Taxus 3: Lo que dejamos atrás, de Isaac Sánchez

23 diciembre, 2019

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Hay miles de planetas a lo largo y ancho del universo. Solo conocemos a la humanidad presente en la Tierra. Y desde hace algunas pocas décadas hemos comenzado a comprender que estamos acabando con nuestro hábitat, que la acción conjunta y devoradora de millones de seres humanos está consumiendo el planeta que hemos habitado en lo que podríamos considerar un parpadeo de la existencia de nuestra galaxia. También hace tiempo que sabemos que somos finitos. Y que estamos condenados. Lo que pasará después con el universo aún queda fuera de nuestro conocimiento, pero no de nuestra imaginación.

Con todo, hay quienes consideran que lo mejor para el planeta sería el fin de la humanidad, dado que la vorágine en que esta se halla no va a cambiar, no va a mutar con el tiempo suficiente para evitar la catástrofe. Ya lo planteaba Nietzsche. Y no muy lejos de este tipo de conclusiones se encuentran los seres que habitan en el mundo de Taxus, ni, por tanto, su creador, Isaac Sánchez. Aunque eso no quiere decir que guarde algún deje de esperanza. También lo hacia el filósofo.

En Taxus 3: Lo que dejamos atrás (2019), volvemos a un mundo en crisis. Tras haber perdido a su líder, Ciudad Fuente se encuentra desorientada. Laro parece haber desaparecido y Anjara no es capaz de mantener la seguridad de la ciudad dado que, entre las sombras, Benito ha dejado entrar al mal abrazando el plan del misterioso Caelio. Mientras tantos, las criaturas mágicas y extrañas de Taxus, que fueron rescatadas del folclore cántabro, parecen estar decidiendo cuál debe ser el futuro de su tierra.


El relato que Isaac plantea está en busca de su protagonista, si acaso lo necesita. En gran medida, todos los personajes están tratando de hallar su identidad, su lugar en este nuevo mundo, Taxus, o quizás su camino de retorno. Benito se confirma en el sendero que ya planteó el giro final de El último en llegar (2017) y que se desarrollaba en La cabra (2018), Laro se encuentra en una disyuntiva que ya se planteaba al final de La cabra, y cuyo final puede que no sea voluntario, pero encaja con la personalidad arriesgada y solidaria del personaje, y Anjara, por su parte, se convierte en el eje vertebrador de este último tomo, descubriéndose su rol y planteándose como pilar fundamental de la conclusión de esta historia. Precisamente, al narrar el origen de este personaje en este tomo, el autor ha logrado dedicar cada parte de la trilogía a uno de sus diferentes protagonistas: Benito, Laro y Anjara, llegando a una conclusión entrecruzada, en que cada uno recibirá el final que merece por sus acciones. No podemos dejar fuera a Caelio, menos relevante que los otros tres, pero cuyo origen e historia es crucial para este último volumen y para entender toda la historia, especialmente la de Anjara. 

Sin duda, Lo que dejamos atrás es más ambiciosa e incluso más sutil en su narrativa, lo que puede provocar cierta confusión en el lector que busque una historia más ligera o tan lineal como lo fue El último en llegar. Como en La cabra, se introducen flashbacks entremezclados con el presente, pero también hay momentos en que aparecen fusionados dos universos paralelos, dos realidades que se devoran mutuamente. En ocasiones, peca de ser abrupta o repentina, de llegar a una conclusión demasiado rápido, aunque después no dude en subrayar la idea que pretende defender, como percibiendo que debería haber dado más espacio a lo que ha acabado demasiado pronto. Por otra parte, el uso de las viñetas y el color demuestra la evolución del autor, que emplea diversos recursos con bastante acierto. Además de dejarnos varias imágenes para el recuerdo, logrando un interesante equilibrio entre secuencias de acción, secuencias íntimas e incluso trascendentales o secuencias puramente humorísticas. Sin duda, el dibujo se ha ido superando tomo a tomo, logrando aquí resultar espectacular y brillante.

Cabe mencionar que toda la trilogía de Taxus contiene un tono humorístico que no se aleja del cómic español, por ejemplo, con un léxico que en ocasiones nos recuerda a los míticos Ibáñez (Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe) y Jan (Superlópez), mezclándose con referencias más actuales y frikis, pero en un tipo de historia bien distinta, que no es una parodia y que afronta mensajes con bastante envergadura, además de abordar también un tono épico.

En todo ello destaca sin duda el personaje de Laro, que tiene el arco evolutivo más rico en matices, planteándose como un posible héroe, capaz de afrontar un sacrificio personal para acabar con la situación. Hay también tramas turbias, que reflejan las peores aristas del ser humano, como sucede con Benito o con Caelio. Mientras que en todo subyace tanto un mensaje pesimista en su contexto global, dado que el punto de origen de todo mal, tanto para este mundo de Taxus como para la Tierra, es un ser humano, como esperanzador, en los posibles futuros y reencuentros que se ofrecen. Incluso Sánchez se permite dejar abierta al lector ciertos hechos finales, que deberán ser supuestos, porque nunca serán mostrados.

En cierta forma, aunque resulte evidente que existe el mal, la obra de Taxus está invadida de matices. Ni siquiera las criaturas mitológicas que viven en ese mundo paralelo están libres de crueldad, pues llegan a ser sanguinarios cuando es necesario. Quizás el funcionamiento de estos personajes es uno de sus puntos flacos y el que más se siente inconexo e incoherente con los dos tomos anteriores, donde apenas se había desarrollado esta trama paralela que tanto impacto tendrán en el final, salvo para usarlos como personajes de fondo. Un fondo, eso sí, bien enriquecido de unas criaturas poco habituales en la ficción. Al final, podríamos decir que uno hubiera esperado mayor desarrollo o una posibilidad aún mayor de entender este universo. Aunque quizás no acabamos de entender bien el mundo de Taxus como tampoco acabamos de entender nuestro propio planeta.


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