El caso Fischer, de Edward Zwick

25 febrero, 2018

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El ajedrez tiene su lugar en la historia como uno de los deportes intelectuales de mayor prestigio, a pesar de que su seguimiento sea bastante pobre en comparación a los grandes deportes de masas. No obstante, eso no evita que también haya tenido sus estrellas, algunas destinadas incluso a ganarse un nombre propio en la historia.

Tal fue el caso de Bobby Fischer (1943-2007), que logró que el ajedrez fuera centro de atención mediática en su país, Estados Unidos, durante los años de su máxima actividad en el deporte que después abandonaría. Nos situamos en los años setenta, pendientes de la guerra fría entre Rusia y EEUU que también se jugó en las tablas de ajedrez, en la denominada partida del siglo entre el norteamericano Fischer y el ruso Borís Spassky (1937).

Sobre esta partida y sobre la particular personalidad del ajedrecista estadounidense versa El caso Fischer (Pawn Sacrifice, 2014), dirigida por Edward Zwick con guion de Steven Knight, ambos más enfocados al mundo del thriller como se nota en esta misma obra.


La obra consta de dos partes que tratan en conjunto tres temas principales que se entrecruzan a lo largo de la película: el ajedrez, la conspiración política y el retrato de la personalidad confusa y agitada de Fischer (Tobey Maguire). La primera parte se centra precisamente en la infancia y juventud de Bobby, mostrando su carrera ascendente y sorprendente mientras crecía siendo un niño solitario, marcado por las paranoias persecutorias de su madre y enfocado tan solo en el deporte de las tablas, su obsesión. Todo ello tendrá su reflejo directo en la segunda parte, pero no podemos dejar de sentirlo casi como un prólogo obligado por el género del biopic, dado que realmente el interés de la película será la partida contra Spassky (Liev Shreiber) más que la biografía completa de Fischer, al punto de que, una vez finalizada la mencionada partida, llega también el abrupto cierre de la obra. 

La segunda parte es, por tanto, el centro del interés sobre el que pendula todo lo demás: un episodio concreto del que se extraen los tres temas antes citados. El desarrollo puede resultar algo tedioso, enredado en tramas políticas que no llevan a ningún puerto y cuya máxima complejidad es el enfrentamiento entre un estadounidense con el comité ruso de ajedrez, del que el gobierno soviético estaba bastante satisfecho por haber dominado el panorama de este deporte en los últimos años. En ese sentido, sale beneficiado el retrato que logra el guion sobre la personalidad de Fischer, que es encarnado a la perfección por un Tobey Maguire en estado de gracia. A través de sus actos observamos prácticamente un personaje bipolar entre la exaltación más pueril y la paranoia más lúgubre. A veces encontramos a un divo del ajedrez que es exigente y cuyas peticiones son tanto absurdas como infantiles, como después vemos a una persona débil tras su caparazón, un genio del ajedrez encerrado en los miedos heredados de la infancia. Es decir, en la conspiración que veía su madre siempre a su alrededor y en la repetición de dogmas que hoy resultarían del todo políticamente incorrectos, aún más cuando observamos que Fischer era hipócrita al criticar a su propia religión, el judaísmo, o a los rusos de los que él tanto había aprendido gracias a las revistas de ajedrez.


En cierta forma, el título original funciona mejor para entender el enfoque que se le otorga a la película: el sacrificio del peón, en traducción directa, tiene un doble significado, el literal otorgado por la jugada de Fischer en una de las partidas contra Spassky, y el metafórico, el que sitúa a Fischer , y también al propio Spassky, como un peón de la política internacional, un peón al que presionar hasta el desvarío y poder sacrificar. Resultará evidente tanto por la manipulación a la que es sometido Fischer como por las escenas que comparte junto a su rival ruso. Entre ambos existe un odio impostado, mantenido más por las presiones que por su carácter. No en vano, El caso Fischer amplía sus miras para dar cabida a escenas protagonizadas por Spassky, que son mantenidas por Schreiber con gran contención y fuerza, en las que veremos cómo el ruso es más consciente que Bobby del interés partidista. La relación entre ambos contrincantes así como el retrato que se hace de ambos son el mejor aspecto de la obra, gracias sobre todo a las interpretaciones de los dos actores principales. 

El resto de aspectos quedan excesivamente difuminados. Como mencionábamos antes, el interés de la película se centra en esa rivalidad durante la partida de 1972, por lo que otros argumentos quedan sin desarrollar o aclarar. Ahí tenemos la fugaz presencia de la familia de Fischer, que es intermitente: no comprendemos del todo la relación materno-filial que se plantea, la preocupación de la hermana de Fischer queda reducida a un par de escenas sueltas, el interés político es representado sobre todo por la atención mediática, pero salvando al abogado de Bobby, no hay apenas presencia de este entramado. En definitiva, líneas demasiado vagas que no hacen sino distraer al espectador y alargar la duración de forma innecesaria. En este sentido, resulta algo pretenciosa para haber quedado tan determinada a un episodio tan concreto.


Por tanto, debemos destacar de El caso Fischer tanto unas actuaciones muy logradas como una dirección limpia y rigurosa, que a pesar de tener una tendencia más afín al lado estadounidense, no le impide criticar la presión de esta política o reflejar con cercanía al rival soviético de Fischer. La película queda sostenida por secundarios que ejercen una gran labor, pero con tramas desarrolladas de forma irregular. Quitando lo predecible, queda un retrato bastante curioso, pero difuminado, de este personaje cuyo nombre quedó ligado a la historia tanto del ajedrez como de la guerra fría.


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