Regreso a la escuela, de Alan Metter

27 julio, 2018

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Me van a permitir que, mediado el verano, recuerde una guasa refrescante. Nada mejor para divertirse un rato. Aparte de los recuerdos que me trae, aún me parto con Regreso a la escuela (Back to School, Orion-Columbia Pictures, 1986), del efímero Alan Metter (1933). La película formaba parte de una tradición con prosapia, todo un subgénero de aventuras y desmanes estudiantiles, de la mano (junto a otras partes de la anatomía) de títulos tan ideales para echarse unas risas como Desmadre a la americana (National Lampoon’s Animal House, John Landis, 1978), Los incorregibles Albóndigas (Meatballs, Ivan Reitman, 1979), Porky’s (Bob Clark, 1982), Movida en la universidad (Zapped!, Robert J. Rosenthal, 1982), Aquel excitante curso (Fast Times at Ridgemont High, Amy Heckerling, 1982), El último americano virgen (The Last American Virgin, Boaz Davidson, 1982), Lío en la universidad (High School U.S.A., Rod Amateau, 1983), Los rompecocos (Screwballs, Rafal Zielinski, 1983), Movida en el campamento (Poison Ivy, Larry Elikann, 1985), Un chico como todos (Just One of the Guys, Lisa Gottlieb, 1985) o Juegos de amor en la universidad (The Sure Thing, Rob Reiner, 1985). Hasta hubo simpáticas y fantasiosas variantes como Hay un fantasma en la universidad (School Spirit, Allan Holleb, 1984), De pelo en pecho (Teen Wolf, Rod Daniel, 1985), Mi proyecto científico (My Science Project, Jonathan R. Betuel, 1985), La mujer explosiva (Weird Science, John Hughes, 1985), Escuela de genios (Real Genius, Martha Coolidge, 1985), El vampiro adolescente (My Best Fried is A Vampire, Jimmy Huston, 1987) o Una disparatada bruja en la universidad (Teen Witch, Dorian Walker, 1989), alcanzándose la “madurez” con El club de los cinco (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), La chica de rosa (Pretty in Pink, Howard Deutch, 1986) o Una maravilla con clase (Some Kind of Wonderful, Howard Deutch, 1987). El género se ha ido perpetuando, pero, desde mi punto de vista, con mayor insolencia y menor gracia.

Una historia familiar se repite: la del padre que desea que su hijo tenga estudios. Con el joven Thornton Melon (Jason Hervey) esto no fue posible, pero ahora que es padre, parece que sí puede serlo. El Thornton adulto (Rodney Dangerfield) ha cosechado un innegable éxito en su rama profesional, como empresario de una multinacional de corte y confección (Tall & Fat), trayectoria que recorren los títulos de crédito y que van de la modesta sastrería del padre (que aún conserva el apellido italiano: Melloni), a un emporio con ciento cincuenta sucursales en toda América, todo en tallas grandes.

Por ello, no se puede decir que Thornton sea un fracasado, pero ahora que su hijo Jason (Keith Gordon) es el primero en acceder a la universidad, no quiere que arroje la toalla ante la primera dificultad. Si te lo propones, puedes lograr cualquier cosa, le recuerda el progenitor.

Epítome del hombre “hecho a sí mismo”, Thornton Melon posee un carácter expansivo y no encuentra medida (en este caso, de carácter). Un ímpetu sagitariano (pese a que comenta que es signo de tierra), que choca con el de su hijo, más capricorniano. En efecto, Jason no posee el mismo talante, pero si una férrea voluntad. Pese a todo (y todos), ambos se profesan admiración y cariño. El problema está en que Jason finge que todo le va muy bien cuando lo cierto es que no ha sido admitido ni en el club de estudiantes ni en el equipo de saltos de la universidad. Por suerte, Thornton acude al rescate, una vez que se ha desembarazado de su casquivana y pretenciosa segunda esposa (Adrienne Barbeau), tras una fiesta de alto copete donde la susodicha mantiene su derecho a roce con Giorgio (el camaleónico Robert Picardo), y en la que Thornton se prepara un buen bocata como forma de protesta. Tras lo cual, el hombre de negocios decide visitar a su hijo y acompañarle en la aventura universitaria, matriculándose como un alumno más, a fin de demostrarle que puede lograrlo, al tiempo que se lo demuestra a sí mismo.


Parte de la infelicidad de Jason reside en que desea conseguir el amor de la solicitada Valerie Desmond (Terry Farell). Pero, naturalmente, desea hacerlo por méritos propios, sin subterfugios. Por su parte, Thornton traerá algo de diversión a la reglamentada vida de Diane Turner (la estupenda Sally Kellerman), que es la profesora de lengua y literatura. No obstante, entre la diversión sana y la desbocada existe un amplio margen, y el joven Melon lo acusa cuando su padre se convierte en el más alocado e inconsciente de los estudiantes. Así sucede con la celebración de una fiesta con muchas burbujas, o cuando el díscolo pupilo “manufactura” los trabajos para sus asignaturas, incluyendo un estudio acerca del novelista Kurt Vonnegut (1922-2007), en el que Thornton recibe la inestimable ayuda… de Kurt Vonnegut. La ironía final consistirá en que Diane le recrimina a Thornton que no haya sido él el autor del trabajo, y que quien lo haya hecho, para colmo, no tiene la menor idea sobre Kurt Vonnegut.

Finalmente, con tesón, autoestima y el ánimo que infunde la alegre música de Danny Elfman (1953), Thornton Melon también logrará superar cada prueba por sus propios méritos. Esta importancia de ganar confianza en uno mismo es trasladada al hijo, cuando este ha de concursar en la competición de saltos de trampolín (¡menos mal que en esta ocasión no se trata del rugby!). Lo que nos recuerda que, antes de demostrar algo a los demás, es aconsejable demostrárselo a uno mismo.

Lo cierto es que todo lo que Thornton tiene de aparatoso en tierra, lo tiene de ágil en el agua (o en el aire). Nada importa que el “gusto”, la distinción o los modales refinados no estén acordes con quien se crio en un barrio pobre pero honrado de Brooklyn y el muelle de Long Island.


El confidente de Thornton es su chófer y hombre de confianza Lou (el veterano Burt Young), que lo acompaña a todas partes y comparte sus reflexiones. De igual modo que Jason lo tiene en el estrafalario Derek (Robert Downey Jr.), siempre dispuesto a salirse del tiesto. Capaz de cualquier cosa para animar a su vástago, que no atraviesa el mejor momento personal ni académico, Thornton esgrime todo su experimentado (e improvisado) arsenal de ocurrencias. La universidad de Grand Lakes lo acoge con la aquiescencia del decano Martin (el entrañable Ned Beatty), habida cuenta de que Thornton piensa intervenir en el desarrollo del centro donando un nuevo edificio (las donaciones son una forma de garantizar la libertad de criterio y el sostenimiento de estas instituciones). La forma de ingreso de Thornton en la universidad, que barre todos los inconvenientes administrativos, se establece cómicamente por medio de un cambio de plano, con la imagen de “la primera piedra” de dicho edificio. Ya entonces ha de vérselas el flamante alumno con el elitista Philip Barbay (Paxton Whitehead), decano de la facultad de empresariales, que no está dispuesto a hacerle el caldo gordo al recién admitido.

En cualquier caso, Thornton advierte que lo que se enseña en las aulas (de económicas, pero tanto da) difiere de lo que se vive en el “mundo real”, diferenciando la asepsia de la teoría con la experiencia de la práctica.

Lo que no admite discusión es el hecho de que los exámenes parciales se acercan y ha llegado la hora de abrocharse el cinturón. ¿Conseguirá Thornton su doble meta? (incentivar a su hijo y superar las pruebas, tanto físicas como intelectuales). ¿Y de qué manera?

Por supuesto que todo resulta esquemático y se envuelve en un tono jocoso y distendido, casi de tebeo, que no pretende ir “más allá”, pero es que esto es lo que, a veces, se necesita en la vida y en el cine, con lo que, que cada cual elija su título favorito y sálvese el que pueda.


Regreso a la escuela es uno de esos productos, en el mejor sentido, que giran en torno a la comicidad de un humorista (o pareja de humoristas, como sucedía en nuestro país). Todo depende de “la gracia” que este nos haga. En mi caso, volverla a ver es volver a la adolescencia (junto con otros títulos afines).

El cómico en cuestión fue Rodney Dangerfield (1921-2004), que ya había participado en las películas El club de los chalados (Caddyshack, Harold Ramis, 1980) y Quien tiene una suegra tiene un tesoro (Easy Money, James Signorelli, 1983).

Dangerfield reincidiría con las divertidas e igualmente recomendables Todo por mi chica (Ladybugs, Sidney J. Furie, 1992), donde ayudaba al hijo de su pareja a “marcar gol”, y la aparatosa Los líos de Wally Sparks (Meet Wally Sparks, Peter Baldwin, 1997), sobre el mundo de la “tele-basura”, pero con corazón.

En definitiva, Regreso a la escuela, junto a las consignadas en el primer párrafo, forman parte de una época, y menuda época.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Clásicos Inolvidables (CLII): Melocotón en almíbar y Ninette y un señor de Murcia, de Miguel Mihura

25 julio, 2018

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No nos resulta fácil acceder a un humor que no se adapte a nuestras circunstancias actuales, incluso echando la vista atrás podemos entender la gracia que nos transmite un chiste, pero aún así mostrar nuestro rechazo porque no se relaciona con nuestros valores. Por ello, acudir a la comedia del pasado supone asumir un riesgo. No obstante, eso no debe evitar que valoremos y apreciemos a autores que se dedicaron a este género, como sucedió con dramaturgos como Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) o Miguel Mihura (1905-1977), en una época donde a través de este medio podían buscar la evasión para su público y, sobre todo, ciertas críticas veladas que pasaban más desapercibidas a través de los chistes.

En ocasiones, la obra de Mihura ha quedado ensombrecida por su obra maestra Tres sombreros de copa (1932), pero su producción fue bastante popular durante los años cincuenta y sesenta gracias a su teatro ligero y agradable, que representan bien estas dos obras: Melocotón en almíbar (1958) y Ninette y un señor de Murcia (1964). 

La primera obra podemos entenderla como una parodia del género negro, realizada con acierto y cierta gracia, a pesar de ser una comedia más desconocida que la segunda que comentamos hoy. Una banda de ladrones de joyerías regresan tras un robo en Burgos al piso franco de Madrid que han alquilado a doña Pilar. El grupo, compuesto por cuatro hombres y una mujer, Nuria, finge ser una familia venezolana de visita en España y están asustados por haber podido cometer algún error que les delate. Cosme, alias el Nene, está enfermo, para lo que requiere la atención de una enfermera. A partir de este hecho casual, llegará a sus vidas una peculiar monja, Sor María de los Ángeles, que tiene unas grandes dotes deductivas pese a su apariencia.

Como es evidente, la gracia se encuentra en cómo las impresionantes deducciones de Sor María, expresadas siempre con humildad y con cierto pasotismo, van inquietando a la banda de ladrones, que sospechan que la monja les ha podido descubrir. La parodia del género funciona a la perfección, empezando por la sorprendente detective, pero también por la forma en que va descubriendo todo, las casualidades de las que se va percatando y las acusaciones entrecruzadas de los propios ladrones. Mihura no evita las escenas más absurdas, como la ocasión en que Sor María descubre una pistola y otro personaje trata de convencerla de que se la venda intentando transmitir naturalidad, o la forma de acentuar las características de los personajes, siendo el foco central la monja. Ahora bien, eso no evita que haya ciertas escenas que transmitan ternura, como la conversación entre Nuria y la monja, donde reflexionan sobre el estilo de vida de la muchacha. 

En general, el mayor logro y acierto humorístico de Melocotón en almíbar reside en el retorcimiento de los elementos del género negro, incluyendo también su final. Demuestra la habilidad de Mihura para el absurdo y debemos echar en falta que no regresara a este personaje central.

Representación de la obra realizada por Siglo XIII Teatro
En cuanto a Ninette y un señor de Murcia, pese a su fama, el argumento contiene menor sentido que Melocotón en almíbar o Tres sombreros de copa, pero está imbuido por el absurdo más sorprendente: Andrés, protagonista de la obra y que en varias ocasiones realizará apartes para explicarnos su situación, decide viajar por primera vez a París, con la principal intención de conocer el extranjero y, sobre todo, tener una aventura amorosa que no sería posible en España tanto por el recato del país como por su timidez. Sin embargo, cuando llegue a la casa donde se hospeda, conocerá a una familia española bastante particular, especialmente la hija, Ninette, nacida ya en Francia, que a través de sus encantos conquistará la atención de Andrés y echará al traste con sus intenciones originales.

Mihura recurrirá a varios elementos para el desarrollo de la obra. Por una parte, el uso de tópicos nacionales de la época, tanto referidos a Francia como a España, como la ligereza de las mujeres francesas o la castidad española, que en gran medida funcionan también gracias a su ruptura. Por otra parte, el choque ideológico visto siempre desde la perspectiva del humor, que le permite al autor mostrar ciertas críticas, aunque suavizadas, llegando incluso a mencionar al régimen. Y, por último, el mundo de las apariencias, representado por la forma en que todos los personajes pretenden aparentar una realidad que no se ajusta a sus acciones y hechos, así tenemos a una verdulera que insiste en que ella es una señora, a Armando, que finge tener un éxito en Francia inexistente en realidad, o al propio Andrés, cuyo viaje está motivado por la posibilidad de poder presumir en el Casino murciano. 

Representación de Ninette y un señor de Murcia
Ahora bien, el personaje central de la obra es la enigmática Ninette, cuyo comportamiento es difícil de interpretar, pero que consigue conquistar y mover a su antojo al débil Andrés, falto de voluntad hacia su magnetismo. Hija de dos mundos distintos, se mueve por escena con el poder de conseguir siempre lo que quiere, a pesar de su aparente fragilidad. No obstante, depende mucho Mihura de este personaje también para conquistar al público. Si no entras en el juego de Ninette, será difícil que la obra te encante, a pesar de que a lo largo de la misma hay más elementos aprovechables. Precisamente, la popularidad del personaje llevó a una segunda parte: Ninette, modas de París (1967).

En definitiva, las comedias de Miguel Mihura parten de elementos pequeños y cotidianos para lograr transmitir el absurdo de nuestra existencia a través de unos personajes particulares. En sus obras, encontramos una conjunción adecuada entre la ternura, la falta de voluntad, el deseo y el choque con la realidad unidas al buen uso de la conversación con un fin humorístico, situaciones absurdas y, sobre todo, el uso de perfiles que logren transmitir gracia y con los que el espectador pueda encontrar referentes en sí mismo o en las personas que le rodean. 


El catalejo lacado, de Philip Pullman

23 julio, 2018

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La definitiva aventura de Lyra y Will concluye en El catalejo lacado (2000), novela en la que Philip Pullman desvela sus cartas y nos muestra tanto sus principales críticas como la arquitectura de una trilogía que se ha creado con cierta lentitud, pero con elementos reconocibles que se vuelven a dar la mano en este cierre. Ahora bien, debemos entender que en toda la trilogía de La materia oscura se arrastran tres apartados a tener en cuenta y analizar: por una parte, la narración en torno al argumento relativo a los personajes que habitan la novela, desde sus protagonistas hasta los personajes más irrelevantes, al menos en apariencia, por otra parte, las interpretaciones que debemos deducir a partir de las acciones y conversaciones de los personajes y, finalmente, las críticas e ideas que Pullman transmite a través de los dos elementos anteriores.

La novela nos plantea el final de las aventuras de Lyra y Will en sus viajes a través de diversos mundos gracias tanto a la habilidad de Lyra para leer el aletiómetro como a la daga sutil que tan solo Will sabe emplear. Sin embargo, al empezar El catalejo lacado, se encuentran separados por los acontecimientos finales de La daga (1997). Will partirá entonces en busca de su amiga para rescatarla de la señora Coulter, quien la mantiene dormida en una cueva de su propio mundo. A la vez, dos grandes fuerzas opuestas se preparan para la batalla definitiva, siendo conscientes que en ella será primordial conseguir el apoyo de Lyra o destruirla.

Una cuestión primordial es que Philip Pullman abarca varios frentes durante esta obra a fin de lograr cerrar la trilogía, pero no todos tienen consistencia suficiente o son abordados de la manera necesaria. Incluso en ocasiones encontramos resoluciones abruptas, repentinas o incomprensibles, casi incluso casos de deux ex machina para culminar según las necesidades del autor, más que por la lógica de lo narrado o, al menos, de lo profundizado. Uno de los ejemplos más claros es el inicio de esta historia, dado que a pesar de ser una continuación sin salto temporal, nos sitúa a la señora Coulter manteniendo cautiva a Lyra en un lugar bastante alejado de los acontecimientos anteriores, con un cambio de actitud bastante importante y sin aclaración alguna. Es más, cuando Will va en su rescate con ayuda de dos ángeles, Barthus y Balthamos, tardará bastante en llegar a ella, por lo que no resulta verosímil que Coulter lo hiciera tan rápido ni que Pullman proporcione la sensación de que lleva ahí bastante tiempo.

Dibujo de los mulefa y la doctora Malone, obra de K. Thierolf
De forma general, lo que encontramos es una carencia a la hora de afrontar lo que les sucede a los personajes. Si bien el autor explora con bastante acierto algunas cuestiones, por ejemplo, las dudas que tendrán los protagonistas al final sobre la decisión que deben tomar, otras las deja demasiado vacías o da la sensación de que no son más que una herramienta para que algo suceda dentro de la narrativa, como sucede con los dos ángeles antes mencionados (es más, uno de ellos se convertirá en un deus ex machina hacia el final de la novela), o para justificar o explicar alguna de sus ideas. Precisamente, toda la trama de la doctora Malone se relaciona con esta última idea, dado que su línea argumental junto a los mulefa se encuentra apartada de los demás personajes y no proporciona ningún interés al lector, dado que desvía la atención de la acción principal para crear nuevas circunstancias con nuevos personajes. Si bien la introducción de Will como protagonista principal junto a Lyra en el segundo libro fue un acierto, funcionaba porque actuaban de manera conjunta, porque se relacionaban de forma directa. La doctora Malone cumplirá su función hacia el final de la novela, pero mientras tanto podría resultar una carga para ciertos lectores. Y ello a pesar de que los mulefa y la exploración del personaje no está mal desarrollada ni escrita, al contrario, puede causar cierto interés y resulta tan importante que uno de sus elementos da título a esta tercera entrega.

Atendiendo a su estructura argumental principal, podemos discernir tres partes a las que se junta tramas independientes que se desarrollan a lo largo de todo el libro. El primero, ya mencionado, es el rescate de Lyra, protagonizado por Will, y que a pesar de sus inconsistencias, está bien desarrollado. La relación de Will con Balthamos funciona, su posterior encuentro con Iorek, aunque forzado de forma evidente por el autor, tiene cierto interés y sirve para establecer uniones con todos los elementos anteriores de la trilogía, y el enfrentamiento, más bien dialéctico, entre la señora Coulter y Will muestra las dotes de ambos personajes. Sin embargo, son evidentes sus puntos flacos: la presencia de una niña a la que se le había dedicado gran parte de los capítulos anteriores que después es despachada de forma abrupta, el encuentro del protagonista con un sacerdote sin mayor relevancia, la batalla que surge a su alrededor o la repentina debilidad de la daga hacia los pensamientos de su portador, cuestión primordial en toda esta entrega, pero que en la anterior no había surgido en ninguna ocasión.

Land of the Dead, obra de Hannah Hillam
El siguiente tramo de historia tiene relación con el viaje al Mundo de los Muertos que emprenderán ambos protagonistas junto a dos gallivespianos. La relación entre los cuatro personajes es confusa, sobre todo por la falta de confianza que queda establecida desde el principio para, al final, llevarles a un extremo de relación íntima tan fuerte como para sacrificarse unos por los otros. De la misma forma que el interés de esta odisea reside en la exploración de este peculiar mundo de tintes mitológicos: no falta el barquero de la muerte, trasunto de Caronte, ni las arpías, cuya función es semejante a la de las Erinias o Furias así como el hecho de que los espíritus que van perdiendo sus recuerdos con el paso del tiempo. Curiosamente, se establece en la historia que la situación de este mundo fue establecida por la Autoridad -según cuenta una arpía-, como si fuera capaz de establecer este personaje el destino de los espíritus, algo que se da a entender en algunas ocasiones. Sin embargo, la resolución de esta trama no supone alterar las normas del lugar por sí mismo, sino establecer una puerta a otro mundo. Por tanto, ¿cómo existía el Mundo de los Muertos antes de la Autoridad? ¿Por qué el destino que les aguarda a estos espíritus al atravesar una puerta a otro mundo no lo pueden cumplir dentro de este sitio?

En cierta medida, Pullman establece un resultado conveniente a sus deseos, pero al que le falta verosimilitud. Sucede igual con la bomba que crea la Iglesia en el mundo de Lyra, basado en un poder extraordinario... como extraordinaria es la forma en que de ese poder se libra la protagonista. Es decir, si no tienes en cuenta la forma en que está construida la verosimilitud de este universo, seguramente aceptes y disfrutes de sus sucesos, dado que guardan cierta lógica que los sostiene e incluso tienen efecto en el futuro de los personajes, pero les falta un fondo en qué sostenerse, un fondo que se podría haber establecido sin dificultad, dado que el autor pone los medios a su alcance.

Tanto que, incluso en algunas ocasiones, se excede el narrador en añadir aclaraciones desde una perspectiva futura, adelantándonos información de lo que va a suceder, por ejemplo, al señalarnos cuestiones como que un personaje nunca olvidaría ese detalle cuando fuera anciano, que a otro apenas le quedaban días de vida o que era la segunda y última vez que haría algo.


Por otra parte, todo esto se debe a que el autor explica más que hace. Por ejemplo, Lyra explicará y justificará el viaje al Mundo de los Muertos por ver y salvar a Roger, de cuya muerte se arrepiente, a pesar de que este arrepentimiento no se había hecho patente durante los acontecimientos de La daga, sino que surgen de forma repentina en esta entrega. Sucede igual que con la daga, cuyo mal funcionamiento se debe a algo que Will ya había hecho anteriormente, aunque sin provocar ese efecto, lo cual plantea el hecho de que no hubo una planificación adecuada. Ahora bien, a pesar de estos defectos que surgen al analizar el proceso narrativo de La materia oscura, y que ya estaban presentes y mencionados en las obras anteriores, debemos reconocer los aspectos positivos. El autor sabe crear tensión e intriga, tiene creatividad y recursos para plantear y narrar en torno a varios personajes de distinto tipo y clase, maneja de forma adecuada el interior de los personajes, es decir, sus sentimientos e inquietudes, y la trilogía en sí contiene ideas bastante interesantes que no se relacionan solo con su propio contenido, sino también con un mensaje en torno a la forma de afrontar la vida, la muerte, la fe y la curiosidad. Incluso aborda el paso de la niñez al mundo adulto y otras cuestiones importantes, aunque con menor presencia, como la depresión, la igualdad o la libertad.

La última trama, en que se resuelve toda la trilogía, abarca dos etapas: una es la guerra contra Metatrón encabezada por Asriel mientras Lyra y Will tratan de recuperarse tras su viaje por el Mundo de los Muertos, la segunda es la conclusión tras estos acontecimientos y la tentación a la que debe ser sometida Lyra para cambiar, o no, los mundos. En primer lugar, la guerra resulta confusa, el arma principal de Asriel, llamada intencional, es ridiculizada por el uso que se le da durante todo este libro, la resolución nos muestra que Xaphania tenía unos conocimientos que la invalidan como cómplice de Asriel en tanto que debería haber actuado de otra forma anteriormente, y, además, no se le presta gran atención al desarrollo bélico de la contienda.


Lo cierto es que da siempre la sensación de que lo que está sucediendo no importa. Las muertes de ciertos personajes, aunque puedan a llegar a ser sentidas por los protagonistas o por el lector, no parecen llegar a tener ningún impacto relevante en los personajes, ni incluso son mencionados cuando se hace recuento de lo sucedido. Metatrón es abordado y convencido de forma burda, aunque el combate final con el Regente está muy bien narrado y resulta cruento y peliagudo. La denominada Autoridad no tiene más valor que el presencial. Y el resultado de la contienda parece no importar a nadie una vez que la narración corta cuando tanto Lyra como Will consiguen lo que quieren. Por no mencionar el hecho de que hay varias apariciones e intervenciones que tan solo responden al deseo del autor, es decir, deus ex machina bien definidos. Baste mencionar que Iorek, que estaba de regreso a su hogar, reaparece en un mundo distinto al suyo sin mayor explicación. O que los espíritus pueden resistirse a desvanecerse, cuando parecía anteriormente que no era algo que estuviera dentro de su voluntad. Incluso la presencia y naturaleza del abismo queda sin mayor respuesta, a pesar de que Xaphania sepa tanto sobre este lugar.

El final suponía el enfrentamiento de Lyra a una decisión que cambiaría el destino de los mundos a partir de una tentación, pero da la sensación de que nunca existe tal tentación, sino que más bien la protagonista responde a sus sentimientos sin afrontar ninguna diatriba. A su vez, cabría plantearse las razones por las que la acción de Lyra cambia el destino de los mundos. Es más, cuando realmente debe tomar una decisión importante junto a Will, no tardan en tener una respuesta y no se produce ningún cambio tan relevante como el causado antes, capaz de alterar el flujo de la materia oscura. En fin, a la obra le falta, curiosamente, un sustento mayor: ¿qué consecuencias tiene todo lo que ha sucedido?, ¿por qué pierde Lyra su habilidad especial sin más?, ¿cómo conocen los demás personajes lo sucedido con Asriel y Coulter, o por qué esta información queda oculta?, ¿por qué Pullman recurre a personajes de forma repentina para dar explicación a todo lo sucedido cuando desconocíamos o qué había pasado con estos personajes o por qué no habían actuado antes?

Obra de Leighton Johns
Todo ello para plantear una historia en la que se rechaza el determinismo y las normas eclesiásticas que van contra la libertad y la ciencia, a pesar de que La materia oscura funciona a base de profecías y un gnosticismo panteísta que incluso interviene de forma consciente en la realidad de los personajes, ¡pudiendo hacerlo a través de los sueños, la meditación o el I Ching! Se aboga, por tanto, por expresar la importancia del aspecto espiritual del ser humano, pero criticando, incluso con el hiperbólico Tribunal Consistorial de Disciplina, la forma en que los seres humanos han organizado la religión y condenan, asustan o privan de libertad a sus congéneres a partir de la fe. No en vano los representantes del clero en la trilogía llegan al extremo de sacrificarse para lograr matar a otros, actuando de kamikazes, o secuestrar y asesinar a niños. La señora Coulter representa justamente al rol de personaje que se aleja de esta vida cuando le toca de forma directa, es decir, cuando la víctima podría ser su hija, aunque debemos decir que este personaje es el más inconsistente de toda la trilogía, como sucede en gran medida con Asriel. El comportamiento y la relación de ambos es bastante confuso desde el principio de la trilogía hasta el final, cuando quizás esperábamos que se pudiera aclarar.

En conclusión, El catalejo lacado nos proporciona una aventura con tintes oscuros y final agridulce, que explora temáticas bastante profundas y plantea cuestiones relevantes, pero tiene evidentes fallos de consistencia y profundiza tan solo en sus protagonistas dejando en gran medida de lado a los personajes secundarios, a pesar de su relevancia, lo que provoca ciertos vacíos e incoherencias.  Se nota también la forma en que ha madurado la historia y sus personajes desde Luces del norte (1995) hasta El catalejo lacado. Sin duda, La trilogía oscura arrastra ciertos defectos narrativos que se acentúan a la hora de finalizar la historia, pero logra que sus principales virtudes queden presentes en la lectura, planteando sobre todo una liberación y un mensaje vitalista evidente, aunque no por ello menos necesario.


Para el sábado noche (LXXII): La amenaza de Andrómeda, de Robert Wise

21 julio, 2018

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La novela La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1969; Planeta / Bruguera, col. Best Sellers, 1985), está perlada de dosieres, télex y capturas de pantalla clasificados como “alto secreto”, adoptando su autor el papel de un investigador real dentro de la ficción. Michael Crichton (1942-2008) sabe jugar con el género literario sin caer en los excesos cultistas de la metaliteratura. Al punto de dar las gracias, en el apartado correspondiente, a toda una serie de personalidades (¿reales, inventadas?) que supuestamente le ayudaron en el desenvolvimiento y acceso a la información relacionados con el microbio Andrómeda. A partir de ahí, este libro narra la historia de los cinco días de una crisis científica americana de primera magnitud, incidiendo en que he tratado de conservar la tensión y el interés de los acontecimientos de aquellos cinco días, porque el caso de Andrómeda encierra un dramatismo innegable, y si constituye una crónica de errores estúpidos, letales, es al mismo tiempo un canto de heroísmo e inteligencia (casi añadiría que de providencia, como sucede con la directriz “7-12”) (Doy las gracias). Además, advierte Crichton que si el lector tiene que salvar de vez en cuando algún pasaje árido, lleno de detalles técnicos, pido perdón por ello. Algo que se puede hacer extensible a la pulcra y modélica adaptación cinematográfica de Robert Wise (1914-2005), como ya sabemos, nada ajeno al género de la ciencia ficción.

La Amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, Universal, 1971), se abre con uno de esos informes con apariencia de verosimilitud y fidelidad, respecto a los sucesos que se van a narrar a continuación. Estamos -o estuvimos- ante una grave crisis científica, aquí circunscrita a cuatro días de temor y descubrimientos fascinantes. Concluye el expediente con la presunción de que pronto se harán públicos los informes. Puede que sea así, pero el espectador tiene la sensación de que va a conocer de primera mano unos hechos que puede que no vean la luz.

La cápsula Scoop (la número VII en la novela) se ha salido de su órbita y precipitado sobre el suelo de Piedmont, una pequeña localidad de Nuevo México (EEUU). Aquel pueblo había sido herido por una catástrofe terrible (Día 2: VII). Los hombres de ciencia Jeremy Stone (el eficaz y no siempre aprovechado Arthur Hill) y Mark Hall (James Olson) inspeccionan el terreno después de que se haya perdido el contacto con una avanzadilla exploratoria del ejército. Piedmont no cuenta con una gran población, pero la sonda venida del espacio la ha diezmado. Los cuerpos de los lugareños responden a una extraña patología, y proporcionan a Robert Wise la ocasión de una inquietante composición en formato cinemascope, difícilmente olvidable. Precisamente, el primer intento de exploración del lugar fue narrado por el realizador a través del audio de unos altavoces, con objeto de acrecentar la incertidumbre ante la posterior llegada de los dos científicos. Ambos personajes auscultan el terreno contaminado y a su población como si estuvieran en la superficie de otro planeta.


Recuperada la cápsula, esta es enviada a una ingente base experimental, una estructura científico-militar donde se puede estudiar el germen procedente del espacio. En suma, se trata de una especie de Wright Patterson (Ohio) o Área 51 (Nevada), pero en Flatrock (también Nevada), que tiene por tapadera la apariencia de un centro de investigaciones agrícolas. El complejo de Wildfire, que así se llama, cuenta con unos laboratorios subterráneos y unas precisas técnicas de asilamiento que, en sí mismas, constituyen, para el que esto suscribe, un sugestivo mecanismo de intriga argumental. Ellas articulan la primera parte de la película, además de la inclusión de algunos aspectos narrativos en prolepsis (como una encuesta política sobre lo sucedido), o el reclutamiento de los miembros del equipo que van a trabajar en el patógeno Andrómeda. A estos científicos se les convoca con celeridad, pues la situación es apremiante. Ellos son los referidos Jeremy Stone, bacteriólogo ganador del premio Nobel, el cirujano Mark Hall, y sumándose al grupo, la microbióloga Ruth Leavitt (Kate Reid) y el patólogo Charles Dutton (David Wayne). Los actores ayudan a transmitir esa apariencia de realismo ante lo inesperado.

El suspense que se crea es inmediato y letal, y aventaja a los aspectos más circunstanciales de una posible acción trepidante. De resultas de ello, es esta una película (y una novela) más encauzada a la reflexión científica. Empero, Robert Wise no deja escapar la ocasión de transmitir dicha inquietud por medio de la imagen, como sucede en los planos donde se muestra una calculada profundidad de campo, presentando objetos y personajes en primer término, junto a otros en disposición general o media. Un contraste visual donde la realidad parece trastornarse, en un detallismo que se hace extensivo a la composición del plano en varias imágenes. Son como focos dentro de una configuración más amplia, que denota dos o más niveles de percepción, tales como la cotidianidad y la emergencia (señalada por un soldado armado al fondo del plano), o la posibilidad de una contingencia y su materialización. Incluso la distinción entre lo grande y lo pequeño, cuando la planificación se vertebra en torno al plano (los científicos estudiosos) y el contraplano (Andrómeda).


Este suspense, como observaba, incluye el fascinante recorrido de los protagonistas por el interior de la base científica, un enclave sujeto a una posible autodestrucción. A lo largo de este proceso, los personajes pueden ser vistos como los anticuerpos de un organismo mayor. Una tesitura en la que los cobayas son tanto roedores y primates como seres humanos.

En esta línea, si una alarma biológica es activada por computador para sellar el complejo, cabe pensar si, en efecto, no es mejor para la raza humana esta inmolación, como forma de inmunización preventiva. De forma premonitoria, hasta la biblioteca del centro se halla en el interior del ordenador. Aparte de que una trama donde tratan de convivir científicos, militares y políticos es de por sí una combinación explosiva.

Pero la aportación más trascendente de La amenaza de Andrómeda es la que atañe a la cuestión de cómo puede ser la vida extraterrestre. La detección y aislamiento del virus foráneo organiza el argumento tanto como la sorpresa y ampliación de conciencia que conlleva. En esta segunda parte del proceso, los científicos disponen de los dos únicos supervivientes de Piedmont, un anciano llamado Jackson (George Mitchell), y un bebé de pocos meses (Robert Soto). Como hace notar la enfermera Karen Anson (Paulla Kelly), hasta ahora Wildfire ha sido un juego.

El punto de partida de toda esta arriesgada investigación se centra en la química de la sangre; el exceso de acidez o de alcalinidad sanguíneos. Pese a todo, la amenaza es doble, pues Andrómeda primero ataca a la sangre humana y luego a los polímeros, dependiendo de su fase de mutación.


La adaptación de Nelson Gidding (1919-2004) sigue al pie de la letra el desarrollo argumental, e incluso algunos diálogos, del original (la captación de los protagonistas por la policía militar, la indisponibilidad de uno de los sabios convocados, la voz seductora que se escucha a través de unos altavoces…). Si bien, como es lógico, también se dan algunas ligeras variantes que dan más juego en el ámbito audiovisual. Como el descubrimiento de uno de los supervivientes durante una primera ronda exploratoria (Día 1: III). En la novela, se incide en el conocimiento del Proyecto Scoop respecto a la captación de formas de vida extraterrestre micro-orgánicas (Día 2: V). De igual modo, Stone se hace acompañar en el libro por Charles Burton -apellidado Dutton en la película-, durante la visita a Piedmont, en tanto el microbiólogo Peter Leavitt es, en la película, Ruth Leavitt, aunque ambos personajes (en realidad, el mismo personaje) padecen de epilepsia (Día 3: XX).

Interesante es señalar el terrible suicidio de un muchacho que ha ingerido un disolvente (Día 2: VII), lo que junto a la anciana que se ha quitado la vida, y otros ejemplos manifestados en la novela (en parte en la adaptación), significa que no todos los habitantes de la aldea fallecieron a un mismo tiempo. Asimismo, el orden de los colores en los niveles del complejo Wildfire varía (azul en el libro para el último nivel, donde se desarrolla el grueso de la acción, blanco para la película), así como los intervalos previos a una detonación nuclear, de tres minutos a cinco en la película, junto al tiempo que resta para su cumplimiento, de treinta y cuatro segundos a tan solo ocho.

Completan la interesante premisa de La amenaza de Andrómeda los efectos ópticos de Douglas Trumbull (1942), la fotografía del poco prodigado pero ecléctico Richard H. Kline (1926), y la sugestiva música electrónica de Gil Mellé (1931-2004).

Escrito por Javier Comino Aguilera


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