Clásicos Inolvidables (CXLIV): Matar a un ruiseñor, de Harper Lee

14 abril, 2019

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La forma en que descubrimos el mundo puede convertirse en una ventana ideal para conocer a los demás, para descubrir otras vidas ajenas en el momento en que quedaron cristalizadas en la persona en quien nos íbamos a convertir. Quizás por esa razón resultan tan cercanas, populares y frecuentes las novelas de formación y aprendizaje, aquellas que remiten a la niñez como punto de partida de descubrimiento del mundo que nos rodea. Una etapa de nuestra vida determinante y a la que solemos regresar para recordar qué nos hizo ser quienes somos, aunque se nos devuelva a través de nuestra memoria un recuerdo idealizado, cual paraíso perdido, o la crudeza de algún hecho crucial o, incluso, traumático, que nos dejó una cicatriz perenne. 

Matar a un ruiseñor (1960) es una de esas obras que pone la vista atrás para recuperar la mirada infantil hacia el mundo adulto, pero también para denunciar una injusticia social. Herper Lee (1926-2016) legó a la literatura estadounidense una única novela de gran valor, hasta al menos la aparición de Ve y pon un centinela (2015), un manuscrito anterior cuya publicación legitimada por la autora ha sido puesta en duda. A esta autora le sucedió como a J. D. Salinger (1919-2010) con El guardián entre el centeno (1951): se sintió abrumada por el éxito de su novela, sobre todo tras la adaptación cinematográfica homónima de 1964 dirigida por Robert Mulligan, y se retiró de todo lo relacionado al mundo de la fama y el éxito que tanto pueden llegar a engullir a una persona. Además, seguramente debió escapar de las comparaciones biográficas, dado que, si bien bebió de su propia vida para crear la novela, esta está invadida de ficción, una ficción necesaria para construir una obra narrativa tan solvente y bien resuelta como esta.

Harper Lee
Sin duda, Matar a un ruiseñor tiene un hecho central y necesario que es sobre el que se construye toda la novela, aunque este acontecimiento tarde bastante en aparecer. Cuando comenzamos la lectura nos encontramos con una primera parte en torno a la infancia de su voz narrativa, la protagonista Scout, contándonos su infancia y su adaptación a la sociedad que la rodeaba. Hay en esta primera parte todo un retrato de la infancia de una época: la rivalidad y cercanía de los hermanos, los juegos infantiles como la representación de historias, los límites impuestos por seguridad, pero también por miedo, las travesuras que surgían como retos y desafíos para superar ciertos miedos, el descontrol de las emociones o la creación de una identidad y de su sentido de pertenencia a la misma. Pero tampoco falta la crítica y ácida lectura que se hace sobre la institución escolar y sus metodologías, la distancia existente entre las clases sociales, la hipocresía de la vecindad, los estereotipos sexistas o el choque entre el instinto más infantil y el autocontrol más adulto. Incluso hay espacio para hablar sobre la forma de educar a los hijos, siempre desde los hechos más que desde la reflexión, o del sentido y valor de la justicia; aunque este último aspecto tenga su principal impronta en la segunda parte.

Esta primera parte conforma un excelente retrato de la infancia con algunos episodios a destacar. Ya hemos mencionado la escuela, que sirve para adelantarnos el retrato de las familias que conforman Maycomb, ofreciéndonos una serie de estereotipos adjudicados a los apellidos que se verán reforzados por la retahíla que nos dedicará en la segunda parte la tía Alexandra, siguiendo con una arraigada concepción determinista de la genealogía. El rechazo que Scout expresa hacia la educación femenina de la época, mostrando su deseo de libertad y de aprender aquello que su padre le permite (dentro de un sistema menos disciplinado, pero más dado al diálogo, al aprendizaje por la lectura y a la libertad dentro de unos límites razonables), aunque otros la consideren asalvajada. La llegada de un perro rabioso al vecindario, cuyo final se relacionará de forma simbólica con el juicio de la segunda parte. Y también brilla el castigo que sufre Jem al tener que acudir diariamente a casa de una vecina a la que, en un ataque de orgullo, destrozó las flores; precisamente, el acontecimiento con el que concluye la primera parte y que ya adelanta uno de los problemas con el que se enfrentarán los niños protagonistas: el murmureo de quienes rechazan que su padre defienda a un negro.  

Fotografía de H. Armstrong Roberts
He dejado para el final el punto que considero más relevante en esta primera parte, por su importancia posterior: ese santuario del terror que representa la casa vecina de los Radley, el típico lugar al que los niños tienen prohibido el acceso, por las molestias que provocan, pero sobre el que pesa más las leyendas extendidas entre los propios infantes. El grupo que en verano conforman Jem, Dill y la protagonista, Scout, se entretienen creando historias en torno a esa familia apartada y tan reservada, sobre todo del personaje central, el fantasmagórico Boo Radley. Su presencia siempre estará marcada en la novela por su ausencia, por la necesidad de descubrirlo de los niños como un hito para ellos y por la relación de admiración y temor que sienten por él. Pasar por delante de esa casa supondrá siempre una pausa en la narración para recordarnos o bien cómo persiste el temor infantil o bien cómo se avanza hacia el respeto que da tan solo el recuerdo de la niñez. Con todo, a pesar de aparentar ser tan solo una anécdota más de las que se narran en esta primera parte, todo lo relacionado con Boo Radley se entrelazará con fuerza en el tramo final de la novela, otorgándole todo el sentido a las palabras iniciales de la obra; curiosamente, la sombra de este personaje aparecerá en los momentos oportunos, por ejemplo, durante el capítulo del incendio de la casa de una de las vecinas. Sin duda, una buena muestra de la redondez con la que Harper Lee plantea su narrativa y que tanta satisfacción suele causar entre los lectores. Todo lo relacionado con Boo Radley es la mejor muestra de la infancia idealizada que impregna la primera mitad de la novela. A su vez, toda esta primera parte entronca con toda una tradición de obras sobre la infancia, como El camino (1950), de Miguel Delibes, salvando las distancias entre ambos trasfondos.

En la segunda parte, lo más relevante y que ocupa más espacio es el juicio que da sentido a la obra global, sin que por ello se pierdan elementos de la formación de Scout (sobre todo con la presencia de la tía Alexandra, con cierta reconciliación final, o el reencuentro con Dill). El padre de los niños, Atticus Finch, se convierte en el protagonista al verse en la obligación de defender a un hombre negro, Tom Robinson, en un juicio en el que le acusan de violación. Su desarrollo dejará en evidencia los prejuicios raciales y la injusticia de un pueblo idealizado hasta el momento. Este acontecimiento marca el fin de la infancia, que se reflejará bastante bien en la actitud de Jem en los capítulos posteriores. En torno al juicio, encontramos el oscuro episodio de la cárcel, en que la inocencia infantil gana a la ira irracional de los hombres, o todo el tramo final, que versará sobre las consecuencias de la impecable actuación de Atticus en el juicio. Por cierto, el abogado pretendía llevar hasta la última instancia su dignidad legalista, pero serán otros quienes decidan otorgar otra versión a lo sucedido.

Fotograma de la adaptación cinematográfica homónima
Matar a un ruiseñor es una obra engañosa a simple vista. Si te acercas a ella solo por la imagen del juicio, te espera una considerable travesía por el retrato infantil e idealizado de una época determinada, bastante entrañable y necesario para comprender mejor el final de la novela, pero que se aleja bastante de lo esperado si solo buscabas un retrato más jurídico, realista, serio y crítico de lo que esperabas. Si al empezar a leer tan solo crees que estás ante las travesuras de unos niños, te puedes perder las críticas y los símbolos que Harper Lee despliega a lo largo de la novela con acierto y cierta sutileza. Ante todo, la novela deja en evidencia el racismo de una sociedad llena de prejuicios, pero sin olvidar su sentido más literario, tanto en estilo como en estructura. 

Muy emotiva, bien estructurada y bien escrita. Es un buen reflejo de una época desde unos ojos infantiles que saben describir bastante bien la realidad y que muestran un posible cambio de mentalidad y de sensibilidad en las generaciones venideras. La redondez con que todos los hechos se relacionan al final deja una agradable sensación de que el viaje a través del crecimiento de Scout ha merecido la pena.


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