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30 junio, 2018

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Faro en Formentera, fotografía de LJ
El calor parece haber llegado para quedarse con el mes de junio. Y han llegado también las vacaciones académicas, aunque aquí no nos queremos detener. Durante este mes nos habéis acompañado con asiduidad, como en anteriores ocasiones, aunque debemos destacar la cantidad de comentarios que nos habéis dejado y que os agradecemos. Hemos tenido más de 14000 visitas y los seguidores se han mantenido: Blogger, con 179, en Twitter con 611 o en nuestra página de Facebook, con 175.

El cine ha sido eje de nuestro mes de junio. Desde absolutas joyas inolvidables como El precio del poder (Scarface) hasta últimos estrenos como Con amor, Simón. También hemos ido desde cintas independientes como Captain Fantastic hasta un blockbuster como Jurassic World.

Todo ello sin olvidarnos de la literatura, con un repaso a dos obras de Calderón de la Barca, ni de la música, con un repaso a la carrera de Vangelis.

Brian de Palma y Al Pacino en el rodaje de Scarface
Esperamos seguir deleitándoos durante el verano aún con más contenido que estos últimos meses. Os animamos a comentar vuestras opiniones y a disfrutar, sobre todo, de la cultura.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Seguimos recomendando canales de Youtube que consideramos interesantes, en este caso sobre ciencia: CdeCiencia, que en su último vídeo ha colaborado con Jaime Altozano para explicarnos las razones por las que nos gusta la música.



"El jarrón da forma al vacío y la música al silencio"
                  - Georges Braque (1882-1963)




Música Inolvidable (XXXV): Vangelis

27 junio, 2018

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El compositor griego Evangelos Odysseas Papathanassiou (1943), Vangelis para los amigos melómanos, no solo ha influido en el cine o en la llamada música New Age; realmente, lo ha hecho en la misma imaginación. Aunque particularmente, estas taxonomías musicales no me convencen, y prefiero hablar de conjuntos o de autores, lo cierto es que Vangelis pertenece a una época tanto como a un movimiento, el de la música cósmica y electrónica, donde encontramos a figuras tan señeras como los sustanciales grupos Kraftwerk y Tangerine Dream, el vibrante Jean-Michel Jarre (1948), el ensayista de la paráfrasis sideral Tomita (1932-2016), el espiritual Deuter (1945), el discotequero -en el mejor sentido- Giorgio Moroder (1940), o el maestro precursor del clásico moderno, Walter Carlos (luego Wendy Carlos; 1939).


Ellos dignificaron el sintetizador, cada uno en su estilo, unos años antes de que este se introdujera en nuestras vidas, de forma definitiva, por vía del pop (lo que sucedió hacia 1981 u 82, ya como un componente claramente establecido).

En el caso de Vangelis, esta andadura comenzó con un grupo de rock sinfónico llamado Aphrodite’s Child (1968-1972), junto a Demis Roussos (1946-2015). Sin embargo, pronto adquirió dominio e independencia, aunque las colaboraciones con su paisano no se interrumpieron, al punto de ser Demis Roussos la exótica voz que acompaña algunos de los inolvidables pasajes de la partitura para Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Otras bandas sonoras de interés, que se beneficiaron del cálido sonido envolvente y sugestivo del compositor, fueron la afamada Carros de fuego (Chariots of Fire, Hugh Hudson, 1981), Desaparecido (Missing, Costa-Gavras, 1981, estrenada al año siguiente), 1492, la conquista del paraíso (1492, Conquest of Paradise, Ridley Scott, 1992) o Lunas de hiel (Bitter Moon, Roman Polanski, 1992).

A lo que podemos añadir el acompañamiento vitalista (primordial y reflexivo), dado a los documentales del francés Frederic Rossif (1922-1990), a los que pasaremos a referirnos a continuación, musicalmente hablando.


Dejando a un lado los primerizos y algo esquivos trabajos en solitario del músico, como Amore (1973), de la que aún aguardamos una buena edición en CD, la primera pieza imprescindible del compositor es la banda sonora de uno de los documentales de Rossif, L’apocalypse des aniamux (El apocalipsis de los animales, 1973), que contiene la conocida Petite fille de la mer (La pequeña hija del mar, cuyo enlace proporcionamos al final de este artículo). Una ensoñadora y “debussiana” creación, que ya despliega las texturas más características y armónicas de su autor. Le siguieron Ignacio (también conocido como Entends-tu les chiens aboyer?: ¿Oyes a los perros ladrar?), de 1974, el cenital Heaven and Hell (1975), recordado por servir de estratosférica apoyatura musical a la célebre serie de televisión Cosmos (1980), del inquieto Carl Sagan (1934-1996); Albedo 0’39 (1976), contenedor de los estupendos y muy televisivos Pulstar y Alpha, y uno de mis trabajos favoritos del autor, Spiral (1977), con el inigualable y melancólico To the Unknown Man (igualmente, al final de este artículo), sin olvidar el místico y conceptual China (1979).

Muy conocida de aquellas fechas, en sí mismas, todo un dechado de creatividad para la mayoría de compositores e instrumentistas, es Opera sauvage (1979), nuevo trabajo para Rossif, en el que destaca el evocador Himno y L’enfant (El niño), posteriormente utilizado en la película de Peter Weir (1944), El año que vivimos peligrosamente (The Year of Living Dangerously, 1982).

A esta primera melodía le puso hermosa voz la compatriota Nana Mouskori (1934), con letra en italiano, en la versión titulada Ti amero (1986); así como en francés, respecto al tema principal de Desaparecido, Tu m’oublies (1986). A su vez, su asociación con el cantante Jon Anderson (1944) legó trabajos y canciones tan reconocibles como las contenidas en los álbumes Short Stories (1980), The Friends of Mister Cairo (1981), Private Collection (1983), otro predilecto para mí, por contener el bello tema instrumental Horizon, y el bonito aunque menos conocido Page of Live (1991), que en muchos sentidos, anticipa el posterior Voices (1995), para el que esto suscribe, el mejor trabajo de Vangelis en la década de los noventa. Demostrando con todo ello una prolífica inspiración, lo que no solía ser demasiado habitual.


No quiero dejar en el tintero otras creaciones de Vangelis. Junto al desconcertante -por dodecafónico- Beaubourg (1978), y el relativamente áspero Mask (1985), aunque con un retentivo tema central (el segundo movimiento), cabe tener en consideración las apreciables Antarctica (1983), Direct (1988), regreso al Vangelis más intuitivamente electrónico, con temas imprescindibles como Elsewhere o Glorianna, y el inquieto y pegadizo The City (1990), con otro tema reposado, después de tanto ajetreo urbano, similar al blues de Blade Runner, llamado Procession. The City es, merced a esa radiografía ciudadana, otra tentadora y excitante entrega del talento de Vangelis.

Junto a sus ya mencionadas obras con Rossif, también destacan Sauvage et Beau (Salvaje y bello, 1984) y La fête sauvage (Fiesta salvaje, 1976), que incorpora sonidos africanos que, una vez más, nos trasportan a la realidad de otra dimensión; en esta ocasión, en los confines del Kilimanjaro.

Como podemos observar, además de escuchar, la relación de Vangelis con el cine, sea de ficción o documental, ha sido fructífera, resultando lógico que la narrativa fundamental del siglo XX, que es la cinematográfica, se acompasara a la calidad de aquel periodo tan inventivo. Incluso su último y muy recomendable trabajo de estudio, guarda relación con una misión espacial real, ficcionalizada a través de la partitura. Un recorrido minimalista e hipnótico que se presta a banda sonora, y en el que la protagonista es la sonda Rosetta (2004-2015), en el álbum de igual título, de 2016.


Pero en la inspirada carrera de Vangelis también sobresalen otros empeños, no por soterrados menos estimulantes. A mí me sucede con el biodiverso y medioambiental (¡o micro ambiental!), Soil Festivities (1984), ideal para cualquier día de lluvia, o en el que se anhela una buena tormenta. U Oceanic (1996), que es todo un canto a los profundos misterios del mar, filtrados por el recuerdo de las películas de Esther Williams (1921-2013). O El Greco (1998), nuevo monográfico, dedicado esta vez al gran pintor y estilista residente en España, de origen e ingenio comunicantes (1541-1614).

Por todo ello, Vangelis es definidor de un periodo, que como todo buen artista traspasa. No en vano, una época se puede vivir y revivir. En sus melodías, la atmósfera quieta y la electrónica más orgánica se abrazan con afectuosa armonía. Vivir para escuchar, para prestar atención. Es lo que siempre nos ha dicho Vangelis.


La pequeña hija del mar (1973)


Salvaje y bello, tema principal (1984)


Al hombre desconocido (1977)





Para el sábado noche (LXXI): El precio del poder (Scarface), de Brian de Palma

22 junio, 2018

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La atracción por el mal, por el lado oscuro o salvaje, ha sido transitada por los realizadores desde que el cine es cine, al igual que sucede en otras artes. A ello podemos sumar la característica, netamente humana, del personaje malo-bueno que, en contraposición con quienes le rodean, se granjea el favor del respetable (algo así como el ladrón que perpetra un golpe y al que no deseamos que atrapen). En definitiva, son biografías abocadas al desastre que, reales o ficticias, no dejan de estimularnos.

En el caso que nos ocupa, el biografiado es Antonio Montana (Al Pacino), en la ficción de El precio del poder (Scarface, Universal, 1983), un monumental retrato de cuerpo entero con familia al fondo, que parafrasea de forma respetuosa el original de Ben Hetch (1894-1964) y Howard Hawks (1896-1977), Scarface (Universal, 1930; estrenada en 1932). A ambos, guionista y director, está dedicada esta afortunada actualización, lindante con el género del terror.

En cuanto al personal que rodea a Antonio, o Toni Cara Cortada, y que casi lo hace bueno, oscila entre el jefe del departamento de narcóticos, Mel Bernstein (Harris Yulin), los matones que le envía Frank López (Robert Loggia) para ajustarle las cuentas, al Club Babylon (escenografía de Ferdinando Scarfiotti [1941-1994]), los que a su vez le manda el narcotraficante Alejandro Sosa (Paul Shenar), incluyendo su sicario particular, Alberto (Mark Margolis), y el círculo de “amigos” de este último, todos ellos en cargos muy influyentes. Podemos añadir algún que otro banquero que apenas sale de su asombro pero que se suma a la fiesta (Dennis Holahan).

Todo ello, armonizado con la vibrante música del estupendo Giorgio Moroder (1940) -lo lamento por los puristas-, la restallante fotografía de John A. Alonzo (1934-2001), el deslenguado guion de un encarrilado Oliver Stone (1946) y, por descontado, la espléndida labor de dirección de Brian de Palma (1940).


El realizador pone en funcionamiento todo su bagaje -¡su arsenal, cabría decir!- en materia cinematográfica, como demuestra el movimiento circular en su inicial presentación y descripción del personaje principal, los fundidos a negro, grúas que ralentizan la tensión del plano, imágenes de acercamiento o alejamiento, la cámara que focaliza el plano general en una persona, sea Toni cuando ve por primera vez a Elvira (Michelle Pffeifer), sea su hermana Gina bailando (Mary Elizabeth Mastrantonio), o el blanco de una ejecución, como el ex mandatario Emilio Revenga (Roberto Contreras); o en fin, el expresivo empleo del plano-contraplano entre Toni y el camello Héctor (Al Israel), que marca el distanciamiento entre ambos y su cruda falta de entendimiento.

Pero recapitulemos. Antonio accede a los EEUU entre una multitud que, liberada del paraíso cubano, arriba a la tierra de promisión. Tras un periodo de cuarentena en un campo para refugiados, encorsetado entre un amasijo de autopistas, Antonio y su amigo del ejército Manny Rivera (Steven Bauer), van escalando puestos trabajosa pero inexorablemente. Como contrapartida, la madre de Antonio se negará a reconocer las intenciones cargadas de buenas razones de su hijo, lo que no sucederá con la hermana, atraída por ese ofrecimiento envenenado.

Según el propio Antonio, en ese plano-secuencia inicial, se fijaba en encarnaciones como las de James Cagney (1899-1986) o Humphrey Bogart (1899-1957); el Cagney de Al rojo vivo (White Heat, Raoul Walsh, 1949), y el Bogart de Calle sin salida (Dead End, 1937) u Horas desesperadas (The Desperate Hours, 1955), ambas de William Wyler (1902-1981). Esta apreciación es una forma de rendir tributo a los clásicos del género.


Antonio comenta, además, a los policías que le interrogan con brusquedad, a su llegada a Miami, que su padre era norteamericano, con lo que el suyo es más bien un retorno. Significativamente, la primera imagen que tenemos de la ciudad, propiamente dicha, es la del paisaje que sirve de anuncio a un restaurante; de forma simbólica, representa el estancamiento o espejismo del sueño americano para nuestros protagonistas.

Algo que precede y se pone en marcha durante el descarnado enfrentamiento con los traficantes colombianos, en un hotel de la costa (mientras dan por la tele Terremoto [Earhquake, 1974], del bueno de Mark Robson [1913-1978]). Todo un barullo que pondrá a Toni y a Manny en contacto con Frank López, traficante a su vez, pero portador de cierto código de lealtad (hasta que se le inflan las narices, claro).

Sin embargo, su campechanía es evidente. Todos me llaman Frank, se ufana, desde los muchachos del equipo juvenil de beisbol que patrocina, hasta los fiscales de esta maldita ciudad. Sincero es, no cabe duda.

De igual modo, Antonio es descrito tanto por las imágenes de la película como por él mismo. Por ejemplo, cuando asegura no poseer apenas cultura, pero sí agallas (él dice otra cosa), y cierta ecuanimidad (no mata -y es verdad- a quien no se lo tiene más que merecido, ¡destinatarios de la droga aparte!). Según él mismo, merece el mundo con todo lo que contiene.


Y en efecto, es esta una característica que se traslada a la propia filmación, su desmesura. Cuando tienes el poder, tienes el dinero, y cuando tienes el dinero, tienes a las chicas, le espeta Toni a Manny. Su hiperbólico existir, ilustrado por ese tigre en el jardín, es fiel reflejo de lo que acontece en la película: droga, alcoholismo, avidez envuelta en neón, toda una dependencia de la infelicidad. En suma, un hastío del dinero y de darle a la coca, que De Palma visualiza en el plano con grúa que muestra a Antonio en la soledad de su portentosa bañera redonda.

Más aún, el paralelo con el movimiento circular del principio del relato (casi una premonición), acontece en un restaurante donde todo ese tedio y apatía salen a relucir. Estando colocado, Toni enarbola su discurso del “malo”, pero la ironía, que tantas veces imita a la historia, consistirá en que la pillada de Toni Montana es a causa de la evasión de impuestos. El principio de su fin y de casi todos los que le rodean. Algo que López ya le advirtió, al decir que el mayor problema es saber qué hacer con tanto dinero.

Junto a la escabechina perpetrada en el Club Babylon, tampoco podemos dejar de mencionar la excelente secuencia en que la vida de un abogado, su esposa y sus hijos, pende de un hilo (o un cable), merced a una bomba instalada en los bajos de su vehículo. Imágenes cargadas de angustia donde, a pesar de todo, sale a relucir la parte menos negativa de Antonio Montana.


Película de contenido realista, El precio del poder es una de las más crueles y despiadadas narraciones sobre el mundo de la droga. No quiero decir con esto que no las haya habido más violentas, gráficamente hablando: desde entonces a esta parte se han sucedido los horrores, aunque me temo que más por nerviosismo y malformación cinematográfica que por afinidad temática. Lo que distingue, precisamente, a El precio del poder, es su contenida y clásica planificación, al punto de que Brian de Palma no sacrifica los puntuales pero estratégicos momentos de quieta tensión, de relativa pausa, como sucede en los prolegómenos al asedio de la mansión de Toni Montana. Así, la película presenta unos marcados claroscuros, pero prescindiendo de la estética noir, si bien, incluyendo el alivio cómico de algunas notas de humor negro.

De este modo, el realizador no confunde acción con crispación cinematográfica, como demuestra la ejemplar filmación, el montaje, y un empleo del sonido que es, asimismo, un sangriento indicador. Ello, pese a que el exceso forma parte, como digo, de la personalidad (y particular coraje) de Antonio Montana, que no se fija límites y lo cree controlar todo. La ambición ha sido su primera adicción.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Jurassic World, de Colin Trevorrow

18 junio, 2018

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La fascinación que los dinosaurios han provocado a las distintas generaciones de los últimas décadas tuvo su proyección cinematográfica más atractiva en Parque Jurásico (1993), de la mano de Steven Spielberg (1946). Sin embargo, no era la primera vez que Spielberg estaba ligado a un proyecto sobre dinosaurios, ya fue productor de la primera entrega de la entrañable saga de animación En busca del valle encantado (Don Bluth, 1988) y tampoco su película fue el  único motivo por el que muchos niños se sintieran atraídos por estas criaturas, cuyo trágico final y sus vivencias anteriores a la existencia del ser humano han suscitado un interés único para la humanidad. Debido a ambos factores, y dado que nos encontramos en una época de rescates nostálgicos, también llamados remakes, reboot o secuelas, no nos debe extrañar que la saga fuera recuperada recientemente con una cuarta entrega: Jurassic World (2015).

Aprovechando la distancia temporal con la película original, la propuesta argumental es un mundo en el que, tras los acontecimientos de la primera entrega, se ha retornado a la isla Nublar para crear un parque como deseaba John Hammond (Richard Attenborough, cuyo personaje aparece mencionado y como estatua, al estilo de Walt Disney en los parques temáticos de la compañía).


El parque, financiado por Simon Masrani (Irrfan Khan), se llama Jurassic World y se ha convertido en un foco turístico muy beneficioso. A su vez, la presencia de los dinosaurios es aprovechada para experimentar con ellos, en una doble vertiente: estudiar su comportamiento e incluso domarlos, como pretende Owen Grady (Chris Patt), o intentar crear nuevos seres a partir de la manipulación genética, como pretende el doctor Henry Wu (B.D. Wong, rescatado de la película original) con el fin de crear criaturas aún más atractivas para el gran público... o quizás para un público más selecto: el militar.

Comenzamos nuestra visita al parque a través de los ojos de dos hermanos, Gray y Zach Mitchell (Ty Simpkins y Nick Robinson, respectivamente), siguiendo así con los paralelismos, que son varios. Ambos son sobrinos de la gerente del parque, la fría y distante doctora Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), que los dejará solos por las atracciones mientras ella se ocupa de una nueva criatura creada por la manipulación genética: el Indominus rex. Sin embargo, la forma de criar a esta criatura, como reverá Owen Grady, así como el conjunto de genes que le otorgan unas habilidades inesperadas, provocará que el dinosaurio se rebele y consiga crear el caos en el parque.


A pesar de las apariencias, la película está descafeinada A diferencia de aquellas escenas de cierto suspense terrorífico que logró Spielberg con los velociraptores, en esta no llega a existir tanta tensión: las víctimas resultan obvias, los protagonistas se salvan de forma continua y absurda, tampoco faltará el deus ex machina que tan simpático pudo resultar en Parque Jurásico, pero que aquí se ha convertido en un recurso más que manido y que representa bastante bien la falta de ideas que se encuentra en esta obra.

Es más, mientras que en aquella se jugaba con lo desconocido, esta cae en el error de resultar llamativa por los fallos tan pueriles que cometen sus personajes, todo por seguir una crítica contra el tejido empresarial que ya hasta resulta más que aburrido. Como de nuevo la vigencia de un representante del ejército, o peor, un mercenario, cegado por sacar beneficio de la situación. Maniqueísmo aún peor que en la original, dado que al menos allí existía un carisma del que aquí carecen la mayoría de personajes.


En este sentido, hay una falta de equilibrio en el desarrollo de los personajes. Owen Grady no pasa de ser un héroe arquetípico, que es honesto y honorable, que valora a la fauna con respeto y que rechaza los métodos tanto militares como empresariales voraces. Además, es capaz de salir de cualquier situación con ingenio y con una personalidad que casa bastante bien con el actor, tanto que podríamos sentir que estamos viendo al Star Lord de Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014) en un universo alternativo donde nunca hubiera abandonado la Tierra (sensación que se acrecienta aún más en la secuela). La protagonista, Claire Dearing, es un personaje inconsistente e incoherente, que pasa de ser una empresaria fría y distante, incapaz de abandonar los tacones o de lidiar con los mosquitos, a una especie de aventurera algo asustadiza e incapaz de controlar sus impulsos. Incluso podemos considerar que nunca llega a tomar el control de la situación como debiera, ni toma una decisión adecuada, por ejemplo, respecto a sus sobrinos.

Hay un intento de desarrollo emocional entre los niños, aunque se trata de un intento vacío y previsible de unión fraternal en la discordia. Si la aparición de niños en las entregas ha sido generalmente criticado como un defecto, aunque sea ya un elemento prácticamente imprescindible de cada entrega, lo cierto es que su rol en esta obra queda muy alejada de los hermanos Murphy en Parque Jurásico, a pesar de que aquellos pudieran resultar más pesados, al menos lograban una evolución más coherente y cohesionada además de tener algunas escenas memorables. Por supuesto, por la pantalla desfilan personajes prescindibles y sin carisma, sin faltar el antagonista maniqueo de turno o alguna muerte absurda por la forma en que se realiza.


En definitiva, Jurassic World intenta repetir la fórmula, pero con menor calidad y más dosis de ridículo en sus resoluciones. Hay homenajes a la saga incluso con la aparición estelar de las instalaciones originales o ciertas reminiscencias musicales, pero apenas cuenta con secuencias memorables, coherencia, evolución de los personajes o carisma más allá del arquetipo. Hay una carencia de sentido lógico por parte de la mayoría de personajes y el final queda abierto en exceso, a la espera de una evidente segunda entrega. Con todo, se puede rescatar algunas ideas que podrían haberse desarrollado más, como el adiestramiento de dinosaurios, o que algunas secuencias de acción se sitúan en la espectacularidad que se espera de un blockbuster. Obviamente, no se trata de una obra que pretenda ser profunda, pero lo que en los noventa podía resultar aún novedoso o válido, en esta época ha quedado ya repetitivo y cansino. Es decir, esta entrega pierde el carisma y el alma de la original, a pesar de no dejar de seguir sus pasos.


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