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¡A ponerse series! (XXVI): Tristeza de amor

06 octubre, 2016

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La serie Tristeza de amor (RTVE, 1986), realizada por Manuel Ripoll (1934), está dedicada al recuerdo del estupendo José Mallorquí (1913-1972), según se indica por medio de un rótulo en el primer capítulo. De hecho, será el hijo, Eduardo Mallorquí (1943), el responsable del guión. Se trata de una de esas historias con planteamiento, varios nudos y un desenlace; esto es, con un principio y un final (en los habituales trece capítulos), aunque dicho final quede abierto, no tanto con respecto a la trama en sí, como al futuro de los personajes. Lo que es de agradecer en una época en que las series se eternizan en prescindibles vericuetos argumentales.

Existe, además, una característica visual, igualmente “de época”, como es la textura que proporciona la filmación (o grabación, habría que decir) en formato de video. Una imagen granulosa que aún recoge aquella luz anaranjada que arrojaban las farolas y que muestra a motoristas sin casco (¡aún no era obligatorio!) junto a la entrañable presencia del “seiscientos” aparcado en las calles. Salvo alguna escapada segoviana y mallorquina, la serie de desarrolla en Madrid, por lo que destaca ese paisaje urbano de una capital que desde hacía ya algunos años había decidido abrirse a la modernidad.

La historia nos presenta al periodista y productor radiofónico Ceferino Reyes (Alfredo Landa), que acaba de regresar a España tras pasar siete años en Hispanoamérica, pero que no termina de encontrar un puesto de trabajo adecuado desde entonces. Sebastián Figueras (Carlos Larrañaga), un amigo de la infancia y jefe de programación de la Cadena de Ondas Ibéricas (o COI) tratará de echarle una mano aunque esto signifique que Ceferino deba volver a trabajar con la locutora Carlota Núñez (Concha Cuetos), con la que tuvo el serio tropiezo laboral que determinó su salida del país. Carlota es la encargada del nuevo programa nocturno de la casa, un puesto que ha conseguido no sin dedicación, de la mano del dueño y presidente de la cadena, Fermín Rivera (Eduardo Fajardo, en sustitución del fallecido Alfredo Mayo [1911-1985], con quien se comenzó a grabar la serie).

Completando el equipo del programa están el exquisito Walter Heredia (Fernando Hilbeck), cuyo verdadero nombre de pila es Baltasar; la relaciones públicas y coordinadora Lita García (Marisa Lahoz) y el antaño eficaz periodista, ahora tristemente alcoholizado, Damián Pereira (Walter Vidarte), especializado en crónicas rosas y en el póker, además de portador de un secreto que solo se desvelará al final.


Cuando las circunstancias son propicias, la noche es tiempo de relajación, de compañía en soledad. Un momento ideal para que tome posesión el nuevo programa radiofónico de la COI, que finalmente llevará el título de Tristeza de amor. Es curioso cómo el nombre le es inspirado a Ceferino cuando este se halla escuchando música por la radio en su apartamento. El tema emitido es el Estudio nº. 3, Opus 10, llamado Tristeza, de Federico Chopin (1810-1849). Con el programa se pretende, pues, hablarle al corazón de España, y entre que esto sucede, antiguas rencillas quedan limadas y nuevos conflictos se enconan como solo los seres humanos saben hacerlo.

Entre las dificultades intermedias de ambos polos opuestos, se halla la relación de Carlota con su sobrina Leticia (Emma Suárez), a la que ha acogido en su casa, o la de Walter con su millonaria aunque achacosa esposa (la veterana Conchita Montes), junto con la apremiante necesidad de dinero de algunos de los personajes, en muy delicada situación, y en fin, el resto de relaciones de negocios y laborales a lo largo de la conformación de un programa, en el que, en principio, ninguno de los involucrados cree demasiado.


Pero cuando el espacio arranca, este es un éxito, por lo que emergen tanto el alborozo como los celos “profesionales” hacia aquel compañero que está obteniendo un mayor reconocimiento en su intervención por parte del público. Una situación resuelta con cierta pericia al ir derivando en un platónico enamoramiento. Pese a todo, la fama es un valor con doble filo. Lo único real era el éxito, termina por asumir Carlota al hacer un balance retrospectivo (capitulo X). Y aunque lo tópico alcanza a algunos de los personajes de soporte, como el inverosímil -por excesivamente chapucero- paparazzi contratado por Ceferino (Fernando Valverde) o el cargante ingeniero de sonido Saturio (Antonio Medina), que casi se limita a portar a diestro y siniestro el álbum Caravanserai (1972) de Santana (1947), lo cierto es que algunas fugas narrativas se acoplan bien al conjunto del proyecto (televisivo y radiofónico). Es decir, cuando las historias personales de los protagonistas comienzan a enlazarse con las vivencias y relatos de algunos de los oyentes e invitados al programa. Por ejemplo, el admirador homosexual que acude al programa por una necesidad casi espiritual (Conrado Sanmartín; IV).

Situaciones inéditas, a veces algo estereotipadas, pero honestas en su plasmación. Es la interacción de un microcosmos (la radio, o el programa de radio) con el macrocosmos de la ciudad. El trato con personajes que han de acrecentar la confianza en sí mismos (Lita), que ven tambalearse sus estados de bienestar (Figueras) o que ven colmadas sus aspiraciones incluso antes de lo esperado (Walter).


El paroxismo de todo este entrecruzamiento de destinos y situaciones será la relación, progresivamente complicada, de Fermín Rivera con la pianista rusa Catalina Yamanova (Nadiuska), una concesión al suspense más impostado, pero que en su desfachatez no deja de constituirse en simpática ocurrencia. El hándicap principal consiste en que, precisamente, el personaje de la pianista resulta frío en exceso; o dicho de otro modo, solo atractivo en su indudable físico (pero no sobre el papel).

Al espectador le resulta difícil empatizar con la agria e hierática concertista, aunque sabemos que existen hombres que, como Fermín, encuentran esta condición irresistible (aún a sabiendas del abismo que se abre ante ellos). Posiblemente para superar pasados cometidos -nunca deshonrosos-, Nadiuska (1952) compone un personaje que de disidente pasa a convertirse en una calculadora espía que, solo ante Ceferino (el reencuentro es emotivo por más de una razón), deja entreabierto su interior.

Un trasunto a esta naturaleza lo hallamos en el personaje de la camarera argentina Haydee (Cristina Rota), que pese a denostar el suelo que pisa terminará por descubrir que el dinero no conoce de patrias. Realmente, todos los personajes son vistos según el cristal de sus relaciones personales, que definen las laborales.


Hay otras situaciones resueltas con notable gracia, como las ganancias de Ceferino ante la mesa de póker (IX), una experiencia mística, en palabras de Damián, o la posterior visita al flamante ganador de uno de los emplumados. Sin olvidar el episodio de la estancia de Damián en el apartamento de Ceferino y el asunto de la cristalera, suceso vodevilesco que demuestra cómo se puede complicar todo en un día (XI). Significativo, además de admonitorio, es el reencuentro de Ceferino con Beatriz (IX), antigua novia y esposa de Figueras (Elisa Ramírez), o la borrachera con Carlota (XII). Entre otras imágenes irrepetibles, como aquellas que muestran a los actores fumando en la pantalla.

También quisiera anotar el, a mi juicio, espléndido trabajo de los actores Walter Vidarte (1931-2011), como el torrencial Damián; Fernando Hilbeck (1933-2009), en su rol elegante y culto de El Viejo Werther; Carlos Larrañaga (1937-2012), probablemente, el personaje más injustamente incomprendido por el resto (más a tenor de lo que se muestra que de lo que de él se dice), y que descubrirá que en todas partes los gerifaltes cuecen habas; y sobre todo, Eduardo Fajardo (1924), que aunque le toca bailar con la más guapa, saldrá algo mareado del baile, aunque bastante airoso del envite dramático.


A todo ello podemos añadir la esporádica pero afectiva participación del gran José Guardiola -actor- (1921-1988), como un antiguo y algo cascado amor de Carlota (X), o la de Cándida Losada (1915-1992), en su papel de investigadora privada que trata de ayudar a Ceferino en su lucha desigual frente a Goliat.

Aunque pienso que el guión pudo haber estado algo más trabajado, queda bien patente lo que reza la estrofa compuesta por Hilario Camacho (1948-2006), y que sirve como sintonía de la serie, acerca de que todo aquel que gana (Ceferino, Carlota, Rivera, Figueras…), de alguna manera, acaba por perder (salvo, tal vez, el Viejo Werther).

Escrito por Javier C. Aguilera

Próximamente: Stranger Things





Las verdes praderas, de José Luis Garci

10 mayo, 2013

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Lo hemos comentado en alguna ocasión, una de las mejores cosas que ofrece el séptimo arte es la de ser reflejo visual, voluntario o no, de los acontecimientos, el ambiente y el contexto, que envuelven la realización de una obra (por eso nunca podré entender la actitud de jóvenes o adultos que se niegan a ver películas con más de veinte o treinta años de antigüedad porque-son-muy-viejas; el problema es de ellos, naturalmente. ¿Se imaginan un estudiante de arquitectura que no sintiera interés por conocer a Fidias o Palladio? ¡Es pregunta retórica!)

La verdes praderas (1979) de José Luis Garci funciona en sentido cinematográfico y también sociológico, deja traslucir una visión menos complaciente de lo que cabría esperar de la llamada etapa de la Transición, aunque aún perviva un resquicio de optimismo en el futuro; algo que, en cualquier caso, los distintos gobernantes se han encargado de dilapidar. O es que tal vez la esperanza se encuentre en una pareja comprensiva o en la charla con unos niños… El reflejo de la época contenido en la película es extraordinario; cinematográficamente también lo transmite la fotografía de Fernando Arribas.

Estamos ante un retrato de familia con casita al fondo. Un retrato generacional, asumible por muchos de los ciudadanos de clase media que vivieron aquella, pese a todo, fascinante época (vivimos en un mundo vulgar, comenta Ricardo -Carlos Larrañaga-). La época del auge de la novelita erótica y la Black & Decker.

José Rebolledo (Alfredo Landa) trabaja para una compañía de seguros, y aunque es consciente de que no desea “heredar” la empresa, pone todo su empeño en hacer su trabajo lo más eficazmente posible, y no sin esfuerzo, en contraposición con ese otro arquetipo laboral que es su compañero Ricardo, al que apodan Doña Perfecta, que siempre parece caer de pie. Tras una semana laboral el único deseo de José, convertido ya en rutina, es llevarse a su familia al campo, donde disfruta de un teórico relax en la imprescindible segunda vivienda, el chalé; lo que le supone toda una estructuración de su tiempo libre.

Además, en esta ocasión, todos los elementos socio familiares parecen aliarse para que nuestro antihéroe no pueda hacer aquello que realmente le apetece. De ese modo se suceden toda una serie de compromisos “de trabajo”, donde priman las apariencias y la hipocresía, y en los que cada vez se encuentra más incómodo. En suma, lo que son las relaciones sociales, sobre todo con respecto a quien ostenta algún tipo de poder, en este caso el jefe de su empresa: la rivalidad borreguil se traslada hasta un partido de futbol entre empleados, una tormenta de cerebros muy nublada.


Para colmo, José no puede evitar la visita de su suegra -impagable retrato proporcionado por Irene Gutiérrez Caba-, junto a la hermana de su mujer Conchi (María Casanova) y su marido; interpretados estos por una joven Cecilia Roth y Pedro Díez del Corral. En efecto, estamos dentro del fascinante y semi oculto mundo de las simpatías y antipatías que se suelen dar en todas las familias.

Ahora bien, con el raciocinio que proporciona la madurez, José y Conchi hallarán al fin un momento de sosiego para poder sincerarse y reafirmar su relación. Es la bella secuencia del pinar, que a la larga culminará en la simbólica (aunque sea real) conclusión de la película. Tal vez, el final de todas las frustraciones.


En Las verdes praderas, la mirada de José es siempre especial, más humana: así lo da a entender ese plano en que el personaje mira sin mirar a través de la ventana de su despacho. Con esa mirada está reclamando su propio lugar.

La película de Garci no deja de ser un anticipo del desencanto que quedará reflejado en el Madrid churretoso de El crack (1981), el mundo de la producción cinematográfica de Sesión continua (1984), y así hasta el entorno caciquil expuesto en la notable Luz de domingo (2007). Ahora bien, en Las verdes praderas, José y Conchi aún tratan de recuperar parte de la felicidad perdida antes de que sea demasiado tarde.


Escrito por Javier C. Aguilera


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