Clásicos Inolvidables (CXLVII): Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Miguel de Cervantes

29 diciembre, 2019

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NOTA PREVIA: Este artículo adelanta contenidos argumentales de la obra.

Llama la atención la frecuencia con que el término quijotismo es empleado para referirse a lo utópico, cuando no como un equivalente de la locura. Es decir, casi siempre en forma peyorativa, cuando, personalmente, considero que es una de las mejores cosas que se pueden llegar a ser: enfrentarse a la -a veces- opresiva racionalidad, sin por ello dejar de tener los pies sobre la Tierra. Al menos, esta es mi interpretación. Sin embargo, topamos con un tópico que a estas alturas no se puede rebatir, aunque no deje de ser injusto. Según Carlos Romero (-), responsable de la edición crítica que nos ocupa, dicho calificativo se ha convertido en criterio exclusivo de valor, incluso en demérito del resto de las obras del autor, con desesperante frecuencia mal leídas (Introducción). Estoy absolutamente de acuerdo. Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1616, publicada al año siguiente; Cátedra, letras hispánicas, 1997-2016) lo confirma bajo los ropajes de una diacronía, incomprensible muestra del creador de la novela moderna a los modos de la novela tradicional (Introducción). Aquí ya no estoy tan de acuerdo.

En efecto, a mí esta aseveración me recuerda las tonterías que se han dicho y se seguirán diciendo acerca de las “obras por encargo” o los realizadores “artesanales”, en el ámbito cinematográfico, frente a los verdaderos “autores”; etiquetas demandadas por los catalogadores u obsesionados por los number one, pero más que finiquitadas para todo buen entendedor de la música, la literatura o el cine.

Pero berrinches lingüísticos aparte, lo cierto es que conviene leer antes -no decir que se ha leído- el resto de las piezas del responsable del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), sobre todo, si lo que se pretende es calificarlo de modo apresurado con el manido membrete de autor de una sola obra.

El Persiles -a veces pasaré a referirme a él de este modo- es la exaltación de un catolicismo reformado. Entremezcla idealismo italiano y realismo español, entrambos estilos (Introducción). Lo que, en modo alguno me parece un demérito, como algunos analistas han venido esgrimiendo. Si en el fondo, la última novela de Miguel de Cervantes (1547-1616) no parece novedosa (y vamos a comprobar que en buena medida sí lo es, ampliando el concepto de depuración doctrinal empleado por Romero), es porque utiliza formulismos y vericuetos narrativos pretéritos. Ahora bien, de igual modo que lo clásico sobrepasa el calificativo de antiguo cuando se moderniza, y nos sigue hablando en cualquier presente, el Persiles supera su condición de mero calco complaciente de los modelos en que se inspira.

De hecho, no sé por qué se empeñan los estudiosos en negarle tal cualidad a su forma. De un lado, tenemos la ruptura de la secuencia cronológica interna. De modo que la novela resulta atemporal y ahistórica (escrita en cuatro libros o partes), aunque trate de fijarse una secuencia narrativa de tiempo más o menos definida. Incluso presenta una doble cronología alternante: el presente histórico, que podemos situar sin excesivo quebranto hacia 1559, y el pasado inmediato, fijado en el bienio 1557-58. Asimismo, el norte y el sur son otro polo que se fusiona. Lo mismo podemos decir de la realidad material y la sobrenatural, principios sostenedores de la fábula y la alegoría, esto es cierto, siempre que no se entiendan como características fuera de la realidad racional (exactamente igual que con el término quijote sucede). Este artículo se encamina a sustentar esta premisa, anclada en el fondo y en la forma de la novela.

Imaginando el Quijote, de Mariano de la Roca y Delgado
Centrándonos ya en el contenido del libro, a mediados de 1557, los jóvenes enamorados finlandeses -pero que en un principio se hacen pasar por polacos- Persiles y Sigismunda (yin y yang, y la referencia no es gratuita, como se verá), emprenden una peregrinación a Roma, en lo que es un camino de perfeccionamiento espiritual. Podemos considerar que, mediado el libro III, dicho viaje se convierte en universal. De acuerdo, pero no debemos perder de vista las particularidades de los protagonistas. Obligados a presentarse como hermanos, Periandro y Auristela, que así se hacen llamar, sortean una serie de peripecias vitales, tanto físicas como anímicas. Gracias a una narrativa alegre, que no resulta mecánica, no existe el tiempo y el espacio salvo temporalmente, con objeto de fijar a los personajes, como queda dicho. Además, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que el texto cervantino va más allá de la mera especulación mística, como únicamente se sostiene. Toda experiencia mística está vacía si no va encaminada hacia algún objetivo.

Así, los personajes participan de la “puesta en común” de sus vivencias específicas, y de la contemplación -en su más amplia acepción- de las acciones (por eso no creo que quepa hablar de “compartimentos estancos” entre los capítulos, aunque algunos presenten la forma de un relato exento. En realidad, todo está entrelazado).

De tal guisa que, el recorrido que se establece a un nivel inicial “bárbaro”, hasta otro más civilizado o superior (tránsito del libro I a los demás), nos habla de algo en lo que incidiremos aquí: todos disponemos de la posibilidad de cambiar a mejor -léase perfeccionarse- si mostramos voluntad, además de cualidades naturales para ello. En este sentido, la psicología compleja de los personajes no es considerada por el editor tan importante, siéndolo más los acontecimientos narrados que las reacciones suscitadas. Por el contrario, pienso que la forma de ser es lo que define a estos personajes y el entramado del libro. Lo que nos lleva a referirnos a un cierto conjunto de filólogos que parecen académicamente imposibilitados (no diré ontológicamente, que eso allá cada cual) para trascender más allá de una visión ecdótica. Loable trabajo, sin duda, que fija -pero no da esplendor ni aprehende- el texto a lo largo de su recorrido narrativo. De hecho, abundan notas a pie de página demasiado enfocadas a si este recurso o expresión cervantina fue dicha por tal o cual autor del pasado. Lo que puede tener mucho interés filológico-historiográfico, pero camufla la apreciación de los atractivos contenidos. La verdadera importancia es lo que se deriva de la lectura actual del texto (esto, por mucho que un buen número de astrólogos profesionales no se caractericen precisamente por ser demasiado leídos).


Aun así, como es lógico pensar, la psicología de los protagonistas se va estableciendo, quintaesenciando. Elementalidad sí, pero de elementos, no de simpleza (Introducción). De modo que las situaciones que expone Miguel de Cervantes resultan cualquier cosa menos simples (no conviene confundir este término con el de ordinario o plausible).

Es el problema de empeñarse en darle a las vertientes esotéricas que iremos viendo un sesgo -otra vez- peyorativo o supersticioso, cuando no un carácter exótico, poco menos que inútil en el devenir de la trama. Todo lo contrario, Cervantes sabe que el hombre se debate entre los condicionamientos deterministas y su libre albedrío (o apariencia del mismo). Destino y elección. Por ello, no es “falta de equilibrio” que los protagonistas se topen con otros personajes de fuerte personalidad -de más compleja psicología-, aspecto que rebasa una exégesis filológica endogámica (dejando al margen expresiones ridículamente cursis como “vehicular” en lugar de conducir). La comprensión de sí mismo, y de unos hacia otros, articula el fondo y forma de esta obra póstuma -cumbre, habría que decir- de Miguel de Cervantes.

El “lío” que esta indisposición provoca a nivel argumentativo es notable. Más, si comenzamos a poner puertas al campo por vía de la exégesis. ¿Es menos verdadera la razón derivada de las creencias -o viceversa-? Precisamente, de este modo incrusta Miguel de Cervantes lo maravilloso en lo cotidiano, como aspectos complementarios. Por lo tanto, no existe ninguna contradicción. El autor cuenta con una sólida y experimentada formación católica, y sabe que sin racionalización -raciocinio tenemos todos, otra cosa es su uso y disfrute-, es decir, sin la interiorización y admisión de las realidades que escapan a los sentidos, los aspectos mágicos de la existencia, ya despreciados por los personajes racionalistas de Don Quijote de la Mancha, se quedan en una mera apariencia estrafalaria y peregrina (lo que tampoco es alarmante, en el sentido de que la parcela trascendente del ser humano, como casi todo en la vida, actúa a un nivel estrictamente personal –de ahí los peligros de convertirla en terapia comunal-).

Hasta en esto resulta avanzado y perspicaz Miguel de Cervantes. Aun de forma intuitiva, el autor contempla disciplinas como la astrología en la misma forma en que se evidencian hoy en día, dentro de ese marco de psicología individualizada -transferible si se desea- y auto-consciente (detesto la expresión autoayuda). Arrastrando sus vivencias personales, fuesen las que fuesen -que solo tenemos constancia de algunas, se diga lo que se diga- Cervantes fue un autor que, en vida, sirvió para la reflexión trascendente, lo que no se puede decir de todos sus posteriores lectores y exégetas, sobre todo los avocados al Imperio de la Razón, imbuidos de un racionalismo elitista a ultranza.

Lo cual posee un inmenso mérito por parte del escritor y soldado, habida cuenta de las exclusiones que, por ambas partes, se han venido ejerciendo por los apóstoles de la verdad política y religiosa. El hecho extraordinario no es para Cervantes algo meramente llamativo, ya que este se incardina en la basta complejidad del discurrir humano. Aunque pueda llegar a ser vistoso, a fuer de sus diferentes protagonistas, y no quedar libre de los chiringuitos de la farsa, también consustanciales a algunos seres humanos, o de igual modo, no presente una explicación “racional” terminante, no por eso dejó nuestro autor de incluir dicha dimensión en la totalidad de su obra, y con especial ahínco en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. En las sorprendentes vidas de sus protagonistas. Su teología, sincera y sentida, es amplia y personalísima, por mucho que atesore conceptos de Platón (427-347 a.C.) y San Agustín (354-430). Esto es lógico e inevitable para cualquiera con afanes espirituales.

Hado y libre albedrío como elementos diferenciados pero simbióticos, no excluyentes, conforman el nudo gordiano de la obra, y no son ajenos u opuestos a la devoción de la fe (católica, en este caso). Esta es mi teoría, y como tal, tengo derecho a exponerla y desgranarla a continuación.

No cabe, en principio, hablar de “doble verdad” (Introducción), sino de una verdad amplia y compleja (todo lo variopinta que se quiera), extraordinaria e integradora. En consecuencia, ni un católico cerrado o convencional, ni un fingidor religioso por conveniencia (como se plantea en el prólogo), sino un autor moderno, abierto e integrador… es lo que se refleja en el texto. De ahí la relevancia de la obra, que a continuación pasamos a analizar con más detalle, casi capítulo por capítulo. Así al menos evitaremos el sobado recurso de presentar a Cervantes como un hombre con su contradicción (no más que la de cualquier otro escritor, por muy inconclusa que nos haya llegado la pieza literaria en sus distintas ediciones).


El Persiles es, junto al resto de la producción de Cervantes, desde el punto de vista que estamos exponiendo, mucho más coherente de lo que hasta ahora se ha planteado. El Cervantes del Persiles no es un escéptico ni un iluminado, pero sí ilumina, por la experiencia de su vida y sus anhelos, que traslada a sus protagonistas. Es, si se prefiere, un adelantado, pese a faltarnos algunas de las claves de las lecturas que, con posterioridad a la publicación del libro, se han venido ofertando (esto es, aunque el positivismo haya revertido el significado, acusando de críptico el corpus narrativo, y relegado lo mágico y misterioso al terreno de la superstición y la ignorancia, un efecto posterior al sunami de Sixto V (1521-1590), que consiguió separar los ámbitos de lo natural y lo sobrenatural -lo que podemos considerar como una esquizofrenia-, proporcionando a este último un barniz degradado.

Por ello, vuelve a recorrer Miguel de Cervantes terra incognita (y comprometedora), al igual que en determinados pasajes específicos de sus obras precedentes (véase mi lectura de Don Quijote de la Mancha). Insisto en que la modernidad del Persiles no radica en la forma (de novela bizantina, y sin que por ello haya que despreciar tal elección) ni tampoco en el fondo (a tono con el poema heroico), sino en el fondo de su fondo y de su forma (perdón por el retruécano). Una obra que concluyó cuando se consideró maduro para ello. Naturalmente, no hablo de edad biológica.

En cualquier caso, proceda el lector a la lectura de la novela y, si es posible, olvídese de los ríos de tinta acumulados bajo el polvo de los anaqueles o internet. Saldrá beneficiado, como a Cervantes le habría gustado.

Cervantes dedicando Persiles al conde de Lemos, de E. Oliva y Rodrigo
No todos respondemos a los mismos estímulos y vivencias, materiales o trascendentes. Pero todos disponemos de ambas parcelas. Consciente de ello, Miguel de Cervantes propugna una continua doble lectura. Y ello, sin tener que recurrir al psicoanálisis del siglo XX o las interpretaciones ontológicas que escapan al siglo XVII (no así al denostado, a posteriori, conocimiento esotérico; o para que rechine menos, espiritual -no solo católico, que también- de un Cervantes más predispuesto incluso que en su opus magnum). Cuando tal vertiente se expone, parece inevitable la tópica actitud positivista de la indignación, en una materia que no se conoce, pero que denuncia la arbitrariedad cuando alcanza límites intolerables (Introducción, nota 50). Gruesas palabras para quien permite los beneficios de la indagación filológica -pero no semántica- a un nivel amplio (aparte de erigirse en juez de lo literariamente correcto).

Si después de leer esta introducción uno no se siente apabullado para emitir sus propias conclusiones, poco falta. Introducción, huelga decir, que enlaza con el -valioso- legado de otros estudiosos. Por destacar un ejemplo, excelente me parece la visión de Ruth El Saffar (1941-1994), que entronca el contenido cervantino con la alquimia. El mal es una parte del propio ser, antes de que aquellos -los protagonistas- puedan aceptarse el uno al otro (la alquimia sí es tolerada, algo es algo). En efecto, la búsqueda de la sabiduría no ha de reñirse con la profesión de una fe o razón moral, como es el caso de Cervantes, según iremos viendo a lo largo de este artículo. Se trata, por lo tanto, de ir más allá de la lectura de un evidente caldo de cultivo platoniano, virgiliano y agustiniano.

Persiles y Sigismunda, por Felipe Alarcón
Procedamos por partes. Persiles da inicio con un estupendo prólogo. En él se narra el encuentro de un estudiante humilde con Miguel de Cervantes, en ruta hacia Madrid. Cervantes nombra las efemérides astrológicas y afirma su creencia en otra vida más allá de esta. Siempre con sentido del humor -que no es lo mismo que de burla-. Esa buena disposición de ánimo que le caracteriza y que amalgama ambas posturas, es mostrada por el autor pese a ser muy consciente de hallarse al final de su recorrido vital (material, cabría precisar, con el permiso de los reacios).

A continuación, comienza el libro primero. Donde cabe decir que no es de rancio prestigio comenzar in media res. Al contrario, me parece de lo más moderno. Un joven y apuesto náufrago, superviviente del traslado de una prisión peruana por mar, es recogido por un navío (en tierra) tras una tormenta. Dice llamarse Periandro y ser de origen polaco. Nací en triste y menguado signo, advierte (Libro I: Capítulo II), y no en benigna estrella, añade. Con ello, y otros muchos ejemplos que iremos viendo a lo largo del texto, pretendo abundar en la idea de religiosidad y conocimiento hermético, astrológico para más señas, auspiciado por Miguel de Cervantes como algo más que un mero capricho de su fantasía novelesca. Una religiosidad patente, puesta en boca, por ejemplo, de Ricla la “bárbara” (el término alude más a “extranjero”), esposa de Antonio, así mismo apodado el bárbaro (I: VI). Ambos tienen una hija llamada Constanza.

Una marcada cuadratura u oposición, y un planeta en detrimento, es lo que expone Miguel de Cervantes a través de las palabras de Periandro. Este se sabe menguado por naturaleza, pero no por ello cejará en su determinación de salir lo mejor parado posible de los trabajos o infortunios.

El capitán del navío, Arnaldo, es hijo del rey de Dinamarca. Busca a la chica de la que se ha enamorado, Auristela, entre los corsarios y mercaderes, porque la joven, junto a su dama de compañía, pese a ser -o por ello- de noble ascendencia, ha sido vendida como una esclava. Adoptando la identidad de otro personaje femenino de a bordo, Taurisa, Periandro se dispone a indagar en la isla sobre el paradero de Auristela, que según él es su hermana, vestido de mujer. El objetivo del ardid es poder desenvolverse bien en la isla bárbara, debido a la distorsionada interpretación que los corsarios y habitantes de la misma han hecho de una profecía que requiere de doncellas para perpetrar un sacrificio humano (como los “civilizados” pueblos precolombinos hacían).

Si todo esto no da pie a una buena traslación cinematográfica de aventuras no sé qué puede hacerlo (probablemente ya lo habría hecho si existiera el cine español; y digo cine, no ideología política a veinticuatro fotogramas por segundo).

Persiles y Sigismunda ¡en la actualidad!
Estamos en la península escandinava, el trueque de personajes se produce (I: III), con lo que los dos “hermanos” se reencuentran. Y si Periandro ha debido adoptar los ropajes femeninos para manejarse por el interior de la isla de los corsarios, sabemos que Auristela ha sobrevivido haciéndose pasar por varón. Una recíproca y espléndida idea, digna de la mejor comedia de enredo. Excelente es, así mismo, el relato de la lucha fratricida -entre “hermanos”- de los bárbaros de la isla (I: IV).

Por su parte, el mencionado Antonio es un soldado plático (veterano) de origen español, casado con una lugareña, Ricla. En mí siempre estuvo Venus fría -dice Antonio- Inclinome mi estrella a las armas (lo que nos indica a las claras una personalidad zodiacal Aries) (I: V). Y como tal se conduce. Fueme Marte favorable, añade, por si quedaba alguna duda. La fortuna le dio la espalda a Antonio, pero no la determinación natal. Todos esto nos lo aclara el personaje con la exposición de su vida (I: IV-V). Lo que será una constante. Me refiero al hecho de que se vayan incorporando distintos personajes a lo largo del trayecto, que irán contando su historia. Así lo hace el italiano que se les ha unido y que liberó a los restantes prisioneros de su cautiverio, en una isla ya devastada por las llamas (I: VII). Y aquí debemos abrir otro inciso “mágico”. Existen dos transformaciones narradas de personas en animales en el Persiles. Una, la del italiano, llamado Rutilio (I: VIII). Y la otra, por vía de la advertencia de un lobo que le habla a Antonio (I: V). Los márgenes con el aspecto fantástico vuelven a definirse, por muy inexplicables que nos parezcan, en estos capítulos. En el caso de Rutilio, este vuela en un manto encantado en compañía de una hechicera, que le permite huir de su prisión. El muchacho es testigo de todos estos hechos, pese a ser un cristiano bien enseñado [que] tenía por burla todas estas hechicerías. Un episodio sobrenatural contrastado por otros testigos que Rutilio encuentra a su paso (por supuesto que las exégesis se hacen otro morrocotudo lío a pie de página al tratar de conciliar estos aspectos “inoportunos” del texto, cuando lo que sucede es que forman parte de la propia esencia textual: también dentro del ámbito de lo mágico existen el bien y el mal, como demuestra la citada y sangrienta profecía del pueblo bárbaro. El bien y el mal como dos líneas concurrentes (IV: XII).

Porque para Cervantes lo sobrenatural puede servir tanto al beneficio -tal cual se verá-, como al perjuicio, en cabalgadura de la superstición. Esto es, como parte integral del ser humano y del mundo -el universo- que le rodea. En suma, Rutilio acuchilla al lobo-hechicera, y luego se mezcla -para pasar desapercibido- con los bárbaros. Hechos de nuevo a la mar, tras la devastación de la isla corsaria, el grupo de supervivientes recoge de otra barca a un joven músico portugués, que de igual modo pasa a relatarles su peripecia vital.


Como antes sucedía, igual que ahora, es la suya una historia de pesadumbre amorosa, de decepción ante los envites e ilusiones truncadas por el amor. Pero esto, que de sobras ha sido narrado antes y después, y que no pasaría de ser una mera anécdota, es relatado por Miguel de Cervantes con la brillantez -me atrevo a decir que cinematográfica- que le caracterizaba, y por la cual ha pasado a la historia de la literatura. Adjetivos expresivos y emociones hilvanadas en un calculado suspense, desembocan en el inesperado -casi fantástico- deceso del narrador -casi del amor mismo- (I: X).

Auristela, Periandro y los demás, prosiguen su camino hasta Grolandia (tal vez Noruega), donde arriba un navío inglés (I: XI). En él viajan Mauricio, padre de Transila (que ya formaba parte del antedicho grupo, en labores de traductora entre Periandro y Antonio), y el esposo de esta, Ladislao. Mauricio se ufana de ser aficionado a la ciencia de la astrología (judiciaria: un pleonasmo de aquella época) (I: XII). Ninguna ciencia engaña, proclama Mauricio, el engaño está en quien no la sabe (I: XIII). Es curioso cómo Cervantes, por boca de Mauricio, llama la atención, en este mismo párrafo, acerca de dos aspectos importantes: que la astrología no tan solo se emplea para predecir (con lo que ello conlleva de riesgo para el predictor, y sumisión determinista para el consultante), sino como herramienta de autoconocimiento, que no exime del libre albedrío (que de ella se puede hacer un buen uso y un mal uso, como hemos señalado -a sabiendas ambas cosas, y no ya por mera ignorancia), y en segundo lugar, que las estrellas no influyen en este lugar lo que en aquel, ni en aquel lo que en este; es decir, que no se trata de una misteriosa cuestión de influencias planetarias, sino de sincronía (tal cual expondrían Jung [1875-1961] y otros estudiosos siglos después). Una interrelación cósmica recogida por el Kybalion (1908), e idea que probablemente Cervantes conocía, y que queda sintetizada en el célebre -para los astrólogos- adagio de lo que es arriba, es abajo. Prosigue Mauricio abundando en lo dicho -presentándose a sí mismo como personaje físico y psicológico-, argumentando con tino que las buenas andanzas no vienen sin el contrario de desdichas, entendiendo así la dualidad del existir, en parte (pre)determinada por lo que llamamos destino, y en parte “desviadas” o afrontadas por el proceder individual. Entendiendo, en definitiva, que el bien y el mal acompañan y predisponen, no en igual medida, conforme la naturaleza de cada ser humano, y que ambos son tan consustanciales -aunque sean divisibles- como eternos. Y en astrología, más concretamente, que lo positivo y negativo forman parte de una misma naturaleza cósmica e integral, como otras mancias y conocimientos herméticos han puesto de manifiesto y comparten. Con lo que, si un día nos vemos favorecidos por un trígono, pongamos por caso, al otro estamos frenados por una cuadratura. Y que, por consiguiente, es bueno acceder a este corpus de conocimiento para integrarnos en un todo sin sacrificio de nuestra individualidad, afirmándonos en nuestra identidad (o identidades). Diseñada esta por la divinidad y por nosotros mismos. Es a lo que se encaminan los personajes referidos del Persiles, ya que Cervantes parece entender la práctica astrológica de forma precisa y actual, como mezcla de los conocimientos de la tradición más ancestral y valiosa herramienta de desarrollo de la personalidad y la valoración psicológica. Lo que es más que afanarse en un esquivo futuro.


Mauricio y Ladislao traen consigo a dos prisioneros, que toman la palabra (I: XIV). Poco después, regresa el barco de Arnaldo, príncipe de Dinamarca (I: XV).

Periandro sale de un aprieto asegurando a Arnaldo que no puede darle la mano de su “hermana” sin haber peregrinado antes a Roma, con lo que trata de ganar tiempo (I: XVI). Por su parte, Auristela es puesta al corriente por Arnaldo (y por Periandro) del “pacto” alcanzado, para seguir manteniendo sus identidades -y el amor que se profesan- a salvo (I: XVII).

En cualquier caso, mejor es partir y enfrentarse con los inconvenientes del camino –de la vida-, físicos y anímicos, que esperar a que la suerte cambie y la fortuna nos sea dada, ya que puede hacerlo a peor. Los personajes entienden que las dificultades están para ser afrontadas (una vez conocidas), en lugar de evitadas, y este es el material con el que Miguel de Cervantes construye a sus personajes, reflejos de su personalidad. Para que así se templen los influjos rigurosos de las estrellas, como expone Periandro, en charla con Mauricio (I: XVIII).

No deja de sorprender la aguda percepción -o conocimiento directo- de Cervantes. Lo que Américo Castro (1885-1972) denomina ingenuamente gélido determinismo, es un destino que se confronta siempre con el libre albedrío, base real de la práctica astrológica, harta ya de la tópica imagen del astrólogo o tarotista que sentencia al consultante. Conócete a ti mismo además de estudiar las correspondencias que, por vía de la astrología, te tiene reservadas esta vida. Mauricio lo sintetiza después hablando de la prudencia, además de declarándose católico (XVIII).

Pero como la astrología no son las matemáticas, aunque haga uso de ellas (así como de la astronomía, que surge de esta), Mauricio no las tiene todas consigo, como sucede con los intermediarios o intérpretes -los médiums-. De modo que es capaz de detectar un peligro inminente, pero no atinar de qué parte les vendría (I: XVIII y I: XIX). Porque de lo que no cabe duda es de la honestidad que despliega este personaje con sus saberes. Lo que sucede es que Mauricio es objeto de un sueño premonitorio (pues sus capacidades no acaban con la interpretación astrológica), que es una advertencia de peligro. Para este personaje queda claro que las estrellas inclinan pero no obligan. Algo que, como vengo diciendo, es clave para la correcta interpretación del texto cervantino (y que, por cierto, también se extiende a otros autores como Calderón [1600-1681] o Shakespeare [1564-1616]). Claro que buscar el equilibrio demandado por el conocimiento hermético, como todo equilibrio en la vida, es tarea trabajosa que requiere un esfuerzo (los trabajos que expone el título: el de su conocimiento y el de su puesta en acción). De nuevo, por si este contenido no quedaba claro, prosigue Mauricio su trascendente exposición añadiendo que las almas son todas iguales, de una misma masa en sus principios creadas y formadas por su hacedor (I: XVIII).

Pintura de Evelyn de Morgan
Esto es algo que, como todo buen estudioso de las mancias sabe, va más allá de la mera adscripción confesional, pero que, insisto, no se opone a esta, más allá de los prejuicios religiosos de cada cual. Lo que es muy distinto, huelga decirlo, del ámbito de la superstición, como el propio Miguel de Cervantes se dispone a aclarar a continuación, indagando en la leyenda de los hombres-lobo, un episodio que a Rutilio le aconteció con una maga (I: XVIII). Quedan diferenciados, por lo tanto, ambos aspectos de la narración, en función del uso que se hace de la magia. Lo que no está nada mal para ser un tema de conversación entre los protagonistas mientras se hacen a la mar, camino de Inglaterra, donde piensan detenerse en su ruta hacia Roma.

Abundando en ello, que la maldad humana existe queda de manifiesto por medio de la figura del maledicente Clodio, uno de los prisioneros de Ladislao y Mauricio (aunque tiene razón en sus afirmaciones, no en la forma ni en sus intenciones deshonestas). Cada cual por su camino va a parar a su perdición, concreta Transila.

En pocas obras como Los trabajos de Persiles y Sigismunda se hace tan evidente el matrimonio entre lo natural y lo sobrenatural, como elementos escindidos de una única naturaleza (escindidos a la fuerza a partir de la encíclica del referido Sixto V, que sacó el conocimiento hermético de la universidad. A lo hecho pecho). En fin, el barco en el que viajan los protagonistas se anega y hunde, confirmándose el vaticinio del sueño de Mauricio (I: XIX). Los personajes quedan dispersados en sendas barcas. Parte del grupo recala en una isla nevada, donde la segunda prisionera de Ladislao, Rosamunda, se insinúa al joven Antonio (el hijo de Antonio, el bárbaro). Se trata de una cortesana inglesa que ha sido expulsada de su patria. Poco después llega un barco a la isla. En él se halla la doncella de Auristela, Taurisa, que iba camino de Inglaterra escoltada por dos jóvenes que amargamente se la disputaron (I: XX). Como podemos observar, los sentimientos amorosos son desaforados, siempre en pugna, en mayor o menor grado. Estos tres personajes (los dos jóvenes que se enfrentan por la pertenencia de Taurisa, y Taurisa misma) tienen un final trágico. Al igual que la desventurada Rosamunda, tras solicitar el perdón del adolescente Antonio (I: XXI).

Dibujo de Autorita
Nuevamente se hacen a la mar en este nuevo navío (I: XXII). En realidad, todas estas idas y venidas, escollos y avances, parecen una traslación física de las propias adversidades anímicas -amorosas, familiares, etc.- de la existencia. Mientras los estudiosos se devanan los sesos por la correspondencia real de los enclaves nombrados, el lector -en sintonía trascendente- los ubica y materializa sin necesidad de buscar los reales (como sucedía con la Ínsula Barataria). No es caer en la utopía.

Por boca del capitán de esta embarcación, asegura Cervantes que reino es donde se vive sin temor de los insolentes, y donde cada uno goza de lo que es suyo (I: XXII). Además, tiene mucha gracia el personaje de su relato, que gana todos los premios de los juegos celebrados en las fiestas de la región del capitán, y que se revela como Periandro, en una de sus andanzas pre-textuales (anteriores a cuando arranca la acción). Las dos hijas del rey del lugar han puesto sus ojos en él, que ha arribado justo en el momento en que las pruebas se estaban desarrollando. La simpar Auristela, que sufre un agudo ataque de celos cuando recalan en estas tierras, no puede revelar a los demás que Periandro es su amado (I: XXIII). Tras el relato de dichos avatares, se anticipa el libro II, donde se contarán cosas que, aunque no pasan de la verdad, sobrepujan a la imaginación.

Además, se da la circunstancia de que, al igual que sucedía en Don Quijote de la Mancha, Cervantes juega con la autoría de su creación. Al comienzo de este segundo libro, esgrime que el responsable de lo narrado hasta ahora ha sido otro. Y el que sea, pues en esta ocasión no se nos facilita un nombre, aunque sí se presenta como traductor -y abreviador- de los hechos, prosigue con el relato a partir del segundo capítulo.

El caso es que, cumpliéndose lo pronosticado, sin que haya habido forma de cambiarlo, vuelca el navío en el que todos viajaban. De nuevo emerge la idea de que las dichas y las desdichas suelen andar tan juntas… (II: II). A pesar de todo, son rescatados por el pueblo del rey Policarpo, precisamente, el lugar donde acontecieron los referidos juegos. Por desgracia, Auristela enferma tras el rescate (en parte, como he dicho, por constatar cómo las hijas del rey se interesan por su amado Periandro).

Los follones juveniles son equiparables a los que se intercalaban en el Quijote, y como siempre en Cervantes, están resueltos con mucha gracia y alguna provechosa enseñanza. Casi conforman un mundo paralelo a la realidad. Una realidad “inventada” en la que, como autor, Cervantes toma el puesto narrativo de -un émulo de- Alonso Quijano, imaginación en ristre, como un personaje del relato más.

La opción cosmológica de Cervantes es clara. Prosigue Auristela sincerándose con Sinforosa, una de las hijas del rey Policarpo. Bien sé que nuestras almas están en continuo movimiento, sin dejar de estar atentas a querer bien a algún sujeto a quien las estrellas las inclinan, que no se ha de decir que las fuerzan (II: III).


Como venimos comprobando, parece que la idea del determinismo no se ofende con la disposición del libre albedrío, dejando incluso la ventana abierta al aire del karma. Lejos de resultar frío -e incómodo-, el decurso -más que recurso- narrativo, se reviste de ropajes atractivos y auto-conscientes. Y esto en una obra de literatura occidental. Habrá que sacar a Miguel de Cervantes de las estrictas y rigurosas influencias literarias a las que hacíamos referencia, y a las que se ha visto determinado -sometido- por los eruditos analistas, y engrandecer sus hechuras culturales, cambiando el marco literario de referencia; esto es, de lecturas y conocimientos -directos o indirectos- del autor.

Se confirma la peor pesadilla de Auristela: Sinforosa le confiesa, ya que la considera una buena amiga, el amor que siente hacia quien toma por su hermano (II: III). Al tiempo, Clodio trata sin éxito de convencer a Arnaldo de esta situación. También Auristela lo hace con Periandro (II: IV).

Todos deseaban, pero a ninguno se le cumplían sus deseos, recalca Cervantes (II: IV). Segunda parte de esta cosmogonía por la que se nos plantea: ¿es mejor resignarse a lo que nos viene -el consabido “está escrito”-, o enfrentarlo? Realmente, ¿está todo escrito? Y si es así, ¿cuál es nuestra función en la vida? El descreído en estas lides es Clodio. Pero no sucumbe por sus equívocas certezas, sino por hacer mal uso de ellas. Se nos presenta como un aferrado signo de tierra. Para colmo, el rey Policarpo declara su amor por Auristela ante sus hijas. Lo que nos traslada, siquiera por unos momentos, al escenario de una comedia de situación con intriga amorosa (II: V). Por cierto que, por vez primera, son empleados los nombres (que se revelarán reales, en su doble acepción) de Persiles y Sigismunda, por el propio Periandro (II: VI).

Por supuesto, la deriva etimológica que señala una posible interpretación “celeste”, anotada por Peña Martín (1988; ver Bibliografía del volumen), es desechada por el editor. Esta contiene la probabilidad de una posible combinación de Perseo y Aquiles para el nombre de Persiles (Casalduero), o de Per-Silens (Martín). Lo que convierte los apelativos de Auristela y Periandro en dos avatares o hiperónimos.

El amor nace, y en seguida, en nuestros pechos, o por elección o por destino, asegura más tarde Periandro (II: VI). No existe pues, hipérbole o contradicción, como consigna el editor, sino referencia trascendente. Fuera de dicho ámbito, la trama se enmaraña y lo “fantástico” ha de ser atribuido necesariamente a la hipérbole o a la sobada contradicción del autor.


Pero Periandro es un buen muchacho, y escribe una carta tranquilizadora a su amada Auristela (II: VI). Solo la quiere a ella.

Otra característica notable de este segundo libro o parte, es la capacidad de Cervantes para cambiar de escena como en una película, un valioso detalle que ya hemos señalado antes. Pocos son los capítulos de esta parte que transcurren en un solo escenario, o con unos únicos personajes. Sin olvidar el vínculo amoroso-anímico: el nudo con que están atadas nuestras voluntades nadie le puede desatar, sino la muerte (Periandro a Auristela, II: VII). Ítem más. Mauricio acudió a su ciencia y halló que grandes dificultades habrían de impedir su partida (de todos ellos, II: VII). Entre tanto, Periandro y Auristela se ponen de acuerdo en ceder, de forma aparente, a las pretensiones del rey Policarpo. Además, Auristela rechaza el chantaje de Clodio, y el joven Antonio (hay que diferenciarlo de su padre), conoce a la dama de Granada Cenotia, que se presenta como ejercitante de Zoroastro (maga y encantadora, como ella se califica, II: VIII). Tratamos con las estrellas, contemplamos el movimiento de los cielos, sabemos la virtud de las yerbas, etc., juntando lo activo a lo pasivo (yin y yang; es decir, metiendo mano en los arreglos entre hombre y mujer). Todo esto asegura Cenotia, consciente de que su fama y permanencia en la corte del rey Policarpo, depende de si se hace bien o mal con sus conocimientos. Y para ilustrar esta diatriba, Cenotia se conduce mal ofreciéndose a Antonio. Es la segunda vez que el adolescente es pretendido por una mujer de más edad. Por algo se dice (aunque nos parezca exagerada la medida a todas luces) que Cenotia ha sido expulsada de España por la Inquisición, haciendo (mal) uso, precisamente, de su albedrío; no es necesario acudir a la inanidad de sus operaciones (como se explicita en la nota VIII: 9), ni proclamar que la suya es una de las más laberínticas psicologías cervantinas (esto lo será en el ámbito de un conocimiento que, en buena medida, se ha perdido), como tampoco imbuirse de mitología clásica, bastante más ajena a Cervantes que el desarrollo del conocimiento hermético, más cercano en el tiempo, ni someter únicamente el texto a la herencia argumental de sus innumerables modelos clásicos (como Homero [VIII a.C.]…). No hay ciencia que pueda ir contra el libre albedrío (o la apariencia de este), recalca Cenotia (II: VIII). Podemos aplicar lo que dice el propio Cervantes de que el que lee con atención repara una y muchas veces en lo que va leyendo, y el que mira sin ella no repara en nada (III: VIII). Pues sí, parece que en todo momento trata de oponerse, por parte de la crítica, el aspecto de lo mágico con el del libre albedrío, como si fueran dos flancos opuestos. Esto es desacertado porque, como ya he señalado, son complementarios. Por lo tanto, no hacer un buen uso del albedrío, actuar mal, no anula la posibilidad del contrario (la magia), como Cervantes bien demuestra a lo largo del libro. No entender esto es no entender la obra, y apuntar a inacabables notas a pie de página. Que si Cibeles y Diana… Se habla de exclusión y marginación en estos personajes, pero no por parte de la sociedad, sino de sí mismos, por el mal uso de sus facultades especiales. En el lado contrario encontramos a Mauricio (si fuera como se expone en el aparato crítico, este último personaje carecería de sentido). Así, Cervantes ha alcanzado su postrera madurez trascendente en el Persiles. Al contrario de lo que se señala, no entra en el tema con muchas y evidentes (¿cuáles?) reservas, sino con un convencimiento adquirido -ya que no evidente a todo el mundo- y apenas velado (siento tener que ser prolijo, pero resulta pesadísima la enmienda cuando se hablan dos idiomas distintos; me refiero al de la crítica y el del autor. Por otra parte, no está mal aventar toda esta hojarasca comparativa y disfrutar sin más de la lectura, claro está).


Volviendo al episodio con Antonio el joven, la flecha que, en su indignación, dispara a Cenotia, va a dar en Clodio, que entraba por la puerta en ese momento (II: VIII). Aquí Cervantes se permite jugar alegremente -con mucha chispa- con el destino y el albedrío. Pero sucede que, al igual que Auristela, Antonio cae súbita y repentinamente enfermo. Una vez más, no por pretender a Antonio, sino por enfermarlo como venganza a su rechazo amoroso, es castigada Cenotia. Mauricio amenaza con matarla si no le devuelve la salud al muchacho, en lo que es un enfrentamiento entre dos magos en toda regla (II: XI). En ningún momento del texto niega Cervantes la realidad de dichas prácticas y hechos, la realidad- en la ficción- de que esta magia negra exista. Desvinculado del maleficio, Antonio se recupera. Sin embargo, las malas artes de Cenotia no paran en barras. La bruja convence a Policarpo de que no deje marchar al grupo. Sigue queriendo vengarse de Antonio. En el ínterin, retoma Periandro el suceso de sus viajes anteriores, lo que incluye el relato de una isla soñada (II: XV), y sus avatares como capitán de un barco corsario que queda apresado en los hielos de Noruega (II: XVI).

Para no dejar escapar a Auristela, el maduro -solo en edad fisiológica- rey Policarpo, simula una alarma y prende un “controlado” fuego a su palacio, con objeto de raptar a la moza. Pero su hija Policarpa advierte al grupo de visitantes que, en el tumulto, huye en barco y recala en una nueva isla, camino de Inglaterra.

En esta isla habitan los franceses Renato y Eusebia, amantes que huyeron de la maledicencia (todo esto en II: XVIII). Como es preceptivo, el ermitaño Renato cuenta su vida hasta ese momento. Por una de dos causas vienen los que parecen males a las gentes: a los malos por castigos, y a los buenos, por mejora, expone (II: XIX).

A continuación, prosigue Periandro la narración de sus andanzas. Su relato le lleva a tierras de Dinamarca, donde Auristela ha sido vendida a Arnaldo, como ya nos ha sido contado. Y a la isla bárbara donde han sido hecho presos (II: XX). Pero entonces, Sinibaldo, hermano de Renato, llega a la isla en la que se encuentran ahora (II: XXI). Con lo que, excepto Rutilio, que decide permanecer en dicha isla como nuevo ermitaño, todos parten hacia el libro III.


Allí alcanzan las costas portuguesas y llegan hasta Lisboa, donde incluso se “retratan”; esto es, se pinta un óleo de sus aventuras, que ya comienzan a ser muy conocidas. En virtud de lo cual, se juega con el elemento cronológico, para desesperación de los datadores del texto (III: II). Después, prosiguen hasta Badajoz y allí contemplan la representación de una comedia en casa del corregidor. Camino de Guadalupe, topan primero con un caballero, y luego con una joven fugitiva, cuyo hijo ha sido entregado al grupo de peregrinos por el caballero. De este modo da inicio el relato de la joven Feliciana, embarazada de Rosanio, pero prometida con otro (III: III). Feliciana de la Voz, así llamada por sus dotes de cantante, decide sumarse al grupo, en ruta a Badajoz.

Llegan a Guadalupe (III: IV), donde se produce un sonado alboroto en el interior de la iglesia en la que Feliciana canta: su padre y su hermano la han reconocido, y como la creen una “descastada”, le quieren dar una buena zurra. No ha lugar, aparecen para hacer justicia nada menos que Francisco Pizarro (1478-1541), Juan de Orellana (¿?-1625) (recuerdo el juego con el tiempo) y un tercer caballero que se presenta como Rosanio, el esposo de Feliciana. En resumen, ella ha escogido marido por sí misma, aunque no se hayan guardado las debidas ceremonias y respetos. Finalmente, con entendimiento y apertura de oídos y mente, todo parece arreglarse para la familia (cada elemento ocupa su lugar) (III: V). Como están nuestras almas siempre en continuo movimiento, y no pueden parar ni sosegar sino en su centro…, recala el narrador (III: I).

Siguen entrando y saliendo personajes. Así ocurre con el encuentro con un peregrino y un hombre a caballo, tras visitar Guadalupe y Trujillo. El hombre es polaco y procede a narrar el modo en que dio muerte a un joven pendenciero quince años ha, en Portugal, y cómo, de regreso a España, conoció a la tabernera Martina (III: VI). De nuevo por boca de otro personaje, en este caso Periandro, destaca Cervantes que la salsa de los cuentos es la propiedad del lenguaje, en cualquier cosa que se diga. Por lo que, el toque no está en [las] desenvolturas, sino en [los] sucesos, según lo hayo yo en mi astrología (III: VII).

Y si el movimiento se demuestra andando, la trascendencia practicando, y haciéndola valer en los demás: Periandro convence al viajero polaco de que cese en su intención de vengar el agravio sufrido en la figura de su esposa (la tabernera que le ha engañado y marchado con su dinero con otro, cosa de la que ya fue advertido). Periandro influye, de este modo, de la mejor manera posible con sus consejos -su creciente madurez-, dejando que el otro sea libre de tomar sus determinaciones.

Retrato de hombre joven, de Jacob van Oost
Llegan a las puertas de Toledo. Allí, el joven Tozuelo es sacado de una escuadra (junta) de bailadoras, vestido de mujer (como vemos, un recurso que se repite), acusado de dejar en cinta a la mozuela Cobeña. Pero resulta que ya se ha casado con ella (III: VIII). De nuevo es Periandro el que intercede para bien, por medio de sus palabras. Al fin y al cabo, es el suyo -y de las personas que le acompañan- un viaje iniciático además de físico (no solo el que recorren ahora, sino el que llevan recorrido hasta que arranca el relato). Multitud de inconveniencias les han aguardado apostadas en dicho camino. Lo mismo sucede con Antonio padre, cuando se enfrenta a sus problemas y regresa a la casa de sus padres, reapareciendo tras dieciséis años de ausencia (guardemos las razones de la misma), bajo las vestiduras de peregrino. Además, lo arropa la alegría típicamente cervantina de que es objeto toda la familia; la satisfacción de haber resuelto una tarea pendiente.

Una vez más, la interpretación es tanto material como alegórica, pues la una revierte en la otra. La disposición del cielo, con causas a vosotros secretas, ordena y dispone las cosas de la Tierra, incide el narrador (III: IX).

Insisto en que la intencionalidad de la obra es obvia para quien comparta el mismo código de interpretación. No lo sería tanto de contar con un solo y fugaz ejemplo, pero es que el texto está trufado todo el camino.

Este no es un conocimiento espontáneo, sino un trabajo de largo recorrido. Cervantes ya lo venía barruntando, y en el Quijote daba muestras de ello. Recordemos, por ejemplo, este fragmento del primer capítulo del mismo: los altos cielos que, de nuestra divinidad, divinamente con las estrellas os fortifican… Es cierto que a continuación añade que con estas razones perdía el caballero el juicio, pero podemos sobreentender que se está refiriendo a lo socialmente establecido (aparte de que el Quijote es aún un punto intermedio, donde no se pierde de vista el hacer gracia). En cualquier caso, este basamento de una realidad mágica conviviendo con la racional, suele ser despreciado por la intelectualidad y muy altas cátedras -siguiendo la línea de algún pedante que asegura, con la modestia que le caracteriza, que ya no necesita leer el Quijote porque se lo sabe-, prolongando pues la apreciación que del Quijote se tenía como “libro de risa, un cómic o un entretenimiento que nadie se tomaba en serio…” (¡será por eso que le molestó tanto a Lope de Vega [1562-1635]!), Y ya que de ambas obras hablamos, es simpático hallar en el Persiles un auto-guiño, igualmente moderno y metaliterario: el escuadrón de peregrinos llegó a un lugar de cuyo nombre no me acuerdo (III: X).


El destino es infatigable. En la misma casa de la familia de Antonio padre, agoniza un conde al que se ha dado asilo tras una pendencia. En agradecimiento, este propone casarse con la nieta de Antonio Villaseñor, el patriarca. Es decir, con Constanza, y legarle así su fortuna, pues a él no le queda mucho de vida. Con lo que una situación se enlaza con otra: el cambio de caudal y ventura junto al resarcimiento por los padecimientos arrostrados.

Prosigue el peregrinaje, esta vez sin Antonio padre y su esposa Ricla, que se quedan en la casa de la familia, con los abuelos del joven Antonio y su hermana Constanza, que también ha decidido seguir el viaje.

Llegados a ese lugar del que su autor no recordaba el nombre, dos estudiantes de Salamanca se hacen pasar por cautivos. Cervantes juega irónicamente con el doble sentido de los asnos en este genial capítulo III: X. A continuación, llegan a un pueblo de Valencia, donde los habitantes repelen una incursión turca (!) y se produce otra referencia a un lugareño que posee conocimientos astrológicos (III: XI).

Días más tarde, en el puerto de Barcelona desembarca Ambrosia Agustina, disfrazada de hombre, en busca de su esposo, que está combatiendo en Italia. Anteriormente, Constanza ya le había ofrecido alimento cuando, en un carro para presos, era llevada a galeras (III: XI) (una situación de la que se libra al ser descubierto que se trata de una mujer). Lo que sucede con el paradero de su esposo y hermano lo dejamos al lector (II: XII). Lo que nos interesa recalcar es que se trata de otro de esos capítulos donde, además de enlazar con el tema de la valerosa disfrazada, que ya figura en nuestro Romancero, se hace efectiva la vertiente del libre albedrío con la disposición “celeste” de las circunstancias. Estas, activan las aptitudes de la joven recién casada, que no se resigna a permanecer ociosa mientras espera al marido.


El grupo penetra en Francia, y en Languedoc, conocen a las damas francesas Deleasir, Belarmina y Félix Flora (III: XIII). Más tarde, en Provenza, se reúnen para almorzar junto a una torre, cuando para sorpresa de todos, una mujer es arrojada de esta, aunque se salva “milagrosamente” de morir, al “volar” gracias a sus amplios ropajes (¡que hacen de campana!). Trata de socorrerla Periandro, pero junto al villano señor de la casa, cae desde la torre (primer trance de muerte que sufrirá Periandro). Además, unos secuaces del señor, que tratan de raptar a Flora, hieren a Antonio (III: XIV). En el siguiente capítulo se aclara lo sucedido, que es expuesto por Cervantes con sorpresiva –fílmica- modernidad. Clarisa ha sido arrojada de la torre porque su esposo, el conde Domicio, ha perdido el seso (este sí de verdad), preso de la locura, merced a las malas artes de la magia (una nueva constatación de su existencia / realidad) (III: XV). Repuestos de sus heridas, Antonio y Periandro, junto a los demás, proseguirán su marcha llegando a un caserío o cortijo. Allí, la hermana de Antonio, Constanza, presume de poseer también dotes de adivinación, y se muestra certera en descubrir la identidad de la desterrada moza que hallan por los caminos, condenada a diez años por adulterio. Imbuido de este espíritu o clima, uno de los criados de las damas francesas cuenta el caso de una tal Ruperta, que solitaria aguarda vengar la muerte (el asesinato) de su esposo Lamberto, en la figura del pérfido Claudino Rubicón (y sus descendientes o familiares) (III: XVI). Cual justiciera de la noche, Ruperta fija su atención en Croriano, el hijo de Rubicón (III: XVII). Pero de la resolución de este sorprendente asunto tampoco daremos cuenta aquí, invitando a hacerlo al potencial lector. Bástenos constatar la juventud de todos estos personajes atacados por el mal de amores.

Celebrando un desposorio en un mesón, se presenta el padre Soldino, que además es astrólogo (judiciario). De forma expresa, no mago ni adivino (es decir, no un embaucador) (III: XVIII). Queda en este personaje establecido el vínculo entre religiosidad y magia – saber astrológico. Como en el caso de Mauricio, la predicción de un peligro pronosticada por Soldino no tarda en materializarse (no diremos en qué forma). En su refugio (un escenario sorprendente en sí mismo, cuya entrada está disimulada en la roca, en forma de cueva, labrada por el propio Soldino), el padre asegura que aquí yo soy señor de mí mismo, aquí tengo mi alma en mi palma (III: XVIII). Desafortunadamente, mientras conversan con este personaje, el criado de Antonio, Bartolomé, y la moza castellana recogida en el camino, Luisa, huyen con las monturas, dejando “desguarnecido” al grupo.


Parecíales que andaban rodeados de adivinanzas y metidos hasta el alma en la judiciaria astrología que, a no ser acreditada con la experiencia, con dificultad le dieran crédito (III: XIX). Fundamental: Cervantes hace hincapié en la dificultad de este tipo de conocimientos, si no es con el tamiz de la experiencia propia. Conoce muy bien de lo que está hablando: si ya es difícil creer en lo que no se ve o se experimenta por uno mismo, más lo es admitir una relación de sincronía -no de causa-efecto- entre el cosmos (los cuerpos celestes), nuestra esfera de (inter)acción (la eclíptica), y el lugar que ocupa el ser humano en el entramado (la Tierra). No obstante, el grupo de peregrinos (Auristela, Periandro, Croriano, Ruperta, Constanza y las damas francesas y sus criados) cree en la predicción de Soldino de que Bartolomé regresará arrepentido con lo confiscado, como así sucede.

Una vez más en camino, topan con la comitiva del gentilhombre de Capua, Alejandro Castrucho, acompañado de su sobrina Isabela, nacida en España. El recorrido es Milán-donde pasan algunos días- y Luca. No hay ventura tan firme que no dé vaivenes (que se enfrente a la voluntad) ni clavo tan fuerte que pueda detener la rueda de la fortuna (lo determinado), confirma Periandro en Milán (III: XIX). De nuevo, ambas vertientes quedan expuestas como complementarias y no como opuestos, en el sentido de excluyentes.

Y ahora asistimos a otros de los capítulos sorprendentes del libro. En una posada de Luca se hospeda Isabela, a la que juzgan de endemoniada, cuando lo cierto es que trata de evitar su marcha hacia un casorio no deseado con un primo (se adelanta Cervantes al sí de las niñas), fingiendo la enfermedad (una posesión en toda regla, pero con gracia). Queda la chica en espera del regreso de su prometido, Andrea Marulo, que ya ha sido avisado por la propia Isabela, y que es estudiante en Salamanca (recordemos, la segunda en ser fundada -tras Palencia-, y actualmente, la más antigua universidad de España) (III: XX).

Se trata de un episodio divertidísimo. Finalmente, se produce el casamiento de Andrea e Isabela, para pasmo de su tío, que la creía en posesión de algún demoñuelo. Isabela, además, según se nos narra al final, estaba embarazada de Andrea. Pero lo que importa no es su desliz o apresuramiento, sino su empeño en casarse con quien ama, y no con quien le dicta su tío.

Escena del Fausto de Gounod
Hacemos parada y fonda en la última parte del libro, la cuarta. En su primer capítulo, Periandro se equipara abiertamente con Persiles. Antes de recabar más información, un joven y gallardo peregrino sale del aposento de un mesón en el que se hospedan, y refiere que sobre la mitad de mi alma predomina Marte, y sobre la otra mitad, Mercurio y Apolo (IV: I). Entronca este aspecto con el discurso de las armas y las letras, y con todo lo que venimos diciendo acerca de la dualidad destino-libre albedrío (o apariencia del mismo, en su defecto). El chaval recopila aforismos para un libro, lo que es una idea estupenda. A completar la tarea se afanan los restantes personajes.

Estando ya a una jornada de Roma, penetran en un bosque para descansar, y allí hallan al duque de Nemurs, un pintor que, de memoria, hizo un retrato de Auristela, de la que, como Pigmalión, se ha quedado prendado. Como no es el único, el duque ya se ha batido con el príncipe Arnaldo, que anda por estas tierras (IV: II).

Se produce la entrada en Roma. La belleza que despierta Auristela allá por donde pasan más parece cosa de encantamiento, cuando no una maldición (IV: III). Era inevitable: Arnaldo vuelve a declararse a Auristela. También el duque. Ambos son “despachados” por Periandro y Croriano, respectivamente (IV: IV).

Pese a todo, paseando por las calles de Roma, descubren expuesta una copia del retrato de Auristela, por el que Arnaldo y el duque pujan. Finalmente, se lo queda Periandro, en previsión de lo que pueda ocurrir. Tras esto, a Antonio y Periandro les lleva el judío Zabulón a conocer a la cortesana Hipólita (sin ellos saber a lo que se dedica) (IV: V). Estando imprudentemente -recordemos el signo “menguado” de Periandro-, en casa de Hipólita, esta acusa al muchacho de haberle robado, tras no poder hacerle suyo (como sucedió con Cenotia y Antonio). Y como en el caso de Rosamunda y Antonio, Hipólita confiesa su agravio arrepentida, una vez que Periandro ha sido prendido por la justicia (IV: VII). De resultas de lo cual, el gobernador libera a Periandro.


Ya estamos llegando a puerto. Determinada Hipólita a obtener el amor de Periandro, no duda en solicitar la ayuda de la esposa del judío Zabulón, que es maga (de nuevo, el mal empleo de la magia y la hechicería), con objeto de enfermar a Auristela, de quien sospecha que no es su hermana, y así ocupar su puesto. Pero la amenaza es cierta, palpable, y no una figuración. Como se constata (IV: VIII).

El duque de Nemurs muestra su intención de volverse a París. En cuanto a Mauricio, su hija Transila y su yerno Ladislao, ya han marchado a Inglaterra, según relata Arnaldo. Entre tanto, la dolencia de Auristela prospera (IV: IX). Sin embargo, Hipólita, habiendo visto que muriéndose Auristela, también moría Periandro, acudió a la judía a pedirle que templase el rigor de los hechizos (IV: X). Algo recuperada, Auristela propone a Periandro meterse a monja (o al menos, permanecer soltera). Periandro, aturdido, vaga por las afueras de Roma. Se cree desdeñado. Y es lógico, pobre chaval. Pero Auristela recapacita -se sobrepone- y revela su condición real -y de Periandro- a Constanza, Antonio y las damas francesas (IV: XI).

Asimismo, y por puro azar, se desvela la verdadera identidad de Periandro, por boca de su ayo Serafido, en charla con Rutilio. Resulta que es el segundo hijo del rey de Islandia [Además, “Frislandia” sería una isla vecina y más septentrional que, imaginaria o no, es de donde se nos dice que procede Auristela, IV: XII]. De este modo, Periandro es ya identificado definitivamente como Persiles. Su hermano mayor, Maximino, está en camino y en disposición de contraer matrimonio con su prometida, ¡que no es otra que Auristela!, identificada igualmente como Sigismunda. Ambos amantes -Auristela y Periandro- han partido en pos de su peregrinación, con la aquiescencia de la reina de Islandia, la madre de Periandro, que los sabe perdidamente enamorados.

Las últimas escenas del libro tienen lugar en la Basílica de San Pablo, extramuros. Pirro, el calabrés, amante de Hipólita, arremete con su espada contra Periandro, por el interés que ha despertado en Hipólita, pero es prendido y ajusticiado (se nos aclara, IV: XIII).

De todo ello se desprende que la fortuna no es otra cosa que un firme disponer del cielo (IV: XIV). Los vaticinios son, por lo tanto, una ventana abierta a esta disposición, a la que no todo el mundo se quiere asomar -poder se puede-, y como tales, quedan al arbitrio de las decisiones personales (con lo que no han de ser entendidos como sentencias absolutas y tajantes, inalterables).

En la resolución de la novela, Maximino, que viene enfermo del mal de la “mutación” (sic) -una peste-, fallece. Persiles se recupera de sus heridas y se casa con Sigismunda, lo que queda establecido antes de que fallezca el hermano. De igual modo, Arnaldo es prometido a la infanta Eusebia, hermana menor de Sigismunda, Félix Flora casa con Antonio, Constanza ya lo había hecho con el conde moribundo, y las otras damas francesas regresan a su país, con el duque. Croriano y Ruperta lo hacen a Escocia, de donde proceden, y el criado Bartolomé y Luisa, se dice que acaban mal en Nápoles. De tal manera que el destino de los personajes se acopla cuando hay voluntad para ello y la fortuna lo permite.

Interior de la Basílica de San Pedro, Roma
Son varias estaciones a las que asistimos, geográficas y anímicas; los consabidos trabajos, es decir, dificultades, que nos propone la vida. De unos salimos más airosos que de otros. Pero este es el tejido de la última y sensacional novela de Miguel de Cervantes.

En ella, muestra interés y voluntad en abrir las mentes de sus lectores, dando un giro al conjunto de una obra que es rematada por la experiencia final de los conocimientos trascendentes.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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