Hay un refugio que podemos hallar en un determinado tipo de literatura, una literatura que se sumerge en el ser humano, en sus emociones, en sus sentimientos, y que consigue tener un eco en cualquier época, porque trata de lo esencial. Stefan Zweig (1881-1941) ha vuelto a cautivar a los lectores contemporáneos por haberse adentrado con sus historias en el retrato de los sentimientos más íntimos. Tanto en sus biografías como en sus relatos, el autor no se extiende de forma innecesaria.
En Carta de una desconocida (1922) nos mostró un amor obsesivo, duradero y fanático, mientras que en El amor de Erika Ewald (1904) encontramos un relato semejante, en tanto que contemplaremos una vida afectada por el amor, pero un sentimiento bien distinto: idealizado, fugaz y platónico. No es tan importante los hechos concretos, que apenas son cuatro esbozos de los pasos de una relación, aunque su recorrido nos permite adentrarnos en los efectos del amor en una anodina profesora de piano, Erika Ewald.
El ambiente que rodea a la protagonista está también asumido en su persona. Todo es gris, silencioso, tan solo una vida que se soporta en su rutina y que no tiene ningún destello relevante.
Delicada y melancólica en su interior, la diferencia la marcará el momento en que conozca a un joven virtuoso del violín, con quien iniciará una amistosa relación en la que irá idealizándolo. No a él, sino también a todo lo que siente. Se sumergirá en sus sueños y en sus deseos, pero también con miedo, con miedo a que se haga realidad, con miedo a que su vida deje de ser la que es, con miedo a dejarse llevar por lo que siente y a romper la realidad grisácea en la que vive cómoda. Miedo a la pasión por considerarla oscura, miedo a la sexualidad por considerarla impura.
La novela breve, casi podríamos considerarla un relato, sitúa a Erika ante cuatro situaciones en las que el narrador nos irá desgranando su corazón: el inicio idílico y platónico del enamoramiento, la propuesta de una relación que no deja de temer, la ausencia y la distancia marcadas por las dudas y la añoranza, y el momento en que su corazón se rompe y se deja llevar hacia la nostalgia y la melancolía. En este sentido, debemos tener en cuenta la forma de entender la histeria en la época, generalmente como una enfermedad propia de las mujeres, dado que resulta evidente que Erika sufre un episodio de tal afección durante la obra. No en vano, Zweig es, como todo escritor, un hijo de su tiempo. Y la consideración de Erika ante el amor es también una consideración atada por las circunstancias de la mujer en su época.
Delicada y melancólica en su interior, la diferencia la marcará el momento en que conozca a un joven virtuoso del violín, con quien iniciará una amistosa relación en la que irá idealizándolo. No a él, sino también a todo lo que siente. Se sumergirá en sus sueños y en sus deseos, pero también con miedo, con miedo a que se haga realidad, con miedo a que su vida deje de ser la que es, con miedo a dejarse llevar por lo que siente y a romper la realidad grisácea en la que vive cómoda. Miedo a la pasión por considerarla oscura, miedo a la sexualidad por considerarla impura.
Interlude, de Carl Vilhelm Holsøe |
El amor de Erika Ewald retrata una determina forma, tímida, distanciada, fría, melancólica y nostálgica, de afrontar el amor. Se trata de una novela delicada. barnizada con la exquisitez de la música como influencia en el estado de ánimo, y con una narración detallada, quizás algo tediosa en algunos tramos. Después de todo, Zweig logró resultar más directo en posteriores relatos sin perder su capacidad de adentrarse en la psique humana como ya demuestra en esta obra.
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