Para el sábado noche (XXXVII): El proceso Paradine, de Alfred Hitchcock

07 julio, 2014

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Guardémonos de los reduccionistas del arte y de los mitómanos. Como a los jibaros, les encanta “reducir” el grueso de una obra o un ámbito a “cuatro” títulos –indiscutiblemente míticos-, pero que no permiten ver el resto de árboles. En el caso de Alfred Hitchcock (1899-1980), la luz cegadora de sus creaciones más brillantes, por ejemplo durante la década de los cuarenta, ha arrojado a la oscuridad otras obras muy estimulantes y bien resueltas, como son, atendiendo a dicha década, El proceso Paradine (The Paradine case, Selznick Pictures, 1947) y Atormentada (Under Capricorn, Warner Bros., 1949).

Hoy nos referimos a la primera, escrita por el propio productor de la película, el no menos mítico David O’Selznick (1902-1965), con colaboraciones del igualmente considerado Ben Hecht (1894-1964), y de James Bridie (1888-1951), en base a una historia de Robert S. Hichens (1864-1950), autor de la célebre El jardín de Alá (1904), y, según los créditos, adaptación de la esposa del realizador, Alma Reville (1899-1982).

A todos ellos cabe añadir un expresivo juego de luces y sombras, tanto físicas como metafóricas, producto de la espléndida labor fotográfica de Lee Garmes (1898-1978), en un saldo que solo puede proporcionar el blanco y negro, y la excelente partitura de ese gran músico que fue Franz Waxman (1906-1967), y que incluye una hermosa pieza para piano.

La acción de El proceso Paradine transcurre en Londres, tras la guerra –Segunda-, y la coyuntura histórica nos ofrece una buena imagen para el recuerdo: aquella que muestra el Palacio de Justicia semiderruido, en lo que inevitablemente se convierte en otra metáfora de la convivencia y de la ley (no necesariamente de la justicia). Una metáfora personificada en el abogado Tony Keane (Gregory Peck), una de esas personas que, aún conservando cierta dignidad y espíritu emprendedor, ha ido domesticando sus ideales en favor de las minutas. Es un marido “enamorado”, pero de su trabajo, y al que el nuevo caso que se le ofrece le acabará por nublar “el juicio”.


El asunto en cuestión se resume como sigue: la señora Paradine (una turbadora Alida Valli), ha sido acusada de envenenar a su marido, un militar retirado e impedido por una ceguera. A partir de ahí, y como se suele decir, la “maquinaria de la justicia” se pone en marcha, pese a sus carencias –imperfecciones de orden humano, como en el caso que nos ocupa-.

Es de destacar la elegante presentación del relato: Alfred Hitchcock no rompe el plano que muestra a la solitaria señora Paradine, salvo cuando le anuncian la llegada del inspector: es la representación de la ruptura de la normalidad, o la irrupción de la misma en un territorio irreal, por haberse pretendido “a salvo”. El espectador decidirá, pero esa elegancia de fondo, se acompaña de la de la forma: la propia señora Paradine es portadora de un sosiego casi beatífico (solo mermado al final, con la irrupción de los policías en la casa). Un “desorden”, en definitiva, que queda igualmente representado en los planos de cuerpo entero (literalmente, con los pies en el suelo), que acontecen tanto en la mansión como en la comisaría.

De igual modo, Hitchcock echa mano de la elipsis durante los preparativos del proceso, con el ánimo de no aburrir al espectador con los preparativos de costumbre. Le interesa ir “al grano”. Por ejemplo, en el momento del “flechazo” entre letrado y acusada, durante su primer encuentro, en el que el realizador los acoge, a ellos solos, en un único plano, o a través de un plano-contraplano bastante elocuente. Incluso en el dormitorio de ella, en la mansión campestre que Keane visita “para hacerse una idea del entorno de la tragedia”, pero en realidad para reflexionar acerca de sus sentimientos, Hitchcock introduce otro significativo plano-contraplano entre el abogado y el retrato de la señora Paradine, sito en la cabecera de la cama. “Tengo que salvarla”, declarará ante sí mismo, más que ante los demás.


La única que se da cuenta de lo que está ocurriendo, además de Judy (Joan Tetzel), la espabilada hija del abogado y amigo Sir Simon, Sigi (el maravilloso Charles Coburn), será la propia esposa del defensor, Gay Keane (Ann Todd, en un rol no tan pasivo como se ha pretendido). La “suerte” de su marido le interesa mucho: será una prueba de amor definitiva para Kate.

También durante el juicio hacen “acto de presencia” reveladores planos-contraplanos, entre Keane y la acusada, o entre esta y el fiscal (el estupendo Leo G. Carroll), o a lo largo del “careo” entre Keane y Latour (Louis Jourdan), el ayuda de cámara del fallecido. De hecho, qué mejor sitio que un tribunal para hacer uso de esta gramática tan cinematográfica. Además, en una posición dominante, se halla el juez lord Thomas Horfield (sostenido con el aplomo y la brillantez de Charles Laughton). Y en fin, el espacio proporcionará, hacia la conclusión, el plano cenital con el que Tony abandona la sala, con idea de no regresar jamás.

No será inconveniente aclarar -puesto que los derroteros son otros-, que hasta entonces, el abogado no había perdido nunca un caso; pero más que sobre perdedores, es ésta una historia sobre el miedo a perder, o sobre el “saber perder”; y por supuesto, sobre el deseo hacia una imagen construida por nosotros mismos. Para el juez Horfield, sin embargo, éste será uno de tantos procesos (como le hace notar su esposa, interpretada por Ethel Barrymore). El elemento axial es André Latour, el citado ayuda de cámara, personaje esquivo y razón indirecta del conflicto. ¿Su comportamiento conlleva resentimiento o prevención? No se revelará hasta el final. En este sentido, el relato parece constituir un reverso irónico de otras figuras trágicas de Hitchcock: ¿será Magdalena Paradine otra falsa culpable, otro personaje encarcelado injustamente?


Como curiosidad, distinguimos a otro actor estupendo, John Williams, entre los miembros de la defensa (será un personaje “con papel” en futuras películas de Hitchcock). 

Lo cierto es que la revisión del “caso Paradine”, y nos referimos ahora a la película, nos permite recuperar y disfrutar de este título. Que Gregory Peck (americano) resultara adecuado o no como letrado inglés -¿por qué no como un americano en Londres?-, o que prevalezca el happy end por medio del compromiso adquirido por el joven matrimonio Keane, “en lo bueno y en lo malo” -¡no se les puede acusar de llevarlo a la práctica!-, son reparos que hoy nos resultan ridículos. Con lo que ha llovido y llueve en Londres.

Escrito por Javier C. Aguilera



Star Trek, de J. J. Abrams

05 julio, 2014

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Cartel de la cinta
En varias ocasiones hemos mencionado el hecho de que la ciencia ficción ha servido para meditar y acercarse a la condición humana. Lo mencionamos en Soy leyenda (Richard Matheson, 1954) y seguramente sea visible en el lúcido análisis de la serie original de Star Trek (1966-1969) que se encuentra entre nuestras reseñas. Sin embargo, no siempre resulta ser tan clara esta conexión, aún menos según han avanzado los años y se han banalizado los argumentos.

En este punto encontramos el llamado reinicio de una de las sagas o franquicias más longevas de este género: Star Trek. Una película que ha querido viajar a los inicios de la amistad de ese binomio tan popular que son Kirk y Spock armando a su alrededor una aventura intergaláctica en ocasiones más cercana a la espectacularidad y al espíritu de la saga Star Wars que al toque trekie original.

Quizás este hecho ha provocado que, en cierta forma, tengamos un caparazón hermoso, pero vacío de alma. J. J. Abrams pone cierto empeño y por ello resulta confuso que sea capaz de lograr cosas tan positivas para perderse en un ritmo y en una técnica que las desmerece.

Entretenimiento espectacular, algo a lo que se ha acostumbrado Abrams, aunque sus resultados no siempre hayan sido del gusto de todos, como sucedió con Lost (2004-2010). Más acostumbrado a verlo en televisión, lo cierto es que ha producido varias películas y se ha abarcado en proyectos de gran magnitud, como con esta recuperación de Star Trek o la continuación de Star Wars, Star Wars: Episodio VII - El despertar de la Fuerza (2015). Como película menor, tan solo en ambición por no tener una marca o una franquicia detrás, entre estas grandes producciones, Super 8 (2011). 

J.J. Abrams (sentado en el centro) junto a parte del reparto
Lo cierto es que el prólogo de esta aventura es realmente emotivo y trepidante, quizás tan trepidante como vertiginoso será el film desde ese momento en el trato a los personajes y su evolución personal. La película tiene un ritmo excesivamente veloz para que realmente nos acerquemos bien a los personajes, lo que finalmente provoca que estos caigan en clichés, sobre todo los protagonistas, que los ajustan demasiado y provocan que dejen de funcionar con la profundidad que les dotaba su pasado televisivo o cinematográfico.

Kirk (Chris Pine) queda reducido al chico malo y chulo destinado a ser héroe, mientras que Spock (Zachary Quinto, en ocasiones brindando una actuación digna como el vulcaniano) es el chico inteligente y ciertamente soberbio que se ve superado por la situación, aunque no quiera aparentarlo. Sobre ellos hemos apenas levitado sobre su pasado para conocerlos, lo que resultará molesto para aquellos que los estén descubriendo en este film, puesto que las alusiones que se realicen a su prometedor futuro resultan ciertamente ilusas e infantiles en comparación a lo que vemos, más aún cuando los hechos de esta cinta cambian los transcursos de los acontecimientos que todo aficionado a la saga conoce.

Kirk y Spock de niños
Este hecho choca precisamente con la tendencia de Abrams a construir cuidadosamente a sus personajes, especialmente en televisión, aunque le sirve para construir desde cero el universo trekkie y conseguir el reinicio de la franquicia.

La cuestión de que esta construcción resulte vacua también provoca que la acción en la que nos embarcamos poco después resulte fría, pese a toda su espectacularidad. Realmente, de nada vale un buen presupuesto en efectos especiales si estos solo sirven para crear un espectáculo vacío, ¡aún más cuando en la ciencia ficción resulta tan fácilmente justificable su empleo!


No obstante, no todo reluce, frente al maravilloso aspecto de Vulcano o la recreación del espacio exterior, tenemos una colección de extraterrestres poco trabajados y algún que otro desliz en este campo técnico que desentona con un buen trabajo general.

Además, realmente son molestos algunos tics del director durante toda la cinta, como el uso del movimiento de cámara, que provoca desconcierto y confusión en el espectador y contra el que ya hemos hablado en alguna que otra ocasión, y los destellos hacia la pantalla, que resultan completamente molestos en el visionado de la cinta y que arruinan la experiencia y la credibilidad de una posible buena historia, haciéndonos ver que nuestra pantalla no parece ser más que un cristal. No faltan tampoco primeros planos, más típicos de la televisión, a los que recurre con frecuencia.


Como puntos a favor, los guiños a lo original, especialmente con la aparición estelar, casi un cameo, de Leonard Nimoy, como Spock, y el trabajo argumental para justificar lo que vemos en pantalla, aún cuando se derroche acción en lugar de contenido. Sobran ciertos chistes infantiles, especialmente en los actores secundarios de la tripulación, pero en general tenemos unas interpretaciones correctas, con apariciones breves de actores como Chris Hemsworth (conocido por ser Thor) o Jennifer Morrison (habitual en televisión, tanto en la serie House como en Once upon a time), ambos interpretando a los padres de Kirk en el prólogo de la película.

Completando la tripulación del Enterprise, Zoe Saldana interpreta a Uhura con soltura, Karl Urban al doctor Leonard McCoy, Anton Yelchin como el piloto ruso Pavel Chekov y John Cho como Hikaru Sulu. Durante el metraje hará aparición el ingeniero Montgomery Scott, interpretado por Simon Pegg.

Eric Bana caracterizado como Nero
Con menor aparición, Winona Ryder y Ben Cross interpretan a los padres de Spock, mientras que el primer capitán de la Enterprise, Christopher Pike, es interpretado por Bruce Greenwood. En el otro lado, el malvado Nero, interpretado por Eric Bana, que, aunque motivado por la venganza, es un antagonista plano. A su lado, Clifton Collins Jr. como el general Ayel, que en ocasiones muestra una mayor cordura que Nero, pero sin demasiado éxito.

No es necesario realmente ser un gran conocedor de la franquicia (en lo personal, no lo soy) para percatarse de que, en efecto, no estamos ante una mala película, pese a sus claros defectos, pero sí ante un film más de acción, que no de auténtica ciencia ficción, ni aún menos, por lo que creo, de auténtica alma.


Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (XLVII): Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

03 julio, 2014

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Cien años de soledad (1967) es el culmen del ciclo dedicado a “Macondo”, ese pueblecito encantado y eufemístico, que será como arrojen las distintas miradas de los personajes que lo contemplan, incluyendo al lector.

Tal y como ha asegurado su propio autor, la realidad no anduvo demasiado lejos de la ficción durante la concreción de Cien años de soledad, novela-río tanto como novela-foco, puesto que se convirtió, directa o indirectamente, en el referente por el cual acceder a un nuevo nivel de literatura en español, hasta entonces y salvo excepciones, no muy tenido en cuenta, por lo menos desde un punto de vista “global”.

De hecho, la novela de Gabriel García Márquez (1927-2014) es también la historia del encuentro entre un texto y la expectativa de un determinado aunque numeroso público, en un preciso momento de la historia. Algo así como una conjunción planetaria, solo que formada por libros y personas, imagen que sin duda encontraría buen acomodo en el universo macondiano del premio Nobel.

Pero el diálogo que se establece entre creación y lector por vía de las ediciones críticas, se ve dificultado por la acumulación de unas notas a pie de página, a todas luces excesiva, en la edición de Cátedra (1978-2014), las cuales ralentizan fastidiosamente la lectura: quiero pensar que el nivel del lector medio no es tan justito. Desde luego que algunas de estas notas son, como no, provechosas en su información, pero otras resultan prescindibles, y muchas -me temo-, abiertamente ridículas, ejemplos risibles del agotamiento y el lifting analítico de la obra -aunque por eso mismo resulten tan divertidas-, en ejercicio de lo que entiendo que no ha de ser la filología: la complicación mediante textos abstrusos de aquello que está razonablemente claro.

El caso es que, en cita recogida al comienzo de la –notable- introducción, así como en la nota número quince de la página 534, ya hacia el final de la novela, es el propio autor el que advierte acerca de la copiosa (des)información que, a lo largo de lo que parecen siglos, han venido desgranado críticos y autores de tesis, como si no hubiera más autores que referenciar, o como si la obra misma fuese realmente ¡un texto tan arcano como los que en ella aparecen!

Ahora bien, junto a estas consideraciones -estrictamente personales-, justo es señalar una bienvenida advertencia sobre el texto por parte de Jacques Joset, a cuyo cargo se encuentra la referida edición: “que el lector lo saboree solo, sin más guía que su placer y su conciencia(pg. 11).

Naturalmente existen otras ediciones, incluida la original de la editorial Sudamericana, pero la presente incluye de forma acertada un árbol genealógico de la familia Buendía (aunque hoy sea común hallarlo), que clarifica bastante el devenir narrativo y nominativo. Dicho lo cual, aprovecharía para agradecer, también a título personal, que a la imprescindible editorial española no le haya dado por cambiar cada dos años el formato de sus libros.

Cien años de soledad distingue varios niveles de “soledad”, formando subconjuntos de un todo. En la novela, esta circunstancia es sinónimo de incomprensión, de reflexión o de abatimiento. Concretamente, será desde una correspondencia entre el despecho y el rencor más obstinado (caso de Amaranta), hasta la manifestación de la determinación (Úrsula), la altivez (Meme y Fernanda), e incluso la gloria y el nihilismo (Aureliano Buendía).

De tal modo que, cada miembro de la familia aportará su porción de “soledad” en muy distintas formas, completando un alicatado cuyo primer baldosín lo pone el co-fundador de Macondo, José Arcadio Buendía, el hombre que ansiaba comprender, como un asceta, el mundo que le rodeaba. Y acompañando este cúmulo de soledades, están los paradójicos y disparatados “dramas” que acucian a la saga familiar de los Buendía, marcados por la tentación del más funesto –a la larga- aunque dicharachero incesto, toda una parodia del amour fou, cuyo sustituto eventual durante la primera parte de la novela, serán las “iluminaciones” místico-científicas de José Arcadio Buendía, el citado patriarca de la familia.

Y mientras los Buendía nacen, se reproducen y mueren, Macondo surge, prospera y desaparece. Su espacio es un mundo plausible por los sentidos, pero en su realidad se agazapan otras. Son las fuerzas de lo mistérico, sobrenaturales y mágicas. Hasta tal punto que hasta el tiempo parece haberse detenido (o como va recordando, también de forma cíclica, el personaje de Úrsula, parafraseando al gran Azorín, el tiempo es como ver volver).

Solo el último de los Aurelianos alcanzará a entender que la historia, arropada por un determinismo de corte sobrenatural, siempre vence. Lo hará al descifrar los últimos signos de los pergaminos de Melquíades, el gitano prodigioso con el que comenzó todo. De estos textos se deriva una consciencia como sujetos en la historia, así como el hecho de haber cometido los mismos errores una vez tras otra (la condena transmitida –o aclarada- por Melquíades, es como un espejo que refleja a todos los hombres). Lo que constituye un elemento “esencial” de la historia de los Buendía (e insisto, de muchos otros), en un ciclo que parece eterno, pero que no vuelve a repetirse de igual modo.

Sic transit gloria mundi
Hasta Cien años de soledad, García Márquez ya se había ejercitado narrativa y estilísticamente, pero a esta nueva novela le añade una mayor complejidad, por ejemplo por medio de los símbolos (el hielo), de una estructura narrativa, más que circular, cíclica, o mediante el juego cronológico de un narrador omnisciente. Y a esa concepción plural de la soledad, junto a la experimentación temporal, les suma el hipérbaton, las anticipaciones (de personajes) y las imágenes fantásticas, como la del viejo galeón varado, o al ascenso “a los cielos” de otro de los personajes, Remedios, apodada La Bella, tan cándida que se asemeja al divertido estereotipo de la “rubia tonta”.

Y es que siempre sobresale en el relato de los Buendía el poder de la imaginación, más limitada o más fértil; la diferencia entre José Arcadio padre e hijo es evidente en este sentido, y determinará el rumbo de sus vidas y de quienes les rodean, pero en todos ellos será una circunstancia que actúe casi a modo de maleficio (no en vano, el segundo acaba marchándose del pueblo para reaparecer después, portando relatos exóticos).


Y es que la realidad de Macondo se presta a ser sustituida por todo tipo de ficciones, ya sea una “alegoría del insomnio” -por la que la población de Macondo se despega de la realidad por un (¿corto?) espacio de tiempo-, o por vía del azar (los naipes). Hasta la tragedia de algunos personajes (ciertos pretendientes, principalmente, como el joven afinador de pianolas Pietro Crespi, o el lúbrico Mauricio Bolonia, ajusticiado “en olor de concupiscencia”), participa del ámbito del “encantamiento”.

Porque a esta mezcla entre tragedia y fantasía (o tragedia disparatada, se podría decir), el autor le añade el humor. Así sucede con la irrupción de la política, en atinada y sarcástica realidad de lo que es y define a un partido político, y que se parece a la descripción de una de esas tertulias o debates con los que hoy nos torturan (pgs. 239 y 287). De hecho, el narrador insiste en que “muchos no sabían por qué peleaban(pg. 271).

Otros ejemplos los hallamos en la terrible, pero pese a todo divertida, “inexistencia de los trabajadores” de la compañía, por parte de los letrados de esta, una mentira que se oficializa en los libros de texto (pgs. 471 y 518). O en los amantes que soportan una “prosperidad de delirio” con los animales que crían en la granja, cada vez que se acuestan (pg. 301). En definitiva, un humor cuyo paroxismo se da en la muerte de otro de los personajes -no diremos cuál-, que provoca un río de sangre “inteligente” que recorre el pueblo, como portavoz de tan funesta noticia.


En este mismo sentido, incluso existe un bulo acerca de la ubicuidad de Aureliano Buendía como coronel del “ejército”. Personaje interesante, como todos, pero muy especialmente, pues tras una convalecencia por envenenamiento, recobra la “lucidez” (ataraxia palurda) que, perdida de nuevo, vuelve a recuperar en un trasiego tan vital como saleroso: también intentará el suicidio, pero errará en el intento (pg. 285).

Esta hipérbaton generalizada tampoco está ausente de los personajes más grotescamente dramáticos, como la beata Fernanda del Carpio -emisaria de una concepción lastimosa de la existencia, y por eso mismo digna de lástima-, o de las dos matanzas perpetradas contra los habitantes de Macondo, la primera, durante una fiesta de carnaval; la segunda, sobre un pueblo que reclama mejoras para los trabajadores a la empresa bananera.

Las apariciones de Melquíades a los miembros de la familia que se interesan por conocer el significado de los manuscritos legados por el gitano maravilloso, tienen lugar en el fabuloso espacio del laboratorio, un sitio que parece no regirse por el paso del tiempo, al menos tal y como lo percibimos a este lado de la realidad. Una herencia de Rulfo (y antes de él, de otros), aunque aquí los muertos no se limitan a dialogar entre sí, sino que interactúan con los vivos.

Un episodio que lo ilustra es el de los soldados que buscan al coronel Aureliano, ya convertido en un renegado, en dicho laboratorio, y que no alcanzan a verlo: el lugar es como un espacio mágico que no se corrompe con el tiempo; “una fracción eternizada de tiempo en un cuarto(pg. 472).

Aunque no solo el tiempo parece cíclico, también los errores que se asocian y desencadena el amor, como va corroborando ese otro personaje que es el narrador.


Y naturalmente, está Macondo, espacio único en sí mismo, localizado en una ficción geográfica y mental, y que “naufragaba en una prosperidad de milagro”. A la llegada del ferrocarril (pg. 334), elemento cimentador del progreso y vertebrador de la población, se suman el fonógrafo, el automóvil, el teléfono y el cine, junto a una invasión tumultuosa de gente.

Como testigo de todo este proceso de auge y caída, está la matriarca de la familia, una Úrsula ya casi centenaria (como Pilar Ternera, la prostituta echadora de cartas del pueblo), que adquiere una clarividencia y lucidez sobre las cosas y las personas conforme va perdiendo la vista (una condición que la visión parecía reprimir).

Hay una notable excepción a la soledad en el amor que se profesan en la madurez Aureliano Segundo y Petra Cotes. Junto a ellos, queda el último Aureliano, que es recluido en la casa por su condición de ilegítimo, cual si fuera the ghoul. De hecho, será el único que engendre por amor (con su tía Amaranta Úrsula), y que comprenda al final, con el desciframiento de los manuscritos, que todo(s) ha formado parte de una especie de maldición.

Lo que ha sido tomado prestado –más que arrebatado- a la naturaleza, la naturaleza lo reclama y recupera. Una naturaleza a imagen y semejanza de la humana, invisible pero latente, siempre al acecho, esperando su oportunidad. Pero es este ya un Macondo “olvidado hasta por los pájaros(pg. 534), aquel que anticiparon los personajes trágicos de Amaranta y Rebeca.


Jugando con las expectativas del lector, vulnerando los resortes narrativos habituales, adelantando información, o por medio de sorpresas argumentales, Cien años de soledad nos presenta al ser humano en estado puro, quintaesenciado, formando parte de una guerra que es el ejercicio de una farsa, o escogiendo –o no- su propia deriva, entre una serie de oportunidades que nunca dan marcha atrás.

Imágenes, comparaciones, adjetivaciones soberbias, en Cien años de soledad parece claro que quien hace un incesto hace ciento, de igual modo que el viejo adagio del muerto al hoyo parece no formar parte de la naturaleza de Macondo.

En su atmósfera sobrenatural, incluso hay lugar para la aparición de unos inexplicables discos anaranjados que surcan el cielo, unos avistamientos que se corresponden a momentos trascendentes de la narración (pgs. 285, 464 y 545); y a los que se suma la presencia premonitoria del color amarillo (flores y mariposas, principalmente), como otro elemento fetiche. E incluso aunque algún personaje se cuestione la validez de la literatura (de la vida, en definitiva), García Márquez observa, por boca de otro, que la literatura es “el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente(pg. 516).

Finalmente, o mejor dicho, al término de la novela, Macondo regresa a dónde salió, pero queremos pensar que, como otros pueblos a lo largo de la historia reciente, aunque olvidados y desiertos en los cincuenta y sesenta, también ha renacido posteriormente, no bajo las disposiciones de un capitalismo descontrolado, sino regido por los designios paralelos de la magia y de una humanidad verdadera.

Escrito por Javier C. Aguilera


Noticias: Próximamente en BdC

01 julio, 2014

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Ponte Vecchio en Florencia (Fotografía de LJ)
Continuamos nuestra ruta llegando a la estación calurosa por excelencia: el verano. Superando las 12.000 visitas mensuales y con nuestra media regular de entradas, nos adentramos en unas fechas donde solemos aumentar nuestra actividad, especialmente cuando ya han finalizado nuestras obligaciones académicas, este año de especial interés al concluir los tres miembros del blog nuestras respectivas carreras. En un junio indiscutiblemente cinematográfico, nos mantenemos de manera general en Blogger, con un seguidor más, 146 amigos, y en Facebook, donde sumamos seis me gustas, alcanzando los 103. Una excepción, ¡y menuda excepción!, la pone Twitter, donde hemos pasado de 261 seguidores a 423.

En este mes hemos concluido nuestro ciclo de superhéroes mutantes con el estreno de X-Men: Días del futuro pasado y nos hemos adentrado en las adaptaciones de videojuegos con Silent Hill. También hemos disfrutado de uno de los detectives más célebres de la televisión, Colombo. Y hemos cerrado el mes con una obra maestra: Lawrence de Arabia. También ha sido un mes de publicidad y moda con dos entradas relacionadas: la moda del prêt-a-porter y el efecto de la informatización en la moda. En nuestra sección literaria por excelencia, hemos tenido dos invitados de lujo: Pablo Neruda y Octavio Paz.

En este momento llega también la ocasión de celebrar nuestro aniversario: ¡tres años de Baúl del Castillo! Desde que publicamos nuestra apertura el 1 de julio de 2011, lo cierto es que nunca o apenas lo hemos celebrado, más centrados en hacer un balance a fin de año por parecernos más lógico. Pero en esta ocasión hemos querido hacer algunos cambios precisamente en nuestra sección más corporativa: Próximamente en BdC. Cada mes vamos a incorporar a nuestro resumen mensual las búsquedas curiosas o extrañas con las que las personas hayan llegado a nosotros y que nos son chivadas por Google, siguiendo la sección Encuentra tu blog de Biblioteca sin espacio (Beatriz L.M.). Nos ha parecido realmente interesante y gracioso para incorporarlo, le agradecemos la idea.

Vamos así con algunas de estas búsquedas:

"la ropa de primark es de buena calidad"

Una afirmación que parece más bien una pregunta y que remite al título de una de nuestras entradas: Primark, ¿un low cost de calidad? No sabemos si nuestro artículo le satisfizo.

"como se llama la actriz de dulce noviembre"

Lo increíble es que no llegara a Yahoo! Respuestas antes que a nosotros. Menos mal que en nuestra reseña de Dulce noviembre damos respuesta a esta duda, hubiera sido decepcionante de no ser así.

"descargar la malquerida libro"

No es el primero, ni será el último, que llega a nuestro blog buscando un libro o una película para poder descargarla. En este caso, no nos dedicamos a un asunto tan polémico, ¡pero pueden aprovechar para leer nuestro análisis!

"epistolas de garcilazo de la vega"

Garcilaso se remueve en su tumba. Lo curioso es que nosotros solo hablamos de la Égloga III, ¿cómo llegó a nosotros a través de las epístolas?

Por otra parte, en agosto del año pasado hicimos un listado con los libros y las películas más visitadas en nuestro blog. Hemos querido repetir la experiencia aprovechando este aniversario, así que aquí os dejamos con nuestras reseñas más visitadas:

  • Literatura
  1. Cantar del Mío Cid (6636 visitas)
  2. Marina, de Carlos Ruiz Zafón (6152 visitas)
  3. Égloga III, de Garcilaso de la Vega (5569 visitas)
  4. La malquerida, de Jacinto Benavente (3959 visitas)
  5. Cartas marruecas, de José Cadalso (2598 visitas)
  6. Los placeres prohibidos, de Luis Cernuda (2199 visitas)
  7. El mundo amarillo, de Albert Espinosa (1804 visitas)
  8. Noche de alacranes, de Alfredo Gómez Cerdá (1769 visitas)
  9. Nocturnabilia, de varios autores (1694 visitas)
  10. Pesadillas, de R. L. Stine (1624 visitas)

Tan solo son veinte entradas de las más de quinientas que actualmente tenemos. Y seguiremos creciendo. El próximo mes con más autores hispanoamericanos, con más cine y, esperamos, música.

Un saludo,
L.J.

PD: Nos despedimos con Bel, de quien hemos hablado en alguna ocasión y que ha sacado un nuevo disco, Pasatos de jijala, que ha ido estrenando en Úbeda, en Granada y en Madrid. Aquí os dejamos dos vídeos de la misma canción: su actuación en el Fex, el festival extensión del Festival de Música y Danza de Granada, y el videoclip del mismo tema. Esperamos que os guste.




"Pienso que una vida dedicada a la música es una vida bellamente empleada, y es a eso a lo que he dedicado la mía."

                  -Luciano Pavarotti

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