Otros mundos (XX): El misterio de Marte, de Graham Hancock

02 junio, 2017

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La vida en la Tierra pudo haber sido importada desde el exterior por cometas interestelares. Una afirmación llamativa y hasta rotunda, pero debidamente certificada por la ciencia, que nos anima a pensar que es improbable que dicha vida, en sus múltiples manifestaciones, solo haya evolucionado en nuestro planeta.

Además de su tarea divulgativa e investigadora del hecho arqueológico, es decir, del estudio y elucubración (¡siempre sostenible!) de la historia de las antiguas civilizaciones desaparecidas, el periodista y novelista británico Graham Hancock (1950) también se interesó por los secretos de nuestro planeta vecino en su libro El misterio de Marte (The Mars Mystery, 1998; Grijalbo, 1999).

No en vano, este aspecto relativo a las civilizaciones antiguas no anda muy alejado, como se verá, de la fascinación que concita, en científicos y escritores, el planeta Marte, el más adecuado para que, con el tiempo, el ser humano se adentre allende los mares lunares.


Gracias al estupendo libro de Hancock, sabemos -o recordamos- que nuestro compañero astral también posee cuatro estaciones y que está sometido al desplazamiento axial y cíclico de la precesión (movimiento que altera la posición de las estrellas en el cielo cada 25.920 años aproximadamente). Y que, además, fue un posible escenario para el desarrollo de la vida. Ya las sondas Viking, en 1976, analizaron muestras del terreno marciano con evidencias de procesos metabólicos.

Sin embargo, un hecho sobresale en la reciente historia de Marte sobre todos los demás. Uno que logró llamar tanto la atención que, como se suele decir, aún resuenan los ecos. Me refiero a las singularidades geológicas que la sonda Mariner nos mostró, o pareció mostrarnos, en 1972, a través de unas imágenes traídas a España por el inolvidable Antonio Ribera (1920-2001), pionero y respetable investigador, por mucho que algunos se empeñen en echar tierra sobre él de forma tan escépticamente infantil como particularmente revanchista: lo primero con lo que uno se topa en la red no es necesariamente lo más destacable, sino una cuestión de inversión pecuniaria, siendo curiosa la denuncia de medias verdades en los demás, a base, precisamente, de medias verdades.

Lo que nos interesa, pese a todo, no es ninguna verdad absoluta, si es que esta se encuentra en alguna parte, sino la flexibilidad de mente y el esparcimiento de espíritu, razón de ser de una sección como la presente. En este sentido, El misterio de Marte es un libro divulgativo y especulativo que, partiendo de unos datos muy precisos y comprobables, se arriesga a hacer pensar al lector (no solo al crédulo, como patológicamente creen esos algunos, sino al más despierto).


Las singularidades a que me refería, evidenciaban, si es que eran reales, la presencia de estructuras en forma de pirámide, es decir, artificiales, sobre la superficie marciana. A estas se oponía la explicación de que las formas recogidas por las imágenes eran el producto de un juego -nunca mejor dicho- de luces y sombras, como trató de zanjarse el asunto mediante la fotografía del mismo sitio a distinta hora. Pero lo cierto es que tales estructuras fueron captadas por los modernos aparatos en varias de las regiones del planeta (Elysium y Cydonia), cada una de ellas, en un extremo del mismo.

A ello argumenta Hancock que la explicación oficial de que se deben a la erosión del viento o a una ilusión óptica, ya comenzó a rebatirse científicamente en 1980, añadiendo que existen más imágenes que las difundidas en su día. Los analistas de estos nuevos testimonios confirman que es improbable -pues nada hay seguro hasta llegar allí, y aún así- que la simetría bilateral de tales formaciones se deba al mero azar (Capítulo I). Si estamos prestos a creer que los gobiernos -cuando se enteran de algo- y las agencias gubernamentales -demasiado enteradas de todo- siempre nos dicen la verdad, la explicación orográfica y lumínica no presenta hendiduras. Ahora bien, si ponemos en tela de juicio su buena voluntad, entonces la cosa varía, y estos promontorios pasan a convertirse en unas insólitas anomalías que, tal vez, pudieron ser prediseñadas.

Pero la fascinación de Graham Hancock por el planeta rojo no se detiene aquí, también analiza la posibilidad de vida en su pasado remoto y en la actualidad, la composición de los polos marcianos, los desplazamientos geológicos de su corteza y, por supuesto, la historia exploradora de la NASA en el planeta, con sus grandes logros y sus desafortunados fracasos. Hasta el desastre de Tunguska (Siberia, Rusia, 1908) o el cráter de Yucatán (México), que acabó con la vida de los dinosaurios, nos dan una idea de lo que pudo suceder en Marte.


¿Meseta erosionada o construcción manufacturada, antiguo patrón de medidas o mensaje para futuros colonizadores? En lo que todos los geólogos están de acuerdo es que los canales marcianos -los entrañables canali observados por Giovanni Schiaparelli (1835-1910)-, solo pueden haber sido causados por corrientes de agua, y que donde hubo -o hay- agua, pudo haber -o hay- vida.

La especulación queda abierta, incluso para los que sostenían con doctísima rotundidad que la posibilidad de existencia de planetas como la Tierra era poco menos que ridícula, o que el fenómeno OVNI, incluidas todas sus manifestaciones físicas, se reducía al producto de la mente del testigo. Como recuerda el propio Hancock, construimos todos nuestros esquemas intelectuales basándonos en hechos pasados, con un criterio extremadamente selectivo. Cuando resulta que un nuevo hecho no concuerda con el esquema, no rechazamos el esquema, sino el hecho (XII).

Escrito por Javier C. Aguilera



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