Animando desde Oriente (X): Tokyo Godfathers, de Satoshi Kon y Shôgo Furuya

24 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios
En el ser humano hay espacio para el peor acto de maldad y para el mejor acto de bondad. La cara y la cruz del ser humano se presenta en las formas más inesperadas y nos golpea de forma constante, tanto para bien como para mal. Con el tiempo, nos hemos ido acostumbrando a las malas noticias, a lo desagradable, a una brutalidad que aceptamos con normalidad. Y así nos rodean las historias de asesinatos, guerras y demás locuras ejercidas por la mano de una persona igual que nosotros. Nos podemos hacer los sorprendidos, pero al cabo de los días tan solo será una página más del periódico que tirar. Como la acción anónima de quienes deciden actuar en favor de los demás.

En fechas navideñas resulta sencillo envolvernos de cierta calidez sustraída de la nostalgia de una época más inocente de nuestra vida y del deseo de recrearlo con quienes nos rodean. También parece convertirse en el momento propicio para querer un cambio de rumbo en la vida, de cara al año que está por nacer. Una ocasión idónea para realizar examen de conciencia, repasar nuestro pasado para evitar repetir en el futuro los mismos errores. Y tratar a la vez de conseguir algún acto que nos reconforte como tan solo lo hacen las buenas acciones.

Quizás por todo ello, y a pesar de las excepciones existentes, la Navidad es también un buen terreno para la ficción tierna, conmovedora y catártica. Para los cuentos con los que reconfortarnos de toda la crueldad que ha hecho mella en nosotros a lo largo del año, aún cuando creemos que la ignoramos.


El malogrado Satoshi Kon (1963-2010), cuya trayectoria vital y profesional fue cercenada por un cáncer de páncreas, dejó en sus últimas palabras publicadas una única mención a una de sus películas y era, precisamente, la que hoy comentamos: Tokyo Godfathers (2003). Acertaba a mencionar el director que en la vida no parecen producirse milagros tan casuales como los que acontecen en la trama, pero que, por su propia experiencia, incluso en nuestra realidad hay espacio para esas maravillosas coincidencias. Este hecho resulta curioso, dado que en la carrera de Kon, esta obra se podría considerar una pieza menor al compararlas con la complejidad de otras películas como Perfect Blue (1997) o Paprika (2006). Incluso que seguramente sea la menos personal, a pesar de basarse en una de sus historias y haber coescrito el guion con Keiko Nobumoto,  dado que no estuvo solo en la dirección, sino que compartió ese puesto con Shôgo Furuya, habitual animador de Ghibli cuya incursión como codirector en esta cinta ha sido la única de su carrera hasta el momento.

Viajamos hasta una Navidad indeterminada en Tokio, que empieza a estar cubierta por la nieve. Allí conoceremos a tres vagabundos que conforman un peculiar grupo: el gruñón Gin, un hombre adusto, con demasiado gusto por el alcohol, pero de buen corazón, el travesti Hana, dada a los excesos dramáticos y con ilusiones maternales truncadas, y la adolescente Miyuki, que huyó de su hogar y mantiene una actitud incrédula y poco afectiva. Los tres malviven como pueden, recibiendo ayuda de asociaciones religiosas, como se nos muestra en el prólogo con una organización cristiana, o rebuscando en la basura. Será en una de esas incursiones, mientras discuten entre ellos, cuando descubran a un bebé abandonado. Tras debatir la situación, los tres emprenderán la búsqueda de sus padres, una búsqueda que les llevará también a desvelarse a sí mismos.


El argumento nos puede recordar a Tres padrinos (John Ford, 1948), aunque si bien hay quien ha observado esta relación, considerándola casi como una adaptación, ambas obras tienen un carácter personal e independiente, a pesar de sus semejanzas. Precisamente, Tokyo Godfathers sabe erigirse como un cuento navideño al estilo de algunas obras reconocibles bajo este género, como Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946). El hecho que origina la trama es considerado desde el inicio por los personajes como un crimen horrendo, el abandono de una vida inocente a la muerte. Uno de esos acontecimientos que encabezan ocasionalmente el telediario y que nos sobrecoge y sorprende siempre. Y aunque lo lógico, como se remarca en varias ocasiones a lo largo de la película, hubiera sido acudir a la policía, nuestros protagonistas deciden buscar una respuesta a la pregunta clave: ¿por qué?

Esa será la pregunta que sobrevuela toda la narración. No debemos olvidar que estamos ante tres vagabundos que representan por sí mismos motivos de rechazo para la sociedad, como también se encargarán de recordarnos ciertas escenas, incluyendo las llamadas de atención por su mal olor. La cuestión será descubrir cómo acabaron así y enfrentarse por tanto a su pasado como no lo habían hecho antes, todo a raíz de una decisión que altera sus vidas cotidianas. Las casualidades también se prestarán para que se produzcan los reencuentros necesarios, incluyendo actos sorprendentes de los que logran salir ilesos, como un atentado contra un miembro de la yakuza, un camión estrellándose en una tienda o una alocada persecución por la ciudad que aumenta la emoción y la intensidad del último tramo.


No obstante, la calidad de Tokyo Godfathers no reside tanto en lo que podríamos esperar de cualquier cuento navideño, como el examen de conciencia, la buena suerte o el final redentor, sino también en cómo muestra las relaciones de sus personajes y el otro lado de la sociedad que esperábamos ver, un lado oscuro, de rechazo y hasta de violencia sin sentido. En este sentido, no hay polarización entre buenos y malos, sino personas que se equivocan, pero que tienen la oportunidad de rectificar. El mejor ejemplo de ello será Gin, que comenzará tratando de exponer una versión trágica de su vida para engañar a Hana, pero en el fondo para tratar de salvarse, de evitar recordar que tomó decisiones que le llevaron a la autodestrucción.

El momento determinante será cuando se enfrente a una representación de su futuro, como si acaso se hubiera encontrado con el fantasma de las navidades futuras de la célebre obra de Dickens. Por su parte, la actitud melodramática de Hana le sirve para ocultar sus verdaderos sentimientos, sentimientos que no requieren de exageración, sino de intimidad. Por último, Miyuki se enfrentará de forma continua a lo que significan las relaciones entre padres e hijos, no solo en lo que significa ser una hija y sentirse defraudada por su padre, sino también en lo que significa el amor hacia la descendencia, a pesar de cualquier diferencia. Los tres se convierten en los sorprendentes héroes de una historia que atraviesa momentos poco creíbles, pero que entran dentro de la lógica de los milagros que no comprendemos. Y que hasta nos hacen sonreír por su candidez.


Aunque el dibujo no resulte tan agradable como resultan, por ejemplo, las películas del estudio Ghibli, siendo en este sentido más cercano al de Akira (Katsuhiro Otomo, 1988), no le falta calidad; al contrario, brilla en este apartado. Para empezar, la recreación de la ciudad de Tokio es sorprendente, sabiendo no solo mostrarnos su paisaje urbano, sino también sus diferentes ambientes vitales. Por otra parte, la expresividad de sus personajes, que pueden llegar a resultar grotescos sobre todo en el caso de Hana, pero que logra adaptar a la perfección aquello que quieren transmitir en cada momento.

En conclusión, un viaje que pretende regocijarnos, pero sin ocultarnos los lados más ásperos de nuestro mundo. Se erige así como un prisma de posibilidades con el que es casi imposible no llegar a sentir cierta empatía. Uno de esos cuentos para adultos ideales para esta época que, sin llegar a buscar la trascendencia o la profundidad de otras obras, optan a quedarse como un referente en su género y en nuestra memoria.

Escrito por Luis J. del Castillo





Música Inolvidable (XXXII): Connie Francis y Dean Martin

22 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios
A lo largo de nuestras simpáticas y muy sintomáticas cuatro estaciones, hay asuntos, o topics, como algunos se empeñan en decir ahora, que resultan cíclicos, pues se repiten anualmente casi desde que el mundo es mundo. En primavera, el florecimiento de los consejos para sobrellevar las alergias y la subsiguiente alteración de la sangre. En verano, época muy provechosa en este sentido, la inmersión en todo lo relacionado con los chapuzones y la digestión, los aires acondicionados, las quemaduras solares, las perseidas, el beber mucha agua y el descenso del paro, efecto curiosísimo y oportuno que solo parece producirse con la llegada del calor.

Pero además, la canícula nos invita a sobrellevar la palurdez de quienes intoxican el aire, hasta entonces libre, al elevar hasta el máximo el volumen de sus obras maestras musicales; que para eso ellos están en su derecho, como el resto lo estamos de tener que dejar de leer, actividad que, como es sabido, es tarea pasada de moda. Lo curioso del caso es que ni la música es escuchada ni los tertulianos en cuestión son capaces de poder conversar con semejante alboroto, salvo alzando la voz, en un interminable círculo ruidoso.


Además, según algunos medios de comunicación, últimamente se ha puesto de moda el no saber qué hacer con los hijos durante el periodo vacacional. Como mascotas desvalidas, estos se enfrentan a la creciente memez de sus progenitores. Y si no, para eso están el colegio o las otras actividades extraescolares, que permiten quitarse el problema de encima (en verdad parece que algunos solo procrean con el único objetivo de legar al mundo una discutible herencia genética, de la cual pasan a desentenderse a continuación).

En otoño, se dejan caer el síndrome post-vacacional, el caduco libro de autoayuda sobre la vejez y la identidad, o la llamada “astenia otoñal”, es decir, el cambio de hora, primo hermano de la pesadumbre ante el desprendimiento de la hoja… Por lo visto, debo ser de los pocos españoles que no se deprime obligatoriamente con la llegada del otoño.

Y en fin, en invierno, los patinazos sobre el uso “racional” de la calefacción y el sempiterno sonsonete acerca del consumismo: también debo ser de los pocos españoles a los que, según parece, aún no han obligado a entrar en ningún comercio a punta de pistola para obligarme a comprar algo que no deseara.

En definitiva, un conjunto de constantes y periódicas paparruchas. Pero volviendo a la estación que nos ocupa, si existe una época del año en la que, además de poder reflexionar, nos lo podemos pasar bien (si no nos chafan la festividad), celebrando el solsticio sin necesidad de renunciar o sustituir el resto de tradiciones culturales (se sea creyente o no), esa es, sin duda, la Navidad.

Así pues, pongamos remedio a tanto desatino recurrente trayendo a colación a otros dos intérpretes clásicos para recordar, en compañía de nuestros lectores, lo más granado de los grandes temas navideños.


A pesar de una vida tanto de éxitos profesionales como de fracasos personales, la cantante norteamericana Connie Francis (1938) sigue siendo una de las voces más paradigmáticas de las décadas de los cincuenta y sesenta. Su álbum navideño se tituló Christmas in my heart (MGM, 1959) y se inicia con toda una explosión de alegría gracias a O come all ye faithful (Adeste fideles), cantada en inglés y en latín; a la que le siguen otros temas igualmente conocidos por todos, bien acompasados por los coros y la orquesta (no consignaré los nombres de los compositores y letristas por haberlo hecho en repetidas ocasiones en artículos anteriores, salvo para autores que no recuerde haber citado hasta ahora).

Una especial melancolía desprende la interpretación del célebre Have yourself a merry little Christmas, a modo de canción de cuna. Estilo intimista al que se suman Silent Night, The First Noel, I’ll be home for Christmas, O little town of Bethlehem, The Christmas Song, The Lord’s Prayer (tema poco difundido de Albert Hay Malotte [1895-1964]), The Twelfth Night, Winter Wonderland y, por supuesto, White Christmas.

Una voz sensacional para una inolvidable -en el mejor de los casos, cosa que deseamos- época del año, que, además, culmina con una de las mejores versiones del Ave María de Franz Schubert (1797-1828) que servidor haya escuchado nunca, y conozco algunas. Otra asombrosa es la de Barbra Streisand (1942), en su álbum de Navidad de 2001; aunque como curiosidad complementaria, The Lord’s Prayer es igualmente interpretada por la gran cantante en el que fuera el primero de sus álbumes de navidad: Christmas Album (CBS, 1967). Volviendo a Christmas in my heart, este Ave María ofrece la claridad de timbre de la voz suprema de Francis, más una perfecta dicción, a la que supongo ayuda su ascendencia latina (su María no es “Marría”, gracias a Dios).

Ave María (Connie Francis, 1959)

A Marshmallow World (Dean Martin, 1966)

El otro intérprete al que nos referiremos esta Navidad es el cantante y actor Dean Martin (1917-1995). Buen actor y buen cantante, cabría subrayar. Y prueba de lo segundo es su álbum de Navidad. La intimidad de las versiones de Connie Francis encuentra un complemento ideal en las cantarinas y ágiles orquestaciones del Christmas Album (Reprise, 1966) de Martin. Como muestra, las melódicas I’ll be home for Christmas, Jingle Bells, Blue Christmas, Silent Night, White Christmas o Baby, it’s cold outside, de Frank Loesser (1910-1969).

Perteneciente al celebérrimo y desaforado Brat Pack, en pertinente definición de Lauren Bacall (1924-2014), según fuentes bien informadas, Martin hace uso de sus dotes como crooner para ofrecer sus animadas versiones de temas como Let it snow, Winter Wonderland, Jingle Bells, Rudolph, the Red-Nosed Reindeer, o de los menos conocidos aunque agradecidos I’ve got my love to keep me warm de Irving Berlin (1888-1989), Marshmallow World, de Peter De Rose (1900-1953) y Carl Sigman (1909-2000), A Winter Romance, de Sammy Cahn (1913-1993) y Ken Lane (1912-1996) y The Christmas Blues, de Cahn y David Holt (1927-2003); muchos de ellos incorporados a la moderna edición en CD del primer disco navideño del cantante, A Winter Romance (Capitol, 1959).

Espléndido balance para quien falleció, tal vez por justicia poética, un 25 de diciembre. Y con Connie Francis (también nacida en diciembre) y Dean Martin, les deseamos a todos los lectores de Baúl del Castillo una feliz Navidad, que es como nos gusta denominar estas fiestas.

Escrito por Javier C. Aguilera


Men in Black (Hombres de Negro), de Barry Sonnenfeld

19 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios
A pesar de todo lo que creemos conocer, tan solo la seguridad en nuestros conocimientos nos ofrece un mundo de certezas que pueden ser destruidas cuanto más confiemos en ellas. La auténtica ignorancia radica en la falta de duda, en el exceso de confianza en lo que creemos conocer. La prueba más simple de esta afirmación la encontramos en la propia historia, en la confianza que demostraban nuestros antepasados en hechos que hoy consideraríamos ridículos e infantiles. Ahora bien, el exceso de celo, de incredulidad, también nos lleva al miedo, a la incertidumbre y a la búsqueda incauta de explicaciones no solo poco satisfactorias, sino temerarias.

Sirvan estas palabras para adentrarnos en el siempre entretenido debate sobre la soledad del ser humano en el universo y cómo esta particular idea nos ha proporcionado centenares de historias de todos los formatos, desde aquellas que surgieron solo para nuestro ocio hasta aquellas que sirvieron para reflejar nuestras virtudes y defectos, para plantear un mundo entero de hipótesis y posibilidades. Aunque hoy, no hablaremos de una obra que se incluya entre estas últimas, sino más bien en una comedia que decide ofrecer respuestas paródicas al mundo del conspiracionismo: Men in Black (Hombres de Negro) (Barry Sonnenfeld, 1997).


Partiendo de la figura de los hombres de negro, personajes habitualmente referenciados en las teorías de la conspiración como parte de una organización gubernamental que se encarga de eliminar las evidencias de fenómenos paranormales, incluyendo la llegada de extraterrestres, Lowell Cunningham creó una serie de cómics bajo el sello de Marvel. Una obra de tono oscuro y escabroso, que no retrataba a sus protagonistas como una entidad bondadosa, sino como agentes que rozaban y a veces superaban los límites morales en sus métodos. Aspectos del argumento original que se limaron al extremo en la adaptación dirigida por Barry Sonnenfeld (1953), antiguo director de fotografía de los hermanos Coen que cuenta en su filmografía, aparte de la trilogía iniciada con esta película, con La familia Addams (1991) o la vapuleada Wild Wild West (1999).

En el inicio de la película somos testigos de la aparición de dos agentes de los Hombres de Negro en la frontera entre México y Estados Unidos a la caza de un alienígena, momento en que uno de ellos decide retirarse por su avanzada edad. Posteriormente, el policía James Edwards (el siempre carismático Will Smith) persigue a un delincuente que resulta ser un extraterrestre. Tal encuentro provoca el interés de la organización por James, sobre todo del agente K (un solvente Tommy Lee Jones), que apuesta por él para ser su compañero al haber conocido sus habilidades, a pesar de la actitud rebelde e informal del que será conocido como agente J. A través de los ojos del policía, conoceremos mejor el funcionamiento de la organización de los Hombres de Negro, ajena a cualquier gobierno y encargada del control de los extraterrestres en la Tierra. En su primera misión, deberán dar caza a un Insecto (Vincent D'Onofrio) cuyas acciones ponen en peligro al planeta entero.


Ya advertimos a raíz de nuestro comentario de Los cazafantasmas (1984) que aquella era una película que, a pesar de presentar un argumento de aventura fantástica, en esencia era más una comedia. Sucede lo mismo con Men in Black, que podríamos encajar en el perfil de una buddy movie, o el subgénero conocido como buddy cop, dos agentes que tienen que combatir el crimen, en este caso alienígena, aunque ambos tengan una personalidad distante. Por una parte, tenemos al meticuloso, estricto, frío y serio agente K, que ejerce su labor de la forma más profesional posible y sin meditar sus acciones más allá de para obtener el fin deseado. Por otra, el novato agente J, inexperto ansioso e indisciplinado que no mide las consecuencias de sus actos, pero valiente y atrevido incluso en las situaciones más peligrosas. 

Esta combinación provoca el resultado cómico al comparar de forma continua las interferencias entre ambas formas de ser: las continuas sorpresas y meteduras de pata de J en un mundo que le resulta novedoso, ahí tenemos el gag del desastre causado en la oficina por usar un objeto extraterrestre o el potente efecto inverosímil que tiene su diminuta pistola, frente a la tranquilidad y calma con la que K actúa incluso aunque sus acciones puedan resultar ridículas a simple vista; por ejemplo, cuando comienza a zarandear a un perro para interrogarlo. Aunque a su vez, ambos se afectan mutuamente. Como descubriremos, K tiene un matiz melancólico relacionado con la forma en que entró a los Hombres de Negro y, a pesar de su frialdad, la humanidad de J le hará recapacitar, aunque a regañadientes, de su actitud en ciertas ocasiones, como la reescritura de la memoria con el neuralizador. Conforme avance la película, J se habrá adaptado a este nuevo mundo habiendo aprendido las lecciones de K para ser el agente que debiera.


Por otra aparte, aunque volveremos a algunos puntos de la comedia, la película también tiene momentos puntuales de seriedad, como uno de los diálogos entre J y K deriva en una crítica hacia el sistema, mostrando la visión de la masa como un ente peligroso por encima de la individualidad (por cierto, una escena que, a pesar de gustarnos, nos parece introducida con calzador dentro del montaje). Tampoco falta dentro del humor la crítica al gobierno como incapaz o entrometido así como un último gag que trata de transmitir que a pesar de nuestra sensación de grandeza, ocupamos un espacio ínfimo en la inmensidad del cosmos.

Retornando al mundo de la parodia, el argumento principal es la persecución de un villano extraterrestre con el fin de evitar que cumpla su objetivo. Para ello, se nos ofrecerá tanto aspectos de la investigación de los Hombres de Negro, incluyendo la visita a distintos personajes extravagantes sobre los que la organización mantiene su vigilancia, como el camino que recorre el Insecto desde su accidentada llegada a la Tierra hasta su enfrentamiento con los protagonistas. En todo este proceso, encontramos un apartado cercano a lo asqueroso. Por un lado, se recurre con facilidad a chistes basados en el uso de mucosidad, por otro, se sobreexplota la repulsión que transmiten los insectos, sobre todo las cucarachas. Precisamente, uno de los puntos fuertes de Men in Black es su trabajo en el maquillaje y en los efectos especiales, logrando que el Insecto resulte asqueroso en su forma humana o que los distintos extraterrestres logren resultar creíbles.


Cabe mencionar que el humano poseído por el Insecto se encuadra dentro del típico retrato del granjero borracho, un perfil habitual dentro de los que avistan los OVNI y suelen ser cuestionados por ello, aparte de, como se evidencia, la relación nefasta y machista con su esposa. Que este tipo de personaje acabe por convertirse en un involuntario parásito o invasor de la Tierra encaja a la perfección. Por otra parte, es necesario nombrar a otros dos personajes del plantel, empezando de forma necesaria por Laurel Weaver (Linda Fiorentino), forense que reaparecerá de forma continua en la película, siendo una de las principales afectadas por la aventura. En ella se producen varios tópicos: se convierte en el interés amoroso de J, se erige como una dama en apuros aunque más avispada que el protagonista y, a la vez, logra convertirse en una heroína que también lucha y salva a los demás. Por último, una mención al jefe Z (Rip Torn), cuyo rol es ofrecer una voz con autoridad dentro de la impersonal organización.

En otros apartados, la música está bien llevada por el habitual compositor de Tim Burton, Danny Elfman, que junto a aspectos como la dirección artística o el maquillaje le valió la triple nominación a los Óscar, alzándose ganadora del último. En cuanto al ritmo y al montaje, a pesar de nuestras apreciaciones, la película tiene momentos bajos, que pueden causar desinterés, incluso con algunos gags que se notan forzados y otros que pueden resultar demasiado infantiles. También se repiten varias situaciones que pierden la fuerza humorística inicial e incluso hay un exceso en el retorno a los mismos escenarios, como es el caso de la morgue. Por último, la película transita entre diferentes tonos sin decidirse por uno en concreto, desde cierto ámbito gamberro hasta ocasiones ácidas.


Si bien es cierto que sabe unir sus detalles argumentales, que cuenta con momentos divertidos, incluso algunas escenas icónicas, con efectos logrados y espectaculares y con referencias y guiños a algunos de esos grandes mitos conspiracionistas, Men in Black no tiene la entereza suficiente para llegar a ser una gran película. Aunque no le falte carisma para ser una comedia atractiva de ciencia ficción con la que poder entretenerse cualquier tarde aburrida.

Escrito por Luis J. del Castillo





Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de David Yates

17 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios
Hay creadores que acaban atados a sus creaciones de por vida, incluso aunque en principio pudieran considerar que era tan solo un camino temporal. Este hecho no es negativo per se, pero acaba teniendo consecuencias. La autora británica J. K. Rowling (1965) es uno de estos ejemplos más evidentes en las últimas décadas. A pesar de que culminó la saga de Harry Potter con la séptima entrega en 2007, dejando aparte obras spin off surgidas para enriquecer la ambientación al ser libros dentro de la propia historia narrada, como Los cuentos de Beedle el bardo (2008), no solo ha seguido ligada al mundo mágico que creó, sino que según ha transcurrido el tiempo, se ha ido sumergiendo cada vez más en él, alejándose del nuevo perfil que estaba tanteando con resultados dispares. 

No obstante, que la ya célebre escritora retorne a su particular creación no tiene por qué derivar en un regreso triunfal. Es más, a veces ni siquiera dependerá de sus esfuerzos. Ahí tenemos, por una parte, la obra teatral Harry Potter y el legado maldito (Harry Potter and the Cursed Child, 2016; el autor es Jack Thorne basándose en una historia creada entre Rowling, el director John Tiffany y él mismo) y, por otra parte, el inicio de una nueva saga que ahonda en otros aspectos del mismo mundo: Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them, David Yates, 2016).


A partir de la obra homónima, un manual sobre las criaturas mágicas del universo ficticio de Harry Potter, a la par que una obra que aparece mencionada en la saga, J. K. Rowling se erige como guionista de la historia para mostrarnos las andanzas en el primer tercio del siglo XX del mago Newt Scamander (Eddie Redmayne). Este particular personaje se dedica a la investigación de las criaturas mágicas que pueblan el mundo, tratando tanto de conocerlas como de protegerlas, sobre todo de los prejuicios de sus compañeros magos. Ambientada algo más de medio siglo antes del nacimiento de Potter, no se trata de una precuela de sus aventuras, sino de otras historias ambientadas en este universo y relativas a personajes nuevos o, bien, a secundarios o mencionados en la saga original, como lo fueron Albus Dumbledore o Gellert Grindelwald.

De esta forma, seguimos a Newt a través de sus andanzas en la Nueva York de los años veinte, en un momento de cierta represión mágica por parte del MACUSA, o lo que es lo mismo, el Congreso Mágico de Estados Unidos, con el fin de evitar enfrentamientos directos con las personas no mágicas, que deben seguir ignorando su existencia. Sin embargo, Newt lleva consigo una maleta llena de criaturas mágicas, cuya propiedad en la ciudad están prohibidas, y no tardará mucho tiempo en meterse en líos, descubriendo la magia al muggle o no-maj, según el término estadounidense, Jacob Kowalski (Dan Fogler) y siendo arrestado por Tina Goldstien (Katherine Waterston). Tras una confusión digna de una comedia de enredos, varias criaturas de la maletín de Newt acabarán libres por la ciudad y dependerá de este particular grupo, Newt, Jacob, Tina y su hermana Queenie (Alison Sudol) devolverlos al maletín e impedir que afecten a la delicada situación de los magos.


A la vez, un grupo de no-maj liderados por Mary Lou Barebone (Samantha Morton) componen la Sociedad Filantrópica de Nuevo Salem, tratando de exponer a los magos para quemarlos en la hoguera, sin demasiado éxito. Junto a ella, su apocopado hijo adoptivo Credence (Ezra Miller) busca por orden del auror Percival Graves (Colin Farrell) a un niño con un gran poder mágico oculto, aunque sus intenciones son inciertas. Mientras, la amenaza del mago oscuro Grindelwald (Johnny Depp), tratando de instigar un enfrentamiento entre magos y muggles, pendula sobre Nueva York.

Como podemos apreciar, hay dos líneas narrativas, con sus múltiples matices en cuanto a caminos derivados, que no acaban por congeniar, aunque acaben entrelazados. Para empezar, encontramos una introducción que nos sitúa como amenaza principal del mundo mágico al mago oscuro Grindelwald, potenciando la idea de que hay cierto afán por emigrar para evitar a este villano. Sin embargo, esta introducción que emplea un montaje de titulares de periódicos, no sirve para transmitirnos el miedo que debería crearse en torno a este personaje. Es más, no se logrará en toda la película, dado que acabará pasando como un tema menor, salvando un hecho del tramo final que tan solo sirve para justificar las acciones de cierto personaje, pero sin haber creado nunca la sensación de auténtico peligro que debería derivarse de este tipo de magos. Si bien el plan cobrará sentido hacia el final de la película, no se ha profundizado en las motivaciones ni de una parte, ni de otra.


En este sentido, resulta bastante curiosa que detrás de Animales fantásticos y dónde encontrarlos esté el mismo equipo creativo de la franquicia de Harry Potter, incluyendo a la autora original. Señalamos esta cuestión porque muchos de los elementos que funcionaban y estaban bien engarzados y desarrollados en la saga del joven mago, aquí resultan bastos, indefinidos o sin fuerza. Por señalar un par de ejemplos, si en Harry Potter y la piedra filosofal (Chris Columbus, 2001) nos encontrábamos con un villano final poco evidente en principio junto a un Voldemort como figura que, a pesar de estar supuestamente muerto, seguía atemorizando a los magos corrientes o en Harry Potter y el prisionero de Azkaban (Alfonso Cuarón, 2004) se sembraban las dudas en torno a la inocencia o la culpabilidad de Sirius Black, aquí la sorpresa final en torno al villano está carente de fuerza y el intento de erigir a un antagonista ambiguo no se consigue, todo debido a un clímax demasiado brusco, tanto para el Obscurus como para lo relativo a Grindelwald.

Hay un exceso de confianza en rellenar huecos bien a posteriori, con las próximas entregas, como en la información que el fan puede conocer. Por una parte, es positivo, dado que no se da espacio para neófitos a la hora de afrontar este universo. En efecto, el mundo mágico ya no necesita apenas explicación y esto se evidencia en el uso de hechizos y elementos con celeridad en la historia, desde el principio; así, tal y como sucede con otras franquicias, al estilo de Star Wars, el espectador ya debería saber qué va a encontrar con respecto al mundo creado por Rowling. Sin embargo, si en la saga original con las aventuras de Harry Potter, tanto escrita como cinematográfica, dejaban un tiempo para la presentación de nuevos personajes y cuestiones de interés para la trama, aquí todo queda bastante reducido, partiendo del protagonista y culminando en el apartado ya mencionado del villano.


Siguiendo precisamente por la línea de las criaturas mágicas, nos encontramos con Newt, un personaje demasiado difuso para el espectador, con una personalidad introvertida que envuelve la actuación de Redmayne de una sutilidad que roza la inexpresividad. El problema no reside en este tipo de personaje, que hasta nos puede llegar a hacer dudar de cierto autismo o Asperger, incluyendo su obsesión con las criaturas mágicas, sino que nunca se nos abre, ni de forma directa, por sí mismo, ni indirecta. Hay una escena junto a Queenie donde se insinúa parte de su pasado y, como ya se ha hecho público por parte del director, será algo que se explore en próximas películas, pero en esta primera entrega no es suficiente. No se trata de que el personaje pueda resultar plano, sino que es falsamente profundo, falsamente porque su profundidad es debida más a incógnitas que a aquello que hemos podido ver en pantalla. Debido a este vacío, existe una desconexión entre público y protagonista.

En parte esa indefinición se extiende a otros personajes, como Tina, cuya situación en el MACUSA es comprensible y encontramos en ella a una persona honorable y leal a sus ideales, tan recta que acaba por ir incluso en su contra, pero con una evolución de altibajos. Tampoco se comprende su relación con Percival Graves, que parece estar muy pendiente de ella según se nos insinúa por varios planos, aunque nunca sabremos los motivos. Este auror es un misterio de por sí, retratado más bien por su cargo y por unas características mínimas que por informarnos de quién es realmente. Sus motivaciones las comprenderemos mejor al final, aunque la película nos ofrece varias pistas para los más avispados y seguidores de la franquicia, pero para ello habremos atravesado algunas escenas confusas en un doble juego entre el MACUSA y su extraña relación con Credence que apenas se entiende. En relación a este personaje, no se ofrece explicación alguna a por qué Newt sospecha sobre su identidad en su último encuentro.


Siguiendo con la construcción de personajes, la subtrama de Nuevo Salem es confusa, con personajes que pululan por escena sin mayor definición. Tan solo la presidenta de la Sociedad, Mary Lou, está definida por su fanatismo e intolerancia, aparte de una rigidez que la lleva a maltratar a sus hijos adoptivos, con especial fijación por Credence (un personaje poco atinado a la hora de intentar compadecernos de él). Junto a ellos, sus intentos por tratar de sacar a la luz a los magos nos lleva hasta un periódico con otra subtrama de una familia no mágica: magnate dueño del periódico con dos hijos, uno el deseado político y otro la oveja negra tratando de encontrar su espacio y lograr la admiración de su padre. Curiosamente, esto tendría relación en el tramo final con el miedo a la rebelión y el enfrentamiento entre el mundo mágico y el no mágico, pero esa amenaza ni siquiera se representa más que con la sorpresa de los segundos, disipándose todo interés en estos personajes y, por supuesto, resultando innecesarios. Al otro lado, el MACUSA, con su presidenta (Carmen Ejogo) al frente, representa los mismos valores negativos que el Ministerio de Magia en la saga original: secretismo, rigidez y negación de la realidad que les rodea, hasta que resulta demasiado tarde.

Por contra, salen ganando Queenie y Jacob por ser personajes muy bien definidos con pocas características. La aparente frivolidad unida a la inocencia y el uso de la legeremancia, o lectura de la mente, de Queenie no le aportan ningún trasfondo, pero logran erigir a un personaje adecuado tanto como desahogo cómico junto a Jacob, como contraparte del interés por la magia del no-maj, así como receptora de la tristeza o los pensamientos de Newt, en una de las escenas donde mejor se nos muestra la personalidad oculta, de tipo más melancólico, del protagonista. Jacob, por su parte, es un personaje agradable por su humor blanco, debido sobre todo a su torpeza dentro del mundo mágico como a su sorpresa y su capacidad para maravillarse de lo que descubre junto a Newt, Tina y Queenie. Prácticamente encontramos en él a una representación de los seguidores de la saga que la viven con ilusión, una ilusión propia de las cosas de la infancia y que logra que se erija como un personaje carismático. El hecho de que la historia de Jacob y Queenie parezca tener un cierre satisfactorio nos da una idea de cómo de bien ha funcionado su subtrama en un argumento general que, sin embargo, no lo ha logrado.


En definitiva, una cantidad de personajes cuyas historias se pierden y que no parece que vayan a ser relevantes en un futuro. Todo ambientado con una estupenda estética de los años 20 que sienta bastante bien al mundo mágico, con elementos muy reconocibles de la franquicia anterior junto a nuevas incorporaciones, sobre todo en el apartado de animales fantásticos, destacando el nuevo concepto de Obscurus. Esta cuestión es bastante interesante, dado que se incorpora a la idiosincrasia de Harry Potter con bastante acierto, como símbolo mágico de la depresión, la represión o el maltrato (aquí, igual que sucedió en X-Men 2 [Bryan Singer, 2003], hay quienes han observado cierto paralelismo entre la represión de la homosexualidad con la represión de la magia, y la depresión que puede derivarse de la misma, que incluso podría llevar al final fatal del suicidio; una interesante correlación de la que me gustaría dejar constancia). Además, puede ser un elemento recurrente en esta saga que comienza. El resto de criaturas resaltan por tener características tan particulares, que las individualizan y las hacen sentirse únicas. Sin duda, componen el apartado más espectacular de la película y, por momentos, de los más entretenidos, a pesar de que por sí mismos no ofrezcan un argumento de interés. Por cierto, buen rescate de elementos ya habituales en este universo como la poca fiabilidad que se puede tener en los duendes, incluyendo el interesante bar clandestino, o la esclavitud de los elfos domésticos

En Animales fantásticos y dónde encontrarlos existe una apuesta firme por tocar temas sociales de forma abierta, algo que sucedía en la anterior saga a veces de forma más sutil. Por la pantalla podemos notar desde la defensa del medio ambiente, en contrato la defensa animalista a través de las criaturas mágicas que protege y cría Newt, como críticas a la intolerancia, al fanatismo o al odio a lo diferente, representado sobre todo en las relaciones tensas, prohibidas y ocultas entre magos y no-maj, sin olvidar la aparición, crítica, de la pena de muerte como otra diferencia entre Estados Unidos e Inglaterra.


Sin embargo, como ya advertíamos, uno de los principales problemas de la película es la existencia de dos tramas que tratan de unirse, pero que tienen ritmos y profundidades distantes. Los animales fantásticos parecían ser el centro de la atención de la historia, pero casi llegan a convertirse en una distracción de una trama más oscura y potencialmente más interesante que no se desarrolla para seguir dándole espacio a las criaturas de Newt. En la indecisión por apostar entre una historia y otra, se logra un resultado desigual y desiquilibrado en ambas mientras que tratan de ocultar esas carencias con una espectacularidad innegable que, a veces, puede llegar a rozar la confusión visual.

Parece que al final no logra alcanzar su espacio, entre la comedia de enredos mágica, la búsqueda de criaturas mágicas al estilo buddy movie, el drama social o la aventura de consonancias más épicas. Las amenazas no se sienten como tales, apenas hay conexión con los personajes y tan solo la magia parece desplegarse sin miedo en una película que, como ya sucediera con la explosión de hechicería de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2 (2011), se permite toda la espectacularidad. En efecto, es ese universo, tiene ante sí todo un apartado único que explotar, pero carece de algo fundamental: alma, interés, fuerza dramática y catártica. Mueve sus temas, mueve a sus personajes y nos logra entretener incluso con tramos más aburridos, pero al final uno acaba quedando con sensación de vacío. Y no hay nada peor que plantearse si ha servido de algo recorrer el camino cuando lo has concluido. Habrá que esperar por si las próximas entregas remontan el vuelo.


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717