Regreso al futuro I, de Robert Zemeckis

22 octubre, 2013

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Considerada por muchos como un film de culto a finales de la década de los ochenta, Regreso al futuro (Back to the future, 1985) tiene un recuerdo especial en la memoria de todos aquellos que hayan disfrutado de esta trilogía. La primera película, de la que hoy hablamos, causó un gran impacto entre generaciones de niños y jóvenes de la época que descubrían el cine por primera vez y el acercamiento del resto del público a la ciencia ficción. Y es que incluye lo mejor de la ciencia ficción, el cine adolescente, la acción y la comedia, ofreciendo al espectador una experiencia diferente y que no resulta decepcionante en los géneros que abarca. Por ello, la trilogía se instauró en la memoria del público y en la cultura popular de los años 80 como un icono cinematográfico más.


Frases como «¿Eres un gallina McFly?», «¿Has construido una máquina del tiempo con un DeLorean?» o momentos cinematográficos tan emocionantes como la energía del rayo que cae en el reloj y que hace despegar al DeLorean, permitiendo a Marty volver a casa, forman ya parte de la historia del cine, convirtiéndose en un referente para cualquier película posterior que abordase los viajes a través del tiempo. Sin embargo, antes de ella hubo otros films de este estilo, como El tiempo en sus manos (1960) y Los pasajeros del tiempo (1979).

Dirigida y escrita por un entonces joven director, Robert Zemeckis [¿Quién engañó a Robert Rabbit? (1988), Forrest Gump (1994), Náufrago (2000)], la película estaba producida por Steven Spielberg, quien sabría sacar un gran partido a la ciencia ficción en la década de los 80. Protagonizada por un también jovencísimo Michael J. Fox (Marty McFly), en el reparto le acompañaban actores como Christopher Lloyd (Emmett Brown), Lea Thompson (Lorraine McFly) y Crispin Glover (George McFly). Con el paso de los años, y en parte por su condición de obra de culto, el espectador ya no puede  imaginar al personaje Marty McFly con otra imagen que no sea la del carismático Michael J. Fox, o al Dr. Emmett Brown sin la expresividad y creatividad del asombroso y camaleónico actor Christopher  Lloyd. Ambos, sin duda, son la esencia de la película gracias a sus logrados papeles y quienes han conseguido que esta película tenga el mítico recuerdo que hoy día tiene, ganando caché con los años y envejeciendo de manera sublime tras haber pasado más de 25 años de su estreno.


La idea original para la película nació de una forma casual por parte de uno de los guionistas de la misma: Bob Gale. De visita en casa de sus padres encontró un anuario de su padre perteneciente a su época de instituto. Descubrió que su padre había sido delegado de su año de graduación, y se sorprendió al comprobar que él mismo ni siquiera había conocido al delegado de la suya. Entonces se le vinieron a la cabeza preguntas como «¿Hubiéramos sido amigos si hubiésemos compartido instituto?» o «¿Cómo hubiera sido conocer a mis padres siendo jóvenes?» Tomando esta idea como referencia, Bob Gale y Robert Zemeckis se pusieron a trabajar en un guión a principios de los años 80, aunque tendrían problemas para encontrar unos estudios para producir la película y, por ello, el estreno se retrasó hasta 1985.

Marty McFly es el típico adolescente estadounidense de los años ochenta. Popular, jovial y siempre pegado a su monopatín. Un día, es transportado al año 1955 por un accidente ocurrido mientras probaba una máquina del tiempo diseñada por su amigo el doctor Emmett Brown. Durante su histérico y asombroso viaje al pasado, Marty presencia el momento en el que sus padres se conocen y se enamoran. Pero debe tener mucho cuidado de no entorpecer el curso de los acontecimientos, esquivando multitud de obstáculos y dejando que todo ocurra tal cual sucedió. De lo contrario, ni él ni sus hermanos nunca nacerán.


Regreso al futuro es, probablemente, una de las películas más divertidas y entretenidas de la historia del séptimo arte. Para aquellos en las que las segundas partes nunca fueron buenas, Regreso al futuro II (Back to the future II, 1989), aunque no consiguiera la repercusión que provocó el impacto de la primera, es una más que digna sucesora, al igual que el film que cierra la saga (Back to the future III, 1990). Una trilogía que, sin pretenderlo, marcó una generación. Ni siquiera sus creadores pensaban que habría posteriores secuelas tras ella. Pero a ellas ya regresaremos en un futuro no muy lejano.


Escrito por Mariela B. Ortega




Origen, de Christopher Nolan

20 octubre, 2013

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Cartel del film
En un cruce entre un thriller y una película de ciencia ficción, Origen (Inception, 2010) nos traslada a la vida de Dom Cobb, un experto en obtener información, como cualquier espía, mediante los sueños y unos dispositivos especiales para adentrarse en la mente de otras personas. La idea, en cuanto a original, bebe de tantas otras películas que en las últimas décadas han ahondado en los sueños y en las falsas realidades, de la que podemos destacar, sin duda, Matrix (Lana y Andy Wachowski, 1999)

Este argumento viene de la mano de un director que ha ganado su popularidad ligado a uno de los superhéroes más populares de la compañía DC, hablamos de Batman y la trilogía que realizó Christopher Nolan sobre el personaje, que recuperaron al personaje tras las últimas y nefastas adaptaciones que se habían realizado a mediados de los noventa. Sin embargo, más allá del murciélago y de su actual relación como productor con El hombre de acero (Man of Steel, Zack Snyder, 2013), no es la primera ocasión en que Nolan se adentra en el mundo de los sueños y los thrillers, como dan buena cuenta su segunda película, Memento (2000), y la tercera, Insomnia (2002).

Christopher Nolan junto a DiCaprio y Cillian Murphy
El planteamiento alrededor de los sueños es bastante interesante, logrando una buena mezcla entre la trama y la ciencia ficción, aunque el metraje resulta excesivo, con momentos que alargan las escenas de acción y un continuo uso de la cámara lenta para aumentar la tensión según avanza el film, acompasado por una partitura de Zimmer que se puede volver repetitiva para esos momentos de la película. Además, el inicio, con esa escena in media res, era innecesario. Por otra parte, tampoco se profundiza demasiado en los personajes, a excepción del protagonista, cuya historia va en relación con lo que sucede en el caso concreto.

Leonardo DiCaprio mantiene bien al personaje en una actuación que bien podría recordar al Roger Ferris que interpretó en Red de mentiras (Body of lies, Ridley Scott, 2008) o su papel en Shutter Island, film del mismo año que este, dirigido por Scorcese. Junto a él, Gordon-Levitt y Tom Hardy tienen papeles más estereotipados, pese a su buen hacer interpretativo. Ellen Page, por su parte, logra brillar con su personaje, Ariadne, siendo quizás uno de los personajes más trabajados del film, pese a que todo su potencial está supeditado a las conversaciones con DiCaprio.


Peor suerte tienen Ken Watanabe o Michael Caine, el primero por un personaje poco agradecido y el segundo por realizar más un cameo que una verdadera participación en el film, incluso con menor aparición que en la más reciente Ahora me ves... (2013). Marion Cotillard tiene un personaje con fuerza y determinación, convirtiéndose en la pieza clave del pasado de Cobb con su interpretación de Mal, mientras que Cillian Murphy es prácticamente un extra dentro de la lógica de la película.

Sin duda, Nolan realiza una película muy aceptable, con unos efectos visuales típicos ya en nuestra actualidad, pero que nos siguen sorprendiendo. Abusa, seguramente, de la cámara lenta, y emplea también en exceso los mismos recursos para mantener o aumentar la tensión, pudiendo cansar al espectador más que estremecerlo. Por lo demás, deja un inmerecido final paranoico para una película que podría haber sido más redonda, mejor realizada gracias a un planteamiento atractivo y unos personajes que contaban con cierto carisma, igual que los actores con los que contaba.


En definitiva, una película muy entretenida, a la que le sobran minutos y tensión innecesaria, acompasada por unas actuaciones buenas dentro de unos personajes un tanto planos, a excepción de DiCaprio y su interpretación de Dom Cobb, un sufrido hombre mitad espía, mitad padre arrepentido, que realza el factor humano más allá, después de todo, de toda esa fotografía espectacular que nos proporcionan los sueños de Nolan.


Escrito por Luis J. del Castillo




Tiempo al tiempo, de varios autores (II)

18 octubre, 2013

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Como ya prometimos, presentamos la segunda parte de la reseña dedicada al libro de relatos Tiempo al tiempo, de la editorial Stonewall. En esta entrada hablaremos de los ocho relatos restantes de la obra, cuyas historias tienen el mismo elemento común: la incorporación de un hecho histórico relevante alrededor de sus personajes. En este caso, dichos hechos datarán de finales del siglo XIX hasta la década de los ochenta del siglo XX.


Eduardo García nos presenta el primer relato de esta segunda parte, Lectura infeliz de un retrato. En él veremos cómo sucesos y figuras relevantes, como Oscar Wilde, marcan la dirección de esta historia, realizada de una forma elaborada y concisa. David es su protagonista, situado en la Inglaterra de finales del siglo XIX. Es un joven de 18 años aficionado a conocer y salir con personas de renombre y de la alta sociedad de la época, ya sea para pasar un buen rato o por interés económico. Pero sus planes se alteran al conocer al conocido escritor Oscar Wilde. Con él comenzará una turbia y apasionada relación que culminará en una tarde de pasión, la única que, para su desgracia, compartirían. Y es que para David ya era demasiado tarde, y Oscar no era un hombre de los muchos a los que se dedicaba a conocer; lo amaba como a ningún otro y le proporcionaba muestras de amor inolvidables. Tanto es así que se convertiría en su Dorian particular, sirviendo de inspiración para la famosa novela de Wilde. Pero la historia se truncaría poco después, cuando Oscar conoce al que fuera su gran amor lord Alfred Douglas, un altercado que traspasa las páginas de este relato y que se convirtió en un escándalo para la sociedad de la época, llevando a Oscar a ser abandonado por su esposa e hijos y acabando encarcelado durante dos años, lugar del que se sirvió para escribir su conocida epístola De profundis. Tras su puesta en libertad, David y Oscar se reencontraron, pero el paso de los años hizo mella en cada uno, volviéndose a separar por el bulevar londinense que un día les llegó a unir.

Con Mónica Martín y su Saloon Paris nos adentramos en el ambiente preliminar a la Primera Guerra Mundial, con una represión hacia la homosexualidad y la promiscuidad que dominaba a toda clase social y que se expresaba en numerosas manifestaciones en su contra. Tanto es así que la protagonista de este relato, Eloise, se sentía acusada y juzgada sin motivo alguno, meramente por sus apariencias y por el lugar en el que trabajaba. Pero nada más lejos de la realidad, ya que ni tan siquiera había tenido una relación con un chico. Su pasión secreta eran las mujeres, aconsejarlas y contemplarlas, ya fuera en el Saloon o cuando se dedicaba a vender prendas y juguetes eróticos. Cansada de llevar escondido este secreto, una noche es sorprendida al encontrar una nota en el bolsillo de su abrigo, la cual alguien desconocido la invitaba al día siguiente a verse en persona. Por suerte para Eloise, su deseo prohibido se hizo realidad, y la remitente de esta cita era una mujer. Un final un tanto pobre, ya que tras meternos en contexto social, cultural y personal de la protagonista de una manera detallada y atrapando al lector, el relato finaliza de manera abrupta tras su furtiva relación sexual, dejando, pues, a la imaginación del lector, qué será de Eloise y si este sólo ha sido un pasajero y casual encuentro.

Eduardo García, Mónica Martín y César Augusto Cair
César Augusto Cair nos muestra una historia real en su relato de una manera entrañable y dramática, al margen de hechos ficticios que puedan adornarlo. En Un hombre con falda de muselina, Einar Wegener nos adentra en un monólogo interior y desesperado en el que repasa su frustrante vida en el interior de un cuerpo equivocado. Einar soñaba con ser Lili, Lili Elbe, pero ese sueño resultó ser tan efímero como su propia vida. Su mujer, Gerda, no podía impedírselo, y le facilitó las alas para poder alcanzar su propia identidad. Es más, Gerda era partícipe de sus preferencias sexuales y, muchas noches, juntos se desfogaban en compañía. Bellas metáforas alternadas con episodios un tanto soeces y escatológicos, como los párrafos dedicados al transcurso de la operación de cambio de sexo, pero con un final amargo para Einar, que pasaría a la historia por ser el primer transexual que cambió quirúrgicamente de sexo.

El siguiente relato nos enseña una verdadera Lección de vida. Conchi Regueiro nos trae uno de los relatos mejor elaborados y con un argumento y una trama social capaz de captar la atención del lector de principio a fin. Con un lenguaje sencillo, pero eficaz en su descripción y en la mayoría de diálogos, conoceremos a Nieves y a su prometido Policarpo, en un ambiente tenso y revolucionario alrededor del hecho de que la mujer pudiera votar por primera vez. Nieves es una joven luchadora pero estancada profesionalmente y con una vida que no discurre más que a la sombra de su novio. Hasta que se reencuentra con una antigua compañera de facultad cuando se disponían a votar. Ella le abre los ojos hacia una realidad que desconocía: se da cuenta de lo que realmente vale como mujer, descubre todo un mundo intelectual y cultural a su alcance gracias a la lectura y a la mirada crítica de Elisa y, sobre todo, una compañía verdadera y una relación de confianza que no había experimentado anteriormente con alguien y que la hace ser ella misma por primera vez. En definitiva, Nieves descubre todo lo que realmente le puede ofrecer la vida y, a su vez, todo lo arriesgado que eso conllevaría. Un final abierto que nos deja con la esperanza de lo que podemos alcanzar si luchamos por lo que deseamos.

Einar Wegener y su transformación
Tres Españas, de Carlos G. García, presenta una época marcada por la guerra y la ideología. Un amor secreto a escondidas de un régimen y una guerrilla, ideologías contrarias que tanta sangre derramaron a su paso. Algo de lo que su protagonista, Miguel, no era consciente tras enamorarse ciegamente de un maquis, Roberto. Sin duda, este relato pone de manifiesto la realidad de aquella época entre las dos Españas, tomando como referente histórico el marco de la Guerra Civil española para el inicio, transcurso y resolución del relato, narrados brillantemente con un suspense sobrecogedor y un dramatismo propios de las escenas dantescas de esa época. Represión familiar, social y política en España dentro de un destino trágico para dos amantes; un contexto que bien podría recordar a la vida y obra de Federico García Lorca.

En este relato conoceremos la historia de Stonewall Inn, un conocido bar que servía de lugar de encuentro para muchos homosexuales. El arcoiris y el ruido da nombre a este relato de Roberto Carrasco en el que, a modo de enumeración, iremos descubriendo cada personaje y sus correspondientes circunstancias, aunque sin entrar en demasiada profundidad en ninguna de ellas. A modo de anécdota histórica, gracias a uno de los personajes, Wayne, y a la redada que sufre el local, se mostrará por qué la bandera multicolor corresponde a un símbolo característicamente homosexual. Y es que esa noche marcaría un antes y un después en la vida de todos esos testimonios secretos: un multicolor  vestido arrancado y convertido en bandera, Glinda y su pasión por la música, la ironía del amor entre Harold y Tom y Simon y Cooper; en definitiva, un grito unánime para todos lo que desde entonces quisieron hacerse oír. Aunque realmente no posea ningún giro argumental y la lectura sea bastante lineal respecto a otros relatos que sí contienen más sorpresa e intriga, destaca sobremanera gracias a su narración y lenguaje, desprendiendo optimismo y un ruido de libertad frente a la represión y homofobia vivida en aquel tiempo.

El bar estadounidense Stonewall Inn
Cuando un relato te deja sin palabras, es muy difícil describirlo como se merece. Secretos es uno de esos casos y, sin duda, su argumento, expresión y calidad literaria destaca entre algunos de los compañeros reseñados en esta segunda parte de Tiempo al tiempo. Uno de los motivos ya no es sólo su longitud, ya que la extensión en un relato a veces no es condicionante de su calidad, sino la verdad y la condición humana que otorga a sus personajes, llevando al lector a sentir empatía por ellos y por la crudeza de sus circunstancias; eso sí, sin entrar en el morbo o en lo escatológico del ambiente del desfase, la enfermedad y el mundo de la noche. Este sobresaliente relato está narrado desde los tres vértices de un triángulo desgraciado por culpa de la droga: Marina, Santos y Chencho. Historias paralelas con mucho más en común de lo que ellos imaginaban pero con un fin que ninguno desearía. Como eco contextual, el autor señala el hecho histórico del Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 como la noche fatídica de los protagonistas; que en un segundo plano, aunque sin quedar en mera anécdota, gracias a la maestría del autor para sobrecogernos con la trágica celebración del cumpleaños de Santos en Alcalá 20, el desenlace de la infeliz existencia de su antiguo compañero de batallas o el sentimiento sombrío de una madre anclada en la frustración. Como otros detalles que encontraremos, son destacables las impactantes reflexiones que encontraremos de cada uno de los personajes, al igual que los pequeños giros argumentales existentes en sus historias capaces de emocionar y que invita a seguir leyendo hasta el final gracias, básicamente, a la excelente forma que tiene Miguel G. para atrapar al lector. Muy recomendable.

Carlos G. García, Conchi Regueiro, Roberto Carrasco, Diego M. Béjar y Miguel G.
Como broche final al libro de relatos de este 2013, encontramos La explosión, de Diego Manuel Béjar, como culmen literal a la obra. Con una escritura sencilla y unos personajes algo estereotipados, recuerda a otros relatos ya mencionados, siguiendo el esquema de presentación de personajes, hecho histórico que pasa a un segundo plano y narración de una relación erótica, no llegando al punto soez que otros sobrepasan, convirtiéndose en una lectura ligera y entretenida. Así, Béjar nos presenta a dos muchachos aparentemente con una personalidad muy distinta, pero con una amistad infinita que esconde un secreto que ninguno de los dos es capaz de reconocer. El protagonista, y quien narra en primera persona, es un niño tímido, buen estudiante y un blanco fácil de los más gamberros de su colegio. Mientras, Pedro es un repetidor de curso con un carácter abierto, espontáneo y entrometido. Un tándem perfecto para demostrar que los polos opuestos se atraen. En ellos surge una amistad profunda, pasando las tardes juntos para jugar y estudiar como la mayoría chicos de esa edad. Sin embargo, la tarde de la catástrofe del transbordador espacial Challenger en 1986, en la que fallecieron los siete tripulantes, supuso un acontecimiento importante en lo que parecía ser una tarde más para ellos, sirviendo de preludio para un hecho que marcaría un antes y un después en su amistad.

Como vemos, Stonewall nos sorprende un año más con su recopilación de relatos Tiempo al tiempo. Al igual que el año pasado con Nocturnabilia, y gracias a la colaboración desinteresada de todos los autores, la editorial destinará el 10% de las ventas del libro a proyectos educativos de la FELGTB para combatir la homofobia, bifobia y transfobia que todavía hoy siguen sufriendo los adolescentes LGTB en las aulas. Si queréis obtener y leer esta obra completa, os recordamos que está disponible en Amazon, Universogay, Librería Berkana o en Casa del Libro.



Escrito por Mariela B. Ortega



Para el sábado noche (XXI): La Gorgona, de Terence Fisher

15 octubre, 2013

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Conjugar el relato mitológico con uno de misterio, situado ya en otra época, es sin duda una de las mejores ideas que pudo tener el guionista John Gilling, que junto con otros profesionales reconocidos de la Hammer, el realizador Terence Fisher, el músico James Bernard, el montador James Needs, el diseñador de producción Bernard Robinson y en esta ocasión, la fotografía de Michael Reed (que proporciona un rojo esplendente), aportaron uno de los mejores relatos fantásticos del género en particular y del cine en general. John Gilling abundaría en tan atractiva premisa con otras dos piezas muy disfrutables para la Hammer, dirigidas por él mismo, La maldición de los zombis (Plague of the zombies) y El reptil (The reptile), ambas de 1966. En cualquier caso, últimamente se especula acerca de que un tratamiento inicial corriera a cargo de un tal J. Llewellyn Devine.

Los bellos títulos de crédito de La Gorgona, o como fue también conocida en España, La leyenda de Vandorf (The Gorgon, Hammer Films para Columbia Pictures, 1964), se superponen a la magnífica imagen del Castillo Borski, sito en la imaginaria localidad de Vandorf. Nadie parece haberlo visitado desde hace lustros, sencillamente se descompone, muy lentamente… lo que ya induce a pensar en cierto respeto ancestral por parte de los lugareños.

Que Vandorf sea un lugar indefinido no quiere decir que sus habitantes sean también míticos. De hecho, los representantes de la ley son una pantomima de representación legal, y el populacho tampoco se muestra muy intelectual; solo aparece una vez, es en off y para arrojar piedras (piedras contra “piedra”). “Es un estado policial, no tienen por qué dar explicaciones”, aclara el doctor Namaroff (maravilloso Peter Cushing), comentario que sugiere que no es del pueblo, sino foráneo, y que explica que su actitud sea más bien la de un entomólogo.

Más aún, la cita, nada gratuita, al gran naturalista y filósofo Herbert Spencer, nos induce a reflexionar acerca de si la existencia de la Gorgona es, tal vez, producto de una vertiente paralela de la evolución natural, con sus propios rasgos hereditarios, que de alguna manera se nutre de los cuerpos de los humanos. En efecto, el asunto de la Gorgona Meguera es tratado como un caso de posesión, de “adueñación”, o si se prefiere, de continua reencarnación, más que de alienación.


Un país incierto. Unos crímenes sin aclarar. Y un bosque…

El doctor Namaroff no solo siente curiosidad científica, sino además unos celos muy “humanos”, lo que lo convierte en un personaje más complejo de lo que parece. El objeto de sus atenciones es Carla Hoffmann (Barbara Shelley), que a su vez se sentirá atraída por el joven Paul (Richard Pasco), familiar de dos de las víctimas de La Gorgona.

Esta rivalidad amorosa también queda reflejada mediante la puesta en escena de Terence Fisher, el enfrentamiento verbal de Namaroff con Carla tras la encuesta, es mostrado en plano general o medio, pero con el profesor Jules Heitz (Michael Goodliffe), el padre de Paul, este se traslada principalmente a un plano-contraplano: no hay posibilidad de “entendimiento” entre ambos personajes, aunque uno sí comprenda al otro mejor de lo que pretende.


Aunque pronto intuimos el por qué del encubrimiento del médico, esto no importa, ya que el suspense es creado a posteriori (como cuando conocemos desde el principio la identidad del asesino, pero desconocemos qué va a ocurrir después). Así, frente a la inoperancia (de puertas para afuera) de Namaroff, Paul recibe la ayuda del pragmático profesor Meister de Leipzig (Christopher Lee, en gustoso intercambio de roles con su colega).

La atracción del abismo a la que parecen abocados algunos de los personajes nos habla del eterno sentimiento amoroso y su (¿hipnótica?) atracción hacia el mal. Un mal no consciente de si mismo, al menos en su encarnación “humana”; es decir, que cuenta con los elementos de una tragedia.

La realización de Terence Fisher es espléndida. La profundidad de campo mediante la disposición de los actores en el plano, como si estos estuvieran realmente condenados a no poder permanecer juntos, “en un mismo plano”, es una de las señas de identidad del portentoso y significante estilo de Fisher.


Junto a estos, otros momentos brillantes, como el rostro de Meguera reflejado en el agua de un pilar, o ese dedo petrificado que se desprende del cuerpo de un cadáver pétreo (Namaroff ya miente sobre él durante la encuesta policial). De hecho, este terror es realmente… ¡contagioso! Literalmente petrifica.

Finalmente, seremos conscientes de que, una vez muerto el portador, o mejor, liberado, el espíritu de Meguera seguirá vagando por el bosque hasta cuando quiera, o necesite, reencarnarse de nuevo. Goce estético, visual y sonoro, La Gorgona de Terence Fisher es otra de las cimas del fantástico.

Escrito por Javier C. Aguilera


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