El autocine (I): La mujer y el monstruo & Tarántula, de Jack Arnold

26 mayo, 2014

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Hace algunos meses dedicamos varias entradas al cineasta Jack Arnold (1916-1992), entre las que se contaban el comentario a la jubilosa Vinieron del espacio (It came from outer space, 1953), y a la rotunda El increíble hombre menguante (The incredible shrinking man, 1957). Ya entonces me rondó la idea de concentrar otros títulos del género de ciencia ficción bajo el paraguas de un epígrafe general, que bien podría titularse “El Autocine”, en homenaje a toda una época, la de los Drive-In, y a unos productos específicos y entretenidos, pero en los que también cupieran otros títulos, tanto anteriores como posteriores.

Me ha parecido entonces oportuno retomar para esta inauguración, otras dos realizaciones señeras del cine de Arnold en particular, y logros muy destacables del género en su conjunto.


Bajo el mecenazgo del productor William Alland (1916-1997), y con guión de Harry Essex (1910-1997) y Arthur Ross (1920-2008), La mujer y el monstruo, o El monstruo de la Laguna Negra (The creature from the Black Lagoon, 1954, Universal), muestra en su inicio una imagen del planeta Tierra en formación, a la que sigue el momento del “milagro de la vida” emergiendo de las aguas. Ya en nuestro presente (histórico), un paleontólogo descubre en un estrato perteneciente al devónico, cuarto periodo de la era paleozoica, una garra fosilizada. Estamos en el Amazonas.

El sorprendente descubrimiento convoca a un grupo de colegas formado por geólogos, ictiólogos (Kate: Julie Adams) y biólogos marinos (David: Richard Carlson), a los que inevitablemente se sumará el potentado financiador, un tipo obsesivo y contumaz, Mark (Richard Denning). Representante por antonomasia del éxito comercial y mediático a cualquier precio, Mark se enfrenta al resto de sus compañeros, es decir, a la visión que fija su interés en esa “otra” forma de adaptación al, in illo tempore, nuevo medio terrestre.


La narración va al grano, tras el ataque al campamento que custodiaba el perímetro del descubrimiento, por parte de una de las criaturas antediluvianas, que aún sigue viva, arriba la expedición científica por vía fluvial. Junto al dueño de la embarcación, Lucas (Nestor Paiva), el equipo toma contacto con ese otro mundo que es la Laguna Negra; curiosamente, un lugar tan inexplorado en la ficción como –casi- en la vida real (se trataba de una zona privada de los Everglades de Miami, Florida).

De modo que tenemos a unos expedicionarios que regresan al medio acuático, y que quedan retenidos por un obstáculo (el ramaje que obstruye el paso). Como saben los aficionados, Kate decide refrescarse en el agua, lo que da pie –y brazos-, a unas tomas acuáticas que logran transmitir el suficiente misterio y valor telúrico como para crear un rico suspense.

Una bella idea jalona este encuentro postergado durante eones. Durante el ballet de la bella y el monstruo, este último no se atreverá sino a rozar el objeto de su interés. Y tras este cortejo paralelo, acabará por ocultarse, momentáneamente.


Auténtico precedente en su concepción de Aliens y Predators, o en general, de la estupenda Parque Jurásico (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993), prístino homenaje literario y fílmico al cine de Arnold, el “Monstruo de la Laguna Negra” fue diseñado por Milicent Patrick (1915-1998), y vestido para la ocasión por los especialistas Ben Chapman (1925-2008), en tierra y Ricou Browning (1930-), bajo las aguas.

No podemos dejar de señalar el excelente plano que muestra a la “criatura” observando desde su prisión acuática. Su inteligencia es basta, pero el humano, más favorecido, suele sin embargo emplear la suya para ser el primero en atacar.


Entre el balance positivo de Tarántula (Tarantula, Universal, 1955), escrita por Martin Berkeley (1904-1979) y Robert M. Fresco (1930-2014), destaquemos que, nada más arrancar el relato, cuando aparece en pleno desierto una figura humana y la cámara nos la muestra de cerca, Jack Arnold evita el tópico inserto de un acompañamiento musical estridente (el típico susto). La música se incorpora poco después, cuando llegan los títulos de crédito.

Poco después sabremos que esa figura monstruosa que fenece bajo los rigores del desierto, es un biólogo, compañero de investigaciones del doctor Deemer (el siempre eficaz Leo G. Carroll), y más interesante aún, que las causas de su muerte se las infligió él mismo (aunque no lo veamos, resulta lógico por lo que sí hemos visto).


La historia de la medicina es la historia de lo inusual”, comenta el doctor Deemer ante el sheriff Andrews (Nestor Paiva) y Matt Hastings (John Agar), el otro médico del pueblo. Al doctor no le mueven intereses egoístas, aunque egoístas acaben siendo -¿por naturaleza?- muchos de los actos de los seres humanos. Realmente, en su ánimo está el poder combatir la escasez de alimentos que, cada vez más, amenaza al mundo.

Previamente, ha tenido lugar una conversación entre Andrews y Hastings, que Arnold no filma de forma estática –en un decorado fijo-, sino mientras ambos personajes caminan por la calle, rumbo a la morgue. Y aún hoy, sigue siendo espeluznante contemplar a Deemer cuando pone las inyecciones a sus “pacientes”, momento que, además, se beneficia de un espléndido acompañamiento musical. El cuadro de personajes se completa con la resuelta Stephanie “Steve” Clayton (Mara Corday).


De nuevo encontramos el desierto como parte de un escenario tan enigmático como traicionero. Los personajes recuerdan que esa reseca pero milenaria tierra de Arizona, fue hace tiempo océano, aunque aún es huella de todo lo que fue. Y es que, como sucediera en la previa Vinieron del espacio, Jack Arnold reserva al lugar otro instante bien llevado, el de la parada –no premeditada- de Matt y Stephanie ante un roquedal.

Tras su derrumbe parcial, el suspense dará paso a una acción que se va encadenando sin descanso: la muerte del ganado, el análisis e implicaciones científicas del veneno hallado, el regreso al hogar de Tarántula… la lógica movilización general. Junto a ello, sobresale la feliz idea de la casa-laboratorio, aislada en ese vasto desierto.


También podemos considerar Tarántula como un magnífico ensayo previo con las proporciones, luego aplicadas a la soberbia El increíble hombre menguante (los animales mostrados a escala, Tarántula observando detenidamente por la ventana de la casa…). De igual modo cabe señalar el excelente trabajo con el sonido, que no se limita exclusivamente a la banda sonora -en la que, como en el título anterior, intervino Henry Mancini (1924-1994)-, sino al sonido del propio arácnido. Toda la cinta posee un estupendo acompañamiento musical.

Por otra parte, que el presupuesto no diera para que la tarántula destruyera la población -como prometía el cartel-, no nos debe hacer lamentar todo lo (eficazmente) mostrado hasta entonces.

Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (XXI): Rosa López

25 mayo, 2014

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Hoy se cumplen doce años del resurgir de España en el Festival de Eurovisión gracias a la revolución vivida a principios de la década con el éxito de Operación Triunfo, programa televisivo que lanzó al estrellato a un grupo de jóvenes cantantes en cuestión de meses. La primera ganadora del formato televisivo fue la granadina Rosa López, quien en un par de meses se convertiría en la Rosa de España gracias a su entrañable personalidad, su voz y su carisma. 

En marzo del 2002 fue elegida para representar a España en Eurovisión, iniciando a su vez una exitosa gira por toda España junto a sus compañeros de concurso. Todo ello junto a la grabación de su primer disco homónimo, Rosa (del que lograría vender más de medio millón de ejemplares en tan sólo una semana), y su preparación para representar a España en Eurovisión. Es por ello que ese vuelco tan impresionante en su vida hizo mella en la joven, que decidió tomarse un respiro para descansar y cuidar su garganta tras su paso en Eurovisión.

Espectacular evolución física de Rosa (2001-2014)
Su participación en esa edición de Eurovisión, celebrada el 25 de mayo en Tallín (Estonia), batió todos los récords de audiencia, figurando en el libro Guiness de los Records. A día de hoy, sólo ha sido superada por la victoria de España en el Mundial de Fútbol 2010. Su canción Europe's living a celebration, se convirtió en todo un éxito y en un himno de celebración español a lo largo de aquel año. Aunque finalmente quedara en séptimo lugar tras una vibrante y emotiva actuación, España recuperó igualmente la ilusión por dicho festival, no alcanzando desde entonces una posición tan elevada. 

Un año más tarde, completamente recuperada y ya asentado su éxito, publica su segundo trabajo discográfico, titulado Ahora y con una imagen renovada, acumulando de nuevo discos de platino y batiendo todos los récords de ventas. Su siguiente disco vería la luz en 2006, Me siento viva, con gran acogida por parte del público, mostrando una Rosa más madura, con una imagen impactante, con el pelo corto y una considerable pérdida de peso y un nuevo estilo. Atrás queda la joven tímida e insegura para dar paso a una nueva mujer. 

Actuación en Eurovisión junto a sus compañeros de OT como coristas
En 2008 publicó Promesas, un disco de versiones al margen del pop-dance al que nos tenía acostumbrados, producido por Jordi Cristau. Su primer single fue Júrame, una versión en castellano de la exitosa Promise me, de Beverly Craven. El repertorio contiene, además del primer single, versiones de Michael Bolton (How am I supposed to live without you), Whitesnake (Is this love), Black (Wonderful live), Foreigner (I want to know what love is), Scorpions (Still loving you), Dianna Ross (When you tell me that you love me), Chris de Burgh (The lady in red), Lionel Richie (Say you, say me) y Whitney Houston (Who would imagine a king). Dicho trabajo sólo necesitó tres semanas para convertirse en disco de oro. 

Su último trabajo, en el que recupera su apellido, titulándose Rosa López, supone otro cambio en su carrera, volviendo a la música de sus primeros trabajos y deleitándonos de nuevo con su voz inconfundible. Su carta de presentación ha sido una versión dance del clásico de Mari Trini, Yo no soy esa. Además, Rosa se estrena como compositora con una desgarradora canción, en la que desnuda una mala experiencia sentimental, titulada Amor amargo. Otra canción muy emotiva para ella será la de Todo te lo debo a ti, dedicada a su padre recientemente fallecido, y que interpreta a modo de balada intimista en su actual gira de teatros. Sin duda, en este nuevo trabajo descubrimos a una Rosa López que respira glamour por cada uno de los poros de su piel. Atrevida y dueña de sus propias emociones, Rosa nos muestra sensualidad y sofisticación a partes iguales, demostrando su libertad y que ya es toda una mujer.


Y es que, al igual que los mejores vinos, Rosa López mejora con los años. Si bien la artista debutó con un aspecto más bien descuidado, ahora, y tras someterse a una estricta dieta, no duda en presumir de curvas siempre que la ocasión lo permite. Sus cambios de imagen se vienen repitiendo durante los últimos años: rubia, morena, con melena midi o con el cabello a lo afro; Rosa se atreve con todo, aunque es, sin duda, con su actual aspecto con el que está recibiendo más halagos. No hay duda de que la artista atraviesa un gran momento personal y profesional, alcanzando la madurez en ambos sentidos. Tras algunos momentos complicados tras ganar el concurso de televisión, la joven ha pasado de ser el patito feo del panorama nacional a todo un cisne de elegante belleza. Así, aquella joven con sobrepeso que llegó a la Academia sin apenas haber salido de Andalucía, se desliza ahora por los teatros ofreciendo su música como una mujer orgullosa de su talento y de sus curvas.

Escrito por Mariela B. Ortega


El autocine (0): Presentación

24 mayo, 2014

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A MODO DE MANIFIESTO BLOGAL

Unas palabras previas si me permite el amable lector -pero que naturalmente puede evitarse, simplemente pasando al siguiente epígrafe-.

Cuando hace dos años Luis J. del Castillo me ofreció la posibilidad de colaborar en el blog que había fundado junto a su compañera Mariela B. Ortega, me interesó, además de volver a ejercitarme escribiendo, la posibilidad de poder ponerte en “comunicación” con un público tan disperso (en sentido espacial) como afín, porque significaba volver a actuar como –modesto- divulgador de aquellos asuntos y obras que particularmente nos gustan, a través de textos razonados –aunque no siempre se esté de acuerdo-, que focalizaran su esfuerzo no solo en el material literario, sino también en el musical o cinematográfico, aspecto último que, guste o no –que otra cosa es el desconocimiento que se tiene de él-, y pese a seguir siendo objeto de multitud de tópicos y toda (mala) suerte de lugares comunes, ha sido el arte definidor del pasado siglo XX por excelencia (del XXI aún no estoy seguro, aunque humildemente creo que, con toda probabilidad, no será el cine, que ya dio sobradamente lo mejor de sí, con todas las excepciones que se puedan sumar).


En segundo lugar, y creo poder hablar por los tres componentes del blog, nos anima el hecho de ofrecer un tipo de propuestas de análisis, acertados o no, pero personales, no de oídas; es decir, habiendo leído el libro (¡y no solo las solapillas!) y visto –o revisado por enésima vez- la película. Algo que puede parecer muy obvio…

En tercer lugar, y teniendo muy presente que la nuestra no tiene intención de convertirse en “la última palabra” de nada, está esa posibilidad de poder acceder a un buen número de aficionados, porque yo sí creo que –tristemente y todo lo que se quiera-, en estos momentos, lo que no aparezca en la red apenas si existe. Con todo lo injusto que esto pueda parecer para el material con soporte físico ya editado, de los que cada vez se acuerda menos gente (es la triste realidad que constato), y con todo el peligro que supone el quedar “perdido” entre el maremágnum de información que se encuentra en internet. Pese a ello, pensamos que merece la pena, y si no aspiramos a estar de acuerdo siempre con todo el mundo, si al menos a que nuestras opiniones sean respetadas; con eso nos damos por muy satisfechos.

(Dicho lo cual, en el Baúl somos un grupito de privilegiados que sigue gastando su escaso peculio en libros, como valiosos objetos físicos; de hecho, algunas de nuestras secciones glosan ediciones pasadas: el mercado del libro usado también representa a un determinado tipo de lector).


Cuarto, como no nos gusta el reduccionismo que presuponen los listados -al estilo de “¡Las cien mejores películas de no sé qué!” ó “¡El mejor poeta hispanoamericano!”-, nos hemos propuesto, en la medida que el tiempo y nuestras posibilidades lo permitan, abordar con respeto todo género artístico, siempre que la obra presente una mínima dignidad creativa. Esto es, no nos resulta menos loable un film de serie B, si está bien filmado -como sucede en la mayoría de casos-, que una superproducción, del mismo modo que una superproducción no es menos “cinematográfica” por el hecho de haber requerido más dinero, frente a un producto “prefabricadamente alternativo”, pongo por caso. Nos interesan los resultados, el saldo objetivo de una obra, no su adscripción o conveniencia ideológica; del mismo modo que no se nos caen los anillos si una gran obra de la literatura comparte cercanía con nuestra jolgoriosa y más desinhibida sección de Otros Mundos.

Granada al atardecer (fotografía de Mariela B. Ortega)
Quinto. Personalmente, y dejando al margen las novedades literarias o cinematográficas, que requieren de un tratamiento crítico pleno, a estas alturas he decidido no montar una jeremiada de aquellos productos que me decepcionan o disgustan; al contrario de lo que han venido pensando algunos críticos poco clementes, creo que con evitar hablar del asunto, solucionado -de nuevo dicho lo cual, ello no excluye algún que otro tirón de orejas, más que a determinadas obras, hacia determinadas actitudes, como el lector tendrá ocasión de comprobar algo más abajo, cuando aborde el “estado de la cuestión” de la ciencia ficción; además de que, por descontado, ¡aún quedan infinidad de obras que quisiera reseñar en este blog!

En último lugar, reitero mi agradecimiento a Luis, al que cariñosamente he venido en apodar “mi editor”, pues es quien se las apaña con las fotos y el material escrito que le envío para componer y “colgar” los textos, muchos de ellos redactados con bastante anterioridad, sobre todo en aquellas épocas de más trabajo. Quiero decir con esto, y nuevamente creo hablar por los tres, que si seguimos haciendo Baúl del castillo es, sencillamente, porque nos gusta y pensamos que merece la pena. Esperamos que el lector esté de acuerdo y siga favoreciéndonos con su compañía, para nosotros siempre personal, y sirvan estas palabras como anticipo a la nueva sección que inauguramos hoy en Baúl del Castillo, y que ya paso a detallar (a partir de la segunda imagen, en compañía del ilustrador Virgil Finlay, 1914-1971, del que también se cumplen cien años de su nacimiento).

A MODO DE MANIFIESTO FANTACIENTÍFICO

Imagen de Bruce Kaiser (2007)
A finales de los noventa aparecieron algunos documentales dedicados al cine clásico de terror y ciencia ficción de resultados bastante decepcionantes, no solo por desperdiciar a un maestro de ceremonias del talento de Christopher Lee, sino también por perpetuar el tópico más rancio. Cual engendro de Frankenstein, se trataba del típico producto túrmix, que amalgamaba un batiburrillo de imágenes -extraídas de los trailers, principalmente-, más apresurados que meditados, y paupérrimamente sazonados con el comentario de alguna que otra “estrella” en su ocaso.

Como comentamos en su día en la presentación de la sección Otros Mundos, el tópico se resiste a perpetuarse, instalándose servilmente en las conciencias. Hasta he llegado a escuchar recientemente que la ciencia ficción es “eso que gusta a los de ciencias” (¡arrea!) -en este caso flaco favor les hacía a las mismas, habida cuenta del mal empleo que hacía del idioma; la conclusión inevitable fue que “mola mucho” (sic)-.

En la medida de lo posible, y sin tener que renunciar a un tono cercano y cómplice, trataremos de evitar ese “colegueo” que parece ser la única forma de aproximarse a estos asuntos, según ese complejo de inferioridad que aún hoy detentan libros y películas de ciencia ficción (aunque las malas también existan, naturalmente), y que acaba por estropear programas y escritos que, a priori, podrían haber sido muy enriquecedores para el oyente o el lector común.

Al contrario de lo que se ha señalado a veces, yo no creo que el género de ciencia ficción careciera de identidad antes de los años cincuenta. Aunque dicha entidad no estuviera aún totalmente definida o consolidada, no puede minimizarse el papel de las revistas pulp, o de historietas tan influyentes en la imaginación y la cultura popular como Flash Gordon (de Alex Raymond), Superman (de Jerry Siegel y Joe Shuster) o Buck Rogers (mi favorito, de Philip Francis). De igual modo, quisiera recordar aquí la imprescindible colección de cómics de la E.C., al mando de Bill Gaines, que me temo, proporcionaría más de un sobresalto a los detentadores de la “originalidad” fílmico-literaria moderna.

Pero es que además, se da el caso de que el género fantástico fue una importante fuente de recursos narrativos y estéticos ya desde la época del cine mudo; baste recordar los nombres de Murnau, Protazanov, Lang o Harry O. Hoyt y Willis O’Brien (también espero que haya ocasión de reseñar alguno de estos títulos, ¡en el colmo de la gamberrada bloguera!).

Así mismo, pienso que no debemos caer en el error –tan atractivo parece, a algunos- de reducir el contexto social y cultural en que se desarrollaron buena parte de estas obras –me refiero a la década de los cincuenta-, a una mera “maniobra ideológica”. En cualquier caso, fue la interacción con otros géneros (cine negro, melodrama, comedia…) lo que enriqueció a la ciencia ficción. El hecho de que estas películas participen de estos, no quiere decir que estén exentas de entidad, porque la ciencia ficción sí llego a poseer un lenguaje propio: el cinematográfico.


El daño de cierta crítica intelectualoide ha sido proverbial (por ejemplo, con respecto al cine español de décadas pasadas), más interesada en criticar desde un punto de vista ideológico o antojadizo todo lo que se moviera -en la pantalla- (luego se quejan de ostracismo). Desde luego que el esquematismo fílmico existe, pero también la historiografía cinematográfica bajo unos parámetros anquilosados, adornada con unos comentarios que ya nacieron envejecidos.

Son posicionamientos excluyentes que considero absurdos: lo mismo podemos entresacar un valor positivo del periodo de la Ilustración, que de un ensayista que no comulgue –empleo el término no solo en sentido religioso- con nuestras ideas. Sin esta visión ecléctica, la labor de un historiador, de un filólogo o del simple aficionado, carece de sentido. En lugar de sumar lo mejor que cada arte y tendencia ofrecen, corremos el riesgo de caer en -por poner un ejemplo- el aluvión de estudios literarios, todos excluyentes entre sí, que surgieron a raíz del positivismo.

Se objeta, así mismo, que el papel de la ciencia en muchas de estas películas –no necesariamente las más malas-, es irrisorio, lo que no resulta rebatible, pero bien pudo despertar en multitud de jóvenes su interés por la auténtica ciencia y la investigación; al margen de que emplear esta argumentación denota cierta estrechez. Pero es verdad el aforismo que dice que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio…

La década de los cincuenta proporcionó nuevos argumentos en base al desarrollo científico y técnico que se prolongaría hasta las décadas siguientes, nutriéndose, es cierto, del temor a lo desconocido, o del pánico a una invasión más de este mundo que del de más allá. 

Pero conviene recordar que al otro lado sucedía lo mismo, fomentándose el recelo o el resentimiento más abyecto (aunque rara vez trascendiera: privilegio de los totalitarismos).

Otro punto se refiere a los grandes estudios cinematográficos, para los que el género de ficción estuvo relativamente desatendido, lo que no es totalmente cierto, modas aparte, pues constituía una nada desdeñable fuente de ingresos extras. Otra cosa es que se pensara que su producción debía ceñirse a la estructura de una modesta serie B (en el mejor de los casos). Unos logros que a nivel argumental, solo se atribuyen a determinados autores hispanoamericanos –magníficos escritores, por otra parte-, cuando es evidente que se sustentan en buena medida en el auge desplegado por esta “cultura popular”, a la que ellos sí se acercan sin resquemor, y que ya comienza a romper los márgenes genéricos y los límites narrativos (suele suceder en poblaciones con escaso conocimiento histórico-cinematográfico).


Con el género fantástico puede ocurrir de todo, la anormalidad se agazapa entre las situaciones más ordinarias, surgen monstruosidades físicas y psicológicas (no, no hemos pasado a hablar de política), se concreta la experimentación de lo sobrenatural, esa manipulación de las llamadas leyes naturales -también de forma aleatoria, debido a un “accidente”, por ejemplo-; símbolos de los anhelos más desatados (entonces, hoy casi nada está reprimido), representan el desorden de lo establecido, y no solo la fría respuesta a un mundo dividido en bloques.

De hecho, tan racista no debió de ser, sino toda, buena parte de la sociedad americana y la industria del cine en particular, cuando acogió a tantos profesionales foráneos, huidos de países con regímenes dictatoriales (la lista de personajes es inmensa).

Tampoco está de más recordar que “ciencia-ficción” fue un término acuñado por el ingeniero y editor de las Amazing Stories, Wonder Stories y Astounding Stories, el luxemburgués Hugo Gernsback (1884-1967), quien además ha dado nombre a uno de los más prestigiosos galardones para las novelas del género.

Por otro lado, no descubro nada si recuerdo que solo se pone en valor lo reciente, aquello que nos es contemporáneo, salvo tal vez, y no siempre, en el ámbito de nuestra propia especialidad. Por eso tendrá cabida en este apartado desde la imaginería gótico-romántica de las producciones de los años treinta, la eclosión de los cincuenta, y otras especulaciones posteriores, ya se trate de ciencia-ficción per se o de “fantaciencia” (que no excluye elementos más definidores del fantástico).

Con la liberación del átomo cambió la visión que de lo científico y lo humano se tenía, y pronto, el optimismo dio paso al cuestionamiento. Estos cambios van parejos a la madurez del género de la ciencia-ficción, tanto en lo literario como en lo fílmico. De modo que tendremos ocasión de disfrutar de una serie de diálogos tan “sujetos a derecho” como acientíficos, estos últimos, proporcionados por el desprejuiciado escenario paralelo de unas producciones irrepetibles.


Por descontado, está de más recordar que no todo lo legado tiene un mismo valor, ni siquiera que tenga algún valor. Dentro de sus posibilidades, exiguas en muchos casos (pero no vamos a llegar a tanto), disfrutaremos de películas con sonados hallazgos imaginativos, visuales y conceptuales. Y si es cierto que el tiempo determina, no es menos cierto que también hace caer en el olvido –o en el tópico reduccionista-, por lo que pienso que no está de más finalizar esta presentación, loando esa característica que no suele citarse a la hora de abordar estos productos: su capacidad, tanto entonces como ahora, para desarrollar la imaginación.

El arranque oficial tendrá lugar pronto. Desde luego, no todos los títulos serán lo que entendemos por “obras maestras”, pero la diversión está asegurada.

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (XLIV): Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez

23 mayo, 2014

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Gabriel García Márquez nos regaló grandes historias a lo largo de su vida. No queremos decir que todos sus libros fueran buenos, pero sí podemos destacar que en su producción encontramos obras que marcaron a los lectores y a la literatura. Si pensamos en el escritor colombiano, no podemos evitar la referencia a Cien años de soledad (1967), considerada su novela cumbre. No obstante, su nombre está vinculado a títulos como Relato de un náufrago (1970), El otoño del patriarca (1975), El amor en los tiempos del cólera (1985) o diversos cuentos, entre los que podemos destacar los recopilados en Doce cuentos peregrinos (1992). Y, por supuesto, la novela corta, la nivola que diría Unamuno, que vio la luz en 1981: Crónica de una muerte anunciada.


Una obra que nos muestra varias de las características más frecuentes en García Márquez, pero que sobre todo deslumbra por su capacidad expansiva y por su creación de interés aún cuando conocemos el final, funcionando así de manera inversa a la novela negra, género del que toma algunos rasgos. En esta crónica existe un afán por mezclar la realidad y la ficción, pues los hechos que se narran sucedieron, con alguna alteración, en los años cincuenta, siendo testigo el propio autor. Esto crea aún más una sensación de rumor, de narración anecdótica que se comparte entre conocidos y que suele crecer o excederse en detalles, de los cuales no se puede tener auténtica certeza de veracidad. Con esto juega en su narración el autor colombiano para reconstruir el asesinato de Santiago Nasar.

El hecho central de la obra está anunciado desde su título y desde la primera línea, pero serán los pormenores, las circunstancias que llevaron a ese hecho y lo que sucedió después, lo que se irá describiendo en la novela de una manera concéntrica. La voz narrativa se propone revisar esta historia, para lo que recurrirá a la memoria, frágil y distorsionada, de los amigos, familiares y demás vecinos de Santiago Nasar. Sin embargo, la objetividad periodística, que se une en esta novela con la ficción novelesca insertada de una forma verosímil, queda en entredicho ante los testimonios poco fiables de unos personajes para los que han pasado veinte años desde aquel fatídico asesinato; podemos destacar las referencias climatológicas tan contradictorias que ofrecen los testigos. Ni siquiera los documentos, que podrían resultar más fiables al haber sido escritos en época cercana a los hechos, resultan completamente veraces: el afán literario del inspector o la inexperiencia de un cura en la redacción de un informe forense son algunos de los datos que revelan este hecho. Estos elementos provocan que la verdad sea falseada, actuando en contra del propósito de una crónica periodística real.


Toda la narración tiene así un aire oral irrefutable, marca del estilo de García Márquez, que siempre presentó este carácter frente a lo que podríamos denominar una literatura académica o normativa; no en vano estamos ante un autor que tiende a la exageración, aunque ello le resulte muy nuestro, en referencia a la realidad americana. En este sentido, logra convertir hechos normales y cotidianos en extraordinarios, convirtiendo a su vez otros más infrecuentes en cotidianos, como la relación entre el sueño y la premonición de Plácida Linero, la madre de Santiago, o la tremenda y a la vez fantástica escena final.

La obra se distribuye en cinco capítulos desordenados cronológicamente, correspondiendo a cada uno un elemento principal de la historia. El magnífico inicio nos narra las horas previas a la muerte de Santiago, acompañando al personaje desde que se despierta hasta que va a ver pasar el barco del obispo, trasladando la acción también a otros personajes en lugar de visualizar su asesinato, que queda reservado para el quinto capítulo. En este primer capítulo encontramos elementos que se repetirán a lo largo de la obra, pero que gozan de cierta emotividad al verlos por primera vez, como la frase "Fue la última vez que lo vio" o la sensación de que podría haberse evitado.

Representación teatral de la novela
El segundo capítulo remite al auténtico inicio de la historia: la llegada de un extranjero, como en Doña Bárbara (Rómulo Gallegos, 1929), Bayardo San Román, quien llega en busca de una novia y queda finalmente prendado de Ángela Vicario. Se desarrolla así una historia de amor que conecta con el género de la novela sentimental. Este romance será fundamental en la obra y su argumento subyace en la obra hasta el final del capítulo cuarto, cuando conocemos su destino final. El amor de estos dos personajes da sentido completo a la historia que se nos narra, provocando que parezca necesaria la muerte de Santiago Nasar para que se permita esta relación. Las consecuencias de la altanería y el orgullo de ambos es lo que acabará siendo crucial en la muerte de Nasar, pero a su vez, ese asesinato será la primera causa fundamental de su futuro amor.

No obstante, el motor del homicidio será el destino, la fatalidad, el fatum de las tragedias griegas, como es el caso de Edipo rey (Sófocles). Esta idea, que ya aparece desde el sueño premonitorio del primer capítulo, se abrirá con fuerza a partir del tercero, donde se describen las acciones de los hermanos Pablo y Pedro Vicario, los asesinos, y que aparecerá con rotundidad al inicio del último capítulo, cuando el narrador confiese que "ninguno de nosotros podía seguir viviendo sin saber con exactitud cuál era el sitio y la misión que le había asignado la fatalidad" (pág. 111, ed. Debolsillo). El capítulo cuarto se centrará en describir de manera descarnada la autopsia del cadáver, así como diferentes acontecimientos que sucedieron tras el asesinato.

Escena de Crónica de una muerte anunciada (Cronaca di una morte annunciata, F. Rosi, 1987)
Pese a que el lector pueda tener la sensación de que Santiago se puede salvar en algún momento, su destino está escrito desde la primera página y eso impide que alguna de la circunstancia que lo hubiera salvado pueda hacerlo. Algunos ejemplos se perciben en los diferentes intentos por avisarlo sin éxito, en hechos tan circunstanciales como la llegada del obispo que impide que lleve su arma consigo, el cierre de la puerta de casa por la que iba a entrar, la carta que le avisaba pero que no llega a ver, la actitud de las autoridades, la falta de voluntad de sus asesinos que se ve anulada en diversos momentos o, la idea más funesta, el pensamiento de que Santiago Nasar ya está muerto. Esta última aún más impactante en la escena del encuentro entre el hermano borracho del narrador con los hermanos Vicario.

Ese destino se escapa de la racionalidad occidental y tiene mucha relación con el pensamiento americano, donde tiene una gran presencia, especialmente en países como Colombia, Venezuela o Brasil. Esta es una muestra de la unión de elementos culturales que existe en determinadas literaturas hispanoamericanas, con el carácter de transculturalidad, un elemento que también se percibía en el mexicano Juan Rulfo y su novela Pedro Páramo.

Escena de Crónica de una muerte anunciada (Cronaca di una morte annunciata, F. Rosi, 1987)
Para finalizar, debemos mencionar una propuesta interpretativa tan curiosa como interesante. La novela tiende a descifrar los acontecimientos transcurridos alrededor de la muerte de Santiago Nasar, pero deja en el aire el misterio determinante para que Nasar fuera asesinado y que también forma parte de esa fatalidad: la identidad de la persona que deshonró a Ángela Vicario. En este sentido, el ensayista y crítico Ángel Rama propone al propio narrador, García Márquez, como posible culpable, teniendo en cuenta diversos factores (el vínculo familiar, la capacidad para guardar secretos o la omisión de datos sobre el narrador, pese a que era íntimo amigo de Santiago Nasar y otro testigo) que expuso en el prólogo de la edición que lanzó Círculo de lectores.

El hecho de conocer el final de la obra no debería impedir el acceso a su lectura. Lo importante de este libro es disfrutar el recorrido, conocer los entresijos de sus personajes, pese a que sepamos el hecho crucial del mismo. Y esto debería darnos una lección sobre los clásicos: no importa que los conozcamos argumentalmente, hasta que no los leamos, no descubriremos el fantástico mundo que nos estábamos perdiendo.

Escrito por Luis J. del Castillo



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