Desayuno con diamantes, de Blake Edwards

13 julio, 2013

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Su mirada a través de unas gafas de sol con un fondo enfocado suavemente inmortalizaron a la querida Audrey Hepburn, bellísima y elegante en el papel que la convertiría en un icono del cine americano, Holly Golightly y su Desayuno con diamantes (originalmente, y con un sentido más concreto, Breakfast at Tiffany's, 1961). Además de encandilar al público con sus miradas, el personaje que interpretaba forma parte de un tipo muy característico que siempre ha logrado tener éxito en Estados Unidos: una persona aparentemente excéntrica que oculta su pasado y sus verdaderas intenciones con un velo de opulencia festiva y actitud descuidada.

Nos hallamos ante el mismo estilo de personaje que suponía Gatsby, con su miedo a la intimidad, en los años veinte, pero ahora situado tras la Segunda Guerra Mundial y en una historia que, seguramente por las circunstancias, trata de ser una comedia más que un drama. Si acaso no es un drama encontrar personajes que huyen de su realidad más personal en busca de una imagen externa llena de falsedad, aunque esta pueda resultar tan sorprendentemente sincera como la de Holly.

Blake Edwards en 1965
La historia que Blake Edwards trae a nuestra pantalla está basada, aunque de forma libre, en una novela de Truman Capote, adaptada a la actriz protagonista, eliminando varios factores virulentos pero que, de alguna u otra forma, permanecen velados en las palabras de los personajes. Aunque la trama sea aparentemente sencilla, contiene a su alrededor numerosas imágenes que nos muestran realidades que suponen en sí mismas una trama. El film ha pasado a ser una de las joyas del séptimo arte, encumbrando a su director, también conocido por Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1963), Operación pacífico (Operation Petticoat, 1959) y La pantera rosa (The Pink Panther, 1964), esta última un éxito comercial que conllevó varias secuelas.

El argumento en cuestión se desarrolla en Nueva York, como nos indica la famosa escena inicial donde descubrimos a la protagonista observando el escaparate de la joyería Tiffany's. Para el espectador todo es intriga alrededor de esta escena, a la que se dará respuesta después, desconocemos al personaje, lo que está haciendo y cómo lograron que la Quinta Avenida de la ciudad americana estuviera tan tranquila, dando la sensación de soledad absoluta, pero agradable, de Holly. No tardaremos en conocer a Paul Varjack, su nuevo vecino, un escritor que ha perdido la ilusión y se vende como amante de una decoradora. El encuentro entre ambos y el posterior desarrollo de su relación será la línea principal del argumento, aunque entre medias podremos atender a diferentes escenas que dejan alusiones a muchas otras historias que cobrarán importancia en mayor o menor medida.


Podemos repasar algunos de estos momentos, como la mención al tocador que hace Holly, que deja entrever su posición de prostituta de lujo, aunque nunca se dirá directamente. La invitación que le da a Paul, donde descubrimos una fiesta al más puro estilo Gatsby, pero con cuasi-estrellas, modelos menores, y un resto de sociedad borracha, fumadora y, en cuanto pueda, sexual. Hay de todo, incluso un mejicano que deberá huir ante la aparición de la policía en la casa, evitada inteligentemente por la sagaz protagonista.

Ella será la que, a través de sus diálogos excéntricos y ligeros nos muestre el mundo desde sus propios ojos, resultando siniestramente sincera, pues se trata de una sinceridad indiferente, con la que realmente trata de ocultar sus verdaderos sentimientos, la tristeza y el dolor que esconde tras su fachada y que alivia con sus desayunos frente a la joyería donde nada malo podría suceder. Esa es, seguramente, la clave, ella busca un sitio en su vida donde no sufrir, pero está lejos de su alcance; incluso cuando parezca tenerlo entre sus manos, una mala noticia acaba con su felicidad aparente, descubriendo con cierta brutalidad la fragilidad de una mujer que sufre realmente y que no encuentra verdadero alivio.

George Peppard (Paul Varjack en el film) sujetando a Audrey Hepburn
Ese miedo a la intimidad y sus deseos de un mundo artificialmente feliz y seguro, basado en la riqueza, provocará su rechazo a Paul cuando llegue el momento ideal a la par que el encanto y la fragilidad de Holly encandilarán al escritor. Él descubrirá también las cadenas que se impuso siendo sumiso al dinero y a la seguridad, el mismo estado en el que Holly se encuentra y que, en cierta forma, resultan un espejo donde Paul se siente en la necesidad de rescatar a ambos.

Pese al deseo de plasmar una comedia, el trasfondo ofrece drama, sentimientos y emoción, así como bellos planos difuminados, quizás en excesivo uso, de los ojos de Audrey Hepburn. Míticas y parodiadas escenas como la transcurrida en la escalera de incendios se unen a hilarantes fotogramas de mezcla intercultural provocada por un romance con el mejicano o la repetida broma alrededor del vecino asiático que vive en el último piso.


La película, en fin, cuenta con el inolvidable papel de Holly, el contrapunto a otras historias de amor convencionales de la época e, incluso, de la actualidad. Quizás puedan resultar algunos de sus diálogos vacíos o sin sentido, pero es fruto de mostrar más entre líneas que en palabras, quizás la sutileza que le faltó a Edwards para evitar "empañar" el foco de la cámara al enfocar en primer plano a Hepburn.

No podríamos terminar sin hacer referencia a la mítica canción original del film, que remarca aún más su carácter especial. Hablamos de Moon River, creación de Henry Mancini, una composición única que funciona como leit motiv no solo de momentos concretos alrededor de Holly, sino de la propia película; seguramente es el elemento que mejor recuerda el espectador cuando alguien le recuerda el nombre de Desayuno con diamantes, eso, y los ojos de Audrey por encima de las gafas de sol. Realmente, momentos únicos del cine.


Escrito por Luis J. del Castillo


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Para el sábado noche (XII): La comedia sexual de una noche de verano, de Woody Allen

11 julio, 2013

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No suele recordarse La comedia sexual de una noche de verano (A midsummer night’s sex comedy, Orion/Warner Bros., 1982) dentro de la ya vastísima filmografía de Woody Allen, cuando lo cierto es que se trata de una de sus mejores películas, incluso si solo nos centramos en la primera parte de su obra, aquella que cuenta con lo mejor de lo ofrecido por el cineasta.

Se trata de una película construida entre opuestos: una visión romántica (del romanticismo) frente a una realista; el poder de la imaginación como una forma de sentir y vivir, frente al frío racionalismo del positivismo; la esquizofrenia que dividió lo natural de lo sobrenatural.

Civilización y barbarie juntas, aspecto que en este caso correspondería a la ciudad (en este relato en off, salvo brevemente al principio), frente al contacto con la naturaleza y con la creatividad: el personaje de Woody Allen es un inventor que en la “civilización” trabaja en la bolsa (lo que da lugar a otro divertido comentario). En fin, toda una encrucijada que se resuelve de forma amena y vitalista.

La película plantea cuestiones muy interesantes, por ejemplo, hasta qué punto puede suplir el arte el vacío de las relaciones llamadas “sentimentales”, sobre todo en la búsqueda de un “igual”. En este sentido, el cerebral filósofo Leopoldo (magnífico José Ferrer) tampoco logrará alcanzar la plenitud deseada solo con el arte. Finalmente, sucumbirá a la pasión (de forma más civilizada, es decir, con modales más impostados, aunque el impulso del deseo sea el mismo), en un postrer y satisfactorio acto de humanidad. 


El otro gran tema de la película es el de las oportunidades perdidas, o si se quiere, el de las segundas oportunidades, encarnadas en Andrew (Woody Allen) y Ariel (Mia Farrow), los cuales descubrirán que no todo es cuestión de oportunidad, precisamente, sino de sentimiento, tanto en la juventud como en la madurez. Así, el regreso al lugar de su idilio se torna fastidioso, y una vez consumado el deseo de la atracción, el episodio no se resuelve como esperaban. Pero, del mismo modo, aprenderán que los auténticos lazos amorosos no pueden obviarse, persisten y se traban en el propio ser, como al final les sucede a Andrew y Adrian (Mary Steenburgen); ambos redescubrirán su amor después de liberarse del pasado.


El eje del relato es Leopoldo (el ya referido José Ferrer), el filósofo que reniega de lo “popular” por considerarlo vulgar y así poder abarcar únicamente aquello que es sublime: todos esos momentos de dignidad proporcionados por la condición humana a lo largo de los siglos. Para Leopoldo solo tiene razón de ser la razón fría de los datos empíricos, nada existe más allá de lo que es percibido por los sentidos.

Pero estamos, aún en el campo (que yo recuerde se trata de la única película del autor que se desarrolla fuera de la ciudad), en la época de los felices veinte, de los ingenios mecánicos, los avances médicos y los inventos domésticos… los paseos veraniegos con sombrilla; y aún queda espacio para lo mágico, lo maravilloso.

La labor de Woody Allen es impecable, destaca el gusto por la composición del plano, por unos personajes que aparecen y desaparecen del mismo, junto a su integración en el entorno por medio del plano medio-general.


Regocijante “Sturm und Drang”, La comedia sexual de una noche de verano es la película más optimista de Woody Allen. Probablemente la más hermosa. Ni que decir tienen que la belleza se une a lo útil por medio de la fotografía de Gordon Willis y el extraordinario acompañamiento musical de Félix Mendelssohn, el compositor al que sobraron las palabras.

Escrito por Javier C. Aguilera


Titanic, de James Cameron

09 julio, 2013

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Titanic es una de esas grandes producciones del cine que, por muchos años que pasen, se mantiene todavía viva en el recuerdo de los espectadores. Pese a que su historia es por todos conocida, posee un encanto y una distinción propia que hace que su extensa duración, que llega a sobrepasar las tres horas, navegue rápidamente en la visión del espectador; casi tan veloz como el propio hundimiento. Para muchos, Titanic sigue siendo una de las muestras evidentes de la existencia de la magia del cine.


Nos adentramos en la búsqueda de un tesoro de la mano de Brock Lovett (Bill Paxton) y su equipo de exploración, cuyo propósito consiste en sumergirse en los restos del clásico hundimiento del Titanic y encontrar una valiosa joya, la conocida como Corazón del mar. Lejos del mismo, en los restos de un camarote hallan otro objeto de escaso valor a simple vista: un boceto de una joven desnuda. Lo que no tardarían en averiguar es que en dicho dibujo se encontraba escrita la fecha del 14 de abril de 1912, la misma en la que se produjo el hundimiento del barco tras chocar con un iceberg. Ante tal descubrimiento, Lovett decide poner de manifiesto dicha noticia, con tal de encontrar datos e información de algún superviviente o familiar. Así fue cómo Rose Dawson Calvert (Gloria Stuart) descubrió ese hecho en los medios de comunicación, y cómo decidió contactar con Brock Lovett por ser ella la joven retratada. A partir de dicho encuentro, comienza propiamente la película con una emotiva Rose, que nos traslada a un ambiente aparentemente idílico y del que relata su atormentada e inolvidable experiencia a bordo del barco de los sueños, confesando, al mismo tiempo, que su nombre verdadero es Rose DeWitt Bukater y que por eso se la dio por muerta.

Restos del Titanic
Rose (Kate Winslet) será la protagonista de una historia de amor aparentemente de lo más convencional a principios del siglo XX: jóvenes de clases sociales distintas separados por sus respectivas circunstancias. Rose, una joven acomodada y comprometida con un importante empresario, y Jack (Leonardo DiCaprio), un pobre pero incansable luchador nato que se gana la vida gracias a su fantástico talento con el dibujo, llegando fortuitamente a un majestuoso Titanic con muy poco en sus bolsillos. Él los unirá, y quizás sea él lo único que podría separarlos.

La película cumple fielmente con su principal objetivo: describir detalladamente la catástrofe del Titanic de una manera espectacular. Sin embargo, notaremos dos partes bien diferenciadas dentro de la historia. La primera mostrará el encuentro y posterior romance entre Rose y Jack, contando con los detalles más flojos de la película, así como pobres diálogos o escenas carentes de desarrollo.


Tampoco se desarrollarán muchos de los personajes secundarios que, en un principio, aparentaban un protagonismo mayor, como Fabrizio (Danny Nucci), el fiel amigo de Jack que embarca con él al inicio del film y que no lo volveremos a ver salvo en contadas escenas, o la madre (Frances Fishes) y el prometido de Rose (Billy Zane), cuyos carácteres encarnan básicamente el prototipo de villano. Al margen de estos personajes fic$ticios en la realidad del Titanic, encontramos al capitán Smith (Bernard Hill) o a Molly Brown (Kathy Bates), cuyos papeles sí representan a dos personajes históricos reales. Smith, como también veremos en la película, aceptó su destino encerrándose en la cabina agarrando por última vez su timón, esperando a que los cristales cediesen ante la presión del agua. Sin embargo, Brown queda en un segundo plano, y tan sólo sabremos más de ella cuando Rose confiesa que es una nueva rica de la época y que la historia acabaría recordándola como La Insumergible Molly Brown, debido al valor que demostró en el hundimiento real pero que no queda remarcado en el film.


La segunda parte, dentro de las dos que destacábamos, comenzará con el momento más esperado por su espectacularidad. Desde el momento del choque con el iceberg hasta el definitivo hundimiento del barco seremos testigos de un continuo compás de inquietud, emoción y ritmo, narrado casi a tiempo real, envolviéndonos y aumentando así su realismo. El choque con el iceberg, Rose abandonando cualquier posibilidad de salvarse en uno de los botes salvavidas para ir en busca de Jack, el agua inundando toda estancia posible, la orquesta inseparable que no duda en amenizar la amarga velada hasta el final, la muerte del capitán Smith, pasajeros que se dejan abandonar a su suerte o la imagen del gran barco inclinándose mientras la gente caía sin cesar. Sin duda, una segunda parte espectacular y memorable, que hace olvidar los posibles fallos de la primera.

James Cameron se dedicó a ejercer una extensa labor de documentación sobre el Titanic para reflejar en la pantalla, con todo lujo de detalles, cómo sucedió la catástrofe. Las productoras estaban preocupadas, ya que dicho trabajo se traduciría en una de las películas más caras de la historia, y Cameron afirmó que se trataría de uno de los mayores fracasos de la historia. El 19 de diciembre de 1997 llegaba Titanic a la gran pantalla, que llegaría a convertirse, a diferencia de lo que creía su director, en una de las películas más recordadas y con más repercusión del séptimo arte, siendo número 1 de taquilla cuatro meses consecutivos, llegando a recaudar la cantidad de 1800 millones a nivel mundial. James Cameron tardaría más de una década en volver a dirigir, haciéndolo por la puerta grande con Avatar, una nueva revolución en el mundo del cine.


Otro sonoro éxito de Titanic fue su banda sonora. La canción My heart will go on de Celine Dion supuso toda una revolución en radios de todo el mundo, consiguiendo el Oscar en ese año a la Mejor Banda Sonora. Titanic hizo historia al conseguir catorce nominaciones, las mismas que en 1950 lograría Eva al Desnudo, que se convertirían finalmente en once premios, siendo así la película más oscarizada junto con Ben-Hur y, años después, El Retorno del Rey. Mejor Película, Director, Montaje, Fotografía, Sonido, Efectos Sonoros, Efectos Especiales, Banda Sonora, Canción, Vestuario y Dirección Artística.

Una nueva revolución la protagonizó el joven Leonardo DiCaprio, convirtiéndose en el actor de moda tras haber triunfado también un año antes en Romeo+Juliet. Para él también tuvo consecuencias el desmesurado éxito de la película; el actor llevaba una carrera de lo más interesante y pasó a convertirse en un reclamo para las más jóvenes que pedían su presencia en films más convencionales. El hombre de la máscara de hierro y La Playa fueron dos propuestas muy diferentes aunque con una menor repercusión. Por suerte, directores como Scorsese o Spielberg le ofrecieron papeles que demostraron que su talento iba más allá de Jack Dawson. 


Actualmente, el último film que ha protagonizado ha sido la adaptación de El gran Gatsby, ambientada también en los años veinte y en el que veremos a un DiCaprio más maduro en un papel impecable. En cuanto a Kate Winslet, sigue en activo aunque no haya protagonizado un éxito de tal repercusión como le llevaría encarnar a Rose. En 2008 estrenó la película Revolutionary Road, dirigida por su marido, Sam Mendes, y que protagoniza junto a Leonardo DiCaprio, lo que supuso el reencuentro de la pareja cinematográfica tras el éxito que protagonizaron en 1997. A raíz de su aclamada interpretación, obtuvo el Globo de Oro a la mejor actriz dramática.

El 6 de abril de 2012, cuatro días antes de la fecha en que el RMS Titanic partió de Inglaterra, se produjo el reestreno de Titanic en la gran pantalla en versión 3D, sorprendiendo de nuevo por su gran recaudación mundial. Como curiosidad, su debut alcanzó bastante notoriedad en China, donde obtuvo 67 millones USD, considerándose como el mayor ingreso en taquilla en apenas un día.


Sin duda, Titanic es una película imprescindible dentro del mundo del cine. Una versión que podría recordar a la historia de Romeo y Julieta, pero contextualizada en la sociedad clasista de principios del siglo XX y en la tragedia del transatlántico más famoso de la historia, que hundió con él a miles de historias, seguramente tan maravillosas y trágicas como ésta. Porque, pese a todo, los amores titánicos existen.



Escrito por Mariela B. Ortega



Sonido y palabra, de Wilhelm Furtwängler

07 julio, 2013

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Si alguien quiere decirme algo, tendrá que ser claro y simple; lo problemático ya abunda en mí mismo (Goethe).

Éste es un libro de filosofía, pero que no cunda el pánico, porque al igual que los grandes ensayistas y divulgadores saben hacer, su esencia vital está expuesta de modo diáfano y ameno, de cara al lector formado tanto como al simple melómano, no necesariamente un experto en materia sonora. Y decimos filosofía, ya que al fin y al cabo, nos referimos al pensamiento y lenguaje más universal de todos, la música.

Wilhelm Furtwängler (1886-1954) no es solo reconocido por sus personales y celebradas interpretaciones, cada una de ellas su propio acontecimiento; lo mismo podría decirse de su escritos, como podemos comprobar, gracias a la magnífica labor de El Acantilado, en Sonido y palabra (2011), recopilación de varios ensayos y artículos del director alemán.

Y es que, al igual que ocurre con el cine, la música no solo es valiosa por su tema o por como nos suene, sino por cómo se construye, por cómo se interpreta y por lo que significa emotivamente, por aquello que transmite. En este sentido, las obras legadas por los grandes músicos son como un río vital, siempre en constante evolución pero sin salirse de su cauce. Ese comprender cada obra permite al aficionado o connoisseur, entrar a formar parte de un mundo tan estimulante, mágico y placentero como pueda ser el de la fantasía heroica. Por ejemplo, ser participes de la idiosincrasia de la tetralogía del Rin frente al resto de obras de Wagner, auténtico “Señor de los Anillos”, nos dará la oportunidad de sumergirnos en una música esencializada en sus elementos músico-naturales; casi diríamos que sintoísta.


Lo sorprendente del presente libro recopilatorio es comprobar hasta qué punto las consideraciones teóricas de Furtwängler son totalmente actuales. Por ejemplo, con respecto a Beethoven, ese músico al-que-todos-creemos-conocer, el ensayista (y también compositor) llama la atención acerca de unas sinfonías que son auténticos “discursos sonoros”, en los que las palabras son notas musicales (pg. 200). Del mismo modo, nos hace ver como con Bach la música se independiza por primera vez de la palabra, para afianzar su propio lenguaje y seguir su propio (dis)curso. Igualmente, Furtwängler analiza la más que superada oposición Wagner-Brahms (ya entonces), aderezada sin embargo por el caso Wagner-Nietzsche (¡y sus pequeños nietzschezitos!).

Johannes Brahms
El director también recuerda el genio de Bruckner, heredero de todos los medios artísticos del romanticismo, y a Haydn, por medio de un himno escuchado en la lejanía que le conduce a una emotiva –y panteísta- reflexión; o a Brahms, en otro esclarecedor y fundamental escrito; un autor de “evolución intensiva” más que “expansiva”, siempre en contraposición con una música “del futuro” que, ironías del destino, ha acabado envejeciendo rápidamente. Furtwängler también reflexiona sobre el papel de las grandes orquestas (con sus sonidos distinguidores), por ejemplo, con respecto a la impostada escisión entre la denominada “música seria” y “de entretenimiento”; o entre las interpretaciones “creativas” o aquellas que se muestran “fieles a las notas”. El director plantea la cuestión de hasta qué punto es más importante la fidelidad filológica que el espíritu, y seguidamente proporciona su modélica respuesta. Todo ello, junto a otros aspectos igual de interesantes, como son el surgimiento y expansión del jazz, o la música grabada para gramófono.


Una música, en definitiva, que siempre será música en la medida en que el intérprete sepa comprenderla y comunicarla. Así, el valor distinguidor cultural de, por ejemplo, El cazador furtivo de Weber, coexistirá y hallará acomodo en el seno de una civilización cada vez más “global”.

Representación de Los Maestros Cantores

Otra cuestión interesante es la idoneidad o no de la ejecución completa de determinadas obras “con variaciones”, como son El arte de la fuga o El clave bien temperado de Bach. Además, advierte Furtwängler del peligro de que la vida musical sea organizada por quienes nada saben de música, junto con el divorcio de los autores “actuales” con el público. Recuerda el autor que el buen artista es un ser vinculado con la comunidad (esa idea de que el pueblo está formado de manera difusa por zoquetes es inexacta; pueblo somos nosotros, a pesar de algunos de esos zoquetes).

Añade con sumo acierto Furtwängler que si pese a todos los esfuerzos de críticos, teóricos e historiadores, no se ha logrado destruir el genio artístico, es señal de que el arte es aún una necesidad real para todos (pg. 113). Ahora, bien, también recuerda el autor que una obra de arte verdadera plantea una serie de exigencias a sus receptores; les exige estar a cierta altura (cultural), y a escapar de la prisión de lo trivial, para así poder hacer frente, “en igualdad de condiciones”, a unas teorías que se tornan más “populares” cuanto más necio y primitivo es su contenido (pg. 254).

El director y compositor dedica reflexiones muy acertadas a esta última cuestión, por ejemplo con respecto al contenido de Los maestros cantores de Viena. Y recordemos, al hilo de lo dicho, y como caso in extremis, su carta-respuesta a Goebbels, el temible y trastornado ministro de “propaganda” que fomentó el odio al extranjero, un problema focalizado en el deseo de expulsar a Hindemith de Alemania.

Beethoven

Para Furtwängler, musicalmente hablando, el ser humano responde a la ley del efecto más que del afecto, ya que, como añade, la asimilación de una obra (una sinfonía) supone una exigencia inusual para el oyente moderno, solo dispuesto a captar los efectos momentáneos. Es decir, que algo se ha perdido durante el proceso; tal vez, el interés por un pasado bien entendido. Como para este oyente pasivo solo existe el momento presente, se explica que puedan reaparecer como nuevos, argumentos que ya fueron escritos, y para colmo con bastante mejor fortuna. Aquí, el carácter cíclico de la cultura resulta devastador.

Y es que, como recuerda el músico, no es la carencia de fallos o el grado de audacia lo que da la medida de importancia de una obra, sino la fuerza y grandeza de su enunciado. Además, la ciencia histórica ha supuesto que el arte moderno, por el hecho de existir, debe ser la expresión más adecuada para nuestra época, pero un arte que ayer estaba vivo, no puede estar muerto hoy de repente (pg. 215).


El pensamiento de Wilhelm Furtwängler es lúcido y tiene aún más cabida a día de hoy. Se trata de una modernidad que sorprende. En Sonido y palabra propone unas formidables exegesis que se basan en la experiencia personal, en una ejecución nunca igual así misma, pero siempre sostenida por los mismos principios e ideales (“ser actual” y hacer “música viva” no es lo mismo). Es el legado de un hombre que nos ayudó a comprender que los clásicos no son necesariamente obras cerradas, sino que siguen teniendo mucho que decir, siempre que se esté dispuesto a escuchar. Además, como curiosidad, ¡también sabremos cuál fue la primera (gran) sinfonía que dirigió! (pg. 101).

Escrito por Javier C. Aguilera "Patomas"


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