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El autocine (LXIV): Cuando los mundos chocan, de Rudolph Maté, y La conquista del espacio, de Byron Haskin

12 agosto, 2019

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Rudolph Maté (1898-1964) fue un realizador estimable y versátil. Por proporcionar un ejemplo, al comienzo de Cuando los mundos chocan (When Worlds Collide, Paramount Pictures, 1951), un sugestivo desplazamiento con la cámara cubre la inmensidad del cosmos, enlazando con un observatorio astronómico situado en el sur de África. Es una vinculación de lo grande a lo pequeño, pero no en un sentido de desvalimiento o de pequeñez, sino de conexión e infinitud.

El piloto de correos David Randall (Richard Derr) ha sido destinado a una misión verdaderamente especial. Ha de hacer entrega de un paquete que contiene los cálculos que tal vez determinen, nada menos, que el final del mundo. Con este aciago objeto se dirige del observatorio africano (es divertida la forma de justificar su retraso a causa de un ligue) hasta otro observatorio llamado Cosmos, en EEUU, donde se haya el doctor Hendron (un estupendo Larry Keating), responsable de verificar los cálculos. En cualquier caso, Randall es portador de unas previsiones que pueden resultar fatales para nuestro planeta. Cuando es consciente de ello, ha de afrontar con valentía el hecho de saberse en posesión de un secreto que afecta a todos los habitantes de la Tierra.


Filmada en tecnicolor, Cuando los mundos chocan es, sin duda, un apreciable clásico del género. Se basó en una novela que desconozco y que se publicó por entregas en 1932, antes de aparecer en forma de libro al año siguiente. Sus autores fueron Edwin Balmer (1883-1959) y Philip Wylie (1902-1971), y la adaptación corrió a cargo del veterano Sydney Boehm (1908-1990). Los decorados fueron dispuestos por los no menos competentes Hal Pereira (1905-1983) y Albert Rozaki (1912-2003), la fotografía compartida por el experto John E. Seitz (1892-1979) y Howard Greene (1895-1956), y el vestuario, siempre a punto para cualquier catástrofe, ofrendado por la insustituible Edith Head (1897-1981). La música competió al eficaz Leith Stevens (1909-1970), siendo una de esas gemas de la banda sonora, que acompañó a La guerra de los mundos (War of the Worlds, Byron Haskin, 1953), Cuando ruge la marabunta (The Naked Jungle, Byron Haskin, 1954), ésta compuesta por Daniele Amfietheatrof (1901-1983), y la correspondiente a la película que en la segunda parte de este artículo pasaré a comentar, al cuidado del no menos estupendo y sorpresivo Nathan Van Cleave (1910-1970). Fue en una edición del excelente sello Intrada (Intrada Special 202, 2012).


El caso es que una estrella fogosa y mal intencionada llamada Bellus, y el planeta que la circunda, Zyra, se aproximan a una gran velocidad a la Tierra. El planeta visitante va a causar algunos estragos a su paso, pero la colisión frontal corresponde a dicha estrella. Lo que nos obliga a hacer trasbordo de un sistema solar a otro si queremos sobrevivir. Aunque, para cuando los gobernantes admiten el potencial desastre, ya es demasiado tarde para aquellos que han hecho oídos sordos. Tan solo un grupo de científicos y trabajadores, encabezados por el doctor Hendron y su hija Joyce (Barbara Rush), están preparados para dar el gran salto. Lo van a hacer por medio de un cohete que necesita tomar el impulso necesario valiéndose de una enorme rampa, en la que es una de las imágenes más recordadas de la película.

La colisión de la estrella gigante con la Tierra está prevista para el doce de agosto (es decir, tal día como hoy). Así que, no hay tiempo que perder, y a ello se afanan científicos, ingenieros aeroespaciales y personal cualificado, incluido el seleccionado para formar parte del pasaje.

Pero subyacen otras consideraciones atractivas, allende el envite técnico. Como puedan ser, de modo generalizado, el tiempo que nos queda de vida, las consecuencias psicológicas de una realidad como la que se expone, o el hecho de que somos unos inquilinos más a nivel cósmico (con frecuencia sin la “s”).

No hay complacencia en cuanto al destino de la Tierra. Lo que proporciona situaciones bien traídas, como la que muestra a David Randall quemando dinero para procurarse fuego, a falta de cerillas o un mechero. Pese a todo, el ser humano lo es en cualquier circunstancia, y Randall no puede evitar sentirse atraído por la joven Joyce, y viceversa. Para redondear el triángulo, está el médico y antiguo pretendiente de Joyce, Tony Drake (Peter Hansen).


De lo que no cabe ninguna duda es que, en menos de un año, todos calvos. En este sentido, son simpáticas las alusiones a la consabida coletilla del fin del mundo. Y no deja de ser curioso, a la par de irónico, que la preservación de los conocimientos científicos, en vuelo a otro planeta, arranque precisamente de este bulo profético que se demuestra cierto. La sobada expresión con la que somos amenazados cada X tiempo, se emplea para tachar de alarmistas a los científicos que advierten del peligro que se avecina. Así, en las Naciones Unidas se mofan y no hacen nada al respecto (que cada cual lo interprete como quiera). Sin embargo, en esta ocasión, a los agoreros les habría encantado no tener razón.

Como sucede en estos casos, la película va al grano. No se pierde en aburridos recovecos discursivos, como tanto ocurre hoy en día; sobresaliendo el hecho de que, quien nos da la muerte, también nos facilita una vía de escape: Bellus para morir, y Zyra para vivir. Aunque nada está garantizado, no siendo hasta el final del relato que sepamos, al tiempo que los protagonistas, de las posibilidades de vida de este planeta extraño. La probabilidad de sobrevivir depende de si Zyra resulta o no habitable. Para ello se diseña y construye un Arca de Noé del siglo XX, con capacidad final para algunas parejas de animales y cuarenta y cuatro personas. También libros.


Salvar la civilización deviene tan costoso como loable. El cohete dará cabida a los más aptos física y técnicamente, para poder así prosperar en el otro mundo. Una idea raíz retomada después por la sardónica Moonraker (Íd., Lewis Gilbert, 1979). La premisa resultaba novedosa –a falta de leer la tentadora novela- y poseía la necesaria dosis de (gozosa) angustia, definidora de la ciencia ficción. Todo lo cual es abordado con un riguroso pragmatismo científico, y una estoica y elogiable profesionalidad por parte de los intérpretes. Todos han de despedirse de lo que hasta ahora ha venido siendo su vida y del escenario que la contiene. De amigos y familiares, aunque esto la película no lo aborda de manera directa. Pero como siempre en terreno de ciencia ficción, tan interesante resulta lo que se evidencia como lo que se elude o da a entender.

Algo que justifica reacciones calculadas de pánico por parte del empresario Sydney Stanton (el curtido John Hoyt), que advierte de la reacción de los que, por fuerza y falta de previsión, han de permanecer con los pies en la Tierra. Tal y como advierte David Randall, lo desafortunado estriba en que, después de este fin del mundo, no va a volver a salir el sol.


Pero el universo es ancho. De hecho, ¿qué papel juega en todo esto la Divinidad? Las especulaciones están abiertas. Como de costumbre, y salutíferamente, fluctúa sobre los márgenes de las escenas la intervención o no intervención de un ser trascendente, pero que no interactúa de forma directa con sus protegidos. El hecho de sentirse útil o no a los demás, por parte de estos, tampoco es asunto baladí. Cierto es que la película no se compromete extra-religiosamente, en un sentido más allá de lo “oficial”, pero las implicaciones que subyacen en lo expuesto son bastante atrayentes.

Podemos añadir el segmento que muestra las elocuentes imágenes, escuetas pero precisas, de los devastadores efectos del paso de Zyra sobre la Tierra. O el plano del chiquillo sobre el tejado de una casa que ha sido anegada por las aguas. El huérfano Mike (Rudy Lee) ha quedado expuesto a una situación de abandono que se puede hacer extensiva al resto de los habitantes de la Tierra que, confiados en que la amenaza no es tan grave, no van a poder emprender el viaje al Nuevo Mundo. Una situación de desatención a la que el propio Randall queda expuesto, cuando parece que Drake, a los mandos de un helicóptero, no va a volver para rescatarlo. Notorio es también el montaje de la construcción del cohete que llevará a los elegidos para una gloria destinada a ellos mismos, junto al suspense del aterrizaje.

Por otra parte, y como antes señalaba, el éxito de la expedición no está asegurado. Este se desvela en los planos últimos de la película (no de la historia). En otro acierto argumental y visual, nadie observa la colisión entre planetas, salvo el espectador, porque los pasajeros han perdido la consciencia durante el despegue. Ellos se dirigen a un mundo sin tecnología, completamente virgen, estampado en una imagen conclusiva e idílica que está cargada de sugerencias, ya que advertimos dos estructuras piramidales al fondo del paisaje de Zyra.

Finalmente, sí que hay salida de sol para los supervivientes del cataclismo, pero el escenario es distinto. Al fin y al cabo, no se trataba de encontrar a nuestros seres queridos envejecidos al regreso de un viaje espacial, sino de no encontrarlos en absoluto.


No deja de llamarme la atención la facilidad que poseía el público de aquella época para rellenar las nobles carencias haciendo uso de su imaginación. Unas privaciones también argumentales: en realidad, es este un viaje donde los tripulantes y el pasaje dejan todo atrás. Hasta se podría decir que están de luto, al igual que las personas que, tristemente, han perdido a un familiar y no se pueden recuperar jamás. Para contrapesar esta sensación de infelicidad, Maté pone el foco en la bonita pareja que forman July Cummings (Rachel Ames) y Eddie Garson (James Congdon). El uno prefiere morir antes que viajar sin el otro.

Ítem más. Recientemente conmemoramos la llegada del hombre a la luna. Un largo periodo se abrió hasta alcanzar tan trascendental logro, el cual no estuvo exento de esa fantasía a la que antes aludía. Por ejemplo, a través de relatos escritos, revistas científicas, películas e ilustraciones. En las del gran Chesley Bonestell (1888-1986) podemos contemplar el anhelo antes de la conquista, la quietud del tiempo, la soledad bañada por la luz de un guardián invisible, la torrentera del pasado y las ráfagas de la esperanza; en suma, la belleza multiforme de la naturaleza. Sus contribuciones ayudaron a caldear aquel ambiente de humano interés y avances científicos.

Una estación espacial orbita sobre la Tierra. Es semejante a la de 2001: Una odisea en el espacio (2001, A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968), pero fue filmada años antes. Sin embargo, sin esta probablemente no habría existido la segunda. Hablamos de La conquista del espacio (Conquest of Space, Paramount Pictures, 1955), otra de las incursiones del productor y animador George Pal (1908-1980) en el terreno de la ciencia ficción-científica, tras el feliz resultado de Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1950) y Cuando los mundos chocan.

Esta estación hace las veces de un puesto de observación y anclaje para otras naves cara al universo.

Como sus antecesoras, la presente película fue filmada en fulgurante tecnicolor. Estuvo dirigida por el estupendo Byron Haskin (1899-1984) y escrita por James O’Hanlon (1910-1969), tras haber intervenido en el guión los destacables Barré Lyndon (1896-1972), Philip Yordan (1914-2003) y George Worthing Yates (1901-1975), responsable de otros clásicos del género como La Tierra contra los platillos volantes (Earth vs. Flying Saucers, Fred F. Sears, 1956) o el relato que dio pie y antenas a La humanidad en peligro (Them, Gordon Douglas, 1954). En La conquista del espacio, el libro que sirvió de inspiración fue el homónimo firmado por el escritor y científico Willy Ley (1906-1969), que contó con las impagables ilustraciones del citado Bonestell, en funciones de ilustrador astronómico en la adaptación (Astronomical Art). Por desgracia, aún no ha sido publicada esta novela en español.

De la fotografía se encargó el veterano Lionel Lindon (1905-1971), y de la música, el ya mencionado Van Cleave, que proporciona pasajes de una sugestiva atmósfera vocal, en la línea –y salvando las distancias, no tan siderales- de la pieza Sirenas, contenida en los Nocturnos (Nocturnes, 1899) de Claude Debussy (1862-1918). Mención especial merece un equipo de efectos especiales encabezado por el esencial John P. Fulton (1902-1965), la cuidada edición del otras veces colaborador de Pal, Everett Douglas (1902-1967), y la dirección artística de Hal Pereira -de nuevo- y McMillan Johnson (1912-1990).


La estación espacial tiene apariencia de rueda y está sostenida por una disciplina militar, como en un barco o un submarino, levemente distendida pero con integrantes abnegados y valerosos. Por supuesto que los efectos ópticos han podido quedar obsoletos, pero no así el planteamiento o el interés humano e histórico de la propuesta. Aparte de que, particularmente en esta sección, me agrada ponerme en la piel del espectador de la época. Apenas se hace alarde de computadoras, y continúan estando de moda los musicales en el cine (o bien estos vuelven a estilarse), en tanto un noticiario exhibe imágenes de archivo en blanco y negro. Esto, o que el planeta Marte no sea como lo conocemos hoy en día, no presenta mayor relevancia; virtudes las hallamos, pongo por caso, en esos zapatos magnéticos que posibilitan mantenerse erguido en el interior de una nave.

El espacio es tu herencia, le dice el coronel Merritt (Walter Brooke) a su hijo, el capitán Barney (Eric Fleming). Barney no parece muy dispuesto a seguir la emprendedora senda de su padre, pero coyuntura obliga, en un entramado donde resultan relevantes cuestiones como a qué personas enviar al espacio. ¿Se las puede separar de sus familias? ¿Qué destino les aguarda y cómo lo afrontarán? ¿Cómo se combate la rutina y el estar lejos de casa? Por no hablar de la llamada fatiga espacial.

Byron Haskin dedica bastante “espacio” a exponer tales inconvenientes, porque la película no deja nunca de estar centrada en las tribulaciones de los seres humanos. Como las tiranteces con los funcionarios de la administración –puesta de relieve a través del diálogo- o la presencia de las comunicaciones que procuran entretenimiento, en un marco retomado en multitud de ocasiones: las cabinas individuales, la nave auxiliar o lanzadera, el vehículo de exploración, la sala de máquinas… Hasta el nombre completo del coronel, Samuel T. Merritt, tiene connotaciones con el del futuro capitán del Enterprise.


Pero el destino quiere que Merritt ascienda a general y que, de un viaje previsto a la luna, sea Marte el objetivo final de la misión. Una tierra de promisión con abundantes materias primas.

Al margen de unos molestos meteoritos, otros inconvenientes llaman a la puerta de esta expedición. Como el bloqueo de un visor externo, que hace necesarias delicadas tareas de reparación en el exterior. Eventualidad que introduce la imagen de un cuerpo que queda varado en el espacio y que resulta visible desde el interior de la nave-cohete, para desanimo de la tripulación. La travesía tampoco está exenta de la consabida tensión del mando, al punto de que la locura del espacio, enemigo invisible, se apodera de más de un personaje. No en vano, también la muerte acecha en este entorno, como comprobamos cuando asistimos al primer sacrificado en el espacio. La partida final del cohete, que despega de Marte rumbo a la estación orbital, depara otro buen momento de suspense. Una vez colonizado el planeta, es acertada la circunstancia de que no parece haber agua sobre su superficie. Excepto por un medio natural muy ingenioso que no desvelaré.

Las tripulaciones son, además, multirraciales. Idea retomada años después por Gene Roddenberry (1921-1991) para su Star Trek (Íd., 1966-1969), y que incluye la figura de un médico. En esta tripulación se esbozan algunos personajes-tipo, como el gracioso y chico de barrio Jackie Siegle (Phil Foster), el ecuánime y sensible sargento André (Ross Martin), el eficiente y reflexivo sargento Imoto (Benson Fong), o el estricto sargento instructor Mahoney (Mickey Shaughnessy). Planos arriesgados oxigenan la aventura, como el traslado espacial del tripulante indispuesto Roy Cooper (William Redfield), o las imágenes elaboradas que presentan a los astronautas en el firmamento, interactuando sobre un fondo de planetas y naves.


Los de estas embarcaciones son escenarios prácticamente minimalistas, en consonancia con los alimentos liofilizados que han de consumir los aguerridos protagonistas y que, pese a todo, ¡no excluyen un buen pollo asado! Un detalle que me encanta se refiere al momento en que el joven grupo de oficiales entra en el salón comedor, en una fila que pasa a distribuirse de otra manera a la hora de sentarse a la mesa: cada uno de ellos tiene su lugar asignado. La camaradería vence la asepsia.

Huelga decir que, sin estos pequeños grandes pasos en la historia del cine, no existirían las películas que hemos ido conociendo después. Ya existe en La conquista del espacio un leve baile de naves espaciales, el ataque de los meteoritos o las salidas de los astronautas al exterior inclemente, para ejercer tareas de reparación o recibir a un nuevo miembro del equipo, como el ingeniero George Fenton (William Hopper; ¡posible descendiente del músico!). También la gélida ingravidez de un cuerpo flotando en el espacio.

Por todo ello, debemos un profundo respeto a los artífices de Cuando los mundos chocan y La conquista del espacio, por citar las que hoy nos ocupan. No solo por haber avanzado técnicamente, colocando su granito de arena lunar o marciano en la escalera multicolor de la ciencia ficción, sino por haber tomado la imaginación como soporte sustancial de sus edificaciones cinematográficas.

Escrito por Javier Comino Aguilera


El autocine (XLIX): Robinson Crusoe en Marte, de Byron Haskin

11 mayo, 2018

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Tal vez sea cierto eso de que no es bueno que el hombre esté solo, pero a veces no hay más remedio. El coronel Dan McReady (Adam West), y su compañero, el comandante y piloto Christopher Draper (Paul Mantee), tienen por destino el Santo Grial de nuestro sistema solar, el planeta Marte, en Robinson Crusoe en Marte (Robinson Crusoe on Mars, Paramount, 1964). No obstante, aunque los dos logran alcanzar su superficie, solo uno de ellos se convertirá en el nuevo y legendario colonizador del planeta, como el propio título nos indica.

Dan y Christopher disponen de todas las comodidades posibles a bordo de su cohete; entre otras cosas, ¡comida por un tubo! Sin embargo, esta condición va a sufrir un giro drástico cuando algo sale mal en la aproximación al planeta: al tratar de esquivar un meteorito, cambiando de rumbo para evitar la colisión, los tripulantes se quedan sin combustible. Ambos se ven en la necesidad de abandonar la cápsula, aunque por separado, y no al mismo tiempo, con lo que cada uno se precipita en un lugar distinto del planeta. Un Marte que presenta un aspecto sulfuroso y recalentado, diríamos que cercano a una fase previa a su desertización actual, con unas traicioneras y errabundas llamaradas que, significativamente, parecen tener vida propia. Estas son el producto de un fogoso y combustible pedernal.

El entorno marciano también cuenta con una atmósfera portadora de oxigeno; trabajosamente respirable, pero a la que se puede uno habituar, y que explica los misteriosos sonidos que produce el aire. Algo que, a su vez, da ocasión a unos vistosos efectos, muy parecidos a las auroras boreales. En cualquier caso, no importa lo toscos y voluminosos que sean los mecanismos con los que cuenta nuestro protagonista, ya que sobresale en la película el deseo de crear una confortable apariencia de verosimilitud.

Una radiación asequible completa este marco ficticio, pero con afán realista, en el que es posible la supervivencia. Cual náufrago clásico y pertinaz, Christopher Draper (Cristóbal por nombre y Robinson por epíteto), hará frente a las dificultades, tal y como fueron imaginadas en el guion de Ib Melchior (1917-2015) y John C. Higgins (1908-1995), siempre con la novela Robinson Crusoe (Daniel Defoe, 1719) en mente.


No solo habrá de enfrentarse Christopher a los problemas de adaptabilidad, sino además a unos meteoros algo díscolos, y a la amenaza de unas naves extraterrestres que actúan como cancerberos de la galaxia. Un acierto es que no se determina la procedencia de dichas naves, o la naturaleza de sus ocupantes. En todos los sentidos, la película sabe mantener el suspense; incluso respecto al paradero del compañero espacial de Draper, en un primer momento. En tanto lo averigua, el avezado explorador busca refugio en una acogedora gruta, donde puede proveerse de cobijo y alimento. La realización del experimentado Byron Haskin (1899-1984) procura unos expresivos planos generales, que muestran a Christopher llegando hasta la cápsula de su amigo Dan, después de haber atravesado y escalado parte de la orografía desértica.

Progresivamente habituado al oxigeno marciano, el protagonista se reencuentra con la mascota de la misión, un primate al que llaman Mona. Poco después. Christopher averigua que el responsable de la liberación del oxígeno es el calor, en lo que es otro efecto maravilloso que permite la plena habitabilidad de la cueva.


Pero Christopher no solo ha de racionar la comida, también el tiempo destinado a dormir (aunque se supone que respetando los necesarios periodos de sueño, que como sabemos, son esenciales para la subsistencia). Al menos, así será hasta que el humanoide Viernes (Victor Lundin) entra en escena y le proporciona otro remedio. La localización del agua es asimismo ingeniosa. Se logra por el sencillo método de dar algo de sal a Mona, para que revele el escondrijo del líquido subterráneo; exactamente igual que los bosquimanos hacían en la inolvidable Los animales son gente maravillosa (Beautiful People, Jaime Uys, 1974).

Viernes es un esclavo evadido de los extraterrestres. Junto a su nuevo amigo, acomete el descubrimiento de unas ruinas, en una de las escenas más sugerentes de la película. Poco antes, el propio Christopher ha hallado los restos de un fósil; testimonio polvoriento de otro fugitivo o de un antiguo habitante del planeta.

Por otra parte, no puedo resistirme a señalar el hecho de que cuando Christopher trata de enseñarle a Viernes el idioma inglés, el otro le contesta en su propia lengua. Hasta que ambos se ponen de acuerdo (quiero pensar que echando mano de la más simple y sincrética forma para poder entenderse).

Ingeniosa y colorista, Robinson Crusoe en Marte nos muestra al primer marciano en el planeta durante largo tiempo. O tal vez al único que ha tenido. De hecho, no es solo Daniel Defoe (1660-1731) quien alienta el relato, este es igualmente orbitado por Ray Bradbury (1920-2012), con su apreciación final de los habitantes de Marte en Crónicas marcianas (The Martian Chronicles, 1950).


Unos imaginativos y evocadores paisajes dan vida al planeta (la filmación tuvo lugar en el socorrido desierto californiano), y son puestos en valor por la realización del mencionado Byron Haskin, y la fotografía del no menos versátil Winton C. Hoch (1905-1979). La música también juega un papel importante en la película, porque dibuja de forma admirable el ambiente y el proceso psicológico que acompañan a Christopher Draper a lo largo de su aventura. No en vano, se trata de una espléndida partitura a cargo de Nathan Van Cleave (1910-1970), que en todo momento sabe transmitir la soledad y el descubrimiento de este nuevo mundo, de manera afectuosa y emocionalmente descriptiva (una buena edición la hallamos en FSM: Silver Age Classic, 2011). En definitiva, Robinson Crusoe en Marte es una de esas películas estupendas que permiten el desarrollo de la fantasía, único asidero civilizado del hombre contemporáneo.

Escrito por Javier Comino Aguilera


El autocine (XXIV): La guerra de los mundos, de Byron Haskin

09 abril, 2016

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Durante las pasadas décadas de los cincuenta y sesenta, lo maravilloso y espectacular tuvo algunos nombres y apellidos propios. De entre todos ellos, sobresalió el de George Pal (1908-1980), húngaro emigrado a EEUU, licenciado en arquitectura y, finalmente, productor y realizador cinematográfico, actividad a la que no fue ajena su habilidad para el diseño de formas y espacios.

Tras unos comienzos como animador publicitario, por los cuales Pal es considerado como el primer artista tridimensional de América, el dibujante y arquitecto cultivó una suerte de realismo fantástico, filmado a setenta y ocho imágenes por segundo, que proporcionó obras tan encantadoras como encantadas.

En muchas ocasiones, parece que el pasado constituye todo aquel material de ciencia-ficción que, para bien o para mal, ha acabado convirtiéndose en una realidad omnipresente. Muchos de los inventos, ensoñaciones e incluso actitudes de ese pasado se nos muestran como manifestaciones ya cotidianas, pero lo que no cambiará nunca es la cualidad de dicho género para erigirse en metáfora de todos nuestros miedos.

Por ello, sigue jugando un papel determinante, en esa interacción humana con el entorno, físico o intangible, la suspensión de la credulidad, esa capacidad para ponernos en situación de que pueda acontecer cualquier cosa.


La aniquilación no conoce límites en La guerra de los mundos (The War of the Worlds, Paramount, 1953), adaptación cinematográfica de la novela homónima de H. G. Wells (1866-1946), The War of the Worlds (1898, Anaya Tus Libros, 1984), de la que la presente versión es una entonada y fidedigna réplica, con la salvedad de que la acción no transcurre en el Londres de finales del periodo victoriano, sino en la ciudad de Los Ángeles (EEUU), en pleno siglo XX. Para el caso es igual, La guerra de los mundos actúa en ambos escenarios como una eficaz y valiente advertencia sobre los totalitarismos, bajo el prisma de la ciencia-ficción.

El guión firmado por Barré Lyndon (1896-1972) hace gala de una sobriedad y concisión (presupuestaria) que no oprime la creatividad formal, como sucede con el brillante empleo del sonido o la intrusión en el plano de las imborrables maquetas diseñadas por Marcel Delgado (1901-1976) y Albert Nozaki (1912-2003).


Tras un prólogo con imágenes de archivo en blanco y negro, que advierte de los peligros desatados por la naturaleza humana (la voz en off del original es la de Cedric Hardwicke [1893-1964]), la consiguiente introducción hace una referencia indirecta, como notable curiosidad, al ciclo bienal que aproxima al planeta Marte a la Tierra, y que tan bien conocen los ufólogos. Nuestro mundo es el destino de los marcianos (en esta ocasión, identificados con total propiedad), tras un pormenorizado escrutinio de los inhóspitos entornos de Mercurio, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y el sombrío pero minusvalorado Plutón (de Venus nada se comenta, ya que estaban por confirmarse las inclemencias de nuestro otro planeta vecino).

Entre las ideas más felices del guión, quisiera destacar el “inexplicable” hecho científico de que el tamaño del “meteorito” que se precipita sobre la corteza terrestre no concuerde con el radio de su cráter y con la radiactividad que despliega (que es muy superior), junto al aterrador reconocimiento del terreno, extraño para los marcianos, por parte de la primera nave extraterrestre.

Lo mismo sucede con la vulneración, no ya de vidas, sino del propio lenguaje y ética humanos. La bandera blanca, esgrimida como símbolo “universal”, así como determinadas actitudes buenistas, sencillamente no funcionan ante seres de otras latitudes, longitudes, filosofía y fisiología. Erróneamente, el pastor Matthew Collins (Lewis Martin) atribuye a la superioridad tecnológica de los marcianos un avance moral equivalente, del que realmente carecen, y que, muy acertadamente, en nada hace preludiar su incapacidad física (de cuya primera noticia nos hacemos eco a través del análisis de una muestra de sangre marciana). Aspectos que, en cualquier caso, también se pueden extrapolar a los propios seres humanos y a su última palabra en física nuclear (en antropocentrismo, en general).


Byron Haskin (1899-1984) sabe mantener la intriga en todo momento. Por ejemplo, el plano del sheriff (Henry Brandon) y del científico Clayton Forrester (Gene Barry), ocultos tras la maleza, no se complementa con el correspondiente contraplano del aparato invasor (que en formación de a tres, resulta indispensable para los marcianos, a fin de desenvolverse entre la presión y atmósfera terrestres). Tampoco lo hace cuando el ejército ha tomado posiciones; sino, de forma efectiva y calculando el especial efecto, cuando ya se ha dado rienda a la fantasía de cada espectador. Además, las destructivas naves poseen un blindaje protector electromagnético, por lo que a la pregunta del general Mann (Less Tremayne) de si ¿es esto posible?, Forrester concluye con pragmatismo que si lo hacen, lo es.

George Pal siempre supo rodearse de excelentes profesionales. A la ya mencionada y competente realización de Haskin, cabe citar la fotografía de George Barnes (1892-1953), la música de Leith Stevens (1909-1970) o las aportaciones visuales del mítico artista astronómico Chesley Bonestell (1888-1986).

Entre las imágenes de los refugiados convertidos en torrentes humanos, destaca la mención a la incomunicación, como principio de la derrota de nuestra civilización; lo que ofrece una amplia lectura, más allá de la precisa coordinación de las defensas. De igual modo, sobresale el acoso a Forrester y Sylvia van Buren (Ann Robinson) en la granja. Un momento de tensión considerable que también se traduce en mostrar el punto vulnerable de los invasores. Sin olvidar el cese de la música y el cambio de iluminación que se produce en el interior del “platillo”, cuando el primer marciano estira el tentáculo.

Escrito por Javier C. Aguilera


El autocine (V): Cuando ruge la marabunta, de Byron Haskin

12 septiembre, 2014

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Cuando ruge la marabunta (The naked jungle, Paramount, 1953, estrenada al año siguiente), de Byron Haskin (1899-1984), es una de las espléndidas realizaciones del productor George Pal (1908-1980). Toma su argumento del relato Leiningen vs. the ants (1938), del alemán Carl Stephenson (1893-c.1960), adaptada por el excelente guión de Philip Yordan (1914-2003) y Ranald McDougall (1915-1973).

Estamos en Suramérica, en 1901. Christopher Leiningen (Charlton Heston), que lleva allí desde 1886, es un prospero terrateniente que se ha casado “por poderes” (lo más parecido a una relación mediante las redes sociales entonces). Su hermano ha hecho las funciones de romeo, por lo que no sorprenden las preguntas de la prometida, Joanna (Eleanor Parker), al patrón del barco (Romo Vincent), que la conduce río arriba. Lo cierto es que Leiningen dispone de “un mundo enorme” para él, todo un macrocosmos espacial y también ético que, a la sazón, será exterminado por todo un microcosmos, el de las hormigas. Por fortuna para él, compensará lo perdido con lo hallado más recientemente: su vínculo con Joanna, que de un objeto que se adquiere, pasará a ser un soporte insustituible en la relación.

Pero en principio, para la recién llegada, será más traumática la comprensión de su flamante y arisco esposo que el hecho de enfrentarse a un nuevo entorno cultural, con sus conflictos y padecimientos.


Llama la atención esta tensión inicial, tan humana, de enfrentamiento entre caracteres, que tras el debido entendimiento mutuo, da paso a la supervivencia del entorno. Un lugar que no escatima crueldad por parte de la naturaleza ni de los humanos que lo habitan. 

Así, tras la “ley de los hombres”, aplicada por los propios indígenas, como muestra su concepto de la justicia durante un “proceso” por adulterio, y por el despiadado capataz Gruber (John Dierkes), que reconoce a sus hombres por los latigazos que llevan marcados en la espalda, los personajes soportarán la “ley de la naturaleza”, despiadada e irónica, pues recupera la tierra y el agua que, según Leiningen, le “robó” al río. El orgullo será la debilidad del hacendado, junto a otra menos confesable aún, su interés por la poesía. De hecho, Leiningen posee buenos ejemplares en su biblioteca. 

Pero los personajes de Cuando ruge la marabunta están en continua progresión. Tras hacer frente a la última invasión de hormigas que se produce desde hace veintisiete años, no podrán ser los mismos, y no solo debido a los insectos.


Leiningen comprenderá que ser “hombre” no consiste solo en aparentar. Más aún, el desastre humano y natural le enseña que la superioridad del hombre suele infravalorar otras especies (tema recurrente de la ciencia ficción) o sobrevalorar las propias ambiciones.

Los guionistas y la realización de Byron Haskin añaden otra idea brillante. En camino para evaluar la magnitud de la plaga que se les viene encima, Leiningen, Joanna y otros trabajadores –pues el terrateniente ha sido el primero en ejercer como tal- acampan en plena selva, donde les acaba despertando el silencio. Un cese de toda actividad y sonido, finalmente exorcizado por unos disparos al aire. Aves y primates ya se han mostrado perceptivos anteriormente a la amenaza.

Se trata de un elemento que actúa como quiebra del ciclo natural, del que el ser humano forma parte como un componente más. A esta última idea consagra Byron Haskin algunos planos generales de gran belleza y desolación.


Junto a estas imágenes, destaca la presencia de la selva virgen (o desnuda), durante la razzia de los insectos, como una línea perfectamente definida en el horizonte. O la presencia en este vasto páramo de la mansión de Leiningen, cuyos muros constituyen ahora los límites de la civilización.

A todo ello ayuda mucho la extraordinaria fotografía en tecnicolor de Ernest Laszlo (1898-1984), el vestuario de Edith Head (1897-1981), y la música de Daniele Amphiteatrof (1901-1983), recientemente editada, junto a otras joyas musicales de las producciones de George Pal.

Escrito por Javier C. Aguilera


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