes de ficción o reales. Incluso el autor plantea que realmente la historia se completa, como muchos aceptan hoy, en la mente del lector, y no en la del autor, por lo que realmente no mueren, sino que perviven y persisten ajenos a la propia vida de quienes los creó. Pero más allá de eso, llega a plantearse si acaso nuestra propia vida, que consideramos real, sea en realidad ficción inventada por otra persona.

En realidad, no podemos negar que realmente somos seres de ficción en boca de otros, como cuando Ermenilda y Eugenia, más terrenales y materialistas, debaten sobre Fermín, el anarquista místico (sin duda, de los personajes más curiosos, contradictorios y cómicos de la nivola), como si fuera un personaje de ficción. Incluso el prologuista ficticio, Víctor, osa contradecir y criticar algunas de las cuestiones planteadas en la novela, por lo que recibirá la sutil amenaza de Unamuno en tanto que a él le puede esperar el mismo destino que a Augusto; es más, el propio autor se convierte en personaje de su ficción. Así, don Miguel no se limita a referir de forma velada la ficcionalidad del prologuista y, por tanto, su muerte factible, sino que realiza una autorreflexión equiparando su vida real con la de estos personajes ficticios, comparando la futilidad de la existencia de unos con la de otros, lo que nos arroja ya desde el principio un tono trágico y existencialista a pesar de las apariencias.

Hijo del hombre (1964), de René Magritte
-Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a uno olvidar que existe. Hay quien se hunde en la lectura de novelas para distraerse de sí mismo, para olvidar sus penas...
-No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que exista. (pág. 251)

Cabe comentar que la concepción de la propia vida como materia de ficción, incluso considerándose un personaje, sería una técnica empleada por algunos poetas de la segunda mitad del siglo XX, como Gil de Biedma o por algunos adscritos a la poesía de la experiencia, caso por ejemplo de Luis García Montero, que les sirve precisamente para enfrentarse a sí mismos o para reflexionar en torno o a partir de una anécdota personal. En este sentido, Niebla podemos considerarla una novela en continuo diálogo o acaso monólogo. Como describe Víctor, una nivola evita la "paja", como él mismo denomina, esto es, por ejemplo, las descripciones tediosas, para centrarse por tanto en el mensaje, que no es más que diálogo. Capítulo a capítulo avanzamos ensimismados en el diálogo de Augusto consigo mismo, generalmente estructurados en forma de soliloquio, aunque en ocasiones Unamuno opta por el monólogo interior, es decir, la unión de pensamientos que se entrecruzan como lo hacen realmente por nuestras cabezas.

Por ejemplo, dentro de una reflexión sobre el amor del personaje, que se debate entre si está enamorado a causa de haber visto a Eugenia o porque el amor ya estaba en él de antes, se entrecruzan oraciones relativas a los movimientos de ajedrez que debería haber realizado para no perder en la partida de capítulo anterior o a cosas más fútiles, como los rótulos de la ciudad. Quizás podemos decir que estamos aquí ante un monólogo interior en contenido, dado que no va más allá formalmente: las oraciones marcan el principio y el final de todos los pensamientos entrecruzados, por lo que es fácil descartar unos y unir otros para que todo cobre sentido de una forma sencilla.

El pozo, de Juan Nicieza Lavilla
La niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce. Todos esos sucesos cotidianos, insignificantes; todas estas dulces conversaciones con que matamos el tiempo y alargamos la vida, ¿qué son sino dulcísimo aburrirse? (pág. 103)

Siguiendo con el tema del amor, este es primordial hacia la mitad de la novela, cuando comienza el contacto directo entre Augusto y Eugenia, llegando a plantearse qué es el amor o si acaso se está enamorado o se cree estarlo. El juego romántico que plantea Unamuno acaba por hablar de celos, de traición y, por supuesto, de engaño y decepción. Incluso podemos mencionar esa locura en la que se ve envuelto Augusto hacia todas las mujeres, llegando incluso a admirar los rasgos de su criada Ludivina.

Pero al final, no nos parece más que una trama excusa, dado que la conclusión de la obra se centra más en su carácter existencialista que en el romántico, como venía sucediendo a lo largo de su lectura. El propio título de la obra reivindica este aspecto: la niebla está presente en el mundo interno de Augusto, una niebla que es duda, la duda sobre el propio ser, sobre la propia realidad y la angustia que ello supone.

Saliendo del baño (1915), de Joaquín Sorolla
-Empezarás creyendo que los llevas tú, de tu mano, y es fácil que acabes convenciéndote de que son ellos los que te llevan. Es muy frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones... (pág. 176)

Otro de los temas tratados, como mencionábamos al principio, es el de la maternidad y la paternidad. Podemos mencionar dos puntos importantes en relación a esta temática. El primero es la relación de dependencia entre Augusto y su fallecida madre, un punto de referencia reiterado en la novela a partir del recuerdo del protagonista, de su nostalgia e incluso de cómo su comportamiento está marcado por el apego y la dependencia materno-filial, reforzada incluso por algún personaje que le aconseja buscar una madre en sus amores.

El segundo lo encontramos en las conversaciones con Avito Carrascal, personaje protagonista de Amor y pedagogía (1902) que se introduce aquí siguiendo quizás el ejemplo de las novelas-río realistas, y Víctor, que funcionan entre sí en principio como personajes espejo, mostrando uno el anhelo de recuperar a su hijo y el otro el rechazo a ser padre, de forma similar a la relación que podemos encontrar entre Augusto y Tula, protagonista de otra novela posterior de Unamuno, La tía Tula, que no aparece en Niebla, en tanto que el primero muestra de forma continua un deseo implícito de recuperar a su madre y la segunda la necesidad de tener hijos, aunque no sean suyos, satisfaciendo su deseo de maternidad.


Y esta es mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quién sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte [...]? (pág. 177)

El resultado de leer Niebla es encontrarse con la rebeldía del protagonista, un ente de ficción, hacia su determinismo, a pesar de ser una lucha desigual, siendo equiparado a la lucha entre el hombre y dios. No obstante, para llegar a esta conclusión, atravesamos un pesaroso y denso camino de idas y venidas amorosas, reflexiones y diálogos con un protagonista que no deja de ser un hombre frágil, monótono y aburrido, cuya mayor ocupación es precisamente dedicarse a alimentar su monólogo y conversar consigo mismo, pasear y descubrir, por casualidad, el amor, pero el amor como una ideología cualquiera que, al final, no acaba más que despojándolo de sí mismo.

Resulta evidente que Miguel de Unamuno establece el texto de acuerdo a sus pretensiones, pero lo oscurece con saltos temáticos y profusos monólogos dando la sensación de estar ante una obra indecisa en su desarrollo, aunque no en su conclusión, que sin ser evidente, dado que precisamente rompe con los moldes de la novela como se entiende popularmente, es coherente con lo planteado. Y aunque seguramente haya obras más centradas de Unamuno, esta es, sin duda, su nivola más elaborada y en la que plasma en gran medida todas sus grandes inquietudes, que no dejan de ser inquietudes que todos compartimos.

Escrito por Luis J. del Castillo




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