Regreso a la escuela, de Alan Metter

27 julio, 2018

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Me van a permitir que, mediado el verano, recuerde una guasa refrescante. Nada mejor para divertirse un rato. Aparte de los recuerdos que me trae, aún me parto con Regreso a la escuela (Back to School, Orion-Columbia Pictures, 1986), del efímero Alan Metter (1933). La película formaba parte de una tradición con prosapia, todo un subgénero de aventuras y desmanes estudiantiles, de la mano (junto a otras partes de la anatomía) de títulos tan ideales para echarse unas risas como Desmadre a la americana (National Lampoon’s Animal House, John Landis, 1978), Los incorregibles Albóndigas (Meatballs, Ivan Reitman, 1979), Porky’s (Bob Clark, 1982), Movida en la universidad (Zapped!, Robert J. Rosenthal, 1982), Aquel excitante curso (Fast Times at Ridgemont High, Amy Heckerling, 1982), El último americano virgen (The Last American Virgin, Boaz Davidson, 1982), Lío en la universidad (High School U.S.A., Rod Amateau, 1983), Los rompecocos (Screwballs, Rafal Zielinski, 1983), Movida en el campamento (Poison Ivy, Larry Elikann, 1985), Un chico como todos (Just One of the Guys, Lisa Gottlieb, 1985) o Juegos de amor en la universidad (The Sure Thing, Rob Reiner, 1985). Hasta hubo simpáticas y fantasiosas variantes como Hay un fantasma en la universidad (School Spirit, Allan Holleb, 1984), De pelo en pecho (Teen Wolf, Rod Daniel, 1985), Mi proyecto científico (My Science Project, Jonathan R. Betuel, 1985), La mujer explosiva (Weird Science, John Hughes, 1985), Escuela de genios (Real Genius, Martha Coolidge, 1985), El vampiro adolescente (My Best Fried is A Vampire, Jimmy Huston, 1987) o Una disparatada bruja en la universidad (Teen Witch, Dorian Walker, 1989), alcanzándose la “madurez” con El club de los cinco (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), La chica de rosa (Pretty in Pink, Howard Deutch, 1986) o Una maravilla con clase (Some Kind of Wonderful, Howard Deutch, 1987). El género se ha ido perpetuando, pero, desde mi punto de vista, con mayor insolencia y menor gracia.

Una historia familiar se repite: la del padre que desea que su hijo tenga estudios. Con el joven Thornton Melon (Jason Hervey) esto no fue posible, pero ahora que es padre, parece que sí puede serlo. El Thornton adulto (Rodney Dangerfield) ha cosechado un innegable éxito en su rama profesional, como empresario de una multinacional de corte y confección (Tall & Fat), trayectoria que recorren los títulos de crédito y que van de la modesta sastrería del padre (que aún conserva el apellido italiano: Melloni), a un emporio con ciento cincuenta sucursales en toda América, todo en tallas grandes.

Por ello, no se puede decir que Thornton sea un fracasado, pero ahora que su hijo Jason (Keith Gordon) es el primero en acceder a la universidad, no quiere que arroje la toalla ante la primera dificultad. Si te lo propones, puedes lograr cualquier cosa, le recuerda el progenitor.

Epítome del hombre “hecho a sí mismo”, Thornton Melon posee un carácter expansivo y no encuentra medida (en este caso, de carácter). Un ímpetu sagitariano (pese a que comenta que es signo de tierra), que choca con el de su hijo, más capricorniano. En efecto, Jason no posee el mismo talante, pero si una férrea voluntad. Pese a todo (y todos), ambos se profesan admiración y cariño. El problema está en que Jason finge que todo le va muy bien cuando lo cierto es que no ha sido admitido ni en el club de estudiantes ni en el equipo de saltos de la universidad. Por suerte, Thornton acude al rescate, una vez que se ha desembarazado de su casquivana y pretenciosa segunda esposa (Adrienne Barbeau), tras una fiesta de alto copete donde la susodicha mantiene su derecho a roce con Giorgio (el camaleónico Robert Picardo), y en la que Thornton se prepara un buen bocata como forma de protesta. Tras lo cual, el hombre de negocios decide visitar a su hijo y acompañarle en la aventura universitaria, matriculándose como un alumno más, a fin de demostrarle que puede lograrlo, al tiempo que se lo demuestra a sí mismo.


Parte de la infelicidad de Jason reside en que desea conseguir el amor de la solicitada Valerie Desmond (Terry Farell). Pero, naturalmente, desea hacerlo por méritos propios, sin subterfugios. Por su parte, Thornton traerá algo de diversión a la reglamentada vida de Diane Turner (la estupenda Sally Kellerman), que es la profesora de lengua y literatura. No obstante, entre la diversión sana y la desbocada existe un amplio margen, y el joven Melon lo acusa cuando su padre se convierte en el más alocado e inconsciente de los estudiantes. Así sucede con la celebración de una fiesta con muchas burbujas, o cuando el díscolo pupilo “manufactura” los trabajos para sus asignaturas, incluyendo un estudio acerca del novelista Kurt Vonnegut (1922-2007), en el que Thornton recibe la inestimable ayuda… de Kurt Vonnegut. La ironía final consistirá en que Diane le recrimina a Thornton que no haya sido él el autor del trabajo, y que quien lo haya hecho, para colmo, no tiene la menor idea sobre Kurt Vonnegut.

Finalmente, con tesón, autoestima y el ánimo que infunde la alegre música de Danny Elfman (1953), Thornton Melon también logrará superar cada prueba por sus propios méritos. Esta importancia de ganar confianza en uno mismo es trasladada al hijo, cuando este ha de concursar en la competición de saltos de trampolín (¡menos mal que en esta ocasión no se trata del rugby!). Lo que nos recuerda que, antes de demostrar algo a los demás, es aconsejable demostrárselo a uno mismo.

Lo cierto es que todo lo que Thornton tiene de aparatoso en tierra, lo tiene de ágil en el agua (o en el aire). Nada importa que el “gusto”, la distinción o los modales refinados no estén acordes con quien se crio en un barrio pobre pero honrado de Brooklyn y el muelle de Long Island.


El confidente de Thornton es su chófer y hombre de confianza Lou (el veterano Burt Young), que lo acompaña a todas partes y comparte sus reflexiones. De igual modo que Jason lo tiene en el estrafalario Derek (Robert Downey Jr.), siempre dispuesto a salirse del tiesto. Capaz de cualquier cosa para animar a su vástago, que no atraviesa el mejor momento personal ni académico, Thornton esgrime todo su experimentado (e improvisado) arsenal de ocurrencias. La universidad de Grand Lakes lo acoge con la aquiescencia del decano Martin (el entrañable Ned Beatty), habida cuenta de que Thornton piensa intervenir en el desarrollo del centro donando un nuevo edificio (las donaciones son una forma de garantizar la libertad de criterio y el sostenimiento de estas instituciones). La forma de ingreso de Thornton en la universidad, que barre todos los inconvenientes administrativos, se establece cómicamente por medio de un cambio de plano, con la imagen de “la primera piedra” de dicho edificio. Ya entonces ha de vérselas el flamante alumno con el elitista Philip Barbay (Paxton Whitehead), decano de la facultad de empresariales, que no está dispuesto a hacerle el caldo gordo al recién admitido.

En cualquier caso, Thornton advierte que lo que se enseña en las aulas (de económicas, pero tanto da) difiere de lo que se vive en el “mundo real”, diferenciando la asepsia de la teoría con la experiencia de la práctica.

Lo que no admite discusión es el hecho de que los exámenes parciales se acercan y ha llegado la hora de abrocharse el cinturón. ¿Conseguirá Thornton su doble meta? (incentivar a su hijo y superar las pruebas, tanto físicas como intelectuales). ¿Y de qué manera?

Por supuesto que todo resulta esquemático y se envuelve en un tono jocoso y distendido, casi de tebeo, que no pretende ir “más allá”, pero es que esto es lo que, a veces, se necesita en la vida y en el cine, con lo que, que cada cual elija su título favorito y sálvese el que pueda.


Regreso a la escuela es uno de esos productos, en el mejor sentido, que giran en torno a la comicidad de un humorista (o pareja de humoristas, como sucedía en nuestro país). Todo depende de “la gracia” que este nos haga. En mi caso, volverla a ver es volver a la adolescencia (junto con otros títulos afines).

El cómico en cuestión fue Rodney Dangerfield (1921-2004), que ya había participado en las películas El club de los chalados (Caddyshack, Harold Ramis, 1980) y Quien tiene una suegra tiene un tesoro (Easy Money, James Signorelli, 1983).

Dangerfield reincidiría con las divertidas e igualmente recomendables Todo por mi chica (Ladybugs, Sidney J. Furie, 1992), donde ayudaba al hijo de su pareja a “marcar gol”, y la aparatosa Los líos de Wally Sparks (Meet Wally Sparks, Peter Baldwin, 1997), sobre el mundo de la “tele-basura”, pero con corazón.

En definitiva, Regreso a la escuela, junto a las consignadas en el primer párrafo, forman parte de una época, y menuda época.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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