El autocine (LXV): Salomón y la reina de Saba, de King Vidor

13 septiembre, 2019

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A veces, un adusto paisaje se convierte en estratégico. No solo por sus valores geográficos, sino por su importancia comercial. En esta última tuvieron mucho que ver los mercados que prosperaron a la sombra de las distintas especies exóticas, como más tarde sucedería con la conocida Ruta de la Seda. En su estupendo ensayo Las especias, historia de una tentación (Spice, the Story of a Temptation, 2004; El Acantilado, 2018), Jack Turner (1968) nos recuerda el valor de estos preciados elementos. Con la Ruta de la India expedita al comercio romano, Oriente y Occidente empezaron a tener una imagen más clara el uno del otro de lo que había sido posible hasta entonces (capítulo II). En el caso de Yemen, en Oriente Próximo, el incienso se convirtió en una fértil fuente de riqueza.

Yemen se sitúa al margen suroeste de la Península Arábiga. Han pasado muchos siglos, pero los anhelos y disputas que asediaron a aquellos seres humanos son los mismos con que nos adornamos en la actualidad. De ahí que el cine haya podido sacar siempre un buen provecho de esos sentimientos eternos, incluso ubicándose en los espacios físicos y temporales más alejados e insólitos. No en vano, en pleno desierto de Arabia, también hubo lugar para los valles espaciosos y cultivables, los frondosos jardines. La llamaban la Arabia Verde, una región de encrucijada propicia para el desarrollo de una frondosa civilización, al albur del tráfico caravanero, que era el internet de la época.

A dicho desarrollo ayudaba el agua retenida en cisternas, diques y estanques, que distribuían el líquido mediante una red de canales de riego. El agua era el regalo de las montañas, de una naturaleza en comunión con sus habitantes. Luego llegó la falta de cuidados y, consecuentemente, la rotura del dique. Sobrevinieron el abandono, el olvido y la leyenda. Y el estancamiento (no acuático, sino cultural) de una población anclada en lo medieval. Todo tiene su fin. A veces un renacimiento, otras sin él. Pero para todo ello hubo de haber un principio.

Apenas se conservan documentos históricos acerca del reino de Saba. Perviven algunas ruinas atribuidas y una escueta mención en la Biblia, Reyes I. Cedamos pues el espacio a la leyenda. Que nos habla de un mundo de abundancia sobre una tierra baldía pero impetuosamente trabajada. Pastizales emergen donde antes moraba el voraz suelo del desierto, gracias al agua, el verdadero tesoro de este imperio. Se cultivaban cereales, viñedos, comino, acedera, dátiles, sésamo y, por supuesto, la recogida del incienso, más valioso que el oro. Su enclave se mantenía en secreto para preservar su exclusividad y monopolio, que requería de suelos calizos en un clima tropical y monzónico. Este árbol con aspecto de matojo se situaba en la actual Omán, en la costa del Océano Índico, y era el soporte de un auténtico imperio comercial del mundo antiguo. Cierto que la mayoría de nombres pertenecen ya al pasado, salvo el de la enigmática (apócrifa o no) reina de Saba.

Existe una alerta continua entre Egipto e Israel. Salomón (Yul Brynner) y su hermano mayor Adonijah (el magnífico George Sanders) ya demuestran a través de un ardid estar a la altura de casi cualquier circunstancia, aunque pronto queda establecida la diferencia de ánimo entre ambos. Salomón es “el poeta”, reflexivo y ecuánime, y Adonijah “el guerrero”, audaz pero ambicioso. Parte de las dificultades a las que se enfrentará Israel, como cualquier otra nación del pasado o el presente, reside en la escisión entre ambos conceptos, desechando el uno por el otro, en lugar de amalgamarlos (tal cual se evidenciaba en El hombre que mató a Liberty Valance [The Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962]). Se puede decir que al comienzo de Salomón y la reina de Saba (Solomon and Sheba, United Artist, 1959), esta escisión aún no se ha producido, aunque está en ciernes, y que tanto Salomón como Adonijah trabajan de manera conjunta, favoreciendo la victoria sobre los egipcios. Pero la reina de Saba (Gina Lollobrigida) ya anda involucrada en la pugna. Hasta podemos considerar su personaje como causa de la partición. Tras su derrota como aliada de los egipcios, la reina viajará entonces hasta la tierra de Israel, en una misión comercial tanto como diplomática (en favor de su provechosa alianza con el faraón de Egipto [David Farrar]). En última instancia, acude a Jerusalén para probar a Salomón, y si es posible, y torcer su fama. Estamos hacia el año 950 A.C.


Pero no todo enemigo mora fuera de casa. La paz es para mujeres y niños, proclama Adonijah. Su hermano, sin embargo, piensa de modo distinto, cree que la inevitable necesidad del enfrentamiento bélico ha de ser el preludio de una paz, por laboriosa que esta resulte. En el caso de Adonijah, su ley es la espada. Tampoco muestra un acusado interés espiritual. La vida es para los que viven, concreta.

Adonijah es el primogénito, por lo que será una sorpresa, además del preludio de un conflicto anunciado, que el padre, el rey David (el estupendo Finlay Currie), designe a Salomón como heredero del reino de Israel. La pervivencia de la unidad de la nación es el deseo máximo del monarca agonizante. De ella depende el temperamento de dos hermanos antitéticos, en representación del buen y el mal gobernante; clarificadora polaridad de esa grisura a la que parece estar abocada cada nación.

Pero el país no se haya articulado únicamente por el rey sino, además, por los patriarcas de las Doce Tribus, más un Consejo, en el que también tiene su propio peso el profeta Nathan (William Devlin), en representación de la parte anímica o espiritual. Además, se da la circunstancia de que la joven Abisahg (Marisa Pavan), pretendida por Salomón, es hija de uno de estos patriarcas llamado Joab (John Crawford). Al menos, hasta la irrupción de la reina de Saba.


La sabea se ha inmiscuido en las disputas de todos los contendientes, pero es un pilar que sostiene la convivencia del territorio. Pronto demuestra su valor e independencia, siendo guerrera y arrojada; ¡y arrojadiza!, como comprueba Adonijah al amonestarla en tierras de Israel. Por el contrario, Abisahg puede ser vista como el símbolo viviente de ese anhelo de cohesión propugnado por David.

Pero Adonijah no es el malo de la película por su disposición o querencia militar; lo es por despreciar la revelación divina que ha tenido su padre. En ella se escoge a Salomón como futuro regente, el idóneo para conducir el destino de Israel.

Todas estas naturalezas están muy bien expuestas en el guion de Anthony Veiller (1903-1965), Paul Dudley (1912-1959) y George Bruce (1898-1974), en torno a una historia de Crane Wilbur (1886-1973). Adonijah se siente mancillado, pero como todo reino o nación necesita de las letras tanto como de las armas, Salomón habrá de aprender, por la parte que le toca, a conciliar ambas facetas. Ese entendimiento que le pide a Dios, se encamina en este sentido. Por lo tanto, hacia una concordia que cuando requiere de la fuerza, no la evita. No basta con construir, especifica Salomón, lo que se levanta ha de ser defendido. Lo cual incluye la edificación de un espacio que albergue el Arca de la Alianza. Es por ello que el rey sabrá defenderse bien con la espada cuando finalmente se tercia. Así como distinguirse en la impartición de justicia, tal y como pone de relieve la conocida prueba del ADN que decreta Salomón a dos madres en litigio. La escena está resuelta con gracia e incluso naturalidad, y determina el carácter del personaje pese a seguir siendo falible, al dejar que la reina de Saba se vaya impregnando de su psicología. El arma de doble filo en toda relación.


El realizador y co-productor King Vidor (1894-1982) nos proporciona una imagen especialmente bella cuando contemplamos a Salomón alzando sus plegarias a solas, a un Dios que le contesta. ¿O es tal vez el humano quien lo escucha en su interior? ¿Puede ser esto producto de su imaginación? También cabe la posibilidad, como es lógico, de un contacto verídico, ya que el monarca no parece sorprendido por la respuesta. En cualquier caso, esta composición es muy distinta a la oración que la reina le brinda a uno de sus múltiples dioses.

El guion no desfallece en ningún momento. Junto a los enemigos estratégicos se ciernen los religiosos; los unos no funcionan sin los otros. De ahí que Israel suponga un peligro para egipcios y sabeos, con su peligrosa idea de un dios único, y viceversa. Peligrosa porque, como reconoce la reina, no se puede combatir una fe o una idea con el filo de las espadas. Sin embargo, por mesurado que sea, Salomón posee debilidades netamente humanas. De forma que se ponen en marcha las armas de la adulación, la complacencia, la atracción física, el intercambio de regalos y favores, la ostentación, el deseo…

No obstante, Salomón no se deja querer físicamente a la ligera, lo que introduce una nueva capa de conflicto. Cuando al fin se entrega, lo hace con anhelo de perdurabilidad, en un tira y afloja que debe ser lo que llaman diplomacia, y donde ambos combatientes desean llevar al otro a su propio terreno. Al fin y al cabo, los dos han convertido una porción del desierto en vergel.

Esto sin olvidar la idiosincrática procedencia de la reina. Gozamos de la vida y sus placeres, declara frente a la morigerada Abisahg y la autoridad responsable del austero gobierno de Israel.


De ahí la importancia de otra imagen. La de Salomón reflexionando sobre si retozar o no con la reina. La equipara a una llama, mientras al fondo del plano destaca el emblemático Templo de Salomón, y en el aire resuena la música incitadora de los sabeos. Incluso Baltor (Harry Andrews), consejero de la reina, reprueba el enamoramiento de la soberana -ni con Salomón ni con ningún otro hombre- por revestirse de atuendos muy reales. Por algo el amor posee sus fatídicos y desbordantes mecanismos.

Hay otra suprema ironía: si aún hay gente a las que separa la religión, en torno a los distintos nombres que se ofrece a una misma divinidad, empleándola como excusa para valerse de tal diferenciación y así obtener sus fines, en Israel la religión también se polariza. De un lado está la vertiente canónica y más intransigente, y de otro, la abierta e integradora (algo parecido a lo que sucederá con el cristianismo, o los cristianismos). Aunque, en un principio, esta integración supone un engaño por parte de la reina, ya que no existe tal claudicación por su parte, al final prevalecerá el entendimiento por vía de los sentimientos compartidos. Si con anterioridad hablábamos de las plegarias que tanto Salomón como la reina de Saba dirigían a sus dioses, también Abisahg ora, en una súplica de consecuencias fatales (que no deja en muy buen lugar a dichos dioses, o que bien acrecienta la idea del karma, es decir, de que lo sucedido es consecuencia de algo que ya ha sido estipulado; en fin, no deja de ser una interpretación). Habrá una última invocación por la parte de la reina de Saba, dirigida al dios de Israel. Un dios cuya representación es discutible, como todas, pero que entra en consonancia con el marco histórico y religioso de nuestro relato. A su vez, King Vidor resuelve la escena de la celebración de la unión religiosa entre el pueblo de los sabeos y los israelitas como la clásica adoración al Becerro de Oro, aderezada por la orgiástica música de Mario Nascimbene (1913-2002). Una festividad donde afloran los elementos paganos, hasta que mal rayo la parte, dejando literalmente al descubierto el Arca, como emblema y realidad física. Una quiebra que será visible hasta que la reina de Saba también alcance su propio nivel de sabiduría (el entendimiento que reclamaba Salomón para sí se hace extensivo a la soberana). No olvidemos que el regalo de las especias estaba íntimamente ligado al aspecto religioso. Por otra parte, como si la idea del destino se empecinara en reafirmarse, el enfrentamiento fratricida se hace ineludible.


Salvo por unas secuencias de acción algo rutinarias (está claro que no es lo que más interesa a Vidor, cuyo fuerte reside en la puesta en escena de los diálogos y pensamientos de los personajes), el balance es excelente, incluyendo la colorida fotografía de Freddie Young (1902-1998). Pese a todo, bastante más brío, e incluso espectacularidad, se otorga al último enfrentamiento bélico de la película; con planos generales, frontales y desplazamientos que saben transmitir el necesario aliento épico. De nuevo, se recurre a un ingenioso ardid para dar un vuelco a la batalla. De hecho, aunque la parte deus ex machina de la conclusión puede resultar discutible, no desentona con lo anteriormente expuesto en el aspecto confesional (partidista si se quiere, pero coherente). En cuanto al destino de la reina de Saba, a esta se le proporciona el digno final de una heroína mítica. Tras el padecimiento, sobreviene la madurez (claro está que no me refiero a la física).

Llegados a este punto, podemos admitir que todo esto no fue más que una leyenda. Pero de ser así, ¿de dónde surgió?

Escrito por Javier Comino Aguilera


3 comentarios :

  1. Acabo de llegar a tu blog por la iniciativa "mapa de blogs" y estoy encantada de participar en ella y que nos sigamos mutuamente. Siempre devuelvo comentarios tanto en el blog, como en instragram. Gracias

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    1. Hola, Entre libros & algo más, gracias por seguirnos. Estaremos atentos a tu blog, espero que también te pases por aquí y disfrutes de nuestras reseñas. Un saludo.

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  2. Creo que la he visto al menos diez veces con mi padre así que huyo de ella, porque no me apetecería volver a verla.
    Besos.

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