Adaptaciones (XIII): Sherlock Holmes (IV) John Neville

16 marzo, 2013

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Como sabemos, el tristemente célebre Jack el destripador asoló los barrios marginales de Londres, concretamente el distrito de Whitechapel, durante 1888 principalmente. La posible identidad de este asesino en serie ha motivado ríos de tinta en libros, documentales, obras de teatro y hasta series de televisión (de las que la mejor que recuerdo es la miniserie Jack, el destripador, 1988, protagonizada por Michael Caine como el inspector Abberline).


Estudio de terror (Columbia Pictures, 1965) de James Hill sitúa por vez primera al famoso detective en el escenario de dichos crímenes. Coincidentes en época e intereses argumentales (un sádico criminal y un investigador privado), la idea era estimulante como poco, y los resultados de la cinta hacen honor a tan sugestivo encuentro. Dicho lo cual, el relato no olvida ni su condición ficcional ni su débito histórico, proponiendo una inventiva resolución en petit comité de los hechos.

En esta ocasión, Sherlock Holmes fue interpretado por John Neville, un actor que encontró principal acomodo en el teatro, y el doctor Watson por Donald Houston, que compone un médico en la línea marcada por Nigel Bruce, socarrona y bonachona.


La música sesentera, obra del siempre interesante John Scott (y dejando al margen el bello y “atemporal” tema principal), acerca la película al estilo de los krimis (policiacos) alemanes de la época o a los primeros giallos italianos. Aunque el aspecto más sorprendente se encuentra en el tratamiento gráfico -no podía ser de otra forma- de una violencia explícita y en ciertas dosis de humor y desparpajo para procurar paliarla. A ello contribuyen unos personajes turbios, como la meretriz que, según se dice, se prostituye no por necesidad sino porque le gusta; y, por supuesto, el acierto en la recreación del ambiente sórdido y neblinoso del Londres victoriano (Londres sigue siendo, en este sentido, un decorado natural). Un laberíntico discurrir de calles desiertas y de tabernas bulliciosas pobladas por gentes de toda condición: en este caso mostrar constituye un acierto, que no siempre sucede así.


A destacar, por tanto, una atmósfera muy bien conseguida, putrefacta y malsana, cobijo de los pordioseros de Whitechapel. Pero igualmente destacables son otros aciertos de guión, como el bastón de Holmes que se convierte ipso facto en un arma mortal, o la propia identidad del maniaco homicida.

Finalmente, recalquemos la caracterización del gran Robert Morley, que propone un Mycroft tan ocurrente como familiar. Junto a él, actores de soporte tan entrañables como Anthony Quayle, Frank Finlay (ambos reaparecerán en la posterior reescritura de la trama) y una jovencita Judi Dench, a la que últimamente podemos ver como jefa del nuevo James Bond. En cuanto a James Hill, el realizador de la cinta, no está de más recordar que, amén de esta, cimentó curiosamente su popularidad a través de películas de corte familiar, como Nacida libre (1966) o La ciudad de oro del capitán Nemo (1970). Muy alejadas en cuanto a intenciones de esta perturbadora e inteligente Estudio de terror.


 Escrito por Javier C. Aguilera "Patomas"  

Clásicos Inolvidables (XIX): La malquerida, de Jacinto Benavente

15 marzo, 2013

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Eran principios del siglo XX cuando España vivía una situación cultural de movimientos que se entrecruzaban y que daría lugar a una de las ocasiones más fértiles de este país. Fueron la sucesión de una serie de generaciones muy productivas que crearon una segunda época dorada para la literatura. Los nombres de los componentes de la Generación del 98 y de la Generación del 27 están presentes en cualquier programa literario, pero entre los representantes más destacados de cada una hay una serie de autores que han pasado más desapercibidos en la actualidad, aunque resultaran muy atrayentes en la época. Es el caso de Jacinto Benavente, dramaturgo finisecular que elaboró la mayoría de sus obras a principios del siglo XX.

 
Contra la tendencia melodramática de los éxitos anteriores, especialmente del hoy desconocido Echeragay, Benavente creó un teatro realista con El nido ajeno (1894), que recibió la negatividad de la crítica y que, seguramente, provocó que actuara con moderación a partir de entonces. Por ello, acabó centrándose en llevar a cabo un teatro burgués con crítica suave y asimilable por el público cuyo culmen fue Los intereses creados (1907). Pero hoy no hablaremos de esta obra maestra benaventista, sino de uno de los subgéneros que trabajó y que tuvo gran repercusión en el teatro lorquiano que hoy es tan bien aceptado y aclamado. Nos referimos a La malquerida, representante del drama rural y estrenada en 1913.

El argumento nos traslada a un pueblo el día antes de la boda de Acacia con Faustino, matrimonio que no se llevará a cabo tras el asesinato del futuro novio. Raimunda, madre de Acacia, mostrará interés por descubrir la verdad y no caer en la respuesta fácil de acusar a Norberto, antiguo interesado en el amor de su hija. La búsqueda de esta verdad llevará a la ruina al personaje y a la familia al modo clásico que ya se había representado en el clásico Edipo rey, de Sófocles. Todo ello como fruto de la doble moral de los personajes, representada esencialmente por el marido, Esteban.


Los hechos oscuros que atañen esta obra acababan con la visión idílica del campo que había otorgado el costumbrismo, este movimiento había empleado esencialmente la temática horaciana del menosprecio de corte y alabanza de aldea, presente en autores neoclásicos como Andrés Bello y noventayochistas, como Baroja y Unamuno. Benavente ha dado así un giro de tuerca a este mecanismo, aunque lo realiza de forma sutil. No obstante, debemos atender a la reflexión que Federico de Onís realizó sobre los dramas rurales de este autor, señalando que la situación rural de la escena sirve a Benavente para irrealizar la realidad, alejándola del mundo urbano y burgués habitual en sus obras así como de cualquier lugar auténtico. Esto le permite ahondar en las debilidades y las pasiones humanas.

Insistiendo en esta realidad rural podemos observar también las leves referencias que el autor hace al caciquismo y a la situación de servidumbre que aún se vive en estos pueblos, como se observan en los personajes de Juliana y el Rubio. Estamos en un ambiente pequeño donde se acrecienta la vigilancia social y surgen rumores que siempre llevarán un eco de la verdad. Siguiendo, por otra parte, con una de las características positivas de su teatro, Benavente realiza una conversación poco teatral para resultar verosímil. En este caso empleará expresiones y pronunciaciones populares, aunque debemos recordar que no se basa en ningún estudio, sino que emplea recursos generales que se pueden identificar con el habla popular. Sobre estas conversaciones, en otras sobras solía centrarse en los diálogos, olvidando la acción, algo que le había causado críticas negativas, pero en esta ocasión la acción teatral tendrá mayor importancia.


Representación por el director J. Vida
Ahora bien, la importancia de esta obra reside en sus personajes. Ellos configuran una doble perspectiva que, como defiende el autor, se debate entre el bien y el mal. Raimunda, la madre, en su interés por la opinión pública y por su amor a Esteban no dudará en apartar a Acacia como solución, llevando a cabo una injusticia por su interés y convirtiéndose en una madre ausente, como argumentará Acacia. La joven será víctima del drama, acusada por su madre de levantar las pasiones que han arruinado la familia, y ella se debate entre el odio y el amor, conocedora del mal que haría con un amor prohibido, pero sintiéndose dolorida por tener que ocultar su verdadero sentimiento. Esteban, por otra parte, es retratado como un hombre bueno que se ha visto obligado a convertirse en criminal por unas circunstancias mal vistas por la sociedad. Benavente parece desear que el lector no encuentre en su obra a buenos o malos, no es esta una obra de blancos y negros, sino de grandes matices. En este sentido, Juliana, la criada, culpará a Acacia por ser mala hija. Al igual que Esteban se debatirá entre un amor equilibrado y una pasión fatal que enturbia la realidad.

Raimunda deseará el mal de su hija por el interés social, movidos todos estos personajes por el egoísmo. Estas relaciones turbias tendrán su eco en los dramas rurales de García Lorca, especialmente en La casa de Bernarda Alba, donde Adela podría ser el resultado de una Acacia revisada por el autor granadino, sin olvidar que las heroínas de este autor son derrotadas por el sistema que las oprime.

Aunque reconocido en su época, incluso siendo Premio Nobel, Benavente pasa más desapercibido para el público actual, en gran parte porque su producción tras estos primeros años fue más acomodada al público burgués de la época, con un teatro de final feliz. No obstante, tiene entre sus obras algunas bastante relevantes y renovadores del teatro de la época, como la mencionada Los intereses creados y su drama rural La malquerida. Podemos notar la diferencia de este argumento con el ilustrado Moratín en El sí de las niñas que comentamos con anterioridad. Una revisión necesaria de un clásico que nos da las claves para entender la producción teatral posterior.

Representación de La casa de Bernarda Alba

Escrito por Luis J. del Castillo

Publicidad No-Subliminal (XXIII): Diseñados para provocar

11 marzo, 2013

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Llamar la atención del gran público y crear polémica es uno de los ases que una agencia de publicidad se guarda siempre bajo la manga. Ante casos así, siempre puede rondar la duda de si se buscó de manera premeditada o si solamente fue una consecuencia involuntaria. Aunque se tratara de la última posibilidad, existen colectivos que sienten vulnerados sus derechos y no dudan en expresar su indignación, produciendo así que se hable muchísimo más de dichas campañas. Sin duda, en la publicidad no hay mal que por bien no venga. 

Esto no es algo aislado, sino que sucede en cualquier país del mundo. Alguna vez habremos visto campañas protagonizadas por gente sufriendo de hambruna, con sus correspondientes quejas. O protestas a las supuesta incitaciones a la zoofilia de un anuncio de hamburguesas. Otras, con algo más de moralidad añadida, simplemente podría suscitar intriga al menos impresionable.

Sobre las campañas que mostraremos a continuación valoraremos su repercusión en el mercado y lo que ellas han podido transmitir al público desde un punto de vista neutral. ¿Es realmente necesaria su censura o, simplemente, buscan provocar? Opinad vosotros mismos.


BurgerUrge, una conocida cadena de hamburgueserías de Australia, quiso destacar por encima de sus competidoras con este peculiar anuncio. En él podemos ver cómo una mujer lame a una vaca, ataviada con una chistera y con un eslogan intimista que la cataloga como premium, posiblemente por el suculento manjar que BurgerUrge podrá ofrecer gracias a ella. La polémica vino cuando el sector australiano más conservador afirmó que el eslogan y la imagen en cuestión parecen sugerir relaciones sexuales entre la vaca y la mujer; aunque el comité regulador de contenidos en publicidad lo rechazó, la asociación ha seguido presionando para conseguir censurarlo.



In Eternum es una conocida marca de crema antiarrugas en Reino Unido. Quizás en la campaña que apreciamos en la imagen se lleva al extremo el prototipo de belleza que anuncia... hasta la muerte, según las quejas recibidas. La asociación que regula los contenidos publicitarios recibió un centenar de quejas pidiendo su retirada, tachándola de espeluznante. Algo de miedo produce, pero, realmente, ¿quién querría tener este aspecto tan demacrado? Quizás algún fan de la saga Crepúsculo.



AXE, la conocida firma de cosmética para el hombre, se ha caracterizado por mantener campañas publicitarias provocativas a lo largo de su historia. Este suceso, por ejemplo, tuvo lugar en España, donde asociaciones feministas la encontraron sumamente machista y degradante para la mujer. Aunque este no sería sino un previo de una serie de spots con cierta polémica.


California Sun es una marca de bronceador estadounidense. La polémica nació en el noreste de San Francisco, llegando al extremo de cubrir con una lona negra el cartel. No es que fuera sexy, sino que los vecinos lo tildaron directamente de pornográfico. Una semana después, se tuvo que retirar de la marquesina. Pero, como vemos, solamente es una chica en bikini.

Aunque la publicidad, y el valor de marca que ella crea, cada vez cobre más importancia a la hora de comercializar un producto, los ciudadanos aún no tenemos en cuenta la responsabilidad de las marcas como elemento clave para hacerlo. Según un informe de la Fundación Adecco, los tres valores que debe tener una marca para ser entendida e interpretada como responsable por parte de los ciudadanos son la transparencia (para el 100% de los ciudadanos), ética (según el 94% de los ciudadanos) y ser respetuosa con la comunidad (80% de los ciudadanos). 

En resumen, campañas con más transparencia, más ética y más respeto a la comunidad donde actúan. El camino ya está marcado.


Escrito por Mariela B. Ortega


Cromwell, de Ken Hughes

05 marzo, 2013

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Casi asusta comprobar como existen obras en la literatura, la pintura, el teatro o el cine (añádase lo que se quiera) que son de absoluta actualidad. Lo es un escrito de Galdós o Unamuno, la séptima sinfonía de Beethoven o la película que nos ocupa. Y a pesar de la relativa atención que suscitan los citados clásicos (con todas las excepciones que se quieran, el olvido es más que evidente en un momento donde todo resulta tan confuso como apresurado), lo cierto es que “ellos” tratan de transmitirnos un mensaje: el de evitar que tropecemos dos veces con la misma piedra.

Pero la naturaleza del ser humano es la que es, lo mismo hoy que en la Gran Bretaña del siglo XVI, en la que un labrador puritano, Oliver Cromwell (1599-1658) logró alcanzar el gobierno de Inglaterra, Escocia e Irlanda (el título era el de Lord Protector), desde 1653 hasta que falleció, según parece a causa de la malaria.

La película del mismo nombre dirigida por Ken Hughes (Columbia Pictures, 1970), nos recuerda esta porción de la historia, en la que el otro personaje del drama, más que antagonista, fue el rey Carlos I de Inglaterra, casado con una católica, Enriqueta María de Francia, lo que no le impidió batallar contra la misma Francia y España, o disolver y convocar el Parlamento según anduviera escaso de fondos.

Y aunque el film concluya con la, a su pesar, toma del poder por parte de Cromwell, lo que sucedió después de su elección podemos imaginarlo. Al fin y al cabo, también él fue un hombre, con sus aciertos y contradicciones. Ambas vertientes quedan bien ilustradas en la película, desde las justas motivaciones de Cromwell hasta la injusta resolución del juicio celebrado contra el rey (enero de 1649). Casi se diría que los dos caracteres son intercambiables, como las caras de una moneda.


El choque entre Cromwell y el monarca, un conflicto tanto de clase como religioso, llevó a los británicos a una guerra civil (sí, la tuvieron, aunque solo nos acordemos de otra). Hughes no la escamotea, si bien su visualización es casi intimista (el punto de vista del rey y el de Cromwell), como “de cámara”. No en vano, en un principio, ambos contendientes están formados por unas milicias poco más que improvisadas.

Finalmente, en la batalla de Naseby, y ya con el grado de teniente coronel, Cromwell se enfrenta y vence al ejército del rey. Pero como digo, el realizador focaliza el relato sobre la pugna moral y política, de tal modo que, por paradójico que pueda parecer, los personajes de la película están acendrados, libres de una excesiva retórica (principalmente religiosa, católica y protestante, que sí inflama los escritos de ambos), para así lograr concentrarse en los aspectos más relevantes del conflicto. Todo se muestra condensado, de tal modo que las dudas se proyectan sobre nuestro presente histórico.


Por su parte, Cromwell se nos presenta como un lúcido parlamentario con una habilidad instintiva para liderar. Y el monarca como un (in)consciente representante de su estatus, al que no se perdonará, en última instancia, su acercamiento a los católicos para alimentar una guerra civil entre británicos. En tan brillante resultado cinematográfico tiene mucho que ver tanto el inteligente guión del propio Ken Hughes, que condensa magníficamente el conflicto, como las soberbias interpretaciones de Richard Harris y Alec Guinness en los principales roles.

Hughes no fue muy pródigo a la hora de ponerse tras las cámaras, pero se le recuerda con afecto por esta gran película, por Chitty Chitty Bang Bang (1968), basada a su vez en el relato de Ian Fleming, creador de James Bond; y sobre todo por la magistral Nueva moda en el crimen (The Internecine Project, 1974).


Son grandes relatos que nos siguen conmoviendo porque en definitiva tratan del tema universal del Hombre. Da igual el tiempo que haya transcurrido o los adelantos (?) técnicos con que se adorne. Siempre será, en esencia, el mismo. Es por ello que, los referidos autores clásicos nos siguen “hablando”. En este caso, de la “restauración” de unos mecanismos que permitan la libertad de un pueblo frente a la opresión. Como muchas buenas ideas, bella en su concepción, que no en su ejecución -perdón por el chiste- práctica.

Por otro lado, la Historia y los que se afanan en escribirla, que con frecuencia no son los que pasan a ella, al menos positivamente, se empeñaron en comparar la figura de Cromwell con otras menos felices del siglo XX, pero sus motivaciones –resultados al margen- y el periodo histórico que le tocó vivir, no hacen sino alejarlo de estas. Su celo religioso es fundamental para comprender sus actos y al fin, su propia vida.


Desconozco hasta qué punto se desechó material durante la fase del montaje (más que con vistas a una duración estándar, la cinta prefirió incidir en los aspectos fundamentales de ambos personajes, como comentaba), ya que los actores de apoyo aparecen fugazmente. No obstante, también ellos merecen ser recordados: Patrick Wymark (que falleció demasiado pronto), Robert Morley (inolvidable siempre, y al que rescataremos en la siguiente entrada de Sherlock Holmes), Frank Finlay (exactamente lo mismo, y antes de convertirse en un inolvidable Porthos), Patrick Magee (antes de sus trabajos para Kubrick), Charles Grey (después de Terence Fisher y antes de James Bond), Timothy Dalton (también antes de James Bond) o Nigel Stock (al que también recordaremos como doctor Watson). ¡La historia se bifurca, se imbrica y se entrelaza hasta en el cine!

Escrito por Javier C. Aguilera
 

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