Para el sábado noche (XLII): Starman, de John Carpenter

13 febrero, 2015

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Pese a contar con buenos efectos especiales, existen relatos que no se construyen en función de estos, sino que los ponen a su servicio. Starman (Columbia Pictures, 1984) es uno de esos relatos. De este modo, el peso de la narración reposa en la progresiva humanización del personaje encarnado –nunca mejor dicho- por Jeff Bridges.

Ficción romántica con la estructura de una road movie, Starman es tanto un relato de ciencia ficción como una historia de amor, la que se establece entre el inesperado visitante estelar (Bridges) y Jenny Hayden (Karen Allen), una joven viuda que no solo vive sola, sino apartada. Su vivienda se sitúa en medio de un bosque de Madison (Wisconsin), donde se consuela volviendo a ver aquellas películas caseras en las que aparece con su marido Scott, del que incluso conserva un mechón de pelo.

La secuencia de apertura da pie a otra mayor que la engloba, en la que, sin apenas emplear diálogos, se nos narra el encuentro entre Jenny y Starman.

Cuando el proceso de transformación parece haberse completado, ella apunta asustada al extraño ser con un arma, que finalmente deja caer al percatarse del asombroso parecido con el difunto. Se trata de un gesto que él imitará mecánicamente poco después. Starman se ha convertido realmente en un clon físico del mismo Scott, por lo que a Jenny se le presenta una imprevista segunda oportunidad.


Pero esta relación no puede ser igual a la anterior: el nuevo Scott es una envoltura. El guión de Bruce Evans (1946) y Dean Riesner (1918-2002) procede a narrar el viaje de Jenny y su acompañante, hasta desembocar en el fantástico Cráter Barringer de Arizona.

Durante el accidentado trayecto, la capacidad emuladora del alienígena hará que no solo llegue a esgrimir el arma como un artefacto cuya finalidad, en un principio, no comprende –del mismo modo que aún conociendo las palabras no entiende todo su significado-, sino que además, pueda imitar la voz de Sinatra o, siguiendo el ejemplo de su acompañante terrestre, conducir él mismo, saltarse un semáforo en rojo o besar a Mark Shermin (Charles Martin Smith), el ilusionado integrante de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre que trabaja para la Seguridad Nacional.

Mediante la acción en paralelo, el realizador John Carpenter (1948) nos muestra por un lado el acercamiento de la pareja protagonista, y por otro, la persecución, acoso y casi derribo por parte de los militares, para desesperación de Shermin, que sensatamente recuerda que fuimos nosotros mismos quienes lo invitamos a venir; a lo que el maniqueo representante estatal George Fox (Richard Jaeckel) le contesta que, como funcionario público que es, ha de adaptarse o largarse.


La apariencia del extraterrestre será para Jenny bastante desconcertante, no solo por el hecho de constituir una “reencarnación” de su esposo, sino por tratarse de una segunda oportunidad en el amor bajo la apariencia de la persona amada, situación que la hará revivir viejos recuerdos además de participar de otros nuevos. Una tesitura que lega el plano de Starman contemplando su nuevo aspecto ante un espejo, y que se concreta en el regalo genético que el visitante ofrecerá a Jenny.

Carpenter (al que podemos vislumbrar en un par de planos, pilotando uno de los helicópteros en la parte final de la película), como buen conocedor del lenguaje cinematográfico, tiene el acierto de resolver situaciones mediante una sola toma –en un único plano medio o general-, como sucede en los aseos de una gasolinera, cuando Jenny charla con la camarera de un bar de carretera, o durante la inmediatamente posterior “resurrección” de un animal muerto por parte de Starman, momento contemplado desde el punto de vista de la mujer.

Incluso nada más dar comienzo la película, el realizador ha ofrecido otro momento estimulante, esta vez sin personajes terrestres o extraterrestres. Me refiero a la elipsis que transcurre en pleno espacio exterior, cuando la sonda Voyager desaparece frente a un planeta parecido a Saturno, instante en que la imagen funde en negro, y otro ingenio se dispone a recorrer el camino inverso. A ello podemos sumar la secuencia en el interior del coche, al atardecer y antes de la llegada al cráter, donde Starman habla de su mundo, para después hacerlo del nuestro; comentarios que a su vez retomará ante Mark, cuando los tres estén sentados en la cafetería del Cráter.


La película contó, en cuanto al departamento de efectos visuales se refiere, con la colaboración de Rick Baker (1950), Stan Winston (1946-2008), Dick Smith (1922-2014) y el equipo de profesionales de I.L.M. (Industrial Light and Magic), empresa fundada por George Lucas (1944), consagrada a los efectos especiales y responsable de muchos de los logros más recordados de la década de los ochenta –principalmente-. Aquí, dichos efectos son tanto artesanales como de “nueva generación”, están apoyados por la música electrónica de Jack Nitzsche (1937-2000) y la tenue e íntima fotografía de Donald Morgan (1932) e incluyen el diseño original y elegante –parecido a un planeta o luna- de la nave que recoge al hombre venido del espacio.

Escrito por Javier C. Aguilera



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