Otros mundos (XXV): Universo prohibido, de Leo Talamonti

26 marzo, 2019

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El voluminoso y aprovechado volumen Universo prohibido (Universo prohibido, 1966; Plaza & Janés, Otros Mundos, 1970) es casi como una sinfonía de lo paranormal dividida en varios movimientos. Un prefacio, una introducción, los capítulos o cuerpo de la obra, distribuidos en seis partes, y finalmente, un apéndice.

El prefacio corre a cargo del escocés William McKenzie (1909-1996), antiguo profesor de “filosofía de la biología” en la Universidad de Ginebra, y presidente honorario de la Sociedad Italiana de Parapsicología. Toda una personalidad que ofrece un estupendo avance del contenido expuesto por el periodista y divulgador italiano Leo Talamonti (1914-1998).

En este bienvenido preámbulo comenta McKenzie que parece increíble la tenacidad de los prejuicios enraizados en algunos divulgadores científicos, que se consideran autorizados para afirmar, con la mayor gravedad, la inexistencia de determinados hechos (algo que Mckenzie contrarresta con dos ejemplos). Hechos ampliamente comprobados, por mucho que, como sabemos, comprobado no sea sinónimo de explicado, y aún menos de inexplicable. Lo cual nos conduce a aspectos de la naturaleza evidenciados que, justamente por inexplicados, pasan a ser ignorados.

En este sentido, es el de Talamonti un valioso libro divulgativo, por ser informativo. El autor toma la palabra en la introducción y abunda en el hecho de que ahondar en la superficie de las cosas es siempre arriesgado. Mucho más, tratar de ampliar el dominio de los sentidos considerando sucesos y no solo teorías preconcebidas donde ahormarlos. Lejos de querer proclamar solemnemente esta o aquella verdad, el presente trabajo tiende más bien a suscitar dudas sobre la validez de algunas certezas presumidas. Los fenómenos subjetivos no implican, necesariamente, que sean ilusorios (Introducción).


Entrando en materia (¡a veces incorpórea!), los focos de atención son muchos. Por ejemplo, la personalidad de los objetos impregnados o psicometría, o los sueños premonitorios de algunos ciudadanos anónimos o de personajes célebres. Sueños que suprimen las barreras del tiempo y el espacio, más allá de los usuales medios representados por el lenguaje hablado y escrito. No solo no recordamos muchos de nuestros sueños, sino que tampoco parecemos muy capacitados para valorar con exactitud los pocos que retenemos. Como lenguaje simbólico que es desde la antigüedad, el psiquismo humano sigue siendo nuestra capacidad más desconocida y atractiva. Recordemos, como el autor hace, el famoso daimon o consejero de Sócrates (470-399 a.C.) (capítulo I), la inspiración que alentó los últimos trece cantos de la Divina Comedia (La Divina Commedia, 1304-1321) de Dante (1265-1321), o la escritura cuneiforme en sí misma. Hasta la máquina de coser fue inspirada por uno de estos sueños. No en vano, como aseveraba Esquilo (525-456 a. C.), en otra cita recogida por Talamonti, la mente del durmiente tiene los ojos penetrantes.

Curiosamente, alguno de los asombrosos lances descritos por nuestro autor tienen al cineasta Federico Fellini (1920-1993) como privilegiado y curioso testigo (II). Algo a lo que se suma una extraña experiencia auditiva de Jung (1875-1961) (III), y otros sueños y viajes retrospectivos. Inquietante resulta, asimismo, la autonomía de algunos procesos psíquicos respecto a los presuntos soportes del psiquismo y el pensamiento (II).


Prosigue Universo prohibido con incursiones de la mente en el futuro, como sucede con la precognición, esa liberación temporal de las estrecheces del espacio y el tiempo, gracias a un particular estado de conciencia (IV). Apunta el excelente divulgador aspectos interesantes, como que es difícil creer en estas cosas, al menos que se haya tenido alguna experiencia directa. O bien, que no es verdad que nosotros, occidentales, nos hayamos alejado definitivamente de este mundo mágico.

Si hay algo ilusorio es el concepto de presente. Fuera de su predominante esfera, la razón no queda constreñida por los límites más accesibles que marcan el llamado sentido común. Talamonti insiste con tino en que el libre albedrío es, pese a todo, perfectamente conciliable con tales premisas (IV). Más aún, la clarividencia puede ser útil incluso a los poderes públicos (VI).

En efecto, el ser humano es poderoso, pero no por las razones que generalmente se auto atribuye. Ninguna droga alucinógena puede transformar en verídicas las visiones irreales y fantásticas de un sujeto no dotado (II). Existen sensaciones, impulsos o caprichos que aún hoy no han logrado traducirse al claro lenguaje de la conciencia. Aunque hayan tenido una correspondencia objetiva, como las premoniciones acerca del Titanic (V). La pobreza de nuestros esquemas mentales queda de manifiesto ante una realidad que, ante su misma naturaleza, se resiste a dejarse subdividir en categorías (145) (VI). Como ya hemos señalado otras veces en este apartado esotérico-literario de nuestro blog, la duda sistemática bien puede derivar en prejuicio. Una cosa es la duda filosófica y otra el culto a la duda.

Pintura de Sally Trace
En la segunda parte del contenido, titulada las fuentes desconocidas del saber, Leo Talamonti advierte que el espíritu de los tiempos idolatra la velocidad (VII). Progresivamente, no se admite el silencio, todo ha de estar repleto de acción, sin apenas espacio para la auto reflexión. Por eso, en determinadas ocasiones, el inconsciente actúa como un señor absoluto. Lo que nos lleva a la avenencia del arte como intromisión en la voluntad de lo consciente. Abundando en dicha hipótesis, hasta podemos considerar la creación artística como la elaboración creativa y subconsciente de elementos ya adquiridos, provenientes de un depósito de contenidos psíquicos atesorados, donde el cerebro sería el relé que nos permitiera recibir mensajes venidos de un mundo más inmaterial (VII).

El autor también aborda el tema de los niños prodigio, con las consiguientes habilidades que se pueden perder con el desarrollo adulto, o que escapan a la pertenencia de la aristocracia del saber (VIII). Bastan palabras como irracional, delirio o sugestión para liquidar capítulos enteros de la experiencia humana conocidos desde siempre, y despejar el camino de cualquier peligrosa profundización en la naturaleza del hombre (IX, Parte III: Las excursiones más allá de la frontera).

Tras unos bellos apuntes sobre el misticismo (X), en la cuarta parte, el pasado que aflora en el presente, Talamonti hace mención de la mediumnidad de Goethe (1749-1832), que queda descrita con ejemplos, así como de las excursiones mentales que deparan efectos físicos. Acontecimientos inverosímiles de medirse por el rasero de la verosimilitud, donde el parámetro de la distancia es sumamente importante.

Retomando la esfera de los sueños, emergen visiones retrospectivas de los vivos y los muertos. De hecho, ¿podrán vivir los sueños más que sus creadores? De momento, los animales nos sorprenden con su capacidad perceptiva hacia las insólitas interferencias que se dan entre la dimensión psíquica y la física. La peripecia del terrier Héctor para volver a reunirse con su dueño, el oficial de marina mercante W. H. Mante (-) (XIX), es buena muestra de ello. Forma parte de las manifestaciones antropomorfas de la inteligencia animal, y la cosa no queda aquí en cuanto a las criaturas se refiere: otro de los llamativos casos lo remite a Talamonti nuestro decano Antonio Ribera (1920-2001) (XIX). Son incursiones demasiado frecuentes en la dimensión prohibida del universo. Ni todos los fantasmas son teóricos ni todos reflejan situaciones trágicas y dramáticas (XIII), determina el autor.


Con respecto a los falsarios, comenta Talamonti que constituye una auténtica deformación mental pretender generalizar a toda costa sobre la base de hechos inmorales de carácter marginal, esforzándose en ver siempre y únicamente el engaño (XV). Se refiere, claro está, a los que a continuación llama profesionales del escepticismo o dogmáticos del positivismo, personajes más o menos públicos y campanudos que consideran las hipótesis como dogmas, y que parecen estar irremisiblemente ligados a la auto concesión de importancia por vía del descrédito (ajeno); una actitud casi patológica.

En esto consistiría la auténtica superstición. Así, las mentes “rebeldes” sucumben al peso de las dictaduras académicas. Salvo que nos hallemos en presencia de una experiencia que nos obligue a revisar una hipótesis, apartamos con demasiada facilidad la mirada, y no es cierto que la causa de ello sea el método científico, sino las presunciones y debilidades típicamente humanas del investigador, en palabras del profesor de física André Faussurier (-) (XV). De este modo, la pureza metodológica que parece representar la única ambición de ciertos estudiosos, probablemente solo existe como espejismo ilusorio (XVI). Máxime si tenemos en cuenta que ninguna hipótesis consigue cubrir la completa variedad de fenómenos (XVI). Lo que, como digo, no obsta para que se trate el espinoso asunto del fraude, nada incómodo si se sabe establecer una sana diferenciación (entre mediumnidad e ilusionismo, pongamos por caso) (XVII).

La relación mágica con el mundo exterior es la quinta parte de Universo prohibido. En ella no se rompe este hilo conductor, sino que se nos habla de un psiquismo misterioso o impregnación que, algunas veces, se hace extensible a determinados objetos físicos e incluso artísticos. Una vez más, surge la relación de interdependencia y semejanza, o sincronicidad, tal cual fue recibida por el imprescindible Carl G. Jung (1875-1961). En virtud de ello, la naturaleza nunca ha suscrito ningún compromiso de producir solo fenómenos verosímiles (XVI). En verdad que acontecen episodios que se repiten con regularidad casi monótona. Aquí tienen cabida las aventuras extrañísimas de algunos adolescentes y su relación con el fenómeno poltergeist; como sabemos, del alemán espíritu ruidoso o burlón (XVI). Bien podemos asegurar, entonces, que en el marco cósmico de referencia parecen existir grados de desenvolvimiento.


Por otra parte, siempre se ha dicho que de ser todo esto cierto, alguien acertaría la lotería o cualquier otra cosa similar, y el caso es que Talamonti proporciona el curioso caso del hombre que ganaba siempre (XVIII).

Acercándonos al final, en la parte sexta, la mente difusa, el autor insiste en que psique y alma son palabras que no pueden ser usadas porque a algunos les producen fastidio (XIX).

Siguiendo en esta línea, el pertinente apéndice está dedicado a la doble alienación de los estudiosos: el método científico se desarrolló solo en función de un mundo de determinada materia y energía. Por ello, y en un sentido no peyorativo, los representantes de la ciencia son los nuevos sostenedores de una técnica. Sin embargo, siempre es la naturaleza del objeto de estudio lo que debe determinar los métodos aplicables a este. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el fenómeno paranormal depende de variantes que escapan, por su naturaleza, a la posibilidad de una repetición del experimento en condiciones exactamente prefijadas. Doble alienación, concluye Talamonti no sin sorna, porque también se refiere a aquellos parapsicólogos (y divulgadores, añadiría yo) que, viviendo del tema, no creen en la realidad de los fenómenos físicos paranormales. Algo así como los pedagogos que sin haber apenas pisado un aula han arruinado la enseñanza.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


4 comentarios :

  1. Hola, voy a compartir el libro en mi blog. Les parece que deje un link a vuestra excelente reseña?
    Saludos.

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    Respuestas
    1. Buenas tardes, Roland. Si vas a comentar este libro en tu blog, claro que puedes enlazarnos. Este artículo lo ha escrito Javier Comino Aguilera, por si quieres mencionarlo en específico.

      Un saludo.

      Eliminar
  2. Gracias, pueden ver la entrada acá:
    https://www.realismofantastico.net/2019/08/el-universo-prohibido-de-leo-talamonti.html

    ResponderEliminar

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