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Salomé, de William Dieterle

25 marzo, 2018

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Al igual que otros estudios, Columbia Pictures también quiso contribuir al género de relatos bíblicos, tan cercano al péplum. La elección recayó en el episodio de Salomé (15 o 5 – 62 D.C.), la princesa semita, hija de Herodes Antipas (4 A.C. – 39 D.C.) y de Herodías (15 A.C. – 39 D.C.), adaptado por Harry Kleiner (1916-2007) y Jesse Lasky Jr. (1910-1988); autores, respectivamente, de las excelentes Bullitt (Peter Yates, 1968) y Los Diez Mandamientos (The Ten Commandments, Cecil B. De Mille, 1956).

A un elenco extraordinario se sumó un competente equipo técnico y artístico, que proporcionó una muy entretenida y bien filmada lectura del relato original, y en el que sobresale la fotografía de Charles Lang (1902-1998).

El primer punto de interés reside en el hecho de que, atendiendo a la naturaleza humana sobre la que se construye el mito, nada es blanco o negro en esta historia. Por ejemplo, el personaje principal que la articula, pese a quedar en una discreta posición narrativa, es Juan el Bautista (siglo I A.C. – 31-36 D.C.), que se debate entre la observancia de la ley de Moisés y la predicación de la llegada de un mesías que expandirá la doctrina cristiana. En este sentido, su discurso ya es universal (es decir, paulino). En concreto, declara que Dios es un Padre común y que todos somos hermanos. Una línea en la que se inserta su llamada a asistir a los oprimidos, arrepentirse del mal (los pecados) y buscar la virtud.

Tales males los enfoca en el rey Herodes (el excelente Charles Laughton), casado con Herodías (una genial Judith Anderson). Herodes, cuyo padre condenó a muerte a todos los primogénitos, según reza la severa tradición, ya lleva un tiempo desunido de su consorte, pese a que ambos se mantengan en sus cargos. Ante la amenaza que supone Juan el Bautista (Alan Badel), se hace necesario prenderlo. Pero ni siquiera en este extremo se pone el matrimonio de acuerdo ya que, si bien Herodías desea castigar la osadía y maledicencia del molesto profeta (y no cuesta empatizar con la dama), Herodes teme que, al ejecutarlo, un terrible castigo se cierna sobre él, como anteriormente le sucedió a su padre.


En este entorno emponzoñado tienen gran peso las prácticas ancestrales y las profecías. Sin embargo, ¿cómo distinguir al mesías auténtico cuando existen tantos profetas? ¿Será el Bautista el tan ansiado enviado? El propio emperador Tiberio (sir Cedric Hardwicke) se queja de que asegurar la paz resulta mucho más trabajoso e ingrato que hacer la guerra. Además, tercia para que el compromiso que su sobrino, el senador romano Marcelo Fabio (Rex Reason), mantiene con la princesa Salomé (Rita Hayworth), no llegue a buen puerto. De resultas de lo cual, la princesa es expulsada de la capital romana, regresando a Galilea, la tierra de la que procede pero que no visita desde muy niña. Se trata de un territorio que le provoca una sensación especial, pese a las circunstancias de su imprevisto regreso. Extraño esto como si nunca antes hubiera estado aquí, asegura.

A su llegada es recibida por su madre, Herodías, y despierta la pasión de su padrastro Herodes. No obstante, y pese al recelo de confiar nuevamente en un romano, la atracción de la princesa hallará correspondencia en el centurión Claudio (Stewart Granger).

Esta arribada de Salomé coincide con la del nuevo gobernador de Judea, el pretor Poncio Pilato (Basil Sydney), destinado a regir las provincias orientales del Imperio. El viaje con los galeotes pone de manifiesto la humanidad y apertura de Claudio, frente al servil pragmatismo de Pilato, a pesar de que ambos se conocen desde hace algún tiempo y han guerreado juntos. Así sucede también durante la acampada en el Jordán y la posterior charla mantenida acerca de la inmortalidad.


Entre tanto, Juan persevera, sirviendo al propósito de la fe “sin la espada” pero con la lengua bien afilada, mientras William Dieterle (1893-1972) concentra la iniquidad de la corte de Herodes, más en actitudes y gestos que en actos explícitos (sorteando con eficacia los espinosos escollos de la crónica original). No por ello dejan de estar presentes -de palparse en el ambiente, como se suele decir-, intrigas de palacio, conciliábulos y reuniones secretas; en definitiva, bichos venenosos tanto de cuatro como de dos patas.

La red de sentimientos y relaciones que se establece es compleja y no siempre correspondida. O se revela fatal, caso de Herodías y su hija, o se construye con perseverancia y esfuerzo, caso de Claudio con Salomé. De todas formas, siempre resulta grato poner rostro a los personajes de la historia; su humanización es algo que el cine ha sabido emprender con acierto en numerosas ocasiones, con afán de hacernos disfrutar de ella y reflexionar, aún a riesgo de engalanarla cinematográficamente (con pleno derecho). De tal modo que Salomé acaba bailando ante el rey -sabedora de lo que tal acto supone en su relación con el monarca-, no para pedir la cabeza del Bautista, sino para salvarlo. Por algo, de lo que no cabe duda es de la inmortalidad de un arma tan efectiva como la belleza.

Por su parte, Herodes, que se halla entre la espada de Roma y la pared del sanedrín, aspira a mantener el orden a mi manera. Su administración prefiere no injerirse en los asuntos de religión, salvo cuando esta afecta de forma directa al orden establecido y a la (frágil) convivencia. Este es el escenario donde predica Juan, que aunque defiende la libertad de elección de Salomé, la condiciona moralmente indisponiéndola con los padres. Poco después, el realizador muestra al auténtico mesías, de espaldas (a la cámara y a Roma), y ejerciendo como sanador (del poder abusivo y los descreídos).

Cuando Herodes al fin prende al Bautista, habiendo este declarado que no es el mesías esperado, el rey se adelanta por primera vez en toda la narración, apartándose del cúmulo de acontecimientos profetizados. Contempla la solución intermedia de encarcelar y juzgar al Bautista por los representantes de su propio pueblo, aunque, una vez más, los libres albedríos actúen rubricando de forma dramática situaciones ya anticipadas.

¿Es esto lo que tenía que pasar, pues como se suele justificar, estaba escrito, o pudo haber sido evitado? Más aún, ¿está Juan en contra de la casa de Herodes por quebrantar la ley hebrea o por imponer unos impuestos abusivos? Lo cierto es que más parece conducirse por lo primero que por lo segundo. Sea como fuere, es destacable el plano en el que un soldado se lleva discretamente al profeta, aprovechando la circunstancia de un tumulto, con objeto de decapitarlo.

En suma, Salomé expone lo fina que es la línea que separa la fe del fanatismo, la iluminación de la provocación, y advierte de las diferencias entre instruir a la multitud o instigarla. La música como vía de expresión del fervor religioso (además de las fanfarrias de rigor), también se halla presente por medio de un bello cántico nocturno. No en vano, la banda sonora de la película corrió a cargo del competente George Duning (1908-2000), en colaboración con Daniele Amfitheatrof (1901-1983), encargado de musicar la célebre danza de los siete velos.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Los diez mandamientos, de Cecil B. De Mille

14 abril, 2014

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Junto a sus más conocidas secuencias, espectaculares y ejemplarmente filmadas, coexisten en Los diez mandamientos (The Ten Commandments, Paramount, 1956) otras más íntimas, pero de gran peso dramático. Son el emotivo trasfondo de unos personajes principales que, o se benefician de unos privilegios, o se ven imposibilitados para conseguir aquello que más desean, comenzando por el personaje central de Moisés (Charlton Heston), hombre de desahogado –y nada vacío- pasado, y tormentoso futuro (hasta el final de su vida se estará preguntando Moisés por los designios de Dios).

Y es que, ¿cabe en una obra destinada a motivos piadosos otro tipo de lecturas? Sin duda sí, porque una cosa no excluye la otra, sino que la complementa, al margen de las creencias de cada cual; Cecil B. de Mille fue ante todo –o pese a todo-, un hombre de cine.

Y ya comentamos en su día, cómo recordaba Luis Goytisolo en su reciente Naturaleza de la Novela (Anagrama, 2013), que el Antiguo Testamento no es menos mítico –en el más noble sentido- que la épica grecolatina.

De este modo, el texto bíblico se convierte en la evocación de una narración fantástica, una fábula si se quiere, épica y –por qué no- mágica. No pretendemos que la nuestra sea una labor hermenéutica, no dispongo de los conocimientos para ello, pero en cualquier caso, la elección de De Mille es tanto moral como cinematográfica.

En la presentación que precede a la película (al menos en su edición para DVD), el realizador, admitiendo que se han rellenado las lagunas de la vida de Moisés -lo que es perfectamente lógico-, relaciona el relato bíblico con el anhelo de libertad del hombre, recordando su naturaleza como sujeto libre, aunque necesitado de unas mínimas leyes de convivencia, prácticamente universales, y en cualquier caso, no proporcionadas por ningún estado paternalista, sino por Dios (otra cuestión será si la dependencia a un dios determinado –no solo el cristiano: hay más religiones en el mundo que pretenden ser las únicas y verdaderas-, es imprescindible para enfrentarse a la tiranía y el abuso de poder).


Los diez mandamientos fue la última película de Cecil B. De Mille (1881-1959). Se trata, además, del auto-remake de un título anterior (1923). El considerable equipo técnico-artístico incluyó la sensacional música de Elmer Bernstein, la fotografía de Loyal Griggs -en Vistavision-, el vestuario de -entre otros- Edith Head, los efectos especiales del mítico John P. Fulton, y la escritura (fuentes originales aparte) de un grupo de colaboradores: Aeneas MacKenzie, Jesse L. Lasky Jr., Jack Gariss y Fredric M. Frank.

Charlton Heston y De Mille ya habían trabajado juntos en la estupenda El mayor espectáculo del mundo (The greatest show on Earth, 1952). En sus Memorias (1995; Ed. española: Ediciones B, 1997), el actor recuerda cómo se documentó para el papel y su interés por hallar en el Sinaí -las primeras imágenes que se filmaron-, más que a Dios, a Moisés, “un pastor cuando sube al Sinaí, y un profeta cuando baja de él”. Así mismo, comenta que De Mille, “a menudo hacía una escena sin primeros planos, lo que no es muy habitual”, aspecto que confirma el talento del director en cuanto a la composición. Los interiores se filmaron en los estudios de la Paramount, y los exteriores en Egipto y el Sinaí, en base a los conocimientos, ya considerables, proporcionados por los historiadores y por la arqueología del momento.


Por su naturaleza, Moisés es ya un personaje preocupado por la justicia, o en su defecto, por los excesos del poder, como queda demostrado durante la faraónica construcción de la ciudad de Gosen, sustituyendo el látigo por una honradez innata: los obreros bien tratados trabajan mejor, ya que “el odio y la amargura alimentan a los esclavos”. Por estos siente compasión, ya que el dios que proclaman no los ha escuchado; de modo que él toma su lugar, en calidad de capataz. Por qué ese dios no ayuda al que lo necesita, si es cierto que está en todas partes, es una de las primeras cuestiones que se planteará el joven Moisés en su contacto con los hebreos. Más adelante, se añadirá la cuestión de por qué cuando se materializa, generalmente, es para castigar.

El aspecto maniqueo entre buenos y malos del relato original -algo, por cierto, no solo atribuible al Libro de la Biblia, sino al común de relatos de toda cultura antigua-, se atempera gracias a una narración que progresa sin tiempos muertos y a muy buen ritmo. Una narración construida en base a todo un artificio lingüístico, un juego de réplicas y sobreentendidos, capaces de ilustrar la ambición, la adulación, la atracción –o la fuerza- de lo físico -aspecto magníficamente sincronizado por el movimiento de los actores en el plano-, el amor frustrado, el despecho y el poder absoluto. Todo ello, frente a lo efímero de las ciudades y las glorias, finalmente corroídas por el tiempo (todo lo contrario de los sentimientos anteriormente descritos). 

De ese modo, cuando Moisés se disponía finalmente a gobernar, habiendo comprendido que podía hacer más por “esa pobre gente” como faraón que dejándoles en manos de su hermanastro Ramsés (Yul Brynner), su delito de sangre es visto por Datán (Edward G. Robinson), que imposibilita la opción. El faraón se ve forzado a entregar el trono a Ramsés. Un faraón hastiado (admirablemente sostenido por la fatigada interpretación de Cedric Hardwicke), que recomendará finalmente al futuro Ramsés II, su heredero legítimo, que no se enamore de mujer alguna; en definitiva, que “no confíe en nada ni en nadie”.


Como adelantábamos, otro aspecto interesante es la intervención aleatoria del Dios del Antiguo Testamento, tan iracundo y demoledor como cualquier otro dios de la mitología griega. De tal modo que los dramatis personae quedan expuestos a los “designios” y arbitrios del referido Dios, exactamente igual que pudieran estarlo los héroes clásicos. El mismo Ramsés se refiere a ellos, en su conjunto, como dioses crueles, en los que curiosamente, dice no creer: los considera invención de los sacerdotes del templo... Pues bien, el dios del Olimpo hebreo llegará a dividir literalmente a su pueblo cuando Moisés regrese de la Montaña Sagrada por segunda vez, en otro momento excelentemente planificado. En este sentido, la idea del Monte Sinaí, un lugar remoto y de difícil acceso, como “refugio del dios guerrero”, es magnífica.

De hecho, la andadura de Moisés es la de todo un pueblo (más tarde la de buena parte de la humanidad), hasta alcanzar la conclusión de que –cualquier- Dios no es responsable directo de lo que suceda y que, pese a todo -y esto admite otra doble lectura-, los asuntos de los hombres deben resolverse entre ellos, principalmente.

El hecho de un Dios que “ha revelado su verbo a mi mente” sugiere además que, aunque el espectador ha sido testigo del fenómeno, la comunicación se ha realizado de forma no verbal, telepáticamente. A continuación, se establece la titánica lucha entre los principales representantes de ambos dioses, el hebrero y el egipcio. Resulta simpático el comentario de Ramsés cuando asegura que uno de los prodigios de su adversario se debe al lodo rojo desprendido de una montaña: la “explicación científica”, plaga también del XX, el XXI…, resulta aún más ridícula que la posibilidad del extraordinario fenómeno.

Este enfrentamiento proporciona otro momento desolador, aquel en el que Ramsés admite conmocionado que el dios de Moisés ha ganado: “su dios es dios”, instante extraordinario, porque más allá de su adscripción a una determinada religión, certifica el desmoronamiento de todo aquello que ha sostenido los principios -equivocados o no- de una persona.


Frente a los espléndidos momentos inicialmente referidos de Los Diez Mandamientos, también destaca el avance inexorable de la niebla verde, un ente que aparece en el plano como una gran garra que desciende del cielo.

Y como recordaba Heston, De Mille ofrece una lección de cine por medio de los planos generales; por ejemplo, durante el baño inicial de las doncellas junto al Nilo, cuando el bebé hebreo es recogido por la hija del faraón (entonces Ramsés I), que ha decretado su muerte. Emerge a la superficie el deseo de maternidad, por encima de lazos consanguíneos, por parte de Josabeth (Martha Scott), hermana además del futuro faraón. En este sentido, es espléndido el encuentro entre las dos madres, Josabeth y Bitia (Nina Foch), en casa de la segunda; salomónicamente, el hijo asegurará que “egipcio o hebreo, yo sigo siendo Moisés”. Y tampoco debemos menospreciar el amor, real, de Nefertari (Anne Baxter) por un hombre del que no le importa su procedencia.

Igualmente, destacan otros pasajes, como la muerte de los niños hebreos decretada por Ramsés I, el asesinato de la vieja nodriza Meneth (Judith Anderson, tan aviesa como en los viejos tiempos, al igual que Edward G. Robinson), y el de la madre biológica de Moisés, ambos mostrados en planos elípticos: el primero se oye, el segundo se dice; soluciones con una excepción bien significativa, el asesinato del maestro de obras (Vincent Price) a manos del propio Moisés, cuando éste viene directamente de trabajar de la charca de esclavos, una “regresión” a lo más primordial, en la que el humano deseo de venganza cobra forma, anticipando así lo que le ocurrirá a parte del mismo pueblo de Israel, cuando se corrompa durante su larga peregrinación. De igual modo, es acertada la voz en off que puntúa las transiciones, en definitiva, el paso del tiempo.


En cuanto al éxodo, de nuevo ejemplarmente medido y planificado por De Mille, éste se compone de todo un cúmulo de tribus esperanzadas, pese a que, como recuerda la citada voz omnisciente, “ninguno sabía a donde iba”. Y junto a la esperanza de libertad, el realizador se asegura de incluir planos donde la salida del oro saqueado de Egipto acompaña a algunos de los liberados. En efecto, junto a la dicha del pueblo, se agazapan los “datanes”. De hecho, el propio Datán no tiene reparos en anunciar, a la vista de cómo se organiza la salida de Egipto, que “tenemos nuevos capataces”, constatando, no sin desfachatez, todo un proceso cíclico.

Finalmente, la necesidad de creer en un falso ídolo (el imprescindible dinero, un cacharro electrónico, la esclavitud de una ideología…), hace que parte del pueblo se corrompa y se deje llevar por el libertinaje facilón. Hasta Séfora (Yvonne De Carlo) declara que Moisés, pese a sus buenas intenciones y responsabilidades, “nos tiene olvidados a los dos”, refiriéndose a su hijo y a sí misma. Todo ello, sin perder de vista el drama de un anciano faraón, Seti I, que muere con la certeza de que quien gobierna no es necesariamente el mejor preparado, o el más piadoso. ¡Mayor actualidad argumental imposible!


En un acto de purgación, casi al fin del relato, los Mandamientos quedan destruidos por el momento (la réplica acabará confinada en el Arca del Alianza), y el pueblo de Israel, ahora trasunto de todos los pueblos, habrá de conformarse con vagar por el desierto, en otra apropiada y expresiva metáfora.

Escrito por Javier C. Aguilera


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