Los pájaros y otros relatos, de Daphne du Maurier

23 julio, 2015

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Tengo tres teorías, pero ninguna de ellas puede ser cierta (Monte Veritá).

Un ciclo de la naturaleza que se altera, un salto en la evolución; tal vez, un cambio debido a las alteraciones del clima global y sus efectos sobre el medio ambiente. O tal vez estemos asistiendo a la siguiente etapa por el control del planeta; existimos en un mundo de inesperadas posibilidades.

Daphne du Maurier
Los relatos de la escritora británica Daphne du Maurier (1907-1989) siguen vivos. Su prosa asequible y directa nos evoca tiempos pasados y nos anticipa mundos probables. Buena muestra de ello la encontramos en la selección Los pájaros (The birds and other stories, 1952; Biblioteca Grandes Clásicos, Orbis, 1984; Best Sellers Planeta, 1985). De hecho, no solo es el ser humano el que evoluciona. Los pájaros lo hacen en el relato homónimo, como conscientes de su papel en el mundo por primera vez.

Pero el sentido del detalle de la autora no se posa únicamente sobre el peculiar comportamiento de las aves, también comporta a otros elementos de la naturaleza, como el mar, el viento… un todo que está a punto de ver quebrada su ancestral armonía. Estamos asistiendo a los prolegómenos de un enfrentamiento entre dos instintos, aves y humanos, que en realidad son uno solo: el instinto animal.

De este modo, el aparcero Nat Hocken contempla con asombro una de las conquistas más sorprendentes de esa rotura de equilibrios. Los atacantes pertenecen a todas las especies de aves, a todas las familias, y como los seres humanos, pueden albergar una meta común: aniquilar a sabiendas.

Eso sí, actuando como una unidad, sin distinción de rangos. Una posibilidad que se va materializando suceso a suceso.

Pero a esta amenaza, la autora contrapone la igualmente inquietante ausencia de aves en el paisaje. No había ni rastro de los pájaros (…) no se oía ningún sonido, solo el ruido del viento y del mar.

Una vez que se ha perfilado dicho desafío con el asedio a la familia Hocken, sobreviene el suspense de la incertidumbre, la inquietud de la espera y el aislamiento (los medios de comunicación no han dejado de funcionar, pero sí de transmitir). Puede que solo el más hábil o resistente sobreviva; al final, siempre la naturaleza prevalece.


El Monte Veritá que da título al siguiente relato, es un emplazamiento misterioso y de difícil acceso, y no solo geográficamente. Muchos recordamos a Du Maurier como la gran autora de Rebeca (1938) y como la creadora de uno de los mejores arranques que ha tenido una novela. Característica que se traslada a Monte Veritá, donde un personaje relata, en primera persona y mediante un salto temporal o flashback, qué es lo que sucedió en aquel lugar recóndito; cómo semejante emplazamiento pudo alterar de forma tan determinante la existencia de tres personas, con la vida prácticamente resuelta.

En su léxico expositivo, más cuenta el narrador los hechos para sí mismo, a modo de recapitulación o plasmación sobre el papel, “a todo aquel que pueda interesar”, que al propio lector. Para los protagonistas, todos ellos aficionados a la escalada y el montañismo, la constatación de una nueva cumbre apenas explorada es todo un reto, que “esta ahí” como un ente vivo; incluso, como una gran diosa blanca que reclama a sus hijos.

A ello se suma el influjo -¿natural?- que unas personas ejercen sobre otras, como les sucede a los destinatarios de esta experiencia, que ocupa el tiempo que dura una vida. El narrador va encadenando sucesos que escapan a toda normalidad, y cuyo epicentro es la flamante esposa de su amigo Víctor, a su vez, una de esas personas capaces de contemplar uno de esos “otros mundos que están este”.

Storm in the mountains, Albert Bierstadt
En definitiva, cada individuo ha de fluir por su propio cauce, y aunque continuamente vea interrumpido su discurrir, una vez que se ha cruzado con otros afluentes, siempre acaba por perderse en medio de la bruma. El desafío consiste en que esas confluencias pueden terminar por influenciarnos de forma definitiva, para siempre. En el Monte Veritá subsisten religiones postergadas en los pliegues de la historia; perdura la representación de uno de esos cultos iniciáticos, custodiados en palacios inexpugnables.

Nadie es capaz de ver a sus moradoras ir o venir a lo largo del relato; sencillamente, están ahí, fundidas con los elementos de la naturaleza. Pero como tendrá ocasión de comprobar nuestro protagonista, el paraíso interior ha de buscarlo cada uno, no lo proporciona un lugar, sino una actitud. Una calculada ambigüedad que reviste el relato con una pátina de contingencias y zozobra, magníficamente orquestadas por la autora.


En El Manzano la narración pasa a tercera persona: la identificación o empatía con el sujeto de los hechos ya no es la misma, aunque seguimos sin conocer el nombre del protagonista de la historia. La rutina se ha instalado en la vida matrimonial de una pareja de mediana edad, que habita en las afueras de Londres. Él está jubilado, ella es una abnegada ama de casa.

A la excelente y devastadora exposición de sus detalles cotidianos, le sigue la autosugestión, focalizada en uno de los árboles del jardín, al que se le otorga vida propia. Pero no la que le corresponde. Y es que, una vez más, continuamos en el terreno de lo inverosímil e inexplicable (en cualquier caso, una ambigüedad palpable, no meta-literaria). Una dimensión en la que los acontecimientos bien pueden ser el producto de la citada sugestión del protagonista, como perfectamente reales… (La leña que provoca un olor nauseabundo al ser quemada, pero que solo esa persona puede percibir).

Curiosa identificación de caracteres y voluntades, o transmigración entre dos materias aparentemente distintas, la humana y la vegetal (de nuevo la naturaleza como un ente compacto). O puede que solo el resultado de la culpa del cónyuge superviviente; unos acontecimientos que, de cualquier modo, no alcanzan a comprender la asistenta o el jardinero…


En El pequeño fotógrafo, una condesa consorte (el noble es el marido), de probada belleza, ha logrado ahuyentar el horizonte de una vida anodina y provinciana, aunque lo cierto es que la está padeciendo de igual modo, a pesar de todas las comodidades que le proporciona su ventajosa unión. Al menos, hasta que surge la oportunidad capaz de alterar todo su entorno de perfecciones. El retrato del joven y lisiado fotógrafo, que le revela ese simulado ambiente, durante su monótono retiro estival, es la propia imagen de la pureza, de todo aquello que ella parece haber perdido irremisiblemente…

A continuación, en el sorprendente Bésame otra vez, desconocido, regresamos a la empatía del relato en primera persona. Chico conoce a chica en un cine. Juntos vivirán su propia película, aunque el lector se sorprenderá del género que finalmente adopta. La escritora sabe jugar muy hábilmente con ese “cambio de registro”, y su prosa se adecúa a la perfección a la naturaleza noble e imaginativa del protagonista, un joven mecánico que ha regresado de la guerra.

Por ello, y aunque finalmente a uno siempre le pueda alcanzar la realidad, al muchacho lo que le gusta son las películas que no reflejan la vida real; irónica circunstancia que le pone en relación con una atractiva y enigmática acomodadora. En este caso, tampoco conocemos el nombre de ninguno de los dos personajes. En realidad, sus nombres pueden ser múltiples.


Anónimos serán también los componentes de una familia gobernada por un matrimonio mayor, en el relato que cierra la presente antología, El anciano. Considerablemente más corto, pero no por ello menos intenso, la narración se encamina hacia una conclusión de corte alegórico, rayana en lo fantástico, que naturalmente no desvelaré.

Está relatada por un convecino, o testigo de los acontecimientos que, al describirlos, parece estar respondiendo a las preguntas de otro individuo, que está fuera de escena (esto es, igualmente anónimo).

Escrito por Javier C. Aguilera




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