Noticias: Lobo gris, de James Nava, reeditado

08 noviembre, 2014

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Ya decíamos el año pasado por la publicación de El equipo ejecutivo que James Nava volvía con alguna nueva publicación sobre estas fechas. En esta ocasión, sin embargo, se trata de una vieja novela, Lobo gris, que ha sido revisada y ampliada para ser publicada por la editorial Sniper Books, De nuevo, nosotros nos hacemos eco de este hecho y os volvemos a remitir a la entrevista que le hicimos en nuestro Descubriendo.

La historia de Lobo gris nos remite a Jason Rovin, agente de la CIA que se refugia en un rancho de Montana tras huir con secretos clasificados. La amistad que entabla con Catherin Rush, bióloga que estudia a los lobos, le llevará a investigar unas misteriosas amenazas de muerte que les llevará ante milicias paramilitares lideradas por un terrorista neonazi.

Todas estas cuestiones, unidas a la cercanía de una creciente manada de lobos, llevará a nuestros protagonistas a una aventura al límite, combinando acción, sentimientos y humor.

Retomando el western y uniéndolo al thriller, James Nava propone una historia donde la político, el espionaje, la acción y hasta la ecología recrean una historia que ha atraído ya a muchos lectores en el mundo, pero ahora revisada, ampliada y reeditada. El autor ha deambulado por historias similares y demuestra cierto dominio de este género, algo a tener en cuenta para quienes busquen algo fresco en este apartado de la literatura.



No perdáis la oportunidad de acercaros a esta novela que forma parte de una producción consolidada. Podéis encontrarla en la página web de la editorial o en grandes plataformas, como Casa del Libro.

Lacombe Lucien, de Louis Malle

06 noviembre, 2014

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La reciente concesión del premio Nobel de literatura me ha sugerido la revisión de la película Lacombe Lucien (íd., Fox, 1974), dirigida por Louis Malle (1932-1995) y escrita por el propio Malle y el referido premio Nobel, el novelista francés Patrick Modiano (1945). La película contó además con la fotografía del notable Tonino Delli Colli (1923-2005).

El relato aborda sin duda un tema molesto (más aún en 1974), el de la participación o aquiescencia de una parte de la población francesa durante los años de ocupación nazi (de mayo de 1940 a diciembre de 1944). Más concretamente, en junio de 1944, en el suroeste de Francia y en una villa ubérrima, vive Lacombe Lucien (orden nominal según se rellena un formulario), interpretado por el malogrado Pierre Blaise (1955-1975).

Será la personificación de la cuestión en Lucien en lo que se centre el relato. De hecho, nunca somos testigos directos de los crímenes o las represalias, aunque sí contemplamos sus consecuencias. De igual modo y sintomáticamente, las fuerzas invasoras apenas se nos muestran en pantalla. Cuando aparecen es de modo tangencial, una llamada de teléfono, una patrulla que pasa… su peso en el relato es ese temor invisible, que es el motor opresivo que desencadena las circunstancias.

En definitiva, revisionismo histórico, pero sujeto a una objetividad, y no a memorias desmemoriadas para lo que a cada cual le interesa, en esa nueva inquisición que es la corrección política, émulo de aquello que se pretende “combatir” y principal germen de los totalitarismos. En este tipo de relatos tan humanos, ¿quién es realmente el adversario?


Un tema musical de Django Reinhardt (1910-1953) acompaña a nuestro personaje durante los créditos iniciales. Es la “cara visible” de la ocupación, porque ya antes el realizador se ha encargado de mostrar cómo Lucien mata a un pájaro con un tirachinas por el simple hecho de poder hacerlo (la superioridad es suya, la razón es lo de menos). No será el único animal que sufra igual destino a manos del joven provenzal (aunque sea por necesidades alimenticias: esos momentos se contraponen inevitablemente con la gratuidad del primer acto).

Por tanto, la ambigüedad moral queda fijada desde un principio. Lucien tampoco ve con buenos ojos la ayuda que su familia brinda a unos huéspedes (no admite ayudar a nadie salvo así mismo). El escenario de todo ello es el ambiente rural, siempre más propenso o lindante con la barbarie. Ritos atávicos conviven con una vida lacónica y unas artimañas ancestrales; bien empleadas estas, servirán al joven cuando tenga que colocar trampas para poder seguir alimentándose, hacia el final del relato. Después de todo, como recuerda un maestro de escuela, más para sí mismo que para Lucien, “para cuidar ovejas no se necesita ortografía” (aunque sí para distinguir otros conceptos).

Lucien es un personaje “primario” por nacimiento, que ha de convivir con aquellos que lo son por haber descendido a ese nivel de manera interesada.


La pasividad, el conformismo, el miedo, la supervivencia, son la “cara oculta” de la tan cacareada resistencia contra el invasor, que la hubo, si bien ha sido enormemente mitificada: otro equívoco “subsanado” por la obra maestra de Jean Pierre Melville, El ejército de las sombras (L’Armée des ombres, 1969). 

Lucien no es al único al que le da igual que ganen las potencias del Eje o los Aliados. En un mundo donde, ayer como hoy, lo que importa es la opinión prestada, Lucien comenta que “se dice que los judíos son los enemigos de Francia…” (aplico el subrayado). El certero retrato del muchacho hace ver que no tiene convicciones propias ni instrucción, pero sí puede tener el poder (y no solo el de no hacer cola). Es una coyuntura en la que la gente puede tomarse la revancha -en un círculo sin fin-: ex policías, ex docentes… personajes que se hablan pero rara vez se comunican, y que apenas interactúan.

Ahora bien, este “estado anímico” dará un vuelco cuando el ya colaboracionista trabe relación con la hija del sastre de origen judío que le confecciona un traje, y con este mismo (Aurore Clément y Holger Löwenadler, respectivamente). Su apego (también primerizo) por la chica, le irá haciendo tomar partido y vislumbrar el otro lado del espejo. Entre tanto y aún entonces, Malle muestra cómo las sensaciones están abotargadas. Lo pone en imagen en el modo en que Lucien y sus colegas engañan a la familia de un “hacendado”, haciéndose pasar por maquis o afines a la resistencia.


A todo ello contribuyen unos escenarios reales, de corte naturalista y desvencijado, y retratos mismos de la confusión ética (se comenta que un señor escribe para denunciarse a sí mismo). Junto a estos, el detalle del pequeño ataúd tallado en madera que recibe la madre de Lucien (Gilverte Rivet) o el hecho de que cuando el chico se prueba su traje nuevo, lo que le preocupa es dónde poder colocar su arma.

En cualquier caso y aunque parezca lo opuesto en cuanto a intencionalidad, podemos incluir la película en la línea de obras tan representativas y estimables como Los verdugos también mueren (Hangmen also die, Fritz Lang, 1943) o Esta tierra es mía (This land is mine, Jean Renoir, 1944). Incluso podría emparejarse con la muy estimable El ojo de la aguja (Eye of the needle, Richard Marquand, 1981). Todas ellas comparten la descripción de la soledad y de un destino trágico.

Con parecida temática -y pese a que Lacombe Lucien fue nominada-, lograría Louis Malle un Óscar; pero eso será en otra ocasión.

Escrito por Javier C. Aguilera



Matrix, de Lana y Lilly Wachowski

04 noviembre, 2014

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Esta reseña comenta y explica cuestiones relativas al argumento. Atención, spoilers.

A finales del siglo XX aparecía una película que gozó del gusto de la cultura popular y que parecía consolidarse como una original y gran película de ciencia ficción.

En realidad, las hermanas Wachowski consiguieron reciclar ideas de distinta índole, fusionando filosofía, psicología y ciencia ficción para crear una película de acción que tuviera todos esos elementos, además de gozar de novedosos efectos especiales y el "efecto bala", que aunque ya había sido empleado en alguna película con anterioridad, se popularizó a partir de este film.

Las directoras se dieron a conocer con esta película en 1999, prosiguiendo con una trilogía que se cerraría en 2003 con The Matrix Revolutions. Han continuado de manera posterior con películas relacionadas con el control estatal, como es el caso del guión de V de Vendetta (V for Vendetta, 2006), u otras de carácter también filosófico, adentrándose en la condición humana a través del tiempo, como fue el caso de la seguramente infravalorada El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012).

La historia de Matrix comienza con un diálogo entre los créditos de inicio, donde se da la sensación de una sociedad vigilada, para pasar después a una escena de acción donde se notará que algo extraño sucede, especialmente en las habilidades de Trinity (Carrie-Anne Moss). Sin embargo, donde da comienzo es con Neo, pseudónimo de un hacker que trabaja como programador informático, llamado Thomas A. Anderson (Keanu Reeves, que encaja bastante bien en este papel dentro de su limitada capacidad expresiva dado que encarna a un personaje perdido en una realidad nueva, aunque su opacidad nos impida acercarnos emocionalmente). El espectador tomará el punto de vista de este personaje, que desconoce lo que sucede a su alrededor y la revelación de lo que es Matrix le supondrá un duro golpe, como podría suponer para cualquiera descubrir que toda su vida ha sido mentira. Quizás por ello, se empleará el nombre de Neo en contraposición a Anderson, el nombre por el que lo llamará el antagonista agente Smith (Hugo Weaving, en un papel que le otorgó cierta fama, antes de su periplo por la Tierra Media en El señor de los anillos y en El hobbit, y que sería el primero de sus colaboraciones con las Wachowski).


Hacia la mitad de la película, se nos desvelará que Matrix es un mundo creado a partir de un programa informático, fruto de una guerra entre máquinas y humanos que llevó al casi exterminio de la humanidad en favor de su reconversión en fuentes de energía para las inteligencias artificiales que controlan el mundo real. El personaje de Morfeo (Laurence Fishburne) servirá de guía a Neo, además de intentar descubrirle su destino, idea continuamente rechazada por el personaje, aunque en el momento en que la acepte, tras su encuentro con el Oráculo (Gloria Foster), sea precisamente cuando incumpla su profecía personal, una completa ironía que hará cumplir, sin embargo, el destino que tanto Morfeo como Trinity le habían impuesto por sus propias ideas. A raíz precisamente de esto surge un forzado romance que podía haber sido innecesario, aunque otorga cierto carácter especial al amor en una película donde no parecía relevante.

La película no tiene mayor contenido, salvando el último tercio, en el que contemplaremos la traición, bastante evidente, de un miembro de la tripulación y el posterior rescate de Morfeo de las manos de los agentes de Matrix, en lo que será la epifanía del Elegido y las secuencias más espectaculares de acción, explosión de helicóptero incluída.


 En este sentido, podríamos notar la sensación de que es una película incompleta, ya que deja puertas abiertas que se intentaron cerrar en las continuaciones, The Matrix Reloaded y The Matrix Revolutions (2003 ambas), aunque estas no resultaron tan del gusto de los espectadores como la primera, al menos de forma general. Por lo demás, se trata de un film notable en cuanto a sus efectos, pero normal en cuanto a su desarrollo, quizás por eso se alejó de los grandes premios para acabar consiguiendo los puramente técnicos.

Tampoco destacan en exceso las actuaciones, aunque el trío principal, Neo, Morfeo y Trinity, encajan perfectamente en sus papeles, especialmente con esa mezcla de estética prácticamente gótica, al igual que el antagonista, opacado por sus callados compañeros. El resto desfilan por la pantalla sin mayor participación; ni siquiera nos influirán las muertes de algunos de ellos, aunque la escena goce de cierta crueldad.


Matrix no presenta ideas realmente nuevas, no es original aunque lo pretenda y haya conseguido dar la sensación de que es así. Se trata más bien de un buen combinado, donde se consiguen exponer la filosofía platonista, según la cual el mundo físico no existe sino como la sombra de uno ideal, así como el neoplatonismo que llevó a la duda cartesiana o a que en el barroco se considerase que la vida terrena no era más que un sueño o un teatro (en ello tenemos los ejemplos españoles de Sueños y discursos [1627] de Quevedo o el teatro de Calderón de la Barca, esencialmente La vida es sueño [1635] y El gran teatro del mundo [1655]).

Tampoco la guerra entre máquinas y humanos es novedosa, si nos ceñimos a lo cinematográfico, Kubrick ya propuso en 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) la rebeldía de la inteligencia artificial, así como James Cameron compuso otra franquicia basada en la combinación de una guerra similar y los viajes en el tiempo, que se originó con Terminator (1984). Incluso encontramos el eco de los Replicantes de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en la confesión final del agente Smith a Morfeo, así como la idea de un mundo informático que atrapa a los humanos, por ejemplo, en Tron (Steven Lisberger, 1982), aunque sea también típica en algunos films juveniles, o la última ciudad de humanos, subterránea y post-apocalíptica.


Por otra parte, se recurre a la mitología en varias ocasiones, ya lo vemos en el propio nombre de Morfeo, referencia al hijo del dios del sueño griego. No obstante, donde encontramos mayor número de referencias mitológicas es en todo lo relacionado con el Oráculo, que incluye desde la incomprensión de sus revelaciones por parte del solicitante hasta el aforismo de origen griego "Conócete a ti mismo", que estaba inscrito en el Templo de Apolo, en la ciudad de Delfos, famosa por su oráculo. También el carácter mesiánico de Neo, a quien Morfeo parece ungir como el Elegido, pese al escepticismo de otros miembros de su tripulación.

Los conceptos psicológicos están presentes en algunos comentarios, por ejemplo, el monólogo de Cifra (Joe Pantoliano) cuando come un filete en Matrix y habla del poder de la mente para hacer que el cuerpo se sacie de un alimento que, en realidad, no existe. Por último, las referencias a la obra de Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (1865), para atraer a Neo y servir de metáfora al descubrimiento de la verdad de Matrix, así como la posible referencia al mundo de las drogas, con la elección de las pastillas roja y azul.


Todo esto que hemos comentado hasta ahora subyace en la película, lo cual es bastante interesante, dado que en ese sentido combina entretenimiento con un planteamiento que tiene sus antecedentes, por lo que no es tan original como se nos presentaba, y que podría ser más profundo de lo que es realmente. En definitiva, la acción más vacua a la par que de gran espectacularidad de disparos y artes marciales bastante logradas consiguen entretener mientras las hermanas Wachowski muestran un futuro entretejido de una idea filosófica clásica y en el que la informática, especialmente los mundos cibernéticos, incipientes en 1999, ha evolucionado de tal manera que controlan nuestra vida. Quizás no se alejaban tanto de lo que sucede realmente, en eso no les quitaremos el mérito.


Escrito por Luis J. del Castillo


My Fair Lady, de George Cukor

02 noviembre, 2014

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Inspirada en una de las metamorfosis de Ovidio (43 A.C.-17 D.C.; libro X), Pigmalion (1913) es -me empeño en seguir empleando el presente- una conocida pieza teatral del premio Nobel de literatura George Bernard Shaw (1856-1950). En base a esta, el músico Frederick Loewe (1901-1988) y el letrista Alan Jay Lerner (1918-1986) elaboraron, con las debidas licencias, el exitoso musical My fair lady (1956), que a su vez fue adaptado al cine por el propio Lerner, bajo la dirección de George Cukor (1899-1983), y la supervisión personal del presidente y productor de Warner Bros., Jack Warner (1892-1978). La adaptación y dirección musical corrió a cargo de André Previn (1929) y la fotografía, de Harry Stradling (1901-1970), siendo filmada la película en SuperPanavision70 (en formato cinemascope).

Al comenzar, el relato nos presenta al profesor Henry Higgins (Rex Harrison) metido en plena faena. Es tenido como una especie de Sherlock Holmes de la filología, ya que gracias a la fonética es capaz de “adivinar” la procedencia de sus interlocutores, en este caso, los trabajadores del mercado de Covent Garden en Londres. Pese a estas dotes “portentosas”, estos saben que no se trata de un policía, porque lleva zapatos de calidad.

El certero humor inglés salpica el guión adaptado de Alan Jay Lerner sobre su propia adaptación. Esto es claro en la figura de Alfred Doolittle (Stanley Holloway), un padre que no puede “permitirse el lujo de la moralidad” y que, para colmo, se ve convertido, muy a su pesar, en todo un ricachón. O también en el hecho de que al telefonear el coronel Pickering (Wilfrid Hyde-White) a un amigo del Ministerio del Interior, hayan transcurrido… ¡treinta años! desde la última vez que se vieron, situación que se resuelve con la mayor normalidad y flema británica.


Pero ese día (o esa noche), el motivo de las atenciones de Higgins será la florista Elisa Doolittle (Audrey Hepburn), la hija de Alfred. La joven será el conejillo de indias del profesor debido a una apuesta con su colega en letras y oficial del ejército, el citado coronel Pickering, acerca de si será capaz o no de lograr que Elisa “hable bien”, haciéndola pasar incluso por una “verdadera dama”.

Elisa ha acudido a la casa de Higgins, en la calle Wimpole número veintisiete, como recuerda una de las más bonitas canciones del musical, acuciada por unas palabras del profesor referidas a ella: “la lengua la mantendrá en el arrollo hasta el final de sus días”. En efecto, junto a la humana aspiración de desear “cambiar”, está el hecho de que el hablar “bien” es como el resultar atractivo, se tiene casi todo el trabajo hecho, aunque ambas características constituyan siempre un arma de doble filo.

Por su parte, Higgins es expeditivo, sarcástico y como él mismo reconoce, “egoísta por soltería, o soltero por egoísmo”. Ha contraído matrimonio con lenguas y dialectos, por lo que se interesa más por la ciencia de la lingüística que por las personas. También según él mismo, ha decidido huir de la estupidez… ¡con razón está continuamente irritado!


En cualquier caso, Elisa Doolittle solo avanza cuando siente el necesario estimulo. Como muchos profesores, además de ser un gran erudito en su materia, Higgins habrá de aprender a enseñar. Pero en un principio, solo sustituirá el palo por la zanahoria. Elisa comprenderá pronto que la instrucción recibida no la ha hecho necesariamente más feliz, y también habrá de aprender a escoger por sí misma.

De hecho, no basta solo con saber hablar, hay que saber de qué hablar, razón por la que la ex florista se pregunta “¿para qué sirvo yo?, ¿de qué me sirve la preparación?”, unas cuestiones que no se había formulado anteriormente, pues no había tenido necesidad de ello.

Es hermosa la secuencia en que Elisa vuelve a contemplar los lugares de los que procede, como el mercado. Pero ya no es la misma persona, ahora es consciente de que las palabras pueden hacer daño o esconder la debida consideración. Tratarla como a una dama o como a una florista será entonces un extremo casi tan personal como de los demás, aunque, como suele ocurrir, tanto alumna como profesor aprenderán por igual, y en el final abierto de la historia, al menos ambos personajes podrán acabar siendo buenos amigos (personalmente rechazo la interpretación de que la vinculación vaya más allá).


Al referido mercado de flores, frutas y verduras, se suman en la versión cinematográfica de My fair lady (Warner Bros., 1964), el escenario minimalista aledaño al hipódromo de Ascot, cuya secuencia solo puede entenderse en clave del citado humor inglés; el salón de la casa de la madre del profesor Higgins (Gladys Cooper) y, desde luego, la formidable casa del propio Higgins, toda una torre de cristal (más que de Babel), de innegable atractivo escenográfico, donde el filólogo pasará de una elocuente reclusión a cierta “apertura espiritual”.

A estos excelentes decorados hay que sumar los importantes “detalles” de los aparatos que el profesor emplea para sus labores lingüísticas: varios gramófonos, una rudimentaria grabadora a tinta, un xilófono para acentuar la entonación de la lengua y hasta unas bolitas bucales para practicar con la pronunciación.


George Cukor filma las consabidas coreografías con claridad y pragmatismo (que no es igual que “funcionalidad”), en base al encuadre ancho, por medio de leves grúas y travellings que facilitan el ritmo del número musical, atrayendo la atención hacia buenos detalles de puesta en escena (un carro que sube y baja, una maceta que cae… en una representación teatral digamos clásica, solo los actores suelen moverse).

Destaco además la (como no) elegante secuencia del baño de Elisa Doolittle por parte de las doncellas de Higgins, en la que el vapor va inundando progresiva y “convenientemente” el cuadro (la imagen).

Rex Harrison, Audrey Hepburn y George Cukor
La mítica de la Hepburn (sin demérito hacia esta) a menudo hace olvidar a los mitómanos lo espléndidos que están el resto de actores. A estos, debemos añadir el gran esfuerzo de producción de todo un equipo de profesionales del ámbito de la decoración, el maquillaje o el vestuario. Armonizando el conjunto están, lógicamente, la genialidad de las letras de unas canciones, a su vez, pegadizas y con sustancia.

My fair lady, obra teatral originaria, musical y película, juega de forma efectiva con la idiosincrasia de los roles y las personas, algo que las canciones se encargan de potenciar maravillosamente y de forma divertida. También lo hace con el idioma, por ejemplo, cuando respecto al inglés, Higgins asegura que “en América hace años que no lo hablan”, y en cuanto al francés, “les da igual lo que uno diga con tal de que se pronuncie bien”.

Escrito por Javier C. Aguilera


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