Animando desde Oriente (II): La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahata

09 marzo, 2014

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Toda guerra tiene víctimas, pero no solo en el campo de batalla. Aún cuando ya hemos visto muchas muestras de rechazo a la guerra y a la violencia, siguen existiendo actos beligerantes en nuestro mundo, hechos a los que no podemos ignorar. No importa realmente el bando o las ideologías, siempre habrá víctimas que ni siquiera entiendan las razones o motivos por el que sus casas son bombardeadas, incendiadas, incluso suenan absurdas cuando ves desaparecer tu mundo, constituido por tus seres queridos, y todo cambia, no de forma natural, sino de una manera brutal e irreversible. 

No hay en La tumba de las luciérnagas (1988) una imagen del campo de batalla, de la guerra en sí, sino de las consecuencias en la zona civil dentro de la infancia rota de los denominados niños de la guerra. Y contra la guerra va este canto de animación que demuestra que no solo existe por y para niños, sino que se pueden contar historias profundas y adultas desde este sector.

La advertencia nos la da el protagonista, Seita, desde el principio: él murió en 1945, moribundo y vagabundo en una estación, una vez acabada la guerra. Será su espíritu el que recorra ese último año catastrófico y determinante en su vida en un flashback, evidenciando algunos de los fallos de la cultura japonesa, pero perfectamente trasladable a cualquier otra época o lugar en guerra.

Una historia por la supervivencia donde Seita lo dará todo, incluyendo la moralidad aprendida, por salvar a su hermana Setsuko, aunque el inicio ya presuma la tragedia que vamos a presenciar.

El film está basado en la novela homónima de Akiyuki Nosaka, basándose en sus propias vivencias infantiles durante la Segunda Guerra Mundial. El encargado de trasladar esta historia dentro del conocido estudio Ghibli fue Isao Takahata, cofundador del mismo, que anteriormente había realizado series conocidas mundialmente, como Lupin III (1971), Heidi (1974), Marco (1976) o Ana de las Tejas Verdes (1979), además de haber sido productor de algunas de las películas de Hayao Miyazaki, como El castillo en el cielo (1986).

Isao Takahata
Realismo, crudeza y tristeza serían las tres palabras que mejor reflejarían La tumba de las luciérnagas, que no tiene ningún miramiento en mostrarnos la tragedia a través de sus imágenes, que además pasean por el film sin ningún punto álgido de tragedia, sino enmarcado todo en un ir y venir de unos niños huérfanos y sin tierra, rechazados, que solo buscan la felicidad y permanecer juntos, pese al desprecio de quienes los acogen. La responsabilidad que recae sobre Seita por su hermana Setsuko será el verdadero detonante de evolución del personaje, intentando simular un mundo feliz para ella, pero sin poder evitar que la muerte sea también visible para ella. Resulta curioso que el protagonista también falle o no asuma sus responsabilidades hasta que le es inevitable, y aún entonces por culpa de orgullo no es capaz de redimirse, resultando un retrato verdaderamente humano.


Destacan las imágenes que, a través de la música de Michio Marmiya, nos enfocan la verdad que realmente silencian los personajes reforzando esta idea con unos tonos rojos, bastante violentos, pero solemnes entre el negro. Resulta también muy efectivo la comparación entre la felicidad del fin de la guerra, con imágenes coloristas, música occidental (Home Sweet Home interpretado por Galli-Curci) y el regreso de un tiempo primaveral frente a la alegoría de la pérdida representada por las escenas evocadas de Setsuko en la última vivienda de los hermanos, imágenes preciosistas, potenciadas también con la música, que sirven para acercarnos irremediablemente a las palabras finales de Seita.

Su mundo, su futuro y su vida se hacen cada vez más pequeñas en el film, acabando finalmente en ese símbolo que resulta ser la caja roja de caramelos, muestra de un pasado feliz y de una niñez rota. Incluso cuando ese símbolo es saqueado al inicio, donde desconocemos su importancia, ya se nos da muestra del egoísmo y el desinterés que la guerra promovió en las personas, cuestión que se irá agravando según avancemos en el film y del que dan buena muestra los personajes de la tía de los niños o del médico que les atiende en la recta final del metraje.


No esperen redención o salvación en esta película, podría haber sido diferente, pero no lo es: estaba determina a ser triste y dura, y ya lo muestra desde el inicio. Hay dos versiones con actores con la misma idea, una de ellas un remake de este film de animación, pero sigue siendo completamente recomendable su visionado como una de las grandes películas animadas japonesas de todos los tiempos.

Escrito por Luis J. del Castillo


Por obra del instante: Entrevistas a Juan Ramón Jiménez

07 marzo, 2014

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Soledad González Ródenas, catedrática a cargo de la edición de este libro de entrevistas con y sobre Juan Ramón Jiménez (1881-1958), señala en su prólogo las claves de un malentendido, o al menos de una hipérbole: la referida a la personalidad compleja, aunque no inescrutable, del poeta onubense, cuya biografía sigue siendo “bien documentada y peor conocida”, y por lo general, circunscrita a un “efectista repertorio de legendarias excentricidades”. De carácter inconformista, a ratos irascible y siempre purista, “raro es el autor que no refiera” su encuentro con Juan Ramón Jiménez. Su porte señorial lo asemeja más a un personaje decimonónico, con cuya existencia sorteó los disimulos, convirtiéndose en una “víctima de su entereza sin concesiones, de su independencia de criterio”.

Las notas a pie de página dan cuenta de bastantes de esos errores de apreciación y, una vez leídas la totalidad de entrevistas y cuestionarios que recoge el volumen, una idea inquietante sobrevuela el conjunto: el abusivo poder de la “imagen” -en este caso de la prensa y las amistades agriadas; hoy sería de todo lo relacionado con lo visual-, de modo que dicha imagen no solo vale ya mil palabras, sino que es su sustitutivo. Su propio lenguaje y, como todo lenguaje, manipulable.

El de Juan Ramón Jiménez fue recortado y tergiversado, y eso suele ser lo que queda siempre, aquello con lo que el historiador o el filólogo ha de edificar. Por otro lado, el poeta efectuaba sus propias correcciones de estilo, personales glosas del yerro ajeno; lo que los demás hemos de contentarnos con pensar –circunstancias obligan-, Juan Ramón -equivocado o no-, lo decía. Y también de forma predominante, sobre la opinión –y la propia obra-, planea siempre la decepción, o una eterna insatisfacción.

Imagen de Moguer
Entre el abanico de entrevistas que componen Por obra del instante (Fundación José Manuel Lara, 2013), y que abarcan el periodo de 1901 hasta el año de su muerte, encontramos, como decía, hasta algunos de los cuestionarios que le fueron enviados, como el de la Revista Caracola (1954), en el que advierte acerca del peligro de sustituir el espíritu poético por la forma, señalando que una poesía cargada se carga la poesía; así mismo, un objeto intangible que es como el tiempo y el espacio, siempre igual aunque distinto, por lo que “la poesía de los mejores poetas es válida en todas las épocas”.

Junto a otras firmas representativas, las de Ramón Gaya, Cipriano Rivas Cherif o Alberto Oliveras, la reseña juguetona y sincera de Ramón Gómez de la Serna, que podríamos subtitular “De los nombres de Juan Ramón”, o la de Carmen Conde, impresión impresionista la suya, que nos hace retener una conclusión -¿expresada por quién?-: lo mejor es no conocer a aquellos a los que admiramos. Impagables resultan las conversaciones transcritas por Rafael Cansinos Assens, en Juan Ramón Jiménez y Visita a Juan Ramón Jiménez, con un poeta medio moribundo, medio caricato.

Juan Ramón Jiménez a todo color
Un Juan Ramón al filo de la insubordinación, y sobre del silencio y la depuración poética, lo encontramos en Juan Ramón Jiménez, a cargo del poeta y diplomático peruano Alberto Guillén. Más solidario y cercano se muestra con Alma G. de Cecco: Con Juan Ramón Jiménez, especial para “Abraxas”, y en Ampliación a una interviú. Una carta del insigne Juan Ramón Jiménez; en suma, en aquellas ocasiones que no toman al autor por sorpresa, al arbitrio de los humores.

Entre los encuentros más emotivos, la visita del periodista francés Mario Maurin al “manicomio” de Puerto Rico (1952), y especialmente agraciadas, a modo de colofón, son las evocaciones de Rafael de Penagos (hijo), buen poeta, ocasionalmente actor y excelente doblador, en Con Juan Ramón, al pasar. En todas ellas se agazapa el relevante papel de Zenobia (La gloria y la muerte de un Premio Nobel). Y al fin, una relación de sus poetas predilectos, en Juan Ramón Jiménez y su Premio Nobel.

Juan Ramón Jiménez y Zenobia
Autor que continúa haciendo reflexionar, lúcido y atormentado a partes iguales, rehén de la necesidad de tener que ser inteligente las veinticuatro horas del día (su postura hacia el teatro), Por obra del instante es un material ineludible que resitúa la figura de “J.R.J.”; imprescindible por clarificador, y con la justicia que proporcionan los datos de viva letra.

Escrito por Javier C. Aguilera


La mecánica del corazón, de Mathias Malzieu

05 marzo, 2014

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Primero, no toques las agujas de tu corazón. Segundo, domina tu cólera. Tercero, y el más importante, no te enamores jamás de los jamases. Si no cumples estas normas, la gran aguja del reloj de tu corazón traspasará tu piel, tus huesos se fracturarán y la mecánica del corazón se estropeará de nuevo.

La mecánica del corazón nos relata la vida de Jack a modo de cuento, un joven escocés que nació en Edimburgo el día más frío de la historia. En este contexto, el niño nació con el corazón congelado, por lo que Madeleine, su matrona, le implantó un reloj de cuco que ayudaba a su corazón a bombear. Tras este inesperado suceso, su madre huye, y es adoptado por Madeleine, a la que acusan de bruja por ayudar a gente desvalida con prótesis surrealistas. El reloj implantado logra integrarse perfectamente en la rutina de Jack, pero, a cambio, debe cumplir tres requisitos. El primero es no tocar las agujas. El segundo es dominar la cólera para no estallar en rabia. Y el tercero, quizá el más difícil a lo largo de su vida, es no enamorarse nunca, y más tras conocer a Miss Acacia, una joven bailarina que le robará el corazón y pondrá a prueba toda la mecánica del mismo.

Jack emprenderá un largo viaje para reencontrarse con su amada, en el que deberá dejar atrás numerosos traumas e incidentes de su pasado. A modo quijotesco, desde que llegue a París le acompañará un fiel protector llamado Méliès, homenaje a uno de los más famosos precursores del cine, el cineasta francés George Méliès.

Ambos vivirán pintorescas aventuras durante esta travesía, como el encuentro con el tocayo Jack el Destripador. Finalmente, cuando lleguen a Granada, donde reside Miss Acacia, Jack tendrá que hacer frente a sus sentimientos, a la mecánica de su frágil corazón y a los vaivenes de una relación apasionada. Por otra parte, si bien es cierto que hay ciertas pinceladas que pueden hacernos creer que estamos en la ciudad de la Alhambra, como contadas menciones a ciertos barrios o monumentos, bien podría tratarse de cualquier otra ciudad, debido a la poca contextualidad que emplea el autor para emplazar su novela. Quizás sea un detalle del autor para centrar la atención en sus protagonistas más que en el escenario en cuestión.


Pese a que estamos ante una pareja de quinceañeros, el estilo que Mathias Malzieu utiliza en su obra es bastante poético, romántico e intimista, pareciendo que las palabras del protagonista provinieran de un adulto maduro; ahí reside la magia de esta historia: Jack es un adolescente especial pero que acaba por cometer las locuras y los comportamientos típicos de un niño de su edad. Lo mismo ocurre con Miss Acacia, una joven artista y bailarina con un carácter bastante fuerte y realista, y que no duda en bajar de las nubes a su pareja en numerosas ocasiones. Es por ello que a veces la relación entre ambos resulte poco creíble, teniendo en cuenta el abismo que separa sus pensamientos, aunque, en cierta forma, es la forma de amor que el autor defiende a lo largo de su novela: el amor puro sin barreras, sin estereotipos, sin razón. 


Cuando tengo mucho miedo, noto que la mecánica de mi corazón patina hasta tal punto que parezco una locomotora de vapor en el momento en que sus ruedas chirrían en una curva. El vapor, pánico mecánico de mi corazón, se filtra por debajo de los raíles. Viajo sobre los raíles de mi propio miedo. ¿De qué tengo miedo? De ti, de mí sin ti.

Malzieu, además de ser escritor, es el cantante del exitoso grupo de pop francés Dyonisos, cuyo sexto disco se titula igual que el libro y le sirve como banda sonora, ya que ambos fueron publicados a la vez. Además, la adaptación al cine de La mecánica del corazón está ahora mismo de actualidad, ya que fue estrenada el pasado mes de febrero y realizada por Luc Besson (Nikita, El quinto elemento, Arthur y los Minimoys) en formato de animación 3D. Aunque, por el momento, no hay noticias del estreno en España, pese a que la novela logró un gran éxito desde su publicación en el año 2009, vendiéndose 350.000 ejemplares en nuestro país y convirtiéndose en todo un best seller. Tras este, su último lanzamiento ha sido la novela El beso más pequeño, precedido de otros éxitos como Metamorfosis en el cielo o La alargada sombra del amor. Este último, pese a su similitud en la estética con La mecánica del corazón, no se trata de una continuación del libro que hoy tratamos, sino que estaremos ante una historia totalmente distinta. Una clara estrategia comercial para aprovechar el tirón que ha tenido esta novela.



Sin duda, aunque pueda parecer que estamos ante una novela de corte romántico y juvenil, en realidad el autor nos la presenta como un cuento de amor para niños grandes. Su estética, que podemos imaginarla al completo con sólo ver su portada, también puede resultar juvenil, con ilustraciones que bien podrían recordar a otro Jack dentro del mundo de Tim Burton. Pero, aún así, no es precisamente una obra convencional para lo más jóvenes: en muchos capítulos encontraremos escenas violentas, escabrosas, algunas muertes inesperadas y una desesperanzadora moraleja poco apropiada para ellos. Es un libro que va en decadencia, con un romanticismo algo gótico, que cuenta con muchos recursos estilísticos para adornar una realidad bastante dura para el pobre protagonista y todo el que le rodea en su camino. 

A la gente no le gustan las cosas demasiado diferentes, y menos aún las personas que se creen diferentes. Aunque las aprecien como espectáculo, se trata solo del placer del mirón. [...] Lo mismo te pasará a ti. Disfrutarán, tal vez, contemplando tus males cardíacos, pero nunca te querrán por lo que eres.

Mathias Malzieu
La novela resulta ser muy fluida gracias a sus curiosos y enriquecedores diálogos y a la lírica romántica que desprende Jack. Pero también es cierto que, debido también a su brevedad, se hace corta, se queda escasa frente a los problemas que va abriendo a su paso, con personajes poco desarrollados frente a la amplitud y definición del carácter de Jack. Hay ocasiones en las que Miss Acacia es una mera acompañante o una niña caprichosa frente a la profundidad y romanticismo con el que juega el personaje de Jack o, incluso, el de Méliès, que acaba siendo un apoyo y un personaje entrañable fundamental para cerrar y concluir perfectamente la historia. Una historia de la que cada uno aprenderemos la moraleja oportuna, la que cada uno nos haga pensar. Por ejemplo, el afrontar la vida y luchar por aquello que queremos. Concretando en este aspecto, deberemos tener en cuenta que, por suerte o por desgracia, proteger sobremanera a nuestros seres queridos no evitará los posibles sufrimientos que les puede deparar, tanto a ellos como a nosotros mismos. Cada persona procurará vivir su vida, creando su camino, cayendo en esa piedra las veces que sean necesarias hasta que abra los ojos, pero siempre, por sí misma, sin que el resto le juzgue o le advierta al respecto. Y será eso precisamente lo que aprenderá Jack en esta maravillosa aventura del amor.


Escrito por Mariela B. Ortega


Para el sábado noche (XXXI): Privilegio, de Peter Watkins

03 marzo, 2014

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Britain, in the near future. Así anuncia la voz en off el escenario en el que va a desarrollarse el argumento de Privilegio (Privilege, Universal, 1967), del realizador y documentalista Peter Watkins (1935), y escrita por el novelista Norman Bogner (1935). Esta voz en off parece entresacada de uno de los documentales del realizador, y nos pone en antecedentes acerca de una figura que, “no es un presidente ni un político”, sino un ídolo de masas.

Peter Watkins (izquierda)
Watkins ya había realizado antes su documental The war game (1965), un trabajo encargado por la BBC a modo de informe ficticio, con fotografía en blanco y negro, que daba cuenta de un ataque nuclear a Gran Bretaña, y que basculaba entre el aluvión de datos y la organización de la defensa civil, para después focalizar las terribles consecuencias en un barrio de Kent.

Por demasiado crudo fue desautorizada su emisión (para la televisión), lo que nos recuerda que en otros países también ha habido censura: el logo banned in Britain casi llegó a convertirse en un latiguillo de prestigio, “privilegio” de películas y hasta discos, con gobiernos de distintas tendencias ideológicas. “Lo que está mal es el hombre” resume uno de los encuestados. Steven Shorter (Paul Jones) es, en efecto, una figura admirada en lo que concierne a su vida pública como cantante, pero desdichada en el ámbito privado. Se ha convertido en una persona apática y “de mirada ausente”, como le hace notar algún que otro allegado.

Símbolo de la era psicodélica, beatle, pop y poco después glam, y lo que quieran, Shorter se ha convertido en un ídolo que ha de conducirse -o ser conducido-, con mucho tiento, puesto que su estatus privilegiado le permite influir para “bien”, pero también para “mal”, sobre las referidas masas. Sus asesores no pierden ocasión de explotar su breve estancia en prisión -sin que sea necesario explicitar los motivos- como parte del espectáculo “contracultural”. Como comenta su acompañante eventual Vanessa (Jean Shrimpton), todas las miradas se dirigen hacia él; con una notable excepción, la de muchos de sus colaboradores, y la de aquellos que esperan beneficiarse de su trabajo. Y es que, significativamente, y dejando al margen a los fans, a Shorter nadie le mira directamente, prácticamente nadie le habla, y nadie se interesa por su estado anímico más allá de satisfacer un puro interés crematístico. Por eso resulta peligroso cuando expresa un deseo propio o una opinión (¡como pedir una taza de chocolate caliente!), puesto que el icono ha sido programado para facilitar la respuesta adecuada en cada momento y ocasión, aunque sin parecerlo.

Algaradas, disturbios, admiradores y sofocos, conforman el retrato de una época sociológicamente interesante, aunque cinematográficamente muchísimo menos (probablemente sea la década más envejecida de la historia del cine, lo que convierte las excepciones de rigor en trabajos muy notables; naturalmente, no hablo solo de estética). En definitiva, se trata de una encrucijada temporal, que una película como Privilegio testimonia bien, llegando incluso a ser de lo más actual.


Una mezcla de liberaciones y nuevas represiones ad hoc, cambios y experimentación a los sones del órgano Hammond B-3, en los que un fenómeno como el del “fan” no debe tomarse a la ligera: Watkins los muestra de todas las edades y composturas; de hecho, las discotecas son descritas como lugares proyectados para tener entretenidos a los jóvenes. Junto a ellos se agazapa la falsa afectividad de un gobierno intervencionista, garante de un “conformismo productivo”, que actúa al modo de aquellos a los que dice detestar.

Y en medio, el perfecto acabado de un producto diseñado para su consumo. Pero además, Privilegio es el manifiesto de la soledad del artista. Hasta el punto de que respeto, admiración o gratitud, son palabras vacías de significado para Steven Shorter, como se evidencia durante la recogida de un galardón… ¿relacionado con el mundo de la música? No en vano, las discográficas pertenecen a otras tantas corporaciones o conglomerados en un totum revolutum. Hasta la caridad está reglada.


Destacan varios momentos sarcásticos, el del anuncio “existencialista” para vender manzanas, la presentación de la “juventud del futuro” a los sesudos ejecutivos, el hecho de que todas las emisoras de radio emitan la misma canción, o los preparativos del concierto-cruzada, a ritmo de España Cañí y de Haendel.
Finalmente, cuando va a producirse un nuevo cambio de timón en la imagen de Steven, dirigido por las jerarquías económicas y religiosas, para así alegrar las arcas de todos los estamentos, esta criatura estatal, estamental y acaudillada, que según sus creadores ya “no se pertenece a él, sino al mundo”, acabará por revelarse.

Teniendo esto en cuenta, cambien ídolo de la canción por cualquier otro, manzanas por artefactos electrónicos, al reverendo Tate (Malcolm Rogers) por algún otro adalid de lo ideológico, y agréguense otras religiones del planeta, y observarán como la ecuación sigue dando idénticos resultados a día de hoy.


Conviene hacer mención de Paul Jones (1942), vocalista del conjunto Manfred Mann y artista intermitente, porque se trataba de un cantante real y no de un actor, porque el papel no era precisamente agradecido, y porque resuelve la estoica papeleta lo más airosamente que puede.

En resumen, es sugestivo tener en cuenta una película como Privilegio, que más allá de las chorreras cronológicas, diserta sobre el comportamiento humano, en la línea de otros títulos interesantes de la época -aunque salvando las distancias-, como son El presidente (Wild in the streets, Barry Sheer, 1968) e If (Lindsay Anderson, 1968).

Escrito por Javier C. Aguilera


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