Ghost, de Jerry Zucker

03 noviembre, 2017

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Los años noventa han tenido sobre ellos la alargada sobra de los revolucionarios ochenta y de toda una trayectoria cinematográfica de gran calidad anterior. De desigual resultado, lo cierto es que esta década nos ofreció varias historias románticas que nos han perseguido hasta nuestros días como iconos: la pareja compuesta por Julia Roberts y Richard Gere en Pretty Woman (Garry Marshall, 1990), el romance entre clases sociales que encontramos en Titanic (James Cameron, 1997), la tímida comedia romántica de Notting Hill (Roger Michell, 1999), incluso el más sobrenatural idilio entre Mina y el conde Drácula en la versión más romántica de la historia, Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992). Y a ellas debemos sumar la historia de Ghost (1990).

Dirigida por un habitual en películas cómicas, Jerry Zucker (1950), del que destaca el inicio de la franquicia que se conoció en España como ¡Aterriza como puedas! (1980), esta película estrenada a principios de la década de los noventa conquistó a gran parte del público en una combinación entre romance, thriller y fantasmas.

Tras una introducción en torno a una casa abandonada, que remite a las historias de casas encantadas, nos acercamos a la idealizada pareja de enamorados compuesta por Sam Wheat (Patrick Swayze), ejecutivo de banca e inversiones, y Molly Jensen (Demi Moore), una escultora de cerámica. Ambos viven felices en Nueva York y planean su futuro cuando todo se trunca por el asalto de un ladrón que acaba asesinando a Sam. Sin embargo, al haber sido arrancado de la vida de forma tan repentina, su alma queda aún como espíritu en el mundo terrenal, momento en que descubre que su amada corre peligro y decide ponerse en contacto con ella a través de una médium estafadora, llamada Oda Mae Brown (Whoopi Golberg).

No nos llevemos a engaño. A pesar de que la película contiene algunas escenas mitificadas, como el modelado de arcilla al son de Unchained Melody, tema de los años cincuenta rescatado con bastante acierto para la ocasión, o el reencuentro fantasmagórico, lo cierto es que no podemos considerarla una historia de romance, en tanto que la relación entre ambos ya está fraguada desde el inicio. En realidad, estamos ante un idilio perfecto roto por la desgracia, una desgracia que pronto descubriremos que ha sido intencionada por una conspiración de un compañero de Sam para hacerse millonario. Entonces el foco se pone en lograr detener a los criminales y, por supuesto, proteger a su amada Molly, pero su relación no se desarrolla más desde la situación inicial hasta el final de la película.


Por tanto, tenemos una relación de cierto tono empalagoso y que aunque es el núcleo de la historia, no es el centro de su interés, sino que todo pendula en torno al romance sin desarrollarlo. Más crecerá la relación entre la médium y el fantasma en que se ha convertido Sam. Precisamente, en esta relación se reúne toda la vis cómica de Ghost con una Whoopi Goldberg en estado de gracia, que retrata a la perfección a una escéptica estafadora con buen fondo y un autentico don. Será interesante observar cómo pasa de aprovecharse de los demás mediante la superchería a acabar siendo una auténtica médium, que sigue sacando el dinero a los demás, pero ahora con un auténtico vínculo con el más allá. Su relación con Sam provocará un cambio trascendental en el personaje, pero también le permitirá redimirse de su afán de lucro.

Así mismo, nuestro protagonista tendrá que aprender a convivir con su nueva realidad, un proceso que será bastante interesante a nivel narrativo. Por ejemplo, con el fantasma del metro, un ser perdido de sí mismo que le enseñará cómo influir en el mundo físico. Sin embargo, el resto de elementos son excesivamente planos. Acaba resultando bastante obvio quiénes son los villanos, marcados de forma maníquea y evidente. Además, su final puede resultarnos incoherente o, más bien, un misterio, en tanto que no acabamos de entender la justicia fantasmagórica, en forma de sombras, que persigue a sendos espíritus llegada la hora.


En definitiva, Ghost tiene cierto encanto, sobre todo en su mezcla de géneros, especialmente en sus escenas románticas, sobrenaturales y cómicas, pero es la sombra de un buen thriller, no podemos considerarla una película que desarrolle una trama amorosa de forma seria y al final sentimos que ha sido un juego tramposo de los guionistas. Con todo, sigue siendo un buen rescate para un domingo apacible sin demasiadas exigencias.

Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (CXLIV): Los archivos del doctor Hesselius y otros relatos, de Joseph Sheridan Le Fanu

01 noviembre, 2017

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El té verde es un estimulante para el reverendo Mr. Jennings. Al punto de permitirle una inusitada apertura de conciencia, que también será el portal dimensional que permita una aparición animalesca y diabólica. ¡Para que luego digan que el té verde es beneficioso!

Chanzas aparte, comienzo mi apreciación de la sugestiva y amena obra del gran narrador dublinés Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), con algunos de sus planteamientos argumentales, contenidos en los volúmenes La habitación del dragón volador (The Room in the Dragon Volant, Valdemar Gótica, 1998), Dickon, el diablo (Dickon, the Devil, Valdemar Gótica, 2000) y Los archivos del doctor Hesselius (In a Glass Darkly, Valdemar Gótica, 2002), para luego pasar a detallar varios de los aspectos genéricos más atrayentes de dichas obras, y de la creación de Le Fanu en su conjunto.


La idea motriz del relato Té verde (Green Tea, 1872) sugiere que todo el entorno material y físico no es otra cosa que una manifestación del mundo espiritual que lo contiene. El hilo conductor es el doctor Martin Hesselius, un profesor especializado en la investigación de los fenómenos paranormales. Así, prosiguiendo con El familiar (The Familiar, 1851), este ha de enfrentarse con otra aparición, que parece perseguir al antiguo capitán de fragata James Barton. Ello es la consecuencia de un suceso anterior en el que el marino tomó parte y del que se le piden cuentas. Interesante es advertir el hecho de que, de manifestarse únicamente como unos pasos en la oscuridad, el espectro pasa a ser contemplado por otras personas.

Asimismo, en El juez Harbottle (Mr. Justice Harbottle, 1872), Le Fanu insiste en la idea esencial de esa ampliación de la consciencia, merced a los más variados mecanismos y productos. De nuevo, se plasma una apertura del sentido interior humano (…), una intromisión del mundo de los espíritus en el ámbito reservado a la materia. Como en el caso anterior, los fantasmas son observados por varios testigos en la residencia del protagonista, un juez despótico que también habrá de rendir cuentas ante un tribunal espectral de antiguos damnificados suyos.

Prosiguiendo con La habitación del dragón volador (1872), relato que da título a otro de los volúmenes, el joven inglés (veintitrés años) Richard Beckett, viaja con su considerable patrimonio por tierras francesas, tras la caída de Napoleón (1769-1821). Dado su talante romántico y enamoradizo, se fija en una joven condesa a la que presta su ayuda, y a la que sigue por todo Versalles hasta su castillo. El chico se aloja cerca de ella, en la pensión del Dragón Volador, y tras trabar amistad con un dudoso marqués y asistir a una fiesta de máscaras, es tentado para que forme parte de la sospechosa huida de la condesa. Lo que esta pretende es algo muy distinto, aunque por suerte para el muchacho, engañado en el ámbito de las apariencias más palpables, es rescatado por dos buenos amigos in extremis.

Adoptando un tono más humorístico, El fantasma y el colocahuesos (The Ghost and the Bone-Setter, 1838) es el relato de un párroco del sur de Irlanda. Las apariciones de un viejo caballero en su vetusto castillo, emergiendo de un retrato colgado en la pared, ofrecen un nuevo ejemplo de portal interdimensional. La pintura dará incluso más juego en Shalken, el pintor (Shalken, the Painter, 1839), narración centrada en la especulación acerca de un cuadro de Godfrey Schalken (1643-1706), en el que este representó a su primer amor, finalmente, casada con un personaje muy misterioso y satánico.

Los últimos días de Madame Crowl centran El espectro de Madame Crowl (Madam Crowl’s Ghost, 1870), que dejó encerrado al legítimo heredero de su marido (fruto de un matrimonio anterior), en una habitación oculta del caserón Aplewale, y que ahora habrá de enfrentarse a las consecuencias. Casi a modo de continuación del juez Harbottle, el Relato de ciertos sucesos extraños en la calle Aungier (An Account of Some Strange Disturbances in Aungier Street, 1851) es la historia de una casa maldita y de las apariciones malignas de un “juez de la horca” que en ella se producen, y que han de soportar dos sorprendidos estudiantes. Curiosamente, en El misterio en la casa de los azulejos (Ghost Stories of the Tiled House, 1861), las apariciones fantasmales corren a cargo de un fragmento anatómico (por lo tanto, no son de cuerpo entero), si bien, el escenario de un antiguo caserón no varía.

Tenemos, por lo tanto, en primer lugar, la inesperada y abrumadora ampliación de conciencia del protagonista; con frecuencia, el narrador de los propios hechos. Una apertura de los sentidos antes anquilosados que, según el empleo que se haga de ella, o el carácter de quien la padece, resultará beneficiosa o perjudicial. Por otra parte, destaca la venganza como mecanismo narrativo y fantasmagórico (como han relatado muchos sensitivos, cada vez, con menos miedo de poder referir sus experiencias). Lo que conlleva que el espectro “no se va” hasta que no ha conseguido ultimar los asuntos que lo mantenían sujeto, o dar cumplido desquite a su pesar. Ello ha de ver con una evidente irrupción o interacción del mundo del espíritu dentro del material. Como formando parte de un todo inherente e inextricable, estas “manifestaciones” se comportan antropológica y psíquicamente como auténticos seres vivos, en otro plano interfásico. Esto es, con voluntad propia y cierta complacencia o designio celestial (¡o cósmico!). Una interacción de la que se deriva la asociación de muchas de estas apariciones con una persona, objeto o entorno en particular.


Por último, está la manifestación por vía del sueño y las premoniciones, como forma de advertencia hacia otros o hacia uno mismo. Junto al hecho de que todos aquellos que se muestran abiertos, o están sensitivamente capacitados, acaban por ser partícipes de dichas materializaciones (en definitiva, tienen la capacidad de saber -no solo creer- que existe otro nivel de realidad).

Todos estos aspectos los podemos corroborar en el restante volumen de relatos, Dickon, el diablo (1872). En él, las Historias de fantasmas de Chapelizod (Ghost Stories of Chapelizod, 1851) se entretejen con un hilo argumental en común: la referida venganza y la tarea inconclusa. Estas se personalizan en la víctima de un matón de pueblo que reaparece para tomarse la revancha, un enterrador que, al fin vence la tentación de regresar a la bebida, y los amantes espectrales que forman parte de la visión de un joven, en el antiguo decorado de su localidad.

Seguidamente, en La visión de Tom Chuff (The Vision of Tom Chuff, 1870), un sueño se convierte en realidad a los ojos del protagonista, un borracho que maltrata a su familia y que, como en otras ocasiones, acaba por pagar las consecuencias. Un nuevo sueño premonitorio articula El sueño del bebedor (The Drunkard’s Dream, 1838). En él, otro aviso se hace realidad: el poco santo bebedor no logra hacer propósito de enmienda pese a que se le muestra una ilustrativa visión del infierno.

Con frecuencia, la ayuda “sobrenatural” solo pretende que los seres físicos sean los que resuelvan el conflicto. Así ocurre con la víctima de un complot para apoderarse de una herencia en La prima asesinada (The Murdered Cousin, 1851), o en Dickon, el diablo, apodo de un muchacho enloquecido tras la aparición de su antiguo dueño y la de su pérfido hermano.


De hecho, la víctima convertida en verdugo impregna casi todas las historias de Le Fanu, como consecuencia de una atenta desconfianza de las leyes terrenas, frente a la posible certidumbre o seguridad de las celestes. Advenimientos que se subliman en El huésped misterioso (The Evil Guest, 1869) que, con toda probabilidad, es el mismo demonio. Sin embargo, aunque el otro protagonista del relato no es creyente, o cuando menos devoto (confesionalmente hablando), persiste el temor objetivo a una interpretación literal de las Sagradas Escrituras. En realidad, estamos ante la presencia (aparente) de un vampiro que, sin ser derrotado, abandonará finalmente la casa en la que se hospedaba. La cual, ¡pasa a contar con su propio poltergeist a partir de ese momento!

Para finalizar nuestro recorrido, Un capítulo en la historia de una familia de Tyrone (A Chapter in the History of a Tyrone Family, 1839) incide en el aspecto de la locura como consecuencia de los desórdenes terrenales y del escarmiento proveniente del otro lado, cuando una joven casada con un hombre de alta posición padece el acoso de la primera esposa, que le confiesa que aún sigue unida a él, y que trata de asesinarla. De forma análoga, en El perverso capitán Walshave de Wauling (Wicked Captain Walshave of Wauling, 1872), la esposa del protagonista muere ante la aterradora indiferencia de este, no sin antes preservar su alma en el interior de una vela.

Como hemos podido comprobar, en muchos de estos relatos se nos presenta el mal inherente al ser humano como una deformación psicológica del hombre, pero ello no quiere decir que no sea la consecuencia directa de esa otra zona de la realidad, que se manifiesta a través de los sentidos menos conscientes. El mal como trastorno, allende las causas, es el cordel que ata los relatos de Dickon, el diablo.

Grabado de Carmilla
Tras la muerte de su esposa, en 1858, Sheridan Le Fanu se convirtió por derecho propio en el representante victoriano más ilustre del terror sobrenatural y la Ghost Story. Motejado como El príncipe invisible, Le Fanu fue un narrador tan aplicado como intuitivo. Principalmente, los aficionados le recuerdan por ser el iniciador o, mejor dicho, el gran impulsor literario del mito del vampiro, gracias a su magistral relato Carmilla (Ídem, 1871), pieza indispensable en toda colección gótica y de misterio, contenida en el volumen dedicado al doctor Hesselius. En ella, se describe de forma romántica y, al mismo tiempo, realista, la relación adolescente entre dos muchachas, una de las cuales resulta ser una vampira, fallecida años antes (por lo tanto, un no-muerto, en lugar de tan solo un adepto en vida). Le Fanu corona su relato con una excelente ambientación, donde sobresale el schloss o mansión-fortaleza, el bosque aledaño, el pueblo semi abandonado, o las ruinas del cercano castillo de los Karnstein, cubierto por el follaje, la ignominia y el transcurrir de un tiempo que, para los personajes condenados, no tiene fin.

Escrito por Javier C. Aguilera


Noticias: Próximamente en BdC

31 octubre, 2017

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Entornos de la Alhambra nevada (fotografía de MB y LJ)
El otoño sigue su curso entre extremos, extremos que también se notan en nuestra labor bloguera. Hasta las 13000 visitas hemos tenido durante octubre, manteniendo el mismo número de entradas que en septiembre. Y sumamos seguidores, alcanzando los 177 en Blogger, los 630 en Twitter y los 174 en nuestra página de Facebook.

Para finales de octubre iniciamos nuestro ciclo de Halloween, que finalizará en los primeros días de noviembre. Hemos tenido algún ejemplo cinematográfico, en concreto, las aventuras de Kolchak: El vampiro de la noche y El estrangulador de la noche. Pero ha predominado la literatura, con los clásicos relatos de Pedro Antonio de Alarcón, encabezados por El clavo, la novela juvenil La tejedora de la muerte, y el ensayo Los grandes libros misteriosos. Entre medias encontramos la película Her, que aunque la hemos dejado fuera del ciclo, bien nos sirve de reflexión sobre nuestros temores más personales.


Durante el resto del mes hemos tenido nuestras habituales reseñas, incluyendo un repaso a Hojas de hierba, poemario de Walt Whitman, una nueva aventura entre los cómics de Wonder Woman, Paraíso perdido, aventuras espaciales con Cohete K-1 y Con destino a la luna, y hasta un thriller español, Contratiempo.

Esta ruta seguiremos en noviembre, donde finalizaremos nuestro ciclo de Halloween y proseguiremos hacia el final del año en un mes donde esperamos que se instale el frío y los momentos de calor junto a un buen libro o el resguardo de una película que nos emocione.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Este mes ha visto la luz en Netflix la segunda temporada de Stranger Things, que ha tenido absortos a sus seguidores durante el pasado fin de semana. Os dejamos con su trailer final para quienes aún no os hayáis acercado a la popular serie.


"Una pintura es un poema sin palabras"
                  - Horacio



Her, de Spike Jonze

29 octubre, 2017

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Nos apasiona el futuro porque nos inquieta aquello que no conocemos. Soñar con nuestro futuro personal nos lleva a idear metas personales y profesionales, meditar el futuro social nos lleva a manifestarnos y a opinar sobre los problemas que se plantean en nuestro entorno, en nuestro país o incluso en el mundo, y, finalmente, trazar las consecuencias del mundo que observamos nos llevan a imaginar el futuro posible, probable o improbable, con el que se llenan cientos de páginas o metros de celuloide. Y no hace falta un apocalipsis ni una catástrofe, aún cuando cuando esas historias también nos conquisten por mostrarnos contra las cuerdas y en nuestra más pura e irracional esencia, para ver un futuro que temer, porque ese futuro quizás no es más que un paso más de aquello que tememos en nuestro presente.

Sobre las relaciones humanas y su sentido se orienta Her (2013), el cuarto largometraje de Spike Jonze (1969) tras adentrarse en la fantasía de la infancia con Donde viven los monstruos (2009) y la comedia con su dúo Cómo ser John Malkovich (1999) y Adaptation (2002), además de tener una larga trayectoria como director de vídeos musicales y cortometrajes. Por esta trayectoria, no debe resultarnos extraño encontrar en Her una mezcolanza de géneros, al no situarse ni en el drama ni en la comedia, ni en la ciencia ficción ni en el romanticismo, sino que abarca todos esos planos con naturalidad.


Su argumento nos lleva a la vida de Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), un escritor de cartas manuscritas por encargo. Tras una larga relación, está a punto de divorciarse, aunque no tiene el valor suficiente ni para encarar esa situación ni para afrontar ninguna exigencia social. Aislado y melancólico, Theo se interesa por un nuevo sistema operativo inteligente, OS, capaz de interaccionar con humanos adaptándose a las necesidades y la personalidad de cada uno. Así comenzará su relación con Samantha (Scarlet Johansson), la encantadora voz que representa a su OS personal y con la que, poco a poco, entablará una relación que irá más allá de lo esperado.

La forma de afrontar esta película bien podría decantarse por el terror hacia una situación que se antoja cada vez más próxima: la extinción de las relaciones personales honestas y, sobre todo, físicas. Pero la narración no se decanta por ese perfil, aunque se deja entrever siempre la soledad en la que vive sumergido el protagonista como representante de la misma soledad en la que se encuentra el resto de personas. Siguen existiendo vínculos, pero la mayoría remiten a un pasado menos tecnológico, y los nuevos que se pueden crear parecen destinados al fracaso, o a la falta de entendimiento mutuo.


Theodore vive según los cánones de una sociedad posmoderna entre el nihilismo y el hedonismo: trabaja con desgana, juega a videojuegos, se emborracha, mantiene relaciones sexuales esporádicas y se lamenta por tener una vida insulsa y carente de significado. Siente que ya lo ha vivido todo. Por eso, cuando descubre en Samantha a un ser novedoso para sí mismo y que está descubriendo el mundo con la naturalidad de un humano, no podrá más que sentirse comprendido, atraído y, finalmente, enamorado.

Si bien en un principio podríamos considerar que se intenta abrir el debate sobre si se puede aceptar una relación entre una máquina y un ser humano, este asunto se zanja con rapidez. Aunque Samantha no esté en el mundo físico, lo que Theo siente es real, por lo que no tiene que luchar contra ese sentimiento. Lo cierto es que el desarrollo de este romance no se diferencia de otros que hayamos visto en demás dramas románticos. Hay un proceso inicial en que ambos amantes se tantean, prosigue con el placer de descubrir pequeñas imperfecciones graciosas para culminar también en el sexo, tendrá sus momentos de duda y conflicto entre ambos y también esa sensación de ir cediendo para aceptar al otro, sin olvidar los celos ni las peleas que anteceden a largos silencios. Jonze no inventa el género, tan solo cambia uno de los componentes y propone un falso debate, falso porque todos a su alrededor lo aceptan y parece estar convirtiéndose en una tendencia social. La única voz discordante será la de Catherine (Rooney Mara), su ex, que le demostrará que tan solo ha conseguido aquello que ansiaba, una relación perfecta sin los problemas cotidianos. No obstante, Catherine se equivoca.


Se equivoca dado que Theo no podrá evitar el conflicto con Samantha, ni tampoco que ambos acaben distanciándose. Aunque la intervención de Catherine nos sirve para poner el foco en el auténtico asunto de Her, esto es, el retrato sobre la humanidad. No podemos decir que sea una película de terror, pero la imagen que nos devuelve esta obra nos podría dar miedo. Reside en la pérdida de las emociones reales, del sentimiento que nos hace humanos. Hasta que Theo comienza su relación con Samantha, lo notamos perdido en sí mismo. Pero no es el único. Su trabajo consiste en falsificar relaciones, en simular cartas auténticas (románticas, felicitaciones, familiares...), algo en lo que ha desempeñado varios años de su vida, lo que nos demuestra que la sociedad se asienta cada vez más en la hipocresía. Curiosamente, su trabajo es alabado varias veces a lo largo de la historia, pero este hecho demuestra dos cosas, tanto la incapacidad de los demás para plasmar sus sentimientos y compartirlos con los demás como la carencia del protagonista, que aunque logra el éxito en este mundo, es incapaz de trasladarlo a su vida real.

Su contraposición en la película la encontramos en Paul (Chris Patt), quien admira la escritura de Theodore, pero no comparte su melancolía. Más bien se trata de un buen representante del disfrute sin reflexión. No hay fondo en este personaje, sino que su finalidad es mostrar la simpleza de algunas relaciones y de algunas actitudes. Si Theo es interesante como personaje es por sus contradicciones, porque vemos que es imperfecto aunque no lo admita, porque se siente perdido al reflexionar sobre su propia vida y porque no puede encontrar la felicidad por tratar de encontrar una quimera. En cierta forma, podemos creernos que Sam se enamorase de este hombre, pero podríamos dudar sobre qué siente nuestro protagonista. Si acaso no ve en ella más que una posesión, entendida como una relación realmente tóxica, o si solo es una forma de no sentirse solo. Sobre todo porque tenemos dos casos: la fugaz cita con Amelia (Olivia Wilde), rota precisamente por la indecisión de Theo, y su amistad con Amy (Amy Adams), con quien mantiene una complicidad consolidada por el tiempo que hace que se conocen, pero con la que mantiene, en el fondo, una barrera que les impide acercarse más. Al contrario, ambos encontrarán su refugio en sendos OS tras sus decepciones amorosas.


En definitiva, Her no es simplemente el retrato de un romance, dado que si solo fuera eso, no innovaría más que en la identidad de uno de los amantes, sino que, más bien, bucea en nuestras insatisfacciones, en los problemas de una sociedad cada vez más estandarizada, cada vez menos honesta, cada vez menos humana. El retrato de Theodore es maravilloso y nos regala un personaje que se siente cotidiano y real, un individuo que no se aleja de unos rasgos comunes, pero con una melancolía que lo independiza de los demás. Ahora bien, el otro lado de esta historia, Samantha, queda descompensada, en una propuesta de entidad diferente, pero inexplorada, cuyo final agridulce nos deja tan desconcertados como a los propios personajes.

Escrito por Luis J. del Castillo



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