Un antes y un después (XIV): Viceroy, una marca que se reinventa en el tiempo

26 agosto, 2012

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Viceroy es la marca líder de relojes en España. Cuenta con diseños para todo tipo de público y, además, posee una gran variedad de modelos y precios, posicionándose así como una marca global de cualquier complemento. Su origen se remonta al año 1951 en Suiza, uno de los países más potentes en la industria del reloj y región en donde se creó el primer reloj de cuarzo del mundo. En 1982, Viceroy se consolida oficialmente como marca al ser adquiridos sus derechos a nivel mundial por Grupo Munreco, convirtiendo a Viceroy en una marca referente para el mercado, con una inmejorable reputación y en expansión día tras día, ofreciendo cientos de nuevas referencias y productos siempre a la vanguardia del diseño y las últimas tendencias. Sin duda, una combinación perfecta de éxito.

El antes y después en el logo de Viceroy, estrenado el pasado mes de mayo. Una imagen más estilizada y con un estilo más contemporáneo, innovador y vinculado al mundo de la moda

En 1996, sorprendió al público con el lanzamiento de la línea Viceroy Gold, una gama de relojes representantes de la máxima elegancia y en el que recurrieron al actor Carlos Larrañaga en su, por aquel entonces, novedosa campaña publicitaria. Un año más tarde, y en su continua búsqueda por la innovación, la firma de relojes contó en su siguiente campaña de pulicidad con el cantante Julio Iglesias. Fue el comienzo del despegue internacional de Viceroy, respaldado en un marketing ambicioso y excepcional.


Con el inicio de una nueva década, y coicidiendo con su 50º aniversario, Viceroy dio paso a una estrategia comercial y sería la actriz estadounidense Melanie Griffith la nueva imagen de la marca, protagonizando una campaña llena de sofisticación, acompañada por todo el glamour del cine. En 2001, Viceroy, en su empeño por potenciar el diseño y la elegancia, lanzó una nueva gama de relojes en acero, con un estilo propio y original. Para esta ocasión, sorprendió con una nueva campaña protagonizada por el gran artista internacional Alejandro Sanz, quien había arrasado en ese mismo año en los premios de la música Grammy Latino.


Pero Viceroy no son sólo relojes, sino que se ha ganado un espacio propio en el fascinante mundo de los complementos al embarcarse en nuevas líneas de negocio desde el año 2002: Viceroy Fashion, joyería en acero para los más jóvenes con líneas modernas, dinámicas y desenfadadas; Viceroy Jewels, con diseños de alta joyería en plata, y Viceroy Plaisir, joyería modular para crear brazaletes, collares y pendientes que se pueden decorar con abalorios, charms, o entrañables y divertidas figuras. Para el lanzamiento de estas líneas de producto, la marca contó con una pareja embajadora de la belleza española: Elsa Pataky, actriz, y su, por aquel entonces, pareja, Fonsi Nieto, piloto de motociclismo. 


Al año siguiente, otro embajador español se unió a la nueva campaña publicitaria. Enrique Iglesias protagonizaba un spot lleno de picardía e ingenio, en el que se desprendía de todas sus pertenencias, salvo de su Viceroy. Para continuar con la música, David Bisbal protagonizaría el anuncio de la marca en el año 2004, una línea que se caracterizaba con la inconfundible sencillez y carisma del artista almeriense.

2006 fue otro año importante para Viceroy, con una campaña publicitaria memorable y muy exitosa en el mercado. Serían en esta ocasión Antonio Banderas y Shakira los encargados de descubrir el leitmotiv que resume el espíritu de la marca: No es lo que tengo, es lo que soy. Porque, qué es mejor, ¿tener fortuna o ser afortunado? ¿Qué es más importante, ser o tener?


Desde el año 2008, la prestigiosa marca de complementos nos sorprende de nuevo con un reto al que somete a su embajador más internacional; Fernando Alonso tiene que demostrar sus conocimientos a la hora de domar un caballo, al igual que sabe domar los 700 caballos de su coche de Fórmula 1. Una campaña ambiciosa en cuanto a recursos y medios empleados y en la que, desde su lanzamiento, se refleja más empeño por su difusión en los meses en los que se disputan los GP de Formula 1 y también a final de cada año, debido a las festividades navideñas.

Fernando Alonso también ha sido el encargado de presentar el nuevo proyecto de la marca. Y es que en tiempos de crisis la gente se las ingenia para salir adelante con ideas innovadoras, y en ellas la creatividad juega un papel fundamental. Por eso, Viceroy acaba de lanzar una nueva acción online para la marca: el Banco de Tiempo Viceroy. Este banco, basado en el tiempo y no en el dinero, es una plataforma online desarrollada por Viceroy y donada a la sociedad para que la gente viva, aprenda y comparta habilidades, conocimientos y experiencias con otras personas. Sin duda, algo que hoy en día es más importante de lo que parece y que representa a la perfección el lema de la marca: “No es lo que tengo, es lo que soy”.


Como socio número uno, Alonso ha sido el encargado de inaugurar la plataforma, ofreciendo su tiempo para enseñar clases de conducción a tres afortunados usuarios en una sesión en circuito de carreras que tendrá lugar el próximo mes de septiembre. 

Por cada actividad que se haga, se recibirán créditos de tiempo que se podrán canjear por algo que ofrezca otro socio del Banco de Tiempo Viceroy. Por ejemplo, Luis le da una clase de yoga a Marta. A cambio, Marta consigue un crédito de tiempo de Luis, y puede usarlo para entregárselo a Tomás y que éste le haga, por ejemplo, un retrato a carboncillo. Se establece así una cadena de favores donde la gente intercambia su tiempo y nadie necesita dinero.

Reloj Viceroy de la Colección Shakira, fotografía de MB

Sin duda, Viceroy se embarca en una gran aventura, siendo consciente de que éste es el momento para que las personas intercambien lo más valioso que tienen: su tiempo.



Escrito por Mariela B. Ortega 


Para el sábado noche (VI): Veredicto final, de Sidney Lumet

24 agosto, 2012

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En una época en la que la palabra carece de valor, salvo para servir a la ocultación o la hipocresía, en un tiempo en el que, allá donde existe la posibilidad, se abusa del poder, o al menos en un momento de nuestra historia en el que tales circunstancias se han vuelto más evidentes para el resto de los mortales, resulta oportuno el revisionado de una de las mejores obras proporcionadas por el cine durante la década de los 80, Veredicto final (The Verdict, 1982) de Sidney Lumet.

El bufete que lidera, cabría decir que con dotes de general espartano -o mejor rommeliano- el abogado de la defensa Ed Concannon (algo a lo que ayuda el porte y la dignidad de James Mason tras el poco agradecido personaje), es muy distinto al comandado por Frank Galvin (Paul Newman, cuya mirada, pese al tópico recurso, refleja la desolación invernal de Boston tanto como su propio vacío existencial: a retener el plano donde aguarda al doctor Thompson en la estación, en ese momento su último recurso), si acaso porque su vida dio un giro terrible cuando descubrió la vileza de los hombres honestos que figuran como líderes (en este caso los miembros de un importante bufete de abogados), lo que le costó no solo la inocencia sino su matrimonio (aún sigue teniendo la foto de la ex esposa sobre la mesilla).

Mientras tanto, Concannon tiene a su disposición todo un ejercito de laboriosos y aplicados mercenarios de la ley (que no de la justicia). De hecho, la frase más tremenda, y hay bastantes en la película de Lumet, la pronuncia el propio Concannon cuando dice “no nos pagan para hacer todo lo que podamos, nos pagan para ganar”. O lo que es lo mismo, el fin justificando los medios. 

 
Sidney Lumet, uno de los más meritorios cineastas de la llamada “generación de la televisión” -a la que pertenecen notables realizadores como Arthur Penn, Franklin J. Schaffner, Martin Ritt o John Frankenheimer- siempre supo dar con el tono adecuado a la hora de contar una historia a través de la imagen (aquí con la inestimable ayuda del cinematographer polaco Andrzej Bartkowiak, más unos apuntes musicales, más que banda sonora, de Johnny Mandel).

Sidney Lumet
El mismo Lumet que también aportó otra lúcida visión de la sociedad, esta vez a través del estamento policial, durante la década anterior, con Serpico (1973), o en esta misma, con El príncipe de la ciudad (1981). Jalones en la obra de un excelente cineasta (y me resisto a emplear el tan sobado como cursi término de “artesano”, el que filmaba bien, filmaba bien), con el que siempre gusta reencontrarse; o mejor reencontronarse, puesto que sus mejores obras no son sino encontronazos con la naturaleza humana, desde que debutara en el cine con la adaptación de la conocida pieza teatral de Reginald Rose, Doce hombres sin piedad (1957), el otro gran film de abogados de Lumet. 

Lo más honorífico no es ya tener el privilegio de contemplar cómo se viste un monarca, o ser atendido por él desde la cama (aquí el monarca es un juez), sino tener el coraje suficiente para enfrentarse a las implacables ruedas de triturar que parecen dominar cada estamento inventado por el hombre. 


Eso que hacen los auténticos héroes anónimos e incorruptibles que pocas veces aparecen en las correas de transmisión, perdón, en los medios de comunicación, y de los que el cine de Lumet está bien nutrido. Claro que su victoria, más que pírrica, es personal, no está destinada a ser aireada para que los demás la contemplen (salvo por, filigrana del metalenguaje fílmico, el cultivado espectador). 

Hace frío en Boston, pero podemos reconfortarnos con la redención de Frank Galvin, una de las más rotundas y recordadas interpretaciones de Paul Newman. 


Escrito por Javier C. Aguilera

Un día más, de Fabio Volo

23 agosto, 2012

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A veces las casualidades de la vida nos llevan a tomar caminos que nunca nos esperábamos. Eso le sucederá a Giacomo en un trayecto de tranvía. Deberá tomar la decisión de seguir su instinto y comenzar un viaje que no le ofrece ninguna seguridad. Michela será la meta, pero no el final de su viaje, sino el comienzo de un juego inesperado en el que ambos desatarán la pasión y el amor que residen en sus cuerpos. Pero todo juego tiene sus reglas y ambos prometieron no romperlas.


No es la primera vez que hablamos de Fabio Volo, un autor italiano que es, además, un personaje polifacético, con numerosas apariciones en televisión, series y películas, realizando toda clase de papeles: guionista, doblador y actor. La novela de la que ya hemos hablado fue El tiempo que querría; en esta ocasión damos un paso atrás para hablar de su novela anterior: Un día más. Que, además, cuenta con su versión cinematográfica protagonizada por el propio escritor de la novela.

Fabio Volo
Pero mientras mostramos cierta alabanza por una historia que invitaba a recuperar los lazos de la familia, a perdonar, a luchar o a sentir, ahora nos situamos en otro espacio. Sin duda, ambas novelas hablan de lo mismo, pero con tono distinto, con otros personajes, y otro trasfondo, pero mientras que Volo consigue con El tiempo que querría transmitirnos la historia de Lorenzo, en este caso nos lanza bajo la piel de un insulso protagonista llamado Giacomo. Si bien es cierto que Lorenzo no era una persona muy motivada, incluso algo extraña, su homólogo en esta novela baja aún más el nivel. Su pasado está descrito de forma breve en uno de los capítulos, y todo lo demás es, básicamente, sus relaciones esporádicas y su relación con el sexo. Ni siquiera descubriremos cuál es su puesto de trabajo, algo que hubiera podido resultar interesante, pues muchos se interesarían por un trabajo del que uno puede escaquearse sin muchas explicaciones para realizar viajes internacionales.

Igual que en El tiempo que querría, el protagonista está distanciado de un miembro de su familia: su madre. Conflicto que entronca con el padre que les abandonó, un hecho que afectó profundamente al personaje pero en el que realmente el autor no se llega a centrar demasiado. Realmente el tema clave en esta obra comienza en el capítulo diez, cuando Michela cobra fuerza y comienza la aventura. Pero no será hasta dos o tres capítulos más adelante cuando el juego que la novela promete dé comienzo. La idea sí es original y la pareja tiene realmente química. Fabio Volo nos deleita con recomendaciones musicales y con perfectas propuestas para realizar cosas con nuestras parejas, regalándonos, de paso, un viaje detallado por las calles de Nueva York. Detallado, eso sí, en darnos nombres de sitios a los que ir, pero sin añadir demasiada descripción de cómo son.

Escena del film Un giorno in più, adaptación de la novela
 Y, por supuesto, el sexo. En esta novela parece un elemento imprescindible en la vida de los personaje, que el autor llama siempre que puede, y que está presente también en los recuerdos de ambos, sobre todo de Giacomo, quien se considera un experto, en ocasiones hasta un obsesionado. Este elemento, que suaviza Fabio Volo en su siguiente novela, viene a ser un punto negativo, no porque sea malo, ni mucho menos, sino por el abuso. En este sentido, no estamos ante una novela sobria, que sabe encajar bien todo, sino ante una obra que, si bien tiene una buena línea a seguir, abusa de elementos que pueden provocar el rechazo de algunos. No obstante, merece la pena llegar hasta el final y ver cómo se desenvuelve la historia.

Personalmente, creo que Fabio Volo mejoró con El tiempo que querría, pues aunque siguió empleando recursos burdos, no dejan de ser una muestra de realismo, pues existen personas que realmente son así. Con Un día más, nos regala la historia de un romance original en la puesta en escena, que avanza a pasos agigantados, y con tramas secundarias que, aunque en la parte central de la novela apenas están presentes, se les proporciona una conclusión adecuada. Aporta, sin duda, algún consejo para situaciones como las vividas por los diferentes personajes de la obra, algo que se le da bien a este autor, quien aporta algo a sus lectores. Aunque quizás no necesites ni ese consejo ni ese abuso de menciones sexuales. Tú eliges.

Fotografía de LJ que recrea una escena de la novela


Otros mundos (I): Recordando a Fernando Jiménez del Oso

22 agosto, 2012

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Fernando sabía atraer. Muchos fenómenos aguardaban con impaciencia que alguien tomara la antorcha y les permitiera decir “¡Estamos aquí!”. Cuando eso ocurrió, Fernando Jiménez del Oso se convirtió en sinónimo de todo lo misterioso. Pero de un misterio tratado con rigor y objetividad, junto a unas evidentes aptitudes naturales (característica voz, look setentero con luengas barbas, templanza de imagen).

Madrileño de nacimiento, licenciado en medicina y cirugía, y médico psiquiatra -profesión que nunca abandonó- con honores en la clínica del doctor Juan José López Ibor, nos trasladó al mundo de lo paranormal por simple afición, tras las pertinentes lecturas de ciencia ficción, y por mediación de Narciso Ibáñez Serrador, a la sazón director de programación de RTVE, en el televisivo Todo es posible en domingo, en 1974. A partir de ahí ya no hubo vuelta atrás en lo referente a acercar el más allá al más acá. La tarea no era pequeña. ¿Se podría abordar lo irracional desde un punto de vista racional? ¿Serían estos temas posibles divulgados con un enfoque meditado y objetivo?

Fernando es de esas personas afortunadas que no se van porque siempre permanece su trabajo. Y merece la pena acercarse a este. Programas de televisión como el ya mítico Más allá (1976-1984, en sus últimas etapas conocido como La puerta del misterio), que incluyó en su última etapa la mini-serie Ellos (1984), pormenorizada exégesis del fenómeno de los no identificados, La otra realidad (1999-2002), series temáticas como La España mágica (1985), El imperio del sol (1987), En busca del misterio (1989) o Viaje a lo desconocido (2003), su último trabajo, testamento y recapitulación de aquellos temas que le eran más queridos. Una colección de ensayos (Biblioteca básica de los temas ocultos) y una enciclopedia de lo paranormal. Varios libros (El imperio del sol, El dios jaguar, Brujas, En busca del misterio, El síndrome ovni) y hasta una novela (Viracocha).

Un acercamiento sin prejuicios (que no es sinónimo de sin rigor) a esta obra basta para desmontar las típicas tonterías vertidas sobre falta de rigor o racionalidad (!) en alguna despistada más que informativa página de la red, cuyo rigor y objetividad, ahora sí, ha sido demasiadas veces puesto en entredicho.

Junto a esta magnum opus, y aparte de su labor en revistas, señalamos algo en lo que no se suele reparar a menudo, la infinidad de intervenciones en programas radiofónicos, donde hallamos -si cabe- al Fernando más personal. Son infinidad de grabaciones las que conservamos, testimonios únicos narrados a viva voz que parecen formar parte de otra época, de aquella otra radio en la que Fernando intimaba con el oyente a través de ese punch, ese toque tan absolutamente personal e intransferible que lo distinguía de los demás (y del que carecen tantos “radiadores” del misterio como hay), adornado por una sugerente voz y su inconfundible imagen, siempre una invitación a la reflexión, sin excluir, por qué no, un oportuno resquicio para la imaginación.


Fernando no se consideraba un escritor, con todo lo que de grave conlleva el término, sino un divulgador. Realmente era un hombre modesto, más amigo de la tertulia que de los debates en televisión, que disfrutaba sobremanera dibujando caricaturas de sí mismo sobre una servilleta de papel o mostrando aquella foto de estudiante donde aún conservaba todo el pelo en la cabeza. Ahora es momento de divulgar a los divulgadores, a los pioneros. Infatigable trabajador en una época en que la televisión era instrumento de cultura además de entretenimiento, sin apenas avances tecnológicos, pero ofreciendo un contenido relevante y atractivo, bien trabajado y magníficamente expuesto. Un señor fascinante tras una mesa en un parco decorado.

Atrayente y sugestivo. Forma y fondo como un todo. Fernando dignificó el artículo de tema esotérico y cultivó el ensayo como una primorosa labor de ganchillo lingüístico. Algo cada vez menos frecuente, pero que incluso como filólogo me interesa bastante. Fernando era un gran estilista de la palabra. De la palabra bien escogida, repleta de significado, sin la cual el monumento lingüístico podía quedar cojo. En cierta ocasión pregunté a Fernando si creía que era verdad todo aquel tinglado de la ocultación de pruebas por parte de los militares. Contestó, como solía hacer, estimulando mi mente aún más, porque confirmó que en este mundo extraño, incluso a los militares se les denegaba información, a pesar de que como cualquier hijo de vecino ellos también deseaban saber, y puso como ejemplo algo que le sucedió a él mismo un día en que decidió descolgar el teléfono de su casa…


En cualquier caso, era perfectamente consciente de la banalización progresiva e irreversible de que eran objeto estos asuntos en los mal llamados medios de comunicación.

Las civilizaciones desaparecidas están aún más desoladas desde que Fernando se marchó, parecen como más despojadas, más solitarias y más olvidadas. Los misterios que nos arrojaban a la cara casi orgullosamente, y otros fenómenos inexplicables, nos recordaron que solo somos unos inquilinos más, de nuestro planeta y del jocoso universo. Y jocoso tiene que ser, porque como me decía Fernando, hace falta sentido del humor para entender y soportar todo esto.

Escrito por Javier C. Aguilera

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