Para el sábado noche (LXXX): Saint Jack, el rey de Singapur, de Peter Bogdanovich

02 marzo, 2019

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Una panorámica introductoria y circular, que sirve de vehículo a los títulos de crédito, nos proporciona la primera toma de contacto con el Singapur de los años setenta (en otro momento de la narración podemos observar un cartel que anuncia el famoso viaje de Richard Nixon [1913-1994] a China). Aun así, los sentimientos que se exponen en la película son atemporales e invariables. Pese a que están ligados a unas coordenadas geográficas y a unas circunstancias particulares, tanto personales (de los personajes) como temporales (la época), estos trascienden tales condicionantes, facilitando la identificación con los protagonistas. No obstante, el marco en el que acontecen queda tan bien expuesto, que parecen consustanciales a este, siendo uno de los primeros aciertos que podemos observar en la espléndida Saint Jack, el rey de Singapur (Saint Jack, New World Pictures-Orion-Warner Bros., 1979). 

Dirigida por el versátil Peter Bogdanovich (1939), en la que fue su década dorada y más creativa, y producida por el no menos talentoso trotamundos Roger Corman (1926), que ya le sirvió de soporte para su primera película, la no menos apreciable El héroe anda suelto (Targets, Paramount, 1967), Saint Jack comparte producción con el empresario y editor de Playboy Hugh Hefner (1926-2017), lo que, teniendo en cuenta el contenido expuesto en la película podríamos llamar, como en filología, una adecuación textual

Desconozco la novela de Paul Theroux (1941) en que se basa la adaptación, pero el autor del libro, publicado en 1973, es uno de los responsables del guion de la misma, junto con Howard Sackler (1929-1982) y el propio Bogdanovich. 

La historia se centra en Jack Flowers (Ben Gazzara), un personaje muy conocido por entre la cadena de burdeles que se reparten a lo largo y ancho de la ciudad china de Singapur. También prepara encuentros amorosos con los gerifaltes políticos y militares. Pero todo esto, aun sin perder de vista la vertiente más amarga, no se contempla de forma sórdida, sino familiar y desinhibida, en correspondencia con el carácter abierto y conciliador de Jack (que son los ojos y el ánimo con que vemos cuanto le rodea). Su sueño es poder regentar su propio local, tratando con corrección a las muchachas, pero con el problema de depender financieramente de los cabecillas chinos y no disponer de un visado. Al margen de lo que podamos pensar de una figura así, Jack Flowers aún se rige por unos principios básicos. 


Un inspector nuevo viene de Hong Kong. Es inglés y su misión consiste en auditar las cuentas de este particularísimo y ancestral negocio, que en Singapur se lleva a rajatabla. Su nombre es William Leigh (el estupendo Denholm Elliot), y pronto traba amistad con Jack. Le sorprende la familiaridad con que Flowers es tratado, su don de gentes y el aprecio que le es dispensado por los lugareños (de la calle, y no solo dentro del negocio de la prostitución). Sin duda, Jack Flowers está en su terreno, aunque sea de Búfalo (EEUU). Casi nada -ni nadie- se le escapa, posee un buen número de recursos. Por más que lo tilden de chulo, estamos ante un proxeneta de saludable desparpajo. Es difícil decir lo que somos, admite Jack, cuando William le pregunta por su actividad. 

Flowers hace su carrera particular recorriendo las calles y tugurios de la ciudad, envuelto en el ambiente fosforescente y algo neblinoso de este Singapur. Un escenario real donde el sexo se oferta como la cerveza (juntos en la mesa de un bar). Hasta los taxistas los hacen así. Podríamos decir que el sexo está en el aire. Con lo que, por un lado, sobresale dicho tratamiento familiar, y por otro, se corre el riesgo de perder de vista la perspectiva ética por parte de quienes rodean al principal intérprete. 

En cuanto a William, el contable se muestra honesto y educado, siendo para Jack, de alguna manera, como un igual, aunque en severo contraste con el retrato vivaz y descarnado de sus compatriotas, que pululan y vegetan alrededor de la barra del bar de un antiguo edificio colonial. William comparece puntualmente cada año para ejercer sus funciones administrativas; en Saint Jack casi todo responde a analogías, más allá del tratamiento frontal del tema. 

El lado mezquino y oscuro lo representan los gángsters, estafadores, políticos y policías corruptos al servicio de los primeros; gente de la peor calaña, como se le recuerda a Jack Flowers (aprovecho para señalar la buena labor de doblaje de Héctor Cantolla [1946], en la que, como era de esperar, no andaba lejos el gran José Martínez Blanco [1931-1990], prestando su inconfundible voz al personaje interpretado por George Lazenby [1939]). 


Precisamente, con el suceso del senador (Lazenby), al que de forma oportuna no se le proporciona un nombre, aunque sí las atribuciones de político y hombre de familia, será que se produzca un quiebro argumental en el trayecto vital del rey de Singapur. Este es el primer asunto verdaderamente sucio en el que se involucra Jack (y no deja de tener gracia que se refiera al ámbito de la política más que al del sexo, que es tan solo el concurrido vehículo para lograr desacreditar a un cargo público). Y es que a lo largo de la narración asistimos a un cambio de tono que, con carácter soterrado, se acompaña del transcurrir de los años; y aunque el espacio de tiempo no es extenso, sí que resulta determinante y pone a prueba a nuestro protagonista. Pese a todo, Jack resiste, es paciente, tolerante, honesto (le devuelve la cartera a un cliente), y no permite las drogas cuando abastece al ejército. Su carácter está tan bien dibujado que hasta el destino injusto y trágico de William le reafirma en su conducta. 

En este cambio de tono al que nos referimos ha de ver Eddie Schuman, un personaje interpretado por el propio realizador de forma convincente. Es por mediación de Schuman que, tras el enfrentamiento con una triada china y la pérdida de su local de alterne, Jack pasa a servir al ejército norteamericano, proporcionando prostitutas a los soldados. Pero ni siquiera esto es permanente, pues las tropas se hayan en progresiva retirada tras el desaguisado de Vietnam (1955-1975). De este modo, Jack Flowers parece condenado a tener que reinventarse una vez tras otra. Es un superviviente nato, como certifica el encuentro organizado para un cliente con dos travestis, a los sones de la música de John Barry (1933-2011) y Louis Armstrong (1901-1971). 


Cinematográficamente fue el mejor de los tiempos; un periodo de apertura entre los incontestables logros clásicos y la distintiva modernidad conceptual y fílmica de aquella época; la riqueza de la década de los setenta no ha sido sobrepasada. Sin embargo, a pesar de lo arriesgado y cavernoso del tema, no lo son el ambiente ni los principales protagonistas (Jack, William o la prostituta china Judy [Judy Lim]). Bogdanovich, además, recurre a sutiles movimientos con la cámara, como cuando Jack atiende a sus chicas o percibe un coche sospechoso en las inmediaciones de su local, aún por inaugurar. 

Como queda dicho, con la retirada de los solados tras Vietnam, el colorido cambia, y aunque el día parece dar paso a la noche de manera más visible y simbólica, prevalece la honestidad del personaje. Hay que retirarse a tiempo, le recuerda William; si bien, por mucho que las circunstancias estén cambiando, intuimos que a Jack aún le queda cuerda para rato

Callejones, recovecos, hoteles de primera y de tercera, ventiladores, té a raudales, arrabales, neones, luces rojas y otras tantas líneas rojas acatadas o sobrepasadas, se solapan con esos inolvidables momentos en que Jack Flowers observa al senador y a su joven acompañante masculino. Un encuentro furtivo, a escondidas, que Jack sabe dignificar cuando rechaza ser partícipe de la propuesta de chantaje. 

Escrito por Javier Comino Aguilera


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