Clásicos Inolvidables (CXXV): Poesía de Miguel de Unamuno

21 marzo, 2017

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La poesía se interpreta en ocasiones como un río que va variando los elementos que lo componen a lo largo del discurrir de su particular agua, el tiempo. Sin embargo, en ese torrente de características agrupadas, siempre encontramos excepciones. Esto se debe a que la personalidad de un poeta no se mide nunca de una forma generalizada con otros poetas, aunque todas las clasificaciones tengan un fin y una utilidad pedagógica. O también porque en medio de esas corrientes hay escritores que deciden nadar a la contra.


En un panorama donde había triunfado el Modernismo y donde se cimentaba con poetas como Antonio Machado (1875-1939) o Juan Ramón Jiménez (1881-1958) lo que vendría a considerarse la Edad de Plata de la poesía española, encontramos a Miguel de Unamuno (1864-1936). Conocido sobre todo por su narrativa y por sus ensayos, quizás sorprenda conocer la faceta poética del autor bilbaíno, pero lo cierto es que fue un hombre polifacético que, en realidad, plasmaba sus preocupaciones en todos los medios escritos a su alcance. En efecto, fue un poeta independiente de las corrientes estilísticas de su época, heredero más bien de cierto clasicismo atemporal con algunos caracteres románticos e incluso místicos, pero también era Unamuno y, por tanto, era una literatura de un mismo fondo común, una poesía en la que se expresaba quizás con más intimidad que en sus novelas.

Aunque escribió poesía a lo largo de toda su trayectoria vital, toda su obra se caracteriza por ahondar en unas mismas temáticas existencialistas, cambiando tan solo los elementos concretos. Así, gran parte de sus poemas se dirigen a lugares, momentos cotidianos, personas o cosas, sobre todo obras artísticas, que no solo sirven para reflejar la sociedad en algunas ocasiones, sino también para referirse a la existencia con toda su complejidad.

Su preferencia radica sobre todo en el tema de la mortalidad, tanto vista con miedo como con cierto carácter positivo, cercano al hedonismo, y el de conseguir la inmortalidad terrena. También encontramos un fuerte sentir religioso y en muchas ocasiones nos recordará al estilo de Francisco de Quevedo (1580-1645), con versos como de las nieblas salí, a las nieblas vuelvo o poemas como Con recuerdos de esperanzas, donde realiza un juego de antítesis y paradojas continuas que recuerdan a los rasgos quevedescos incluso en el pensamiento barroco, con la idea de la vida como sueño.

Entre sus poemas, encontramos varias odas admirativas hacia lugares donde residió Unamuno, que no solo le sirven para describir, sino también para reflexionar como mencionábamos antes. Este rasgo ya estaba presente en sus primeros libros, aunque podemos destacar su poemario De Fuerteventura a París (1925), con sonetos dedicados a la isla canaria donde podemos destacar las menciones a los volcanes, elemento que nos recuerda a ese elemento panteísta que encontraremos posteriormente en Vicente Aleixandre (1898-1984).

Edificio histórico de la Universidad de Salamanca, de la que Unamuno fue rector
Pero como mencionábamos, ya en Poesías (1907) encontramos poemas que se rigen por ese tipo de construcción, como Salamanca, dedicado a esta ciudad tan importante en la vida del autor bilbaíno. En este poema encontramos justo una división entre la admiración de la voz poética hacia la naturaleza salmantina y la petición del sueño de no morir. Es decir, contrapone la renovación anual de la naturaleza, reforzada también por la idea del ciclo escolar que también incluye, con la esperanza de no morir, de lograr la inmortalidad. Esta relación entre la vida cíclica y eterna de la naturaleza también la encontramos en otro poeta coétaneo, Antonio Machado, en este caso en A José María Palacio, recogido en Campos de Castilla (1912), donde aúna la ausencia de Leonor con el ciclo de la naturaleza castellana. A su vez, el tema de la superación de la muerte a través de la fama tiene un largo recorrido temático en nuestra poesía, llegando hasta las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique (1440-1479). Además, no será la única vez que reflexione en torno a la búsqueda de la inmortalidad a partir de un lugar, por ejemplo volverá a ello en Orhoit gutaz ("Acordaos de nosotros"), donde un monumento fúnebre le sirve de motivo para regresar a este tema. Similar es el caso de En un cementerio de lugar castellano, donde ofrece un contraste entre la vida y la muerte gracias al entorno del camposanto, lanzando un lamento por el lugar inerte.

En este sentido, también será usual que se dirija a monumentos y a otros elementos humanos (como en Al sueño, donde establece este estado como símil de la muerte) usando la prosopopeya para atribuirles rasgos humanos. Por ejemplo, en La catedral de Barcelona, poema dedicado al poeta Joan Maragall (1860-1911), este espacio acoge a todas las aristas humanas, o en En la basílica del señor Santiago de Bilbao. En este último poema, el templo se convierte en espectador y confidente personal en primer lugar, con especial mención a la infancia incluyendo anécdotas y cierta nostalgia por esa fe primeriza e inocente. Pero después esa confidencia se hará extensible al pueblo, siendo finalmente una traslación nacional con referencias bélicas, en concreto a la tercera guerra carlista de la que fue testigo, que casi asemeja ser una premonición de la guerra civil español, reflejando el sufrimiento de viudas y huérfanos agolpados en la basílica. Al final, el templo será una metonimia de la villa, de la ciudad de Bilbao, aprovechando la ocasión para describir algunos de sus elementos, como la vista al mar.


Con estos dos ejemplos podemos percibir la cercanía de Unamuno al sentir religioso, cuestión muy apegada al existencialismo y que a lo largo de su trayectoria fue observada desde diferentes prismas. Así encontramos el poema En el desierto donde proyecta la búsqueda de un lugar sereno en el que contactar con Dios, en emulación al retiro de personajes bíblicos, como el propio Jesucristo. Desarrolla así un diálogo con Dios que se asemeja al que establece entre personaje y creador en su novela Niebla (1914), sin embargo, a diferencia de la novela, incluye aquí tintes místicos al considerar a Dios como un amante que besa o como puro fuego. En contraposición, aunque dentro de su lógica, La oración del ateo es un soneto donde considera a Dios inexistente, describiéndolo como un consuelo infantil, lo que a su vez acaba conduciendo a cierto nihilismo existencial, dado que en su pensamiento creador y creación deben existir de forma mutua.

Cristo crucificado, de Velázquez
Por otra parte, aunque parta de elementos religiosos, no es necesario que el poema verse sobre la cuestión divina. Así tenemos a El Cristo Yacente de Santa Cara (Iglesia de la Cruz) de Palencia, donde partiendo de una talla de un Cristo yacente, es decir, representado muerto tras la crucifixión, reflexiona sobre el cuerpo humano en el sentido neoplatónico, como materia vacía, con versos que nos recuerda a la rotundidad gongorina del soneto Mientras por competir con tu cabello. Además, la figura representativa de Cristo es observada como una escultura inerte que nunca ha tenido vida ni la tendrá, imitando a la muerte humana; en definitiva, tierra que volverá a la tierra, materia insensible como la presente en el poema Lo fatal de Rubén Darío (1867-1916). Su gran obra poética, El Cristo de Velázquez (1920), parte del mismo ejercicio, aunque en esta ocasión con el cuadro del excelso pintor. En gran medida, resumen las características que ya hemos comentado, reflexionando en torno a la figura de Jesús desde distintos prismas, preguntándose por la existencia de Dios, aunque sin poder evitar la atracción hacia la divinidad, y derivando a su vez en reflexiones sobre el destino del ser humano. Sin duda, este largo poema resume la filosofía del autor bilbaíno que también proyectaba en su narrativa y en sus ensayos.

Cabe también destacar en esta línea, aunque alejado del fondo religioso, el poema Aldebarán, donde el elemento al que se dirige es la estrella homónima de la constelación de Tauro, en lugar de elementos artísticos, arquitectónicos o ciudades. En este largo poema de connotaciones cósmicas, la voz poética busca el contacto celestial, lo humano en lo infinito, a la par que invita a pensar en nuestra minúscula presencia en el cosmos y quizás, de nuevo, en cierto nihilismo. Al astro le plantea preguntas retóricas que, en realidad, son preguntas hacia un espejo.

Junto a su hijo Ramón
A partir de su poemario Rosario de sonetos líricos (1912) aparece con más fuerza el elemento del hogar en su poesía, aunque como siempre servirá de cauce para sus inquietudes. Por ejemplo, Al amor de la lumbre o Dulce silencioso pensamiento contienen conclusiones donde refleja el contraste entre la normalidad cotidiana y lo trascendente.

Sucede igual en Incidente doméstico, donde a partir de la excusa de unos garabatos infantiles reflexiona sobre el talento, la inspiración, el futuro, la posibilidad de la existencia de otras realidades o cuestiona nuestra capacidad epistemológica, concluyendo en la incertidumbre d esta pregunta retórica: ¿Quién sabe de secretos? Curiosamente, volverá a referirse a los secretos en otro poema, con ocasión de mostrar su admiración hacia los libros, que revelan fieles sus secretos dados.

Siguiendo con la temática del hogar y la familia, no quisiéramos olvidar mencionar dos poemas que estaban muy ligados a las circunstancias biográficas de Unamuno. Son Al niño enfermo y En la muerte de un hijo.

El primero expresa con un tono popular, casi de letrilla o nana, la misteriosa relación entre la infancia y la muerte, con mención al Coco, entendiendo a la muerte de manera hedonista, es decir, como el fin del dolor y, por tanto, de manera positiva. Este tipo de poema nos recuerda al posterior estilo de García Lorca (1898-1936) en el Romancero gitano (1928). El segundo ofrece un continuo juego de antítesis entre la muerte y la vida, expresando una circunstancia cíclica propia de la naturaleza: muere unos, pero nacen otros. La voz poética trata así de hallar consuelo en el ideal de la rueda de la vida, es decir, que por fortuna y naturaleza, el tiempo engendra vida a la vez que nos la arrebata en un devenir continuo. Ambos acogen la huella indeleble que dejó en don Miguel la larga enfermedad y posterior muerte de su hijo Raimundo (1896-1902) por culpa de una meningitis que derivó en hidrocefalia, y al que tuvo consigo incluso en su despacho mientras escribía.


Por otra parte, no podemos eludir la sempiterna preocupación por España, cuestión que ya se vislumbra en sus primeras piezas poéticas, como L'aplec de la protesta ("El encuentro de la protesta"), basado en un mitin real de 1905. En este poema critica que se admiren los gestos y su belleza, pero no el contenido, quejándose de un público, el pueblo en sí mismo, que se asombra y adormece con lo espectacular y lo complaciente sin que, en realidad, se produzca ningún cambio. Adjudica además tal actitud al sentir de los levantinos ("Seréis siempre unos niños, levantinos, os ahoga la estética"). Una idea semejante la encontramos en su poema Música, donde muestra un rechazo hacia este arte por adormecer el sentido, aunque en su conclusión en realidad describe a la música como reposo de inquietudes del alma, una especie de muerte temporal: La música es reposo y es olvido, / todo en ella se funde / fuera del tiempo; / toda finalidad se ahoga en ella, / la voluntad se duerme / falta de peso. 

Ahora bien, sus principales poemas sobre España aparecerán a raíz de la nostalgia ensoñadora sobre la mejora del país presente durante su exilio en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, por ejemplo en el citado poemario De Fuerteventura a París. Destacamos En el entierro de un niño, donde de nuevo se enlaza un hecho biográfico del hogar, la muerte de un niño en el exilio, para enlazarlo con una reflexión más trascendente, en esta ocasión reflejo de la preocupación por España, convirtiendo al niño en un símbolo de la situación del país. Este tipo de conexión metafórica la encontramos también en Antonio Machado.


Por último, podemos destacar su vertiente más cercana al Romanticismo, que se observa sobre todo en su poemario Teresa. Rimas de un poeta desconocido (1924), donde trata de emular el estilo de Bécquer (1836-1870), así como en piezas sueltas a lo largo de su obra. Un ejemplo sería Veré por ti, que a pesar de su apariencia romántica, guarda un fondo existencialista. En él, la voz poética comienza a vivr cuando descubre que se desconoce, lo que causa una inquietud que solo se alivia con el amor, al convertirse en guía de la amada, mi ciega. Emplea además el tópico renacentista de entender los ojos como salida del alma, dado que ambos amantes se ayudan recrípocamente dado que él la guía mientras que ella ilumina sus ojos y, por tanto, también le sirve de guía. 

No fue Miguel de Unamuno un poeta que cuidara en exceso su obra poética, dado que no parecía interesado en revisarla como otros autores. Lo cierto es que esta actitud se refleja en esa especie de arte poética que es ¡Id con Dios!, donde mediante una alegoría compara a sus poemas con hijos que, una vez criados y mimados, deben marchar lejos de su padre, es decir, ser publicados y no depender más de él, sino del juicio de los demás. Con todo, como hijos suyos, son también hijos de sus inquietudes.

Retrato de Unamuno por Ramón Casas
Como hemos observado hasta ahora, dedicó muchos poemas a España, no solo para expresar su preocupación por el país, sino también para admirar, casi con letrillas, sus rincones y lugares, y también reflexionó sobre la existencia y su fin, tema casi obsesivo que está presente incluso en sus piezas más ligeras sobre la cotidianidad. No falta tampoco el sentimiento religioso con el recuerdo explícito en alguna ocasión de autores como Santa Teresa de Jesús (1515-1582), San Juan de la Cruz (1542-1591) o Fray Luis de León (1527-1591).

En conclusión, un recorrido poético que no es más que una expresión de las inquietudes íntimas de su autor, donde puede resultar llamativa la ausencia de temas usuales como el amor, y donde encontramos cierta rigidez que ya resultaría extraña en su época, pero que responde a cierto gusto por la lírica más tradicional. Quizás por ser más fruto de sus obsesiones o por un estilo que se puede sentir algo tosco y poco natural, no se trata del aspecto literario de Unamuno que más haya destacado. Precisamente por eso, sus poemas pueden sorprendernos, porque tras su clasicismo, esconde reflexiones que calan en nuestra profundidad.

Escrito por Luis J. del Castillo



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