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Clásicos Inolvidables (CLXX): El príncipe destronado, de Miguel Delibes

26 julio, 2022

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La infancia es el terreno del gran misterio de nuestras vidas. Durante esos días fuimos unas personas que sufrieron cambios irreversibles posteriormente. La inocencia, la forma de ver el mundo e incluso nuestro carácter se van puliendo con el paso de los años, pero suele recaer sobre esos años el velo del olvido, a pesar de que tratemos de reconstruir a través de recuerdos, fotografías, vídeos o anécdotas compartidas quiénes fuimos entonces. A su vez, la historia de la infancia en una sociedad es también la narración de una manera determinada de vivir que tiende a desaparecer con el paso del tiempo. No son los niños de ahora como eran los niños de antes, como tampoco aquellos eran iguales a los niños anteriores. Las circunstancias vitales, la evolución de la sociedad y los cambios económicos y técnicos modifican esa etapa de la vida irremediablemente.

Suele ser un tema recurrente en las diferentes formas narrativas que nos encontramos, como el cine o las novelas. Pero quisiera resaltar precisamente el modelo de novela de formación, en la que se muestra la evolución de un protagonista infantil en su transición al mundo adulto. A ello se suman también esas novelas que podemos encontrar con bastante facilidad en cualquier librería donde el autor trata de hacer memoria de una forma de vida del pasado y la retrata a lo largo de su novela. Así, se van acumulando, como si fueran estratos terrestres, las últimas décadas desde la óptica de un adulto creador que rememora la época de su infancia. El caso que nos ocupa, sin embargo, es bastante singular. Miguel Delibes (1920-2010) ya nos había acercado a la infancia rural en algunas de sus obras, como su estupenda novela El camino (1950), reflejo de su propia vida, pues el lugar en que se ambienta la historia era el pueblo donde pasaba los veranos de su niñez. O en esa versión más crítica y ruda de Las ratas (1962), también con un niño como protagonista. Sin embargo, en 1973 publicó El príncipe destronado, que nos acerca la óptica de un niño muy pequeño para reflejar ese pequeño gran mundo de cotidianidad que le rodea. Ya no se trata del recuerdo personal, sino de un retrato generacional y también de una apuesta narrativa. Porque no se aborda como en otros casos la evolución de un niño que empieza a comprender el mundo de manera más adulta o que se desarrolla a partir de los hechos narrados, sino que es puramente un día en la vida de un niño, pero sin el tono innecesario de esos libros comerciales dedicados a los niños. Porque aunque estemos ante la historia de un niño, no estamos ante una novela para niños (aunque también puedan leerla).

Hay varios retos a los que se enfrenta Delibes en El príncipe destronado. Para empezar, el hecho de situar el protagonismo en un niño de apenas tres años, como si quisiera encontrar los límites del protagonista en edad: ¿hasta dónde podemos ahondar en un niño tan pequeño? Y podríamos seguir por ese retrato crítico que hace de la familia y de sus relaciones internas desde un narrador en tercera persona que, sin embargo, no duda en adoptar el punto de vista del menor, tratando de explicar aquello que su mente percibe. Para finalizar, toda la acción se sitúa en doce horas de un día, así se divide en lugar de en capítulos. Eso permite a Delibes mostrar tan solo un día en la vida cotidiana de una familia, pero le es suficiente para darnos una muestra cercana en la que también se perciben costumbres y hábitos en los que no necesita ahondar. Es más, aunque el modelo familiar retratado, una familia acomodada, y la infancia del protagonista nos puedan resultar algo lejanos según nuestra edad, no presenta problemas de comprensión, ya que hay ciertos puntos que siguen siendo intrínsecos a las relaciones familiares en la actualidad, a excepción, seguramente, de la presencia de un servicio en la casa, más propio de familias burguesas de mediados del siglo pasado.

Dibujo del hijo de Delibes, Adolfo, de 4 años, que ilustraba el libro.
A partir de las doce horas que vemos en la vida de Quico, nuestro joven protagonista, somos testigos de sus juegos infantiles, de su desbordante imaginación, capaz de transformar un tubo de dentífrico en cañón o avión, según sus necesidades, y también de clara y marcada inocencia, como bien demuestra al no entender el peso de la muerte (aunque le atemorice cuando su hermano finja estarlo) o lo que es un beso apasionado entre dos enamorados (que confunde con una agresión y sale corriendo pidiendo ayuda al resto de la familia). Aparte, tiene sus preocupaciones que son ajenas a los intereses del resto de personajes, más ocupados en otros quehaceres. La principal, que estará presente en toda la novela, es el aprendizaje del control de esfínteres para evitar mearse encima, demostrando a todos que ya es un niño mayor. Lo convierte en su principal orgullo, pero también en su mayor temor, cuando no pueda controlarse o no se dé cuenta y tema las consecuencias por las amenazas que ha recibido, por ejemplo, de que le cortarán el pito. 

Ahora bien, si hay una constante en todo el libro para el protagonista es su necesidad de llamar la atención. Así, desde el principio, muestra malos comportamientos al decir palabrotas, al menospreciar a su hermana pequeña Cristina, al robar objetos del baño o de los cajones de sus padres o, finalmente, al mentir a su madre para que no descubra que se ha vuelto a orinar encima. Ni el narrador ni ningún monólogo interno nos van a descubrir qué inquieta realmente a Quico, porque ni siquiera él lo entiende. Como sucede en muchas ocasiones, a veces son otras personas las que nos proporcionan las claves de aquello que nos pasa, por ejemplo, cuando le dan nombre a aquello que sentimos en nuestro interior y no sabíamos cómo expresarlo. Eso mismo sucede con el personaje de la tía Cuqui, pero también con el doctor Emilio. Ambos personajes señalan a la madre cómo el niño está sintiéndose desplazado por la atención que recibe su hermana pequeña, que apenas tiene unos meses. Podemos ver durante la novela cómo la Domi, una de las criadas encargada de la vigilancia y el cuidado de los niños, siente predilección por la niña, no solo porque deba estar más pendiente de ella, sino también por el trato que da a los otros niños, Juan y Quico, que son los pequeños de la casa. Algo similar sucede con la madre, que hace mimos a la pequeña, mientras que se queja del comportamiento de Quico, por ejemplo, cuando le cuesta comer, obligándole a tragar con más rapidez. O cuando descubra que el niño ha vuelto a orinarse encima, exclamando ¡Estoy aburrida de niños! ¡No puedo más!. Evidentemente, son las quejas comprensibles de una madre en el día a día. Tendrá también oportunidad de demostrar su preocupación y cariño por Quico en el capítulo de la punta y en el final de la novela.

Fotografía de Shanina
Por contra, la tía Cuqui, cuñada de la madre, muestra mayor afecto al niño, haciendo que se tranquilice y tratándolo con menos rudeza o nervios. Así, ambas mujeres conversan mientras ella acaricia al niño que está en su regazo sin que este se comporte mal, tan solo interviniendo de vez en cuando, mostrándonos que es capaz de tener buena actitud mientras recibe cariño. Hay que destacar de este personaje que también sirve para tranquilizar a la madre y es la primera que da nombre al comportamiento del niño y de la propia novela, señalándole la posibilidad de que Quico se sienta como un príncipe destronado por la presencia de su hermana pequeña. Aunque la incredulidad de la madre sea la actitud inicial, los siguientes acontecimientos, incluyendo el bonito final, acabarán por confirmar sus palabras. De esta forma, uno de los pocos personajes completamente positivos de la novela es esta mujer, que muestra tener una buena posición económica, no parece tener hijos, pero sí inquietudes intelectuales, por ejemplo, ha leído a Freud. Un modelo positivo de un perfil que estaba denostado en la época, por considerarla solterona, aunque en la obra no se llega a perfilar si estamos ante una mujer soltera o una viuda. Quiero también notar ese carácter de maternidad postiza que también retrató Miguel de Unamuno en La tía Tula (1921). 

Aparte de los juegos y conversaciones infantiles que protagonizan Quico y, en menor medida, Juan, hay también espacio para otros temas de los que el protagonista es testigo y por los que se interesa, aunque no sea aún consciente de la magnitud de los hechos. Hay tres temas que dan una muestra de preocupaciones sociales generales y también concretas. En primer lugar, tenemos los conflictos internos de la familia, protagonizados por la diferencia de opiniones entre el padre y la madre. Sin duda, uno de los mejores capítulos del libro es la discusión entre ambos, que sirve también para mostrar no solo las fricciones familiares, sino también el rol más protagónico de la mujer, capaz de llevar la contraria al marido de manera abierta y debatir de igual a igual. Incluso podemos considerar que es quien lleva la razón frente a la voz autoritaria y claramente machista del padre, que en sus comentarios menosprecia a la mujer en general, aparte de a su esposa en concreto. Así llega a decir in crescendo: lo único que has de mirar es que tu mujer no tenga pretensión de que piensa (...) la mujer en la cocina (...) la mejor de todas las mujeres que creen que piensan, debería estar ahorcada. Ante estas palabras, que escucha Quico, la madre no se achantará, aunque el narrador nos muestre cómo le afectan, señalando el temblor de menor. Las respuestas de la madre son mucho más suaves y demuestran mayor inteligencia, al tener un carácter más universal, por ejemplo, al responder: nunca creas que tú eres la verdad.

Madre (Teresa Gimpera) e hijo (Lolo García) en la adaptación cinematográfica
La raíz de esta discusión se encuentra en un conflicto social que aún sigue vigente: la guerra civil, en la que el padre participó. El hijo mayor, Pablo, que ya tiene dieciséis años, no quiere relacionarse con los intereses de su padre, pero no es capaz de llevarle la contraria, a pesar de que su madre le defiende. Delibes muestra aquí una cicatriz presente aún en algunas familias españolas de la época, pero también una cuestión universal, como es el enfrentamiento intergeneracional. Unos años antes de la publicación de este libro, de esa cicatriz que había afectado a familias enteras también nos mostró su visión Antonio Buero Vallejo (1916-2000) en su obra El tragaluz (1967). De la misma forma que Antonio Mercero (1936-2018) desplazó parte del interés de la adaptación cinematográfica que realizó de esta novela a este tema, titulando a la película como La guerra de papá (1977). Además, encontramos otro episodio relacionado, como es la despedida de Femio, el novio de una de las criadas, Vítora, que llaman familiarmente la Vito. En este caso, el joven ha sido destinado a realizar el servicio militar a África, donde corre el riesgo de morir. Por último, el narrador también nos muestra a través de las distintas conversaciones las tensiones entre el servicio de casa y la madre, uniendo a la par la desconfianza con el sentido de familiaridad. Uno de los momentos más tensos es cuando la madre decide despedir a una de las criadas, para después retomar la relación sin echarla sin más, como un hecho cotidiano, como un habitual toma y daca entre ambas partes. 

En definitiva, El príncipe destronado es un excelente retrato social de lo cotidiano centrado en el pequeño mundo de la primera infancia, que, además, rehúye de idealismos. No existen grandes tramas ni acontecimientos en la novela, pero logra transportarnos a ese ambiente a la perfección, como si nos coláramos por la ventana de una familia cualquiera y siguiéramos sus quehaceres durante doce horas. Además, logra mostrar muy bien el abismo que hay entre el mundo de los niños y el de los adultos y remata con un final que aúna la fantasía infantil con esa necesidad tan real de cariño que todos tenemos o hemos tenido alguna vez.

Escrito por Luis J. del Castillo



Clásicos Inolvidables (CXXII): Los santos inocentes, de Miguel Delibes

05 febrero, 2017

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Más allá de la consideración de que el poder corrompe, podemos referirnos a la idea de que ante un mundo establecido a base de diferencias sociales significativas resulta fácil encontrar historias de abuso y sumisión contra las que no se trata de combatir, sino que se viven, o sobreviven, asumiendo una existencia o una posición en el mundo según tu nacimiento, tus posesiones o, en definitiva, tu poder frente a los demás. Aunque los ejemplos podrían ser muy variados, vamos a referirnos en esta ocasión al abismo social que existía (o puede aún existir) con total naturalidad entre los terratenientes y sus empleados en un ambiente rural donde el sustento de los segundos dependía del poder de los primeros, quienes eran dueños de la tierra, de sus trabajos, de su economía y, por desplazamiento, de sus vidas.

Desde antaño existe un tópico por el que la vida retirada y ociosa del campo es preferible al ambiente urbano, una combinación de ideas como el beatus ille o la alabanza de aldea y el menosprecio de corte que suele encontrar en la naturaleza el lugar propicio para el desarrollo humano. Un pensamiento agradable sobre todo para los ciudadanos más urbanitas acostumbrados a encontrar en las ciudades el lado más artificial del ser humano.

Sin embargo, la visión idealizada siempre esconde aristas oscuras que no suelen ser retratadas: el campo tiene también defectos y la naturaleza no nos acoge con los brazos abiertos como una madre. Tampoco la vida dedicada al ambiente rural carece de esfuerzos y penurias. Quizás por todo ello, un autor como Miguel Delibes (1920-2010), que ya tratado el tema rural desde una perspectiva más utópica y nostálgica, como en El camino (1950), se entregó a retratar también los aspectos más sombríos del ambiente que tan bien conocía, como por ejemplo Las ratas (1962), contrapunto a la obra anteriormente mencionada por ofrecer una visión de mayor miseria.


Los santos inocentes (1981) se incorpora a este segundo tipo de obras, en este caso centrado en la degradación sufrida por una familia rural extremeña cuyos miembros son explotados por los terratenientes de diversas formas. La obra es breve y se desarrolla en seis capítulos, también llamados libros, en los que no encontraremos puntos, sino un único párrafo que compone cada apartado. A pesar de este recurso experimental que nos recuerda a otra obra del autor, Cinco horas con Mario (1966), la lectura no resulta pesada, se insertan las intervenciones dialogísticas con facilidad y salvando el uso del lenguaje rural o de cierto argot de caza, no ofrece grades dificultades. Cada capítulo guarda relación entre sí por los personajes y el ambiente mostrado, sirviendo los tres primeros para presentar a los personajes principales, la familia rural, dedicando atención a ciertas actitudes y circunstancias diseminadas en tiempo y espacio. Los últimos tres libros sirven para presentar al señorito Iván y las diferencias sociales, tejidas finalmente en los últimos dos capítulos a partir de unos acontecimientos concretos donde se observa el dominio cruel y egoísta que ejerce el señorito sobre la familia.

El retrato que Delibes crea en Los santos inocentes permite a los personajes desarrollarse a través de sus acciones; no obstante, aunque sea el lector el que pueda sacar una conclusión en torno a los acontecimientos de la obra, podemos percibir una evidente visión positiva sobre la familia campesina, a pesar de sus defectos, y una visión más crítica con el sector privilegiado. De esta forma, podemos encontrar hasta cuatro tipo de personajes. El primero sería un sector sumiso, representado esencialmente por Paco, el Bajo, y su esposa Régula, que ha aceptado el yugo y las condiciones de su clase considerándose inferiores a los señoritos, obedeciendo y entregándose hasta extremos insospechados. El segundo es un sector más inconformista, compuesto por los hijos de Paco, Quirce, Rogelio y Nieves, que obedece y trabaja bien pero comienza a distanciarse de la gratitud o el compadreo con quienes los tratan como inferiores, cumpliendo su labor sin una entrega desmedida. Ahora bien, no hay un protagonismo esencial de estos personajes y no se busca en esta obra ningún tipo de revolución por su parte, incluso al contrario, también sufren las exigencias paternas en cuanto a mantener un comportamiento adecuado para con los señoritos.

Imagen de la adaptación cinematográfica homónima realizada por Mario Camus (1984)
El sector dominante tendrá su perfil más claro en el señorito Iván, el antagonista de la historia, que agrupa todos los defectos posibles de quienes poseen el poder: egoísmo, autoritarismo y vanidad, así como un carácter opresivo e insensible para con sus trabajadores. Incluso cuando aparezca una figura privilegiada, en este caso un francés, que denuncie la situación de analfabetismo rural, el señorito tratará de defender una situación insostenible que incluso ha fomentado él mismo. La mejor representación de la actitud de Iván será la distancia que marque con Paco cuando le impida un tratamiento más cariñoso y cuando a pesar de haber mantenido una relación cercana y casi de camaradería, al final no vea en él más que a un instrumento o un animal inferior, al que poder explotar a su antojo, sirviéndose de la sumisión del otro, y sin atender a las consecuencias.

Por último, el sector inocente, aquel que da nombre a la obra junto a la tristemente célebre y bíblica matanza de los inocentes, representado primordialmente por Azarías, hermano de Régula, cuya vida está afectada por una obligada inocencia a raíz de su discapacidad intelectual y que deambula entre el hogar de su hermana y el cortijo del señorito para el que trabaja. Sus maneras agrias y su falta de pudor acompañan a una obsesión cariñosa para ciertos animales, esencialmente pájaros, a los que suele dedicarse con total entrega; un afecto que también profesará por su sobrina Charito, la "Niña Chica", también discapacitada. En él se reúne el desprecio recibido por los señoritos a raíz no solo de su pertenencia al escalafón inferior, sino también a su situación que le convierten en un ser poco manejable y, sobre todo, en un instrumento poco útil, y la fuerza desgarradora de quien no acepta las acciones de los demás por mera sumisión.


En esencia, Los santos inocentes condena la división jerarquizada de la sociedad en un ambiente rural, donde solo hallamos extremos que nos acercan a actitudes inhumanas. Delibes se mueve en su terreno predilecto, como bien muestra el despliegue lingüístico de términos rurales o de caza, además de usos típicos del habla coloquial que se inserta incluso en la voz narrativa. A ello hay que sumar la creación de personajes bien desarrollados en el caso del triángulo primordial (Paco, Iván y Azarías), dado que en otros casos quizás acaba habiendo ciertas carencias, como sucede con los hijos varones de la familia, con el resto de la familia del señorito Iván, de la que tan solo se mostrará de forma positiva a su hermana, Miriam, o con la trama más telenovelesca que incumbe a Nieves, a don Pedro y doña Purita, la cual queda en el aire por no ser de auténtico interés para el objeto narrativo de la obra, aunque es fácil suponer qué aconteció en esas circunstancias.

En conclusión, la obra se presta a mostrarnos, con una presentación que aúna un estilo experimental con unas formas rurales y coloquiales, una historia de brutalidad en las relaciones desiguales de sus personajes que, en una forma más localista, se asemeja a las narraciones sobre esclavitud afroamericana en Estados Unidos o el dominio sobre los indígenas americanos por parte de los europeos. Aunque podría haber ofrecido más, Los santos inocentes se erige como una breve novela que condensa algunos de los temas usuales de Miguel Delibes y que nos ofrece un buen ejemplo de su capacidad narrativa.

Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (LXXXIV): El camino, de Miguel Delibes

05 enero, 2016

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Hay libros que más allá de su trascendencia logran tener alma. Logran dar cuerpo y corazón a una serie de personajes y convertirlos en realidades independientes, vidas creíbles, completa complicidad con el lector que se atreve a abrirlos. Hoy seguramente nos resulte difícil entender cómo se sentía un contemporáneo de Cervantes (1547-1616) cuando leyera las aventuras de Don Quijote (1605, 1615), de la misma forma que la mayoría de los lectores de hoy en día no son ya coetáneos de la época que vivió Miguel Delibes (1920-2010).

Sin embargo, la forma en que Delibes nos acerca a algunas de sus historias aún tienen ecos de un pasado muy reciente, pero aún nos alcanza más allá cuando se refugia en un espacio que todos conocemos y que, más allá de los detalles concretos, comparte una serie de lugares comunes a toda la humanidad: el paso de la infancia a la madurez, el descubrimiento de la sexualidad, las aventuras fraternales entre amigos, las vidas que conocemos a nuestro alrededor y que surgen como cuentos, y el descubrimiento de la muerte.

Con El camino (1950) nos adueñamos de la corta vida de su protagonista, Daniel, el Mochuelo, que a sus once años debe abandonar el pueblo en el que se ha criado, resguardado en un valle, para satisfacer la idea de su padre de progresar, un progreso con el que no se siente satisfecho. En su última noche en su casa, antes de partir, el niño, inquieto, no puede dormir, y en ese insomnio irá recordando sus travesuras, sus pequeños, a la vez grandes, descubrimientos, y la historia de su pueblo y de su gente, esas anécdotas que atraviesan generaciones y que confieren mayor realidad al pasado y nos hacen comprender el presente.

¿Quién no ha tenido miedo de abandonar el lugar donde se siente seguro para emprender un camino en soledad, en un sitio nuevo, ajeno a todo lo que has conocido y donde no hay ninguna, o casi ninguna, cara conocida? ¿Y quién no se ha sentido de niño tan excitado por ese miedo, por esa especie de ansiedad, o por su lado contrario, la ilusión, como para pasar una noche dando vueltas en la cama y dormir apenas despunta el sol? A partir de esta noche, el narrador va enlazando las diferentes historias del pueblo, las anécdotas que van pasando de generación en generación, a través de una estructura de veintiuna secuencias que van narrando diferentes episodios de la vida del pueblo y, especialmente, de Daniel.

Uno de los principales temas sobre el que ahoda El camino es la infancia, ese terreno de la inocencia, los descubrimientos que trastocan ese estado y las reglas que rigen esa edad. En el caso de Daniel, veremos su primer enamoramiento, el descubrimiento de la vergüenza sexual, su concepto de virilidad afectada por las ideas que le transmiten sus compañeros (por ejemplo, le pesarán los hechos de cantar con voz de tiple, no tener ninguna cicatriz así como no poder llorar), sus miedos íntimos y las travesuras junto a sus dos mejores amigos: Germán, el Tiñoso, gran conocedor de los pájaros, y Roque, el Moñigo, líder de la pandilla por su fuerza bruta.

Sin embargo, no es este un paraíso perdido idealizado, donde el niño vive en un estado prácticamente de santidad inocente, sino que vemos cómo transgrede este idealismo, incluso viendo cómo acaban con pájaros con sus tirachinas, como beben alcohol y cómo realizan diferentes travesuras que sorprenden por su peligrosidad. También se nos muestra el fin de esta inocencia a través del descubrimiento tanto de la sexualidad como de la muerte, este definitivo para el fin de la infancia.

Chicos en la playa, de Joaquín Sorolla
-[...] Si una estrella se cae y no choca con la Tierra ni con otra estrella, ¿no llega nunca al fondo? ¿Es que ese aire que las rodea no se acaba nunca?
Daniel, el Mochuelo, se quedó pensativo un instante. Empezaba a dominarle también a él un indefinible desasosiego cósmico. La voz surgió de su garganta indecisa y aguda como un lamento.
-Moñigo.
-¿Qué?
-No me hagas esas preguntas; me mareo.
-¿Te mareas o te asustas?
-Puede que las dos cosas -admitió.
[...]
-También a mí me dan miedo las estrellas y todas esas cosas que no se abarcan o no se acaban nunca. (págs. 22-23)

Junto a estos temas que pendulan en torno a la infancia, veremos también cuestiones como la honra, la caza, el retrato de la naturaleza del valle (una naturaleza que les sirve a los muchachos para comprender el mundo y otras cuestiones sociales), el progreso social (presente de forma secundaria o como amenaza para la tranquilidad de Daniel), algunos problemas sociales y, en definitiva, un conjunto de hechos que parten de las historias de los habitantes del pueblo. Un pueblo que, por otra parte, está situado en la España rural de la posguerra, seguramente en algún lugar de Cantabria, según las referencias que aporta el relato, como algunas menciones a la guerra (un tema que no es relevante en la novela) o a lugares cercanos.

Tres mujeres en la iglesia, de Wilhelm Leibl
Con respecto a los personajes que dan vida a este pueblo, podemos destacar el hecho de que todos, incluido el protagonista, son reconocidos a través de un mote, apodo que sirve también para describir en muchas ocasiones su forma de ser, como una caracterización por nombre. Esta tradición es típica en la ruralidad española y en el libro encontramos varios apodos, como Mochuelo (por la forma de mirar del protagonista), Manco, Guindillas, Lepóridas (por su similitud a los conejos) o Tiñoso (por su aspecto enfermizo debido a unas calvas en la cabeza). Cada uno de esos personajes sirve para contar una historia diferente, destacando en este caso la familia de las Guindillas, con el protagonismo de la Guindilla mayor.

Delibes realiza con este personaje una sátira convirtiéndola en una beata, representación de la preocupación por la apariencia más que por la realidad, mostrando decencia, pero intentando ocultar sus pecados de forma pública. No obstante, llega al punto del ridículo, al confesarse ante don José, el cura, por cualquier cosa que le pase por la cabeza, aunque no tenga sentido ni haya sido una acción realizada por ella, por ejemplo, llega a culparse de haber podido nacer en Inglaterra y haber sido, posiblemente, protestante. Incluso llega a criticar abiertamente a todos sus vecinos por sus costumbres.

Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera. (pág. 183)

Durante uno de los capítulos, esta devoción la lleva a participar en un proyecto ideado por el cura para crear un cine en el pueblo e impedir que los pueblerinos pequen durante el domingo, lo que finalmente no traerá más que problemas al cura y, finalmente, a la Guindilla mayor, así como una crítica a la censura absurda.

También se vislumbra distintas formas de amor, desde la obsesión que lleva al suicidio hasta el amor platónico que siente Daniel por Mica. Así, a lo largo de la novela vemos el surgimiento de varias parejas, incluyendo hasta la pareja que se inicia en el capítulo XV a partir prácticamente del azar y de una travesura infantil. De forma tangencial, el tema de la maternidad también está presente, especialmente con la cuestión de los vientres secos, como sucede con la madre de Daniel, que trasladará este instinto cortada hacia la Mariuca, la hija de Quino; esta última mostrará también una admiración amorosa por Daniel, aunque este la rechace abiertamente por ser chica.

I can't listen your heart, fotografía de Dara Scully
Los mayores atribuían las desgracias a las imprudencias de los niños, olvidando que estas cosas son siempre designios de Dios y que los grandes también cometen, a veces, imprudencias.
Daniel, el Mochuelo, pasó la noche en vela, junto al muerto. Sentía que algo grande se velaba dentro de él y que en adelante nada sería como había sido. Él pensaba que Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, se sentirían muy solos cuando él se fuera a la ciudad a progresar, y ahora resultaba que el que se sentía solo, era él, y sólo él. Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. (pág. 178)

Por último, resulta relevante la admiración provinciana a la ciudad, es decir, al progreso, compartido por todos los personajes, excepto por Daniel, que pendula entre esta admiración y el rechazo según el devenir de los acontecimientos. El progreso se entiende generalmente como la abundancia mostrada por el Indiano y por su hija, la Mica, pero también se traslada incluso al aspecto de todo lo que procede de la ciudad. En definitiva, una visión idealizada que tan solo es rechazada por el protagonista, debido a una combinación de miedo por su futuro urbano y amor por su valle y por todas las personas que deja atrás.

Delibes se encarga con su naturalidad de hacernos sentir cercanos a esos sentimientos, haciendo con verdadera sencillez que resulte próxima aquello que realmente ha sido meditado para ser escrito. A lo largo de El camino, el autor juega con los tiempos, muestra diferentes eventos en cada capítulo mostrándonos las piezas de un puzzle cuya imagen final solo obtendremos al acabar su lectura. No obstante, lo hace de tal forma que no resulta confuso, sino recreando todo un universo de pequeños detalles, de hechos diversos que se van relacionando capítulo a capítulo. Tampoco hay una lectura excesivamente dramática, sino que encontramos un equilibrado relato entre ciertos momentos existencialistas con un humor ligero e inteligente, generalmente satírico a partir de la crítica de costumbres.


Miguel Delibes encontró en El camino un estilo propio y natural, hacia el que se encaminaría en el resto de su obra, abandonando el aparato retórico que sí había en sus primeras obras, La sombra del ciprés es alargada (1947, fue Premio Nadal) y Aún es de día (1949). Este cambio en su narrativa, pretendiendo escribir más semejante a cómo se hablaba, le llevó finalmente a una consagración definitiva con Cinco horas con Mario (1966). Precisamente durante los años cincuenta y sesenta encontramos su época de apogeo, con una gran cantidad de obras entre las que encontramos sus obras maestras. La muerte de su esposa en 1974 le llevó a un parón en su labor como escritor y el cáncer de colon que sufrió en 1998 lo recluyó y apagó prácticamente su pluma hasta su muerte en 2010. Por cierto, su obra ha sido adaptada varias veces al cine, en el caso de esta novela, hubo dos adaptaciones de la novela, una para el cine, dirigida por Ana Mariscal en 1963, y otra como serie de televisión realizada en 1978 y dirigida por Josefina Molina.

En su obra podemos encontrar una defensa de la libertad y la dignidad humana, con una presencia continua de la naturaleza y el ambiente rural en muchas de sus obras, como podemos ver en El camino. Sin embargo, ha sido criticada su visión del progreso, como si censurase esta idea, llegando a ser tachado de reaccionario por lo mostrado en esta novela. Una idea absurda dado que no comprende aquello que mueve la obra de forma interna, como la crítica a los padres que proyectan sus sueños personales en sus hijos.

Ruinas rurales (Fotografía de LJ)
Las cosas podían haber acaecido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba... (pág. 3)

Delibes defendió en su momento que su crítica no era a la idea del progreso, sino a la tendencia generalmente irracionalista de este progreso consumista, aunque esta interpretación no la encontramos de forma directa en El camino, pero sí aparece reflejada, en cierta forma, en la interrelación que se plantea entre progreso y abundancia. A su vez, hay una defensa de la vida rural cercana a la naturaleza, pero no falta de crítica, por ejemplo a los peligros e imprudencias de la caza, a pesar de que el autor era un apasionado de esta actividad.

El camino nos muestra una personalidad propia, el recuerdo de un tiempo donde los niños vivían más cercanos a la realidad natural, una infancia entre la inocencia y la crudeza, pero también esos pueblos que nos resultan tan cercanos, donde todo el mundo conoce a todo el mundo y no faltan los juicios de valor mutuos. La naturaleza y la vida rural se dan la mano con la forma natural en que Delibes despliega este relato de una forma tan sentida, tan emotiva y como un canto al fin de una etapa.

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