El autocine (LVII): Los 5000 dedos del doctor T., de Roy Rowland

05 enero, 2019

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Los 5000 dedos del Doctor T. (The 5000 Fingers of Dr. T., Columbia Pictures, 1952; estrenada al año siguiente), es un original relato para niños y, como suele suceder, también para adultos con capacidad de ensoñación (eso que algunos carentes de imaginación motejan a todas horas de “intantilismo”, confundiendo la velocidad con el tocino). Y remarco original por lo sorprendente de su estructura y trama, además de por constituir un guion nuevo, y no la adaptación de un cuento preexistente, como más recientemente ha sucedido con El Grinch (The Grinch, Yarrow Cheney & Scott Moiser, 2018).

En ambos casos, el autor es el escritor y caricaturista norteamericano Theodor Seuss Geisel (1904-1991), de sobrenombre literario Doctor Seuss. En Los 5000 dedos del Doctor T., la adaptación corrió a cargo de Allan Scott (1906-1995), responsable, por ejemplo, de la magistral Sombrero de copa (Top Hat, Mark Sandrich, 1935), y el propio Seuss, tratándose de una producción del también director Stanley Kramer (1913-2001), con fotografía de Franz Planer (1894-1963) y una estupenda partitura de Frederick Hollander (1896-1976), a la que Seuss puso letra (una buena edición fue publicada en 2010 por el extinto sello F.SM., Golden Age Classics).

El interesante -y no bendecido por la política de autor- realizador Roy Rowland (1910-1995) -llamo la atención sobre las películas La escena del crimen (Scene of the Crime, 1949), Sombras tenebrosas (The Moonlighter, 1953), Prisionero de su traición (Rogue Cop, 1954), El único testigo (Witness to Murder, 1954) y Cazadores de mujeres (The Girl Hunters, 1963)- fue el encargado de orquestar una producción en muchos sentidos caótica. Aun así, pese a retrasos y problemas de casi toda índole, y el desencanto de los responsables tras el tibio estreno, Los 5000 dedos del Doctor T. se ha acabado por convertir en eso que llamamos una película de culto. La surrealista y felizmente estrambótica historia de un chico que se ve forzado a tomar clases de piano por prescripción de su madre, cuando huelga decir que no es esto lo que le apetece hacer, es extrapolable a otras experiencias afines.


El muchacho en cuestión es Bartholomew Burt Collins (Tommy Rettig). Ha perdido a su padre, pero aún vive con su madre, Eloisa Collins (Mary Healy), que le somete a la tiránica presencia de su antipático y autoritario profesor de piano, Terwilliker (un entonado Hans Conried). Su tiempo libre es, por lo tanto, únicamente para ejercitarse. Estoy segura de saber lo que le conviene, enfatiza la señora Collins.

Bueno, este es mi problema, nos comenta el joven dirigiéndose a la cámara (algo que, por cierto, no volverá a hacer a lo largo de su experiencia terrena o alucinatoria; al menos, en el metraje de que disponemos). Tiene a mi madre hipnotizada, añade Burt, refiriéndose y calificando a su opresivo maestro. El único consuelo, tanto en un mundo como en otro, lo hallará en la compañía del comprensivo fontanero Augusto Zabladowski (Peter Lind Hayes; que junto a Mary Healy formaban matrimonio en la vida real).

El desespero es tanto que, como decía, el chico se ve envuelto en una pesadilla donde todos tratan de atraparlo, física e intelectualmente, para la causa de la música obligatoria. El material argumental aportado por Seuss es lo suficientemente ácido como para que los papás no se sintieran demasiado cómodos (cambien el piano por cualquier otra actividad forzosa).


La tocata y fuga de Burt se desarrolla en un escenario ingente, naif y colorido, de estructura entre minimalista y expresionista. Aunque frente a lo descomunal y mastodóntico (en consonancia con la envergadura de la angustia que lo atenaza), emergen simpáticas peculiaridades, como el gorro Happy Fingers del Instituto Terwilliker (todo un icono).

Una zozobra compartida por otros muchos chavales en análoga situación; los cuales, se dan cita en el sueño compartido de Burt. En suma, quinientos muchachos y, por consiguiente, cinco mil deditos tocando durante las veinticuatro horas del día sobre el monumental piano del temible instituto, donde se les alecciona debidamente. Desde luego, todo es simbólico, como la desproporción de ese escenario aumentado de tamaño, poblado de artefactos y mecanismos, y con multitud de recovecos inesperados. Así sucede con esas escaleras sin final, pero también con la ingravidez, que convierte las vertiginosas alturas en un manso pasatiempo.

Con sus dosis de grotesco absurdo y sus pegadizas canciones, no es de extrañar que Los 5000 mil dedos del Doctor T. (y había que echarle valor), se haya metamorfoseado en ese bocado cinéfilo tan especial. En efecto, la música tiene un protagonismo esencial, aunque curiosamente no se limita a la del piano, sino que amplía la gama y las circunstancias en que se inscribe por medio de la incorporación extradiegética (las composiciones que transcurren fuera de la ficción, pero que la revisten), como pone de manifiesto la secuencia en las mazmorras donde Terwilliker tiene confinados a los instrumentistas ajenos al piano, el instrumento rey. Lo mismo podemos decir de esos eficaces y originales decorados, elaborados por el diseñador de producción Rudolph Sternad (1906-1963). A lo que se añade el detalle de la foto de los gemelos patinadores, lejos de ser los guardianes bailarines que Burt ha conocido, una vez que este ha regresado al hogar, y que reposa sobre el piano.


Como ya sabemos, los niños son complejos. Un día se aburren en clase y al otro prestan mucha atención. Viven en su propio mundo. Conviene educarlos cuando se dejan (sino luego pasa lo que pasa), sin imposiciones ni torcer su carácter; es decir, a imagen y semejanza de sí mismos, pero con civismo, disciplina y afán de conocimiento. Algo que el alegórico Doctor T. de nuestro relato confunde con el sometimiento.

Respecto a Burt, sobresalen en la película los planos que lo muestran a solas en la inmensidad -o la estrechez; parece no haber término medio- del decorado. Por suerte para él, en esa otra zona de la realidad se reencuentra con su perro Spot (si bien, solo unos momentos), y con Zabladowski, quien mantiene dormida su parte infantil de niño, hasta que esta comienza a despertar.

Escrito por Javier Comino Aguilera

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