Psicosis, de Alfred Hitchcock

04 febrero, 2016

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El universo de Alfred Hitchcok (1899-1980) ha sido visitado con anterioridad en esta misma página, ahondando en algunos títulos célebres de su trayectoria, como Los pájaros (1963) o Con la muerte en los talones (1959), así como otras obras quizás menos populares, pero no menos dignas, como pudieran ser Family Plot (1976) o El proceso Paradine (1947). Sin embargo, en esta ocasión nos acercamos a su película más icónica, especialmente por la repercusión que ha tenido en la cultura pop y su persistencia en la mente colectiva: Psicosis (Psycho, 1960).

En otras ocasiones hemos mencionado la importancia de acercarse a una obra libre de prejuicios y, sobre todo, de una excesiva información, especialmente cuando la intención es disfrutarla por primera vez. Con asiduidad en los tiempos que corren nos avasallan con distintas técnicas de mercadotecnia que solo provocan que lleguemos a la sala de cine o bien con una idea muy equivocada de lo que vamos a ver, dado que se han concienciado en crear un falso horizonte de expectativas, o bien sabiendo lo que va a ocurrir de antemano. 

Consideramos que el cuidado por la intriga argumental es esencial, algo que se correspondía con el pensamiento de Hitchcock, que fue muy celoso con todo lo referente a este título, sabiendo que gran parte de su éxito se encontraba en los giros argumentales que se realizan y que iban a resultar novedosos y asombrosos para el público del momento. Acercarse hoy a Psicosis sin tener algún conocimiento previo es una tarea casi imposible, especialmente porque la célebre escena de la ducha forma parte de la imaginería popular. Por todo ello, el análisis de esta película que aquí realizaremos estará exenta de los detalles más concretos, pero será inevitable mencionar algunas cuestiones básicas de la película.

Alfred Hitchcock junto a Janet Leigh durante el rodaje de Psicosis
La obra está evidentemente divida en dos partes atendiendo al enfoque narrativo: hay cambio en el personaje central al que seguimos. La introducción, y primera parte, nos lleva a Phoenix y a la vida de una secretaria, Marion Crane (la estupenda Janet Leigh), que mantiene un romance con Sam Loomis (John Gavin) y cuya vida parece atada a una existencia monótona, donde el auténtico placer o se esconde, como en el hotel donde los dos amantes huyen del resto de miradas, o está fuera de su alcance, como el dinero que le daría la oportunidad de vivir feliz.

De forma general, se suele ignorar en gran medida esta primera parte de la película en tanto que la segunda, que surge tras un giro inesperado, la devora, convirtiéndose la vida de Marion en una especie de Macguffin. Sin embargo, hay muchos detalles que muestran la buena labor de Hitchcok a la hora de crear un personaje y todo su universo emocional más allá de lo que simplemente se muestra en pantalla.


Desde la cuestión moral, en torno al robo, hasta la sensación de persecución que sentirá Marion durante gran parte de su trayectoria. El director revela la psicosis no como enfermedad, sino como un estado de cierto delirio: la joven secretaria siente todo como un peligro y hasta la escena donde ve a su jefe, George Lowery (Vaughn Taylor) cruzar delante del coche nos parece irreal, aunque después será confirmada por el personaje. El encuentro con el policía o la conversación con el vendedor de coches prosiguen en esta atmósfera opresiva, acentuada por la partitura del gran Bernard Herrmann, habitual de Hitchcock y que firma aquí una de las bandas sonoras más icónicas de la historia del cine.

El intermedio entre ambas partes nos presenta el encuentro entre Marion y Norman Bates (Anthony Perkins), propietario del viejo y casi abandonado Motel Bates. El hombre se mostrará nervioso ante la presencia de la secretaria, quien a su vez se sigue mostrando abrumada por su situación, sintiéndose de nuevo insegura ante la siniestra visión de las aves disecadas. El retrato de Norman nos dibuja a un personaje simpático, aunque con cierta timidez e inexperiencia en el trato personal. Él será el epicentro de la narración en la segunda parte, después de un acontecimiento vital en la trama que impulsará a otros personajes a involucrarse y adentrarse en el Motel Bates, presidido por una vieja casona que recuerda al pintoresco panorama de una casa hechizada.


La segunda parte nos pone en la situación de una obra de género negro, con un detective privado usual, Milton Arbogast (Martin Balsam), que indaga sobre el paradero de Marion, a la par que Lila Crane (Vera Miles) también la busca, junto a un sorprendido Sam, que no llegó a reencontrarse con su querida amante. Aunque atroz, en principio el espectador puede comprender la situación a la que se enfrenta Norman y sentir empatía por el personaje, que se verá acorralado por las pesquisas del trío. Sin embargo, Hitchcock aún seguía jugando y guardaba la tensión y el suspense hasta el final, no solo para sus personajes, sino también para los espectadores.

Sin duda, son varios los elementos que confluyen en la elaboración de una película que, pese a su ajustado presupuesto, aportó una combinación idónea para alzarse con un puesto entre las grandes obras de Hitchcock y de la historia del cine. No solo se trata de una cuestión argumentativa, que en la época fue prácticamente revolucionario, sino también en apartados como la interpretación, incluyendo a secundarios como John McIntire, en el papel del sheriff Al Chambers, o los papeles principales (Anthony Perkins quedaría definitivamente marcado y encasillado en el personaje); la música, que ya mencionamos, o la labor de montaje y técnica, desde la elaborada secuencia de la ducha, con planos detalle que se suceden e intensifican la escena, hasta el juego con las sombras en las ventanas de la casona o el fatal descubrimiento final que hace Lila en el sótano.


No está falta tampoco de cierta simbología que nos permita notar la capacidad narrativa cinematográficamente hablando de Hitchcock. Por ejemplo, cómo enfoca de manera sostenida el momento en que Bates se lava las manos, emulando a Poncio Pilatos, lo que se relaciona directamente con el factor redentor del agua, por lo que quizás Marion también estuviera tratando de exculparse por el robo cometido mientra se duchaba. 

A su vez, los signos del terror y del género negro se dan la mano: el detective cumple con el arquetipo clásico, incluso mostrando su forma de actuar en plena investigación, mientras que el caserón de Bates sirve, como mencionábamos antes, de castillo de Drácula, como amenaza alzada sobre el panorama. Incluso parece cobrar vida cuando otros personajes la miran: la silueta de la mujer en la ventana o la intimidante puerta en el momento en que Lila se acerca. Por todo ello, no resulta inusual que se la haya considerado precursora o iniciadora del subgénero de terror slasher.


Su éxito le valió una sucesión de secuelas y precuelas que alcanzan hasta la actualidad, en el caso de la serie Bates Motel (2013-) o esa especie de mezcla entre making off y biopic que es Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012), incluso tuvo un remake perpretado por Gus Van Sant en 1998 calcando la cinta a color. Ahora bien, la obra original no está exenta de ciertos detalles que hoy chirrían, como la escena de las escaleras protagonizada por Arbogast o la exégesis, necesaria aunque excesiva, que se nos plantea al final sobre lo sucedido, eficazmente superado por el monólogo que da cierre a la obra.

También hay otras cuestiones que pasan desapercibidos para un espectador actual, como observar a una pareja en la cama o ver un retrete en escena, pero lo cierto es que se estaban comenzando a romper ciertos tabúes cinematográficos. Se abría así el paso a una nueva aceptación de ciertas escenas relacionadas tanto con la sexualidad como con la violencia.


El blanco y negro en que se rodó nos da pie a hablar de esa ambigüedad del ser humano entre dos polos tan opuestos. Si bien, el hecho de que no se rodara en color fue prácticamente circunstancial, la estética proporcionada por tal situación la relaciona aún más con las películas de terror clásicas. Esas obras donde un ser aterrador sacudía a la sociedad para destruirla desde fuera. Ahora, sin embargo, el mal está dentro: somos nosotros, los seres humanos. 

La gran construcción que se realiza en Psicosis es precisamente la presentación de una maldad que nos aterra porque bebe de nuestra identidad y de los límites de la psique humana. No cabe duda de que en el mundo actual, con unas generaciones más acostumbradas a los giros argumentales con triple salto mortal, el shock puede ser menor, pero está claro que aquí está la inspiración para muchos de los personajes más siniestros (y populares, por otra parte) de la actualidad. Una atracción fatal que se refleja en esa mirada final clavada en el espectador, justo donde la película nos habla y nos señala.




3 comentarios :

  1. Me encantan estas pelìculas, ademàs de èsta he visto la secuela y el remake, que no es malo pero coincido contigo en que se rompen tabùes, sobre todo al integrar una escena de masturbaciòn. No me lo esperaba la primera vez que lo vì y es de esas cintas que vuelvo a ver cada vez que la pasan por cable.

    No tenìa ni idea de que hubiera una serie llamada bates MOtel, pero me encantarà verla si es que la encuentro.

    Creo que la ùnica mejorìa que encuentro en la pelìcula original y el remake es la escalofriante escena de la ducha, porque nada se compara con la sangre en su màs roja y brillante naturalidad.

    Saludos. Buen post !

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    Respuestas
    1. Gracias por comentar :)

      La serie es reciente y funciona a modo de precuela. No puedo comentarte nada más porque no la he visto, aunque parece que ha tenido cierto éxito.

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  2. Hola: vi esta película hace años y me moría de miedo. Hoy en día reconozco que es unapelícula sublime en cuanto al ritmo, acción y al argumento. Acabo de descubrir tu blog y me gusta mucho la variedad de temas que tratas. En este momento tengo un blog dedicado a los jóvenes y Educación que te invito a visitarlo: http://cativodixital.blogspot.com.es/ . Si quieres seguimos en contacto. Yo ya me hice seguidora de tu blog.

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