El sexto sentido, de M. Night Shyamalan

02 noviembre, 2019

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Hay películas que se hacen tan populares que corren como la pólvora gracias al boca a boca. A veces esto se debe a su concepto, como sucedió con Matrix (Hermanas Wachowski, 1999), en otras ocasiones a algún giro que sorprende al público y que le hace entender la obra de una forma totalmente diferente a como la había convencido previamente, como recientemente sucedió con La llegada (Denis Villeneuve, 2016). Pero en este último grupo, si hubo alguna que se hizo célebre por su giro de guion a finales de los años noventa y principios de siglo fue El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999).

Su director, de origen indio, tenía un recorrido aún corto dentro de la industria estadounidense, y con  esta película, que fue su tercer largometraje, alcanzó el estrellato, permitiéndole después continuar con historias de corte similar en El protegido (2000) o Señales (2002). Sin embargo, empezó a perderse el interés en la forma en que retrataba sus historias, que se habían quedado apegadas a un molde y que fueron decayendo en calidad hasta la terrible The Last Airbender (2010), adaptación de una popular serie de animación, Avatar: la leyenda de Aang (2005-2008), que supuso un enorme fracaso. Sin embargo, de forma reciente, ha conseguido llamar la atención con dos películas que siguen explorando la mente humana y sus límites: Múltiple (2016) y Glass (Cristal) (2019). Pero en este Halloween, hemos querido recordar aquella primera historia con la que deslumbró al público y que cumple ya veinte años.

Sin duda, se hizo tan popular que una de sus escenas ha sido parodiada hasta la saciedad y su final ha sido un spoiler habitual para arruinar la experiencia a amigos y compañeros. Pero lo cierto es que la película va más allá de ese giro. En esta historia acompañaremos a un psicólogo especializado en niños, Malcolm (Bruce Willis), quien sufre un vuelco en su vida cuando la noche en que había sido homenajeado por su labor en esa área y tenía la oportunidad de compartir más tiempo con su esposa, recibe la visita de un antiguo paciente trastornado, que no duda en dispararle, suicidarse y dejar una profunda huella de dudas, inquietud y arrepentimiento en Malcolm. Tras este suceso, y buscando redimirse, el psicólogo intentará tratar el caso de un niño de nueve años, Cole (Haley Joel Osment), que parece estar aislado y muestra una actitud antisocial y depresiva.


En medio de una atmósfera que se plasma inquieta, donde parece que el susto esté a la vuelta de la esquina y la tensión se palpa en torno a Cole o a las relaciones entre los distintos personajes, por ejemplo, entre Malcolm y su mujer, la película desarrolla una doble vertiente. La primera es la superficial, aquella que se refiere al terror que proyecta, que en la primera mitad es bastante sugestivo, dado que no aparece realmente ningún elemento para asustar, pero se juega con la música, la planificación de las secuencias y los planos en que se sitúan a los personajes. La mayor parte de las ocasiones se hace hincapié en lo extraño que se comporta el niño protagonista, tratando de mostrarlo como el causante de su propio aislamiento, como si fuera decisión propia.

Por ejemplo, en una de las primeras secuencias seguimos a la madre de Cole mientras coge una corbata para el uniforme de su hijo, pero al regresar, apenas unos segundos más tarde, se encuentra todos los cajones y puertas de la cocina abiertos. El plano picado en que se sitúa al hijo lo convierte en culpable, algo que se acreciente por su postura tensa. Sin embargo, en la segunda mitad, situada tras una escena clave en la película y que nos da la primera clave para interpretarla y comprender a uno de sus protagonistas, el terror se hará más palpable e incluso tendremos su ración de vísceras y sangre. Se concentran en esta segunda parte una mayor cantidad de jump scare, un recurso fácil y típico en las películas de terror que enmascara aún más el verdadero fondo de esta obra, pero que es necesaria para englobarla dentro del género.


Ahora bien, dado el carácter de la película, lo cierto es que Cole deberá superar ese miedo a los elementos paranormales que le rodean y que han provocado su comportamiento. Porque en realidad esa es la otra vertiente de la película y la que realmente interesa a Shyamalan: la narración de una historia de superación y redención. A partir de la relación entre Cole y Malcolm, se crea un vínculo que les permitirá a ambos lograr sus objetivos como protagonistas, debiendo ambos hacer frente a sus miedos y a sus conflictos personales. La tensión que el director plasma en la primera mitad de la película tiene su clímax en la secuencia más popularizada de la obra, en que ambos personajes mantienen una conversación en la que revelan lo que realmente sienten.

La revelación del niño es que la que más atención tiene porque fractura y da sentido a la película hasta su final. Lo sitúa de nuevo desde un plano picado, siendo observado desde el punto de vista de Malcolm, pero en esta ocasión ofreciéndonos no a un muchacho en tensión, sino a un muchacho asustado, que admite por primera vez lo que realmente le sucede. Sin embargo, para que se dé esta confesión, antes hemos sido testigos de cómo Malcolm se ha abierto ante su paciente, algo que él mismo admite no debería hacer. El psicólogo se abre confesando el motivo de su tristeza y la sensación de fracaso que le embarga. A partir de esta escena central, comenzarán sendos arcos de superación y redención, que irán in crescendo.


Es habitual que la conclusión de la historia de Malcolm sea la más recordada porque supone un importante giro argumental. Sin embargo, es interesante descubrir los matices que aporta la conclusión de la trama de Cole, donde se disipa la barrera del miedo y el terror para mostrarnos otra visión en torno a la muerte, una de aceptación, de un duelo sano y de necesaria redención. Es decir, a pesar de que se la pueda clasificar como una película de terror, dado que emplea la técnica cinematográfica clásica de este género, su finalidad es diferente.

Puede causar miedo ocasionalmente, porque bebe de forma consciente de los recursos de las subgéneros del terror, pero, por ejemplo, está más cerca de la intención que tuvo años más tarde Clint Eastwood en Más allá de la vida (2010), es decir, está más interesado por mostrarnos la evolución de unos personajes, una historia de superación, y no simplemente su sufrimiento, sus muertes o su lucha por sobrevivir de un asesino o ente que les persiga, que es a lo que se ha visto reducido el género en la mayor parte de actuales estrenos.


En definitiva, El sexto sentido no solo consiste en sus sorpresas, sino que, siendo capaz de caracterizarse de los rasgos de las películas de terror, va más allá y lograr crear dos protagonistas creíbles y con matices. Además, juega con las secuencias para que, acabado un primer visionado, puedan ser revisadas y reinterpretadas, aunque las pistas estuvieran allí desde el principio. Sin duda, es una obra inteligente, aunque su efectismo oculte sus mejores cualidades, que son más sutiles e interesantes.


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