La confianza en el freno motor, de Víctor Manuel Ruiz

06 agosto, 2013

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Traemos a nuestro Baúl la compilación de relatos de Víctor Manuel Ruiz que Stonewall sacó al mercado editorial el pasado mes de febrero. En nuestras manos tenemos la obra novel de un malagueño que ha sido bastante activo en el mundo de la blogosfera y ha participado en diversos medios. Bajo el título de La confianza en el freno motor nos ofrece ocho relatos variopintos, pero de calidad apreciable, unidos por la temática homosexual, en este caso masculina, que su editorial trabaja fundamentalmente, como ya pudimos ver con Nocturnabilia o Heliópolis. 

Diego Béjar (editor de Stonewall), Víctor Manuel Ruiz y Miguel G. (prologuista) [extraída de este blog]
Pese a que es nuevo en este mercado, Víctor Manuel ya tiene en su haber el primer puesto en el I Concurso de Literatura LGTB de la Asociación Ojalá Málaga, además de publicar en su blog No es país para gordos diversos textos, la mayoría en protesta y para desmitificar las actitudes sociales contra el canon de perfección plasmado en los medios de comunicación. Ahora se nos presenta con esta serie de relatos que prometen viajar en el tiempo y el espacio, hacia diferentes situaciones con las que el lector se podrá sentir relacionado, sea cual sea su condición sexual, porque como defenderemos siempre, una historia de amor lo es independientemente del sexo de los amantes.

No obstante, aunque se presentan de forma conjunta, los ocho relatos distan entre sí y deben ser examinados de forma independiente, observando cada árbol entre este bosque de letras. Los dos primeros sí cumplen la expectativa de viajar en el tiempo y el espacio. En El Zar en la hoguera nos adentramos en la vida de un joven esclavo en los albores de la Revolución Rusa, donde observaremos la brutalidad de un sistema donde se dan abusos sexuales por parte de quien tiene el poder hacia el débil, una situación que, pese a estar situada a inicios del siglo XX, sigue estando presente en nuestros tiempos. El autor, dentro de la turbulenta historia, nos deleita con parte de esa intrahistoria, como diría Unamuno, que es profundamente más humana que la de los grandes héroes y hazañas bélicas, recordando también al estilo de Ayala en sus obras La cabeza del cordero y Los usurpadores, dejando también el examen de conciencia para protagonista y lector, que deberán ver cómo la historia, en su devenir, arrasa con buenos y malos, con amores y abusos por igual.

Soldados durante la Revolución Rusa
Este primer relato muestra esta represión histórica, mientras que el segundo, Cocula, se detendrá en la perspectiva familiar y cultural. Nos situamos ahora en México, donde el protagonista se enfrentará a su reflejo, a su verdadera orientación, descubriendo a la par secretos familiares y frustraciones debidas a la pesada carga paterna. Este es el conflicto con el que muchas personas se siguen encontrando hoy, incluyendo el rechazo familiar en un ambiente donde se valora la hombría de una forma casi prehistórica. Como confesábamos antes, algo que aún hoy se vive, pero sin necesidad de recurrir a grandes acontecimientos históricos, sino en la cotidianidad de una familia. Y de estos dos relatos tan alejados, nos encontramos con el más breve y poético, Porque.

De forma anafórico, Víctor Manuel parece describirnos una tercera represión, la que nosotros mismos nos imponemos. Según avanza en sus motivos, el narrador se va liberando de ese estado, ofreciendo además un toque más realista, justificando su decisión final en diferentes razones de su vida. Quizás la continua anáfora del porque puede resultar agobiante pese a encontrarnos con la pieza más breve del libro. Como podemos observar solo con estos relatos, subyace entre estos relatos la idea de una represión que afecta a los homosexuales desde diversos campos, como los propios acontecimientos históricos y la mentalidad de sus protagonistas, la cultura, la familia o la propia persona. Aunque seguirá siendo fundamental esta idea en el resto de relatos, de una u otra forma, el que atiende a todas estas puertas será Viraje, el más extenso de todos y, sin duda, la mejor pieza narrativa.

Porque tenía que elegir entre desear desear o desear realmente. Y salté. (Porque, p. 87)


Dentro de una forma más tradicional tras la experimentación anterior, nos ofrece un relato más coloquial y cercano, que comienza in media res, ofreciéndonos un extenso flashback que nos llevará desde la adolescencia de nuestro protagonista hasta la actualidad, transcurriendo junto a las páginas los años de la Transición y de la Movida madrileña, dejándonos la historia no solo de una vida, sino de todos los que la rodean, amigos, novios, familia, una ciudad, un pueblo y todos sus tiempos. Desde esa revelación inicial tan sorprendente, cosa que volverá a repetir en Dos deditos de Viagra, veremos el paso del pueblo a la ciudad, similar al segundo relato pero situado en la España de los último cuarenta años. También habrá un paso de la represión al exceso, idea que se ofreció también en Porque, y de ahí a una estabilidad salpicada de momentos de depresión y nuevas ocasiones estables, hasta que se dé un paso más con las dudas hacia la orientación sexual en una ida hacia la heterosexualidad.

A la par, también nos ofrece el escenario de la evolución de la lucha en pro de los derechos de gays y lesbianas, con la participación del protagonista en diversas plataformas. No obstante, también hace notar las incomodidades de un colectivo tan plural, salpicado también de sus desenfrenos y enfermedades, como en otros ámbitos. Sin lugar a dudas, este relato despliega en toda su extensión una vida de dudas, angustia y tragedia personal que resulta verdaderamente real, también gracias a una prosa limpia y ligera. El lector quedará anclado en este viraje y en las dudas de si el optimismo y el deseo final del protagonista verán la luz, abandonándolo en ese momento con el sentimiento de que cierras la historia de un amigo.

Ese era yo. Esa era mi verdadera naturaleza. La realidad. Un invertido. Un maricón. Ese era yo. Un puto. Un cualquiera. Un promiscuo. Ese era yo. Era homosexual. [...] Apoyé la cabeza contra la  almohada y lloré hasta el amanecer del siguiente día. Que fútil me parece todo eso ahora. (Viraje, p. 100)

Two Men (Lucian Freud, 1922-2011)
Los dos siguientes relatos, El momento ha llegado y La confianza en el freno motor, comparten el mismo tema de un primer encuentro entre dos amantes, con todas sus dudas y desazones. En este punto se centra sobre todo el primero, con una reflexión acerca de la primera vez desde el punto de vista del hombre experimentado que va a disfrutar el momento. Además, ofrece una relación entre el sexo y la muerte, otorgando a esa primera ocasión un valor mayor, algo que no es novedoso si atendemos a la idea de algunos escritores que ya en el Siglo de Oro español consideraban al orgasmo como una pequeña muerte, pues se concebía que se estaba entregando la identidad al otro.

Se nota, sin embargo, una prosa más apresurada, que ofrece ideas fútiles y prescinde en ocasiones de enlazar mejor la escena, pudiendo descolocar un poco al lector, especialmente tras el gran hilo que supone Viraje. Aunque deja buenas escenas, es quizás el más flojo de los relatos a falta del factor poético de Porque.


El relato homónimo a la obra entera nos deja a los lectores habituales, y más a los filólogos, una sonrisa nerviosa cuando vemos nombres como Mario del Cid o Jimena que parecen ser un guiño a las primeras piedras de nuestra literatura con el Cantar del Mío Cid, un simple detalle curioso de esta pieza concreta. De Córdoba a Torremolinos, nos ponemos al volante de la vida de Mario, un abogado en sus treinta y seis años que, recuperando la represión como factor esencial, sigue atado a sus dos anteriores relaciones y a su familia, encabezada por su madre. De todo ello intentará sacarlo Gonzalo, mucho más joven que él, que le muestra la libertad que le está esperando, la vida que él realmente desea vivir con autenticidad. 

El relato nos deja, por ejemplo, una escena que combina el descubrimiento de la orientación sexual dentro de la camaradería juvenil combinada con cierta inocencia infantil en un desnudo adulto; pero también, diversas recomendaciones que se trasladan desde el autor hacia sus lectores a través de estos personajes. Un recurso que muchos emplean, que podemos ver, por ejemplo, en El tiempo que querría, del italiano Fabio Volo, y que siempre engancha al lector a descubrir más, a motivar su lectura con las canciones que se escuchan durante el relato o a coger los libros que reposan en los estantes imaginarios de estos personajes.

Eso es la vida: aprovechar lo que tienes sin obsesionarte en lo que ya perdiste. (La confianza en el freno motor, p. 186)

Couple hugging (Raphael Perez, 1965-)
El encuentro con Gonzalo cambiará la vida de Mario, quien confiará desde entonces en el freno motor, seguramente uno de los consejos más provechosos del libro, encabezado precisamente por estas palabras del padre del protagonista. Nos muestra la necesidad de tomar las riendas de nuestra vida, a acabar con las anclas de amores pasados truncados y, sobre todo, acabar con la represión para liberarnos y ser realmente quienes deseamos ser.

De una forma muy diferente a los demás, nos encontramos La muerte es bizca, que de una forma experimental recoge la crisis artística del escritor, con una profunda reflexión hacia las fuentes y cómo escribir, acogiendo cierto sabor justiciero en su final. Víctor Manuel despliega sus habilidades y conocimientos para recrear diferentes comienzos y escenas en una historia algo intrincada, algo más alejada del resto de relatos, pero que te arrastra con cierto gancho intrigante. Quizás no sea la mejor pieza de la obra, pero, sin duda, es la más curiosa de todas.

Para cerrar la obra, Dos deditos de Viagra, un agradable colofón que entremezcla sonrisa y lágrima, gracia y emotividad, incluyendo un giro final mágico y dejándonos una relación llena de cierta ternura que llega al corazón. Todos querríamos, en cierta forma, poder compartir un baile con don Aurelio y descubrir que no importa, que no hay ojos que juzguen ni miradas que rehuyan la realidad, la mágica realidad, de un momento tan auténtico. Conserva este relato el característico proceso de la represión a la liberación, pero pesa con más fuerza el descubrimiento de un personaje tan atractivo como don Aurelio, que queda dibujado en pocas líneas y que, junto al protagonista de Viraje, es uno de esos personajes clave que hacen a una obra ser única.

El balance de la obra es muy positivo, pese a momentos más dudosos, Víctor Manuel Ruiz ha conseguido con su ópera prima crear una obra coherente, creíble, muy humana y con una lectura tan amena como atractiva. Confiemos en que continúe con motor suficiente para deleitarnos de más escritos, para seguir regalándonos historias vivas sin abandonar nunca su carácter crítico.

Escrito por Luis J. del Castillo



Cadete del espacio, de Robert A. Heinlein

05 agosto, 2013

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Heinlein en el set de Con destino a la luna
Quién no se ha perdido en una nueva ubicación y le ha dado vergüenza reconocerlo; quién no se ha sentido apabullado ante el ataque hacia parte de nuestras creencias más inamovibles; quién no se ha visto acuciado en determinado momento por una economía enclenque, o en suma, quién no ha sido puesto a prueba por vez primera en algún asunto y ha tratado de salir del trance lo más airoso posible. Todo esto -y más- sucede a Matt Dodson, el joven protagonista de Cadete del espacio (Space cadet, 1948, La Factoría de las Ideas), escrita por Robert A. Heinlein (1907-1988), uno de los autores de ciencia-ficción más sobresalientes (evito la distinción “clásico” – “moderno” conscientemente).

Además de ello, su experiencia como militar e ingeniero mecánico le hicieron participe como guionista y asesor técnico de la notable creación de George Pal Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1950), la primera película que trató de manera científica el ansiado viaje a la luna.

La acción desarrollada en Cadete del espacio es cercana, casi cotidiana. Estamos en 2075, es decir, en un futuro inmediato. Heinlein sortea con ecuanimidad la potencial caterva de tópicos y prejuicios castrenses, ofreciendo un retrato abiertamente humano de la institución y del protagonista. Sus vivencias e instrucción resultan tan fascinantes en la actualidad como debieron serlo en 1948 (¡incluido su incidente con una caja de guindas al marrasquino bañadas en chocolate!).

En efecto, Matt Dodson posee una habilidad muy concreta a desarrollar, pero no es un superhombre, sino uno más dentro de una organización de propósitos firmes y altruistas, si bien, como sucede a menudo, la aplicación de estos no siempre sea sinónimo de pureza (si es que existe algo puro, o que no resulte ambiguo, en el ser humano: basta recordar las diversas opiniones, muchas veces encontradas, de los compañeros de Matt).

Venus (imagen de la NASA)

Así, su esclarecedora conversación con el teniente Wong acerca de la diferencia entre los cadetes y los marines, o la renuncia del veterano Bill Ansara, harán reflexionar al futuro cadete acerca del papel de la Patrulla y acerca de sí mismo (capítulos 9 y 10). Otro buen apunte más sobre el personaje estriba en el hecho de que buena parte de su instrucción no es solo de orden físico, sino que se dirige a adquirir una cultura. De hecho, el bueno de Dodson se verá abrumado ante un exceso de materia nueva que estudiar.

Entre las curiosidades de Cadete del espacio, encontramos la de la anticipación del teléfono móvil, o del microondas, aparatoso invento que aún andaba cociéndose a finales de los cuarenta. Pero quisiera destacar, además, el tratamiento de la inocencia, no como sinónimo de simplismo (nunca debería serlo), sino como un componente vital ante lo novedoso, y asunción del papel que desempeña el hombre como un inquilino más en el vasto conjunto del espacio. La camaradería y humanidad de los aspirantes hace que sea fácil identificarse con los personajes principales. Una humanidad que, revestida de sus atributos más positivos, se encamina hacia la natural familiaridad a la que tiende todo ser humano (sea cual sea el tipo de familia).

Por otra parte, destaca el tratamiento dado al planeta Venus, donde transcurre parte de la acción, y cuyas características no fueron desveladas hasta bien entrada la década de los sesenta. Tanto da, el planeta escogido sirve a Heinlein para abordar el asunto de los tabúes hacia otra cultura, como una forma de solicitar una “tolerancia tolerante”, es decir, aquella que no atenta contra los demás. Como decíamos, el personaje central es el joven Matt, el cual se distingue de todo el proceso de adiestramiento y de quienes lo conforman por su aplicación, por la adquisición de conocimientos (lo que incluye algún que otro periodo de “flojera”: la “etapa floral”). A la larga, esto le preparará de cara al futuro como cadete y persona indivisiblemente.


Otro apunte excelente reside en el hecho de constatar hasta qué punto limitamos la realidad que nos circunda a la realidad de nuestros sentidos (capitulo 12). De hecho, ¿cómo reconstruir toda una civilización contando solamente con unas pocas piezas aisladas en el tiempo? Es lo que debió preguntarse la tripulación de la Exploradora, una nave considerada desaparecida hasta entonces...


Naturalmente, Cadete del espacio propone un viaje iniciático hasta el interior, hacia el encuentro con uno mismo, con nuestro propio camino, por muy doloroso que sea el constatar hasta qué punto se es un extraño dentro de lo que hasta entonces habían sido el hogar y los vínculos familiares. En este sentido, Matt experimenta un inevitable alejamiento de su entorno, cierta desconexión con el pasado.

Son los prolegómenos para alcanzar las estrellas. Pero no de cualquier manera sino, como se asegura en el capítulo 4 de forma elocuente y bien hermosa, tratando de defender la paz del sistema solar, la Constitución de la Federación Solar, desempeñando los deberes del puesto asignado y obedeciendo las órdenes legítimas de los oficiales superiores (…), más allá de toda ambición, engaño y avaricia, respetando las libertades y la dignidad de todas las criaturas, junto a una inquebrantable voluntad de hacer justicia y ofrecer piedad.

Noticias: Crónica del concierto de Alejandro Sanz, La música no se toca

04 agosto, 2013

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Es difícil plasmar con palabras cada sentimiento que la música puede ser capaz de transmitir. Y más aún si se trata de música en directo de un artista ya consagrado, con todo el espectáculo y expectativas que ello conlleva. Siempre es una suerte que tu artista preferido actúe en tu ciudad, y, por qué no, todo un orgullo que cuelgue el sold-out semanas después de haber puesto a la venta las entradas para dicho concierto. Es el caso de Alejandro Sanz y de su concierto en el Palacio de Deportes de Granada el pasado 21 de junio, que resultó ser, como aquí adelantamos, un rotundo éxito.


Un concierto de esos que no se olvidan. Alejandro Sanz nos trajo veinte años de recuerdos y emociones plasmados en canciones, ilusionando y acariciándonos con cada letra como el primer día. Ofreció un espectáculo lleno de seguidores, con algunos temas de siempre y muchos otros de su último álbum, La música no se toca, que da título a la gira y que sonó varias veces a lo largo de la noche, convirtiéndose en el himno de la misma. El tour comenzó en octubre del pasado año en Norteamérica y Latinoamérica, triunfando en países como México, Nueva York, Perú o Puerto Rico frente a un público de hasta 20.000 personas. A España llegaría el 28 de noviembre para ofrecer un solo concierto en el Palau de la Música de Barcelona, un anticipo de lo que sería la etapa española de su gira, que no empezaría hasta el 29 de mayo de este mismo año. Desde entonces, no ha parado de recorrer la mayoría de ciudades de España, haciendo un paréntesis el pasado mes de julio para acudir a la campaña creada por Greenpeace para salvar la Antártida, apoyando el proyecto Salvar el Ártico es salvar mucho más.


Durante las dos horas de concierto, Sanz consiguió subir aún más el listón de su pasada gira, Paraíso Tour, volviendo a su esencia y a la música que le convirtió en un grande en la década de los noventa, con letras y melodías a las que nos tenía acostumbrados. Envuelto en una excelente banda, con integrantes femeninos en su mayoría, así como de un impresionante sistema audiovisual con efectos lumínicos impactantes y más de 100.000 vatios de sonido (empañado por el público que coreaba a pleno pulmón sus canciones), el lugar se inundó de magia gracias a su música. Quizás faltaron clásicos como ¿Lo ves? o Viviendo deprisa, además de una interpretación al piano que todos los asistentes aclamaron pero que, finalmente, no tuvo lugar. Nos tuvimos que conformar con un medley de canciones como Hay un universo de pequeñas cosas y Me iré, con acompañamiento de piano a cargo de Alfonso Pérez, uno de los músicos de su banda, siendo, pese a eso, uno de los momentos más emotivos de la noche.


Alejandro Sanz se mostró feliz y entusiasta sobre el escenario, sin faltar las bromas con los asistentes que twitteaban al mismo tiempo que él hablaba o a la hora de presentar canciones recientes presentadas en exclusiva para el público de esa noche, como Corazón partío o Mi soledad y yo. Numerosos cambios de guitarra, una puesta en escena cuidada al detalle y un escenario vivo y tridimensional interactuando con la música y el público fueron otros de los grandes ingredientes para que el concierto fuera un éxito. 


En esta gira no han faltado las sorpresas; sin embargo, en Granada no tuvieron lugar. Conciertos como los de Sevilla, Barcelona o Cádiz contaron con invitados de lujo como Antonio Orozco, Malú, Pablo Alborán o Manolo García. Los granadinos, lejos de sentirse decepcionados por no tener ningún invitado en el concierto de su ciudad, opinaban orgullosos en la cola que ellos realmente habían pagado su entrada por ver a su ídolo Alejandro Sanz.


Como bien deja claro Alejandro Sanz, la música no se toca, y ese es nuestro titular. Magia, emoción e lusión en un directo único de un artista que sigue triunfando casi dos décadas después de su primer éxito: Viviendo deprisa. Tras miles de personas presentes en esta gira, La música no se toca - Tour aún no acabó, y si queréis tener la oportunidad de poder verle también en concierto, su gira continúa en agosto por Tarragona y Marbella, donde seguro que su espectáculo resulta tan inolvidable como lo está siendo hasta ahora por toda la geografía española.



Escrito y fotografías del concierto realizadas por Mariela B. Ortega




Para el sábado noche (XIV): El increíble hombre menguante, de Jack Arnold

02 agosto, 2013

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El destino ha querido que la planificación de tres entradas (la última prevista para fin de mes y la primera publicada el pasado mes) dedicadas al realizador Jack Arnold, haya coincidido con el fallecimiento de Richard Matheson, el autor del libro en que se basa esta película, y de cuya adaptación se encargó personalmente. Matheson (1926-2013), al cual nos referimos de pasada al nombrar a varios de los prestigiosos guionistas que intervinieron y ayudaron a conformar la mítica Star Trek, fue un escritor extraordinario al que espero regresemos en futuras ocasiones.

Jack Arnold y Richard Matheson
La música de Joseph Gershenson nos introduce a la manera “noir” dentro del universo de El increíble hombre menguante (The incredible shrinking man, Universal, 1957). El relato parece cíclico, al comienzo de la cinta, Jack Arnold inserta un plano de la inmensidad del mar, que se contrapone al plano final del cosmos; dos mundos aún no del todo conocidos, y un universo que contiene al otro. 

Según relata la voz en off del protagonista, todo sucedió en un día “cualquiera” de verano. Ello apunta, desde el principio, a una de las claves más absorbentes de la película (y el libro), que está en cómo la cotidianidad puede transformarse en un espacio de inseguridad. De hecho, cuando la alteración se manifiesta en Scott Carey (Grant Williams), parecerá que se conjuren contra él todos los terrores: raramente tiene suerte en sus actos y cuando la tiene, es de nuevo por puro azar. Así, el que hasta entonces ha sido su hogar, se transforma en un medio hostil, en el que su vulnerabilidad (la vulnerabilidad de toda una especie), le coloca en un peligro constante al que debe enfrentarse con su mente, la única capacidad en él que parece no haber disminuido.

Así mismo, esa misma voz que puntúa el relato esporádicamente, nos habla de un personaje rumbo a lo desconocido, que aún no ha perdido la total esencia de sí mismo (si es que alguna vez sucede tal cosa en el mundo de lo microscópico). Lo que nos conduce a otra reflexión no menos perturbadora: qué nos impide pensar que formamos parte de otros universos contrapuestos. Y es que lo que la ciencia va corroborando, ya fue sugerido por los grandes autores de la ciencia ficción, al fin y al cabo, todos ellos escritores “humanistas”.


Por otra parte se plantea la cuestión de qué sucede cuando la ciencia no tiene respuesta. Evidentemente no la tiene para todo, aunque su negativa nos despoje de todo asidero emocional y ético. El ser humano necesita hallar la razón de todo porque para nuestra mente, el hombre sigue siendo medida de todas las cosas; la subversión de esta idea nos sumerge en la desazón (o la irracionalidad), o por el contrario, como acaba sucediéndole a Scott, proporciona una visión más lúcida y “verdadera” de las cosas.

Cuando la mutación se manifiesta, esta no afecta solo al entorno físico de Scott, sino también a su trabajo y sus relaciones (de matrimonio, aunque sea indirectamente: ella no le deja en sentido estricto); es decir, todo lo que le conforma como persona y le proporciona seguridad. No obstante, Scott sabrá sacar provecho de dicho entorno, si bien, en cuanto a su relación con la sociedad, esta acabará por darle la espalda, salvo para tratarlo como un fenómeno. Irónicamente, un chiquillo pregunta si ya han hecho una película acerca de él.


Otro de los aspectos a retener es el de la incorpórea casualidad. Esta hace que sea Scott quien permanece en la cubierta del velero mientras su esposa Louise (Randy Stuart), se introduce en el barco para algo tan aparentemente banal como es buscar una cerveza (la provisión de alimento acabará siendo un caballo de batalla para Scott).

Finalmente, no hay explicación para el fenómeno. No conocemos sus causas, lo que por otra parte nos evita una charla metafísica o cientifista: ese no es el objetivo de la obra; su objetivo es la representación visual del pánico y del desconcierto ante el acto más cotidiano; de tal modo que cualquier objeto representa un gran obstáculo (como unas escaleras), y cualquier movimiento requiere de un considerable esfuerzo. Son las acciones cotidianas a las que menos atención prestamos, las llamamos rutina. Pues bien, Scott Carey se dirige a un mundo en pos de una nueva rutina. Por desgracia para nosotros, no seremos participes de sus descubrimientos.


Las implicaciones éticas y físicas de El increíble hombre menguante se ven continuamente apoyadas por la labor técnica y la dirección de Arnold. Por ejemplo, mediante la construcción de decorados de gran tamaño o la superposición de imágenes, como sucede durante el conocido enfrentamiento de Scott con una araña. Por su parte, Jack Arnold emplea los fundidos en negro para señalar formalmente la transición de un estadio a otro, junto a otros recursos, como el efecto dramático por medio de la amplificación o disminución de los sonidos. Igualmente, huye del plano-contraplano, tratando de mostrar al matrimonio siempre junto, en un mismo plano, lo que a su vez le permite trabajar más la escala y la perspectiva. Hay una excepción significativa, se refiere a un original empleo del contracampo: cuando Scott está sentado en el sofá, no lo vemos hasta que el realizador nos proporciona el debido contraplano, aunque hayamos intuido que él está ahí

De igual modo destaca la puesta en imágenes de todo el segmento en que Scott establece relación con Clarice (April Kent), una enana; sin olvidar ese extraordinario momento (por terrorífico) en que se alude al anillo de boda de forma bastante (in)oportuna.

Metáfora de la desaparición y de la soledad (incluso cuando se está rodeado de gente, pues cuántos se acuerdan –y cómo- de uno, una vez se ha desaparecido), El increíble hombre menguante explora la idea de hasta qué punto existimos mientras somos “visualizados”. De hecho, el caso de Scott es más terrible aún: él está muerto para el mundo antes de estarlo realmente

La influencia de la obra de Matheson y Arnold es patente en la labor de otros cineastas posteriores como John Carpenter o David Cronenberg y su mutación de la “nueva carne”. El increíble hombre menguante es una de las grandes muestras del cine de ciencia ficción de los cincuenta -y hay muy disfrutables títulos-, lo que en realidad quiere decir que de todos los tiempos.

Escrito por Javier C. Aguilera


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