Clásicos Inolvidables (CXLXI): La vida es sueño y El galán fantasma, de Pedro Calderón de la Barca

02 junio, 2018

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A Antonio Polito di Sabato, con afecto.

El libre albedrío, aun considerado como una particularidad de la teología, es uno de los asuntos que más preocuparon e interesaron a Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), en sus escritos, tanto como en su acuariano discurrir. La relación entre las acciones causadas y permitidas, junto a los efectos directos o indirectos de los actos, son planteamientos vitales en muchas de sus obras. ¿Constituyen una virtud inherente o condicionada? ¿Forman parte de una actitud desenvuelta o prefijada?

Calderón nació un diecisiete de enero de 1600, y después de servir a varios señores, recibió el hábito de Santiago. Luchó en Cataluña en 1641, se licenció en el 42, y se ordenó sacerdote en 1651. Tras algunos unos años de residencia en Toledo, se trasladó a Madrid, donde falleció, el veinticinco de mayo de 1681.

La idea de la vida como teatro condicionó su búsqueda, junto a los odres nuevos de las categorías escolásticas, basamento de una corriente teológico-filosófica que trataba de amalgamar fe y razón, en un intento de asimilación de toda la tradición antigua, de forma razonadamente especulativa.

En el estudio crítico de La vida es sueño (1635; Cátedra, Letras hispánicas, 1977-2013), en edición de Ciriaco Morón (1935), se incide en este aspecto del libre albedrío, aunque considerando la lectura de los astros y, por consiguiente, la intención de Calderón, como una superchería con la que poder ironizar. Mi propósito en este artículo es demostrar que esto no es así.

Ciertamente, está bien vista la identificación del personaje de Segismundo como un nuevo Prometeo, dispuesto a enfrentarse a los dioses (Prólogo), pero para Calderón, y por extensión para su personaje, tales dioses o pluralidad de manifestaciones, más parecen la expresión de un todo que se relaciona con las individualidades. La cuestión está en determinar -o intentarlo al menos-, si ello presupone una sumisión o, por el contrario, existen resquicios para el libre desenvolvimiento, como muchos conjeturamos.

En cualquier caso, sin el libre albedrío, sea real o inducido, ni nosotros ni los personajes de La vida es sueño podrían vivir o aspirar a la libertad.

Parte de esas manifestaciones plurales a las que hacía referencia se concretan en la atmósfera mitológica de la primera escena de la obra, que con este lenguaje clásico y metafórico refieren la gestación y nacimiento del ser humano. El prologuista determina que la grandeza de alma del protagonista le viene dada por ser el hijo del rey (si bien, yo ampliaría el espectro y diría que por ser persona en sí misma, o si me lo permiten, por pertenecer al cosmos); aunque, en efecto, tal grandeza en potencia ha sido dejada al acto de la pasión debido a que el príncipe no ha sido convenientemente educado.

Pero a Segismundo le acompañan en su esclarecimiento de destino e identidad, Rosaura y su sirviente Clarín, que además de reflexión añaden recorrido espacial a su búsqueda, pues ambos están de regreso en Polonia tras un largo peregrinar. Rosaura es una mujer noble a la que también se ha privado de su honor, a causa de una mal entendida lealtad de su padre, Clotaldo, con el rey, de quien es noble servidor.

Representación de la obra por Timaginas Teatro
De este modo, La vida es sueño es la dramatización del paso del desconocimiento a la iluminación. Lectura esta, más que paralela, ampliada de una más primigenia. Lo cierto es que ambos personajes, Segismundo y Rosaura, han sido desatendidos a causa del abandono y dejación de sus progenitores, pero sobresale un matiz que no podemos dejar de soslayar. Para Calderón, el rey Basilio se ha mostrado imprudente en su modo de leer el mensaje de las estrellas, y no tanto en llevar a cabo tal práctica. El problema no es, en consecuencia, atender a la lectura de los astros, sino someterla a una determinación coercitiva, una respuesta que se fundamenta en la mala interpretación de forma tan drástica que cercena el libre albedrío que para sí reclama Segismundo. La mala y literal lectura de Basilio es apriorística, parte de un círculo natal viciado por la condena (aún en su afán de evitar males mayores). No en vano, todo viandante de los astros sabe que, para alcanzar el conocimiento por vía de la luz, física e intelectual, se hace inevitable y hasta imprescindible el rigor del padecimiento. Algo de lo que el responsable del estudio crítico prescinde, limitándose a presentar al rey de Polonia como un personaje sumido en el ridículo. La curiosidad del monarca es necia porque no entiende las implicaciones y responsabilidades de tal lectura “inmovilista”; ya no atendiendo únicamente a los misterios revelados por la fe, sino a todos los misterios celestes, humanos y divinos, asimilables por dicha fe (en este caso la cristiana).

De hecho, editor y monarca consideran los astros como determinantes sin paliativos, y no como un proceso que está en marcha mientras dura el recorrido de la vida, a diferencia de Segismundo. En efecto, el rey Basilio se halla más cerca de la tragedia que del ridículo (aunque Morón sostenga lo contrario -con todo derecho-, contrariando a quienes así lo creen). Pese a que todo cuanto se desconoce se suele despreciar, queda claro que el orden o los ciclos de la naturaleza son algo que hay que saber interpretar.


Lo que hace Basilio es erigirse en juez, ya que es rey, y sentenciar (como astrólogo amateur). Sin embargo, no toma a burla la práctica astrológica; ni siquiera ironiza a costa de ella.

No obstante, aunque Segismundo no ha sido instruido como príncipe, sí ha estudiado las artes liberales y posee una acusada intuición, además de nobleza de carácter (más que de alcurnia). El rey, su padre, le ha inhibido sus potencialidades naturales desde un primer momento, debido a su mala interpretación astrológica. A su vez, el camino de readaptación que se abre ante el rescatado príncipe es tortuoso, como todo autoconocimiento. No es, por ello, que existan causas secundarias que desemboquen en el cumplimiento de su hado, sea este bueno o malo, sino que ambos aspectos están sincrónica e íntimamente relacionados, causalmente evidenciados (y no casualmente, Prólogo). Máxime cuando dicho hado se ha tomado tan a la tremenda. Malinterpretado o no, lo que sí parece claro es que pronostica un aprendizaje doloroso, aunque de felices resultados al final de la obra. Lo que a Segismundo le falta es experiencia vital, incluido su derecho a poder equivocarse.

Por su parte, no es que Basilio se engañe al ver cumplidos los efectos pronosticados por la astrología, es que pese a entender sus mecanismos de funcionamiento, hace mal uso de ellos. Causa que, al final, le reprocha Segismundo. Entre otras cosas se olvida (o se desconoce), que tales astros son la representación simbólica de una personificación (es decir, de una persona al nacer, pero también al desarrollarse), y que, aunque unos individuos son diferentes a otros, pueden entrar en conflicto por medio de las relaciones humanas, armónicas o inarmónicas. Por ello, pese a lo que indican tales pronósticos natales, Segismundo tiene derecho a su libre albedrío y a acometer su propio camino de experimentación, al margen de los resultados. Que es justamente lo que se demanda en la obra: Basilio cercena las potencialidades -astrales, entendidas como vitales- de Segismundo. Salvo que el determinismo estipule esta trayectoria narrativa (vital), o en su defecto, el rey madure y mute de opinión, como sucede en la obra. A tales efectos, no deja de ser interesante constatar el símil solar que de continuo emplea Calderón respecto a sus personajes.


En suma, no se trata de que el hombre prudente venza a las estrellas, sino que no las malinterprete, y las desarrolle conforme a derecho y no torcido, ya que, en efecto, cada individuo es responsable de sus actos y su conducta. Lo cual implica no tomarlas al pie de la letra hasta el punto de anular el albedrío (o la ilusión de albedrío, como también se llega a preguntar Segismundo a través de la analogía del sueño, que, en su caso, ha sido muy real: material). De cualquier manera, cuesta creer que Calderón de la Barca tuviera por indignos a personajes creyentes como Alfonso X, el Sabio (1221-1284), Carlos V (1500-1558) o Felipe II (1527-1598), por citar solo a algunos (pese a que se insiste en la idea de la indignidad de un monarca afanado en este tipo de disciplinas o ciencias, Prólogo). Lo mismo para un religioso (auténtico), que para un astrólogo, la naturaleza consta de cuerpo y alma. Lo que continuamente ilustra el combate entre el conocimiento y el desconocimiento. De no ser así, no se haría distinción entre los astros y el ADN, como fuerzas de un alcance desconocido donde reside el misterio de la libertad. Algo que en la astrología moderna es la misma cosa.

Pero que los astros sí son condicionantes de esa libertad lo confirma una esquiva nota a pie de página, que asegura de forma acertada que el mejor criterio para diferenciar la literatura española clásica de la moderna es la concepción metafísica frente a la meramente psicológica (Prólogo). En efecto, el puro determinismo hace imposible el drama, pero no porque lo mistérico sea un problema, sino su mal entendimiento, que lo convierte en fuerte impedimento y fuente de incomprensión.


Por eso precisamente no llega a explicarse Segismundo que, teniendo más alma (espíritu, disposición), disponga de menos libertad (vida, albedrío), cuando debiera ser lo contrario (y consigno alma, por ser el vocablo empleado por Calderón, no porque sea un estricto sinónimo del espíritu). Sabrá que no es más feliz quien se contenta con vivir como un pobre indígena (o encerrado en una torre), sino el que ha podido elegir entre vivir así o de otra manera. En última instancia, los astros o la providencia divina no tienen la culpa de que se tomen medidas represivas en su nombre. Tan concertante y válido es este lenguaje simbólico como pueda serlo el mitológico, que Calderón despliega con idéntico conocimiento de causa, al margen de sus posibles correspondencias reales, en la jornada primera de La vida es sueño, o a lo largo del conjunto de su obra.

Esta visión apriorística relacionada con lo futurible hace que toda connotación esotérica reflexiva quede opacada al ser tenida por una mera ironía, cuando lo cierto es que queda expresada por los personajes sin asomo de burla, con pareja convicción. Basilio, por otra parte, no contempla el estudio astrológico en su vertiente más psicológica de autoconocimiento y desarrollo personal, sino como una rigurosa mancia por la que ha de conducirse y a la que someter el albedrío. Lo que él denomina, de forma poéticamente bella, unas matemáticas sutiles (verso n.º 614), es empleado como predicción incorregible de los hechos futuros, sin tener en cuenta, precisamente, que la práctica astrológica se fundamenta en la predictibilidad tanto como en la organización de nuestra libertad, y que es un ciclo que se repite anualmente sin resultar igual a sí mismo. Por lo tanto, que cambia y evoluciona conforme a la voluntad del individuo, pues el futuro siempre está en movimiento, sin negar la confrontación, como antes advertía, con los futuribles de quienes nos rodean o nos relacionamos.

Cuando en mis tablas miro / presentes las novedades / de los venideros siglos / le gano al tiempo las gracias / de contar lo que yo he dicho (619-23). En este caso, Basilio está haciendo referencia a los grandes ciclos de astromundial, al tiempo que se empeña en ser un severo arúspice, recalcando que de los astros suaves / los círculos he medido (217-8).

Pero es que ni siquiera el encierro de Segismundo en la torre responde a tales razones, cuánto a una imagen pesadillesca que atormentó al rey en sueños (delirios del sueño [669-70], que muestran a un monstruo en forma de hombre [672]; esto es, una imagen aberrante y distorsionada, que es lo contrario a una premonición, pese a ser tenida por tal, pues el hecho que presagia no tiene lugar; al menos, de una forma absoluta o permanente). El monarca comete entonces el error de aventurar que su descendiente ha nacido con un horóscopo tal (680), que ha cumplirse la más terrible de las profecías, como si a tal efecto existieran las cartas natales buenas o malas. Presumiblemente, las complicaciones que observa en la de Segismundo, se concretan con la luna en desafío (683), es decir, mostrándose mal aspectada con la madre, como se recalca en la obra, y con un sol en su sangre tinto (681). Digamos pues, que el heredero es un signo de Aries (perfil ideal para Segismundo), cuyo sol está en cuadratura con la luna. Lo que, como digo, hace al monarca tomar el todo por la parte. Si a ello añadimos el más horrendo / eclipse que ha padecido / el sol (689-90), y algunas visiones apocalípticas que se refieren a continuación, se completa la fatal ecuación cósmica.

Imagen de Aedo Teatro
Sin embargo, con el tiempo, el rey es perfectamente consciente de su error de interpretación, fundamental dato, al admitir que la inclinación más violenta / el planeta más impío / solo el albedrío inclinan / no fuerzan el albedrío (788-91). Lo que denota el auténtico conocimiento y sagacidad de Pedro Calderón de la Barca, y lo que convierte al personaje y a este párrafo en vitales para la exégesis textual. La célebre, entre los astrólogos, sentencia de que los astros inclinan, pero no obligan, se hace constar de una forma clara. Un recorrido que va desde la versada antigüedad hasta la asimilación por los escolásticos, y una frase atribuida a la ligera al astrólogo francés Raynaud de la Ferriere (1916-1962). En este sentido, es innegable que pocas veces tenemos plena consciencia de existir (Prólogo).

Como podemos comprobar, además, no existe condena por parte del autor en lo que concierne a la práctica astrológica, sino una advertencia de sumisión a la inquieta república de las estrellas (1605). Convendrá recordar que la condena de la Iglesia hacia tal disciplina se produce a partir del siglo XVII, en la figura de Urbano VIII (1568-1644), no porque esta se entendiera como ineficaz o fraudulenta (fraudes aparte), sino por todo lo contrario, por demostrar su popular efectivad y quedar al margen de los límites confesionales; y por lo tanto, de los privilegios y exenciones referidas a la salvación de las almas. Amén de suponer un determinismo, en mayor o menor grado, por vía de los astros. De ello se encargó el referido papa, ni que decir tiene que después de haberse servido de la práctica de la astrología (como suele ocurrir, era malintencionado pero no tonto). Victoria pírrica por parte de quienes buscan la incompatibilidad en lugar de la coexistencia. Por ello, esta lectura que me he propuesto y que propongo a ustedes, pretende ser complementaria y tan ajustada a la actualidad como fiel al texto de Calderón. Es decir, sin por ello dejar su contenido de ser rico y armónico, o tratar de indisponer cualquier otra resolución que el lector considere oportuno establecer respecto al mismo. Por mi parte, la individualidad moldea el sustrato colectivo de los personajes en la obra. Primero lo hace Basilio, errando, no en cálculos, sino en comprensión; y luego Segismundo, en laborioso y esforzado aprendizaje. La caída del caballo de Basilio, queda bien plasmada en los versos 3105-3111.


De hecho, la situación se condensa magníficamente por boca de Clotaldo, cuando este asegura que es todo el cielo un presagio / y es todo el mundo un prodigio (984-5). En estos dos versos se condensan, en primer lugar, el error de Basilio (si lo llevamos a su más fatídica interpretación), y en segundo, la auténtica praxis y pensamiento de la astrología (lo que es arriba es abajo).

Luego está el sueño como experiencia de la vida, de lo vivido (en sueños o en vigilia). En definitiva, el sueño como un espejismo simbólico, como vana ilusión y como sinónimo de futilidad en los vanos afanes (y el mayor bien es pequeño [2185]), así como de la celeridad del transcurrir del tiempo (escena XIX), e incluso como representante de toda una jornada (mediante las reflexiones que vertebran el acto segundo del texto). También de las ficciones que nos creamos o nos crean otros, consintamos o no en ellas. Después de suponer soñar despierto, se cuestiona Segismundo si esto es nacer… (198).

Un simbolismo el de los sueños que se indispone al de los astros, al no distinguirse entre la realidad y lo soñado. Solo cuando Basilio malinterpreta dichos astros, ambas facetas se complementan fatalmente (2487 y nota pg. 173). Todos los que viven, sueñan, declara Basilio (1149).

Insisto en que en los versos e intenciones calderonianos no hay prejuicio anti astrológico del que partir. Basilio no se ha dado cuenta, en su mentalidad de época, de que ha empleado la disciplina astrológica para sentenciar de una forma taxativa. Algo parecido, salvando las distancias, le sucede a Rosaura con su padre Clotaldo, ya que un falso entendimiento acerca de la lealtad debida al rey, les ha apartado durante largo tiempo; por lo que exclama Rosaura que vida no vida ha sido (2598), tornándose nobleza por bajeza (2569-70). A la hora de tomar partido en la lucha que enfrenta a Segismundo con su padre, Rosaura se enfrentará a ambos, de igual modo que Clotaldo hace con Basilio, Astolfo y su hija, manteniendo ese pacto de lealtad con el rey, igual de inamovible que el más fatal de los pronósticos.


A lo largo del texto sabremos también que una valedora proporcionó a Rosaura una espada identificativa, y una misión en las tierras polacas (386). Así, Rosaura se hace pasar por sobrina de Clotaldo, y bajo el nombre de Astrea es nombrada dama de honor de Estrella, a su vez, sobrina del rey.

En la jornada segunda, el rey Basilio reincide en su dependencia y observancia astral, aunque dejando abierta la vía del comportamiento “no programado” de Segismundo, como heredero al trono. De este modo, tras su inconveniente comportamiento, el sueño le es inducido por medio de un combinado de hierbas, como cura en salud, en previsión de si su conducta se torcía y malograba.

La sangre / le incita, mueve y alienta / a cosas grandes (1052-4), subraya el buen Clotaldo respecto a Segismundo. En lo que a este se refiere, el flamante príncipe aprenderá a que su fuerza instintiva y flemática no tiene sentido sin la mesura. Es decir, que se aplicará en encauzar de la forma debida todo su potencial e ímpetu (marciano). Aunque antes de que esto ocurra, el joven se conduce con desatada ira, dadas las circunstancias a que se ha visto sometido, mostrando un carácter vengativo y expeditivo, falto de educación, pero resuelto por Calderón con innegable gracia (ese criado que sale despedido por una ventana). Vencerás las estrellas / porque es posible vencellas (1285-6), le recuerda Clotaldo al joven liberado (tan solo físicamente), en un triunfo que suele entenderse respecto a la astrología, cuando su sentido está en no dejarse doblegar por esas estrellas.

A este respecto, el carácter (signo zodiacal) de Segismundo, se torna más versátil, adaptativo y sabio, con la necesaria experiencia humana de la que se ha visto privado hasta entonces. Si bien, el proceder más aclimatado y conciliador (sobre todo ante las circunstancias adversas), pertenece al criado Clarín, superviviente nato de un humor que podemos considerar sagitariano (véase 1333-9).

Hasta Basilio, preocupado por el reino, insta a su hijo a triunfar sobre hados y estrellas, y por lo tanto, a saber contener su naturaleza más fogosa e irreflexiva (1451). Sin embargo, junto a la altivez del ineducado hijo, también queda claro que la actitud del rey es la causa de su reclusión. Tirano de mi albedrío (1504), le espeta Segismundo. Tal vez sea esta la causa, como ya señalaba, de que las referencias al sol sean continuas, como sinónimo de hermosura, pero también como símbolo astrológico, destacándose de forma muy especial en el verso llamando el sol a cortes los planetas (1609).

No está muy lejos este universo conceptual de la súplica de Rosaura por cuita de amores: valedme, cielos, valedme (1883); o bien, hoy el cielo me ha guiado (248). Aun de forma velada, los astros seguían procurando protección. Algo que para algunos críticos sí parece suponer un problema o contradicción.

Segismundo, interpretado por Joaquín Furriel
Los equívocos se hacen extensibles a la relación entre Astolfo y Rosaura (recordemos, tenida por la fiel dama de compañía llamada Astrea).

En la jornada tercera, no es tanto esta incapacidad interpretativa de Basilio, que hace que Segismundo se vea incapaz de discernir la realidad, la que estructura el acto, sino la artimaña del doble bebedizo con la droga. Pero hasta esto hace que Segismundo se conduzca con una mayor prudencia en su victorioso regreso a la corte, y cumpla con su obligación tras un esforzado aprendizaje, no olvidemos, repleto de meditación interior (los célebres monólogos), ya que entiende que la fisicidad -la realidad- del sueño es la de la vigilia. Para qué someter entonces a su progenitor a sus reales plantas; ya solo cabe asimilar (procesar la información) y perdonar siendo magnánimo (2383 y 2423 a 27).

Quien piensa que huye el riesgo, al riesgo / viene, confirma Basilio (2457). Y como resume igualmente el criado Clarín, difícil es escapar de la inclemencia del hado: mirad que vais a morir / si está de Dios que muráis (3094-5). Clotaldo lo resume incluso mejor al advertir que aunque el hado, señor, sabe / todos los caminos, y halla / a quien busca entre lo espeso / de dos peñas, no es cristiana determinación decir / que no hay reparo a su saña (3112-17). Magnífica conclusión que unifica ambos criterios, por el cual la astrología no es incompatible con la religiosidad cristiana, ni anula la capacidad de albedrío de las personas (sino que la acoge en su interpretación). Al fin y al cabo, los astros también son expresión de la divinidad o el cosmos. Cuántas veces la mala interpretación de los designios (profanos, divinos…) han causado guerras y padecimientos, como en La vida es sueño. Tal es el mensaje de Calderón. La interpretación del hado se ahorma con la naciente nobleza y ecuanimidad de carácter recién adquiridos por Segismundo, lo que, junto a sus inclinaciones naturales, tanto tiempo postergadas, dan como resultado la renovación interna y externa del arquetípico personaje.

Algo que va más allá de la mera adquisición de señorío, poco menos que por ciencia infusa, a la que se ha atendido con demasiada frecuencia. Lo cual, es ratificado por el propio Segismundo, ya intelectualmente maduro y consciente de la realidad (por muy difusa que se nos presente a veces), al decir que lo que está determinado / del cielo, y en azul tabla / Dios con el dedo escribió (…) / porque quien miente y engaña / es quien para usar mal de ellas (las estrellas) / las penetra y las alcanza (es decir, que se cree Dios, 3162-3171). Finalmente, la fortuna no se vence / con injusticia y venganza (3214-5).

Así, lo que sucedió, sentencia del cielo fue (3237). Pues en efecto, en sagaz vuelta de tuerca, quién nos asegura que, por otra parte, toda esta intrincada trama de los protagonistas no aconteció (para bien) ¿porque tenía que suceder así? Las últimas palabras de Segismundo a su padre certifican nuevamente esta interpretación: ya que el cielo te desengaña / de que has errado en el modo / de vencerle, humilde aguarda / mi cuello a que tú te vengues (3242-6). Sin duda, cabe reivindicar la apertura de miras, buena disposición y feliz intuición de Pedro Calderón de la Barca.

Con El galán fantasma (1637 -año de publicación-; Cátedra, Letras hispánicas, 2015), estamos ante el mismo tipo de prejuicio (o desconocimiento) que con La vida es sueño, aunque más atemperado por el carácter de comedia de la obra. Pero la falta de imaginación de algunos exégetas no tiene la culpa ni es materia de la filología, aunque sí pueda afectarla en sus conclusiones. Una filología que, por norma, debiera abrirse a perspectivas más amplias, sin salirse del respeto al autor y su (con)texto. Para los que superstición es todo aquello que no encuentra acomodo por la razón, el círculo está bien cerrado, para los que esto no es así, gozoso es (re)leer en la actualidad las composiciones de Calderón (a falta de poder acceder a El astrólogo fingido [1632], que sospecho que sigue por la senda que hemos vislumbrado en este artículo, más que por la de la negación). Como religioso ortodoxo pero abierto, Calderón de la Barca no niega una sustantividad allende la vida que percibimos con nuestros sentidos, pues esto no se contradice con su religiosidad. De hecho, se vale continuamente de este resquicio para divertir más que condenar, y desarrollar las argucias sus damas y galanes, porque Calderón sí respeta en grado sumo a sus personajes, incluidos los graciosos.

Representación en los Teatros del Canal, Madrid, 2017
La cuestión es, por consiguiente, análoga a la de La vida es sueño, aunque no atiende tanto al engaño de los sentidos y la mala interpretación de las referencias simbólicas, como al juego con la insuficiencia de dichos sentidos, en una jovial caracterización de lo sobrenatural.

Insisto en que, a menudo observo cómo algunos filólogos respiran en un compartimento estanco. Atribuir esta nueva propuesta de Calderón a la mera superstición es prueba de ello, y no porque las supersticiones no existan, hoy en día como en época de Calderón, sino por relacionarlas con lo desconocido, precisamente, cuando no se ha indagado en aquello de lo que se habla. Ello, por no retrotraernos a época de griegos y romanos, o incluso anteriores, cuando tales manifestaciones se contemplaban con más respeto y asombro que incredulidad (por celebrar un ensayo, recomiendo Fantasmas, aparecidos y regresados del más allá, de la profesora Alejandra Guzmán Almagro [Sans Soleil, 2017]). Sobrevolemos pues un afectado y postizo debate entre racionalismo y superstición, y vayamos con la trama de El galán fantasma.

Comedia de enredo enmarcada en un ambiente palatino, en concreto, la corte sajona, el argumento se desarrolla en un periodo de tiempo indefinido. Calderón establece un entramado amoroso y de celos, en un triángulo cuyo vértice es la lozana Julia, pretendida por el duque de Sajonia, y enamorada del resuelto Astolfo, que tras una refriega con el duque habrá de ocultar su identidad bajo los ropajes de lo fantástico. A su vez, Crotaldo es el padre del muchacho, y está al servicio del duque. Como podemos observar, nuestro autor correlaciona situaciones e intercambia algunos de los nombres de la obra precedente (aunque Clotaldo troca la “l” por la “r”).


Entre otros rasgos de la citada comedia palatina, detectamos en El galán fantasma el amor que se ve forzado a la clandestinidad, los vicios y abusos de un gobernante, las identidades ocultas, y algunas referencias mitológicas de raigambre grecolatina. Una tradición que, como decía, también se ampara en los relatos clásicos de fantasmas.

Ello no obsta para que nuestro autor se despegue de la común idea de que los astros determinan de una forma indefectible. Ya hemos podido comprobar, sin dejar de atender al texto, que más que determinar, tales astros son una correspondencia con lo que sucede aquí abajo. De nuevo, la influencia de las estrellas no es negada (versos 95-7).

Pues bien, tras el ineludible enfrentamiento de Astolfo con su oponente, el chico recibe la atención de su amigo Carlos, a su vez, enamorado de la hermana de Astolfo, Laura. Tras la trifulca con el duque, todos creen muerto a Astolfo, a excepción de su padre y de Carlos.

Así, en El galán fantasma, la estratagema (de hacerse pasar por un espectro) resulta más evidente, aunque con ello no pretende Calderón zaherir a los personajes y destinatarios de la obra, ni desacreditar lo que los sentidos no alcanzan; esto ya es gratuidad de algunos estudios críticos, por vía de un positivismo castrador que no evita la inclusión de alguna que otra cita que asegura con pomposa determinación (miren por donde), que los relatos de fantasmas son mejores cuando atienden a la insurrección más que a la resurrección (es decir, cuando certifican la muerte misma del género fantástico; una vez más, la esquizofrénica partición entre lo natural y lo sobrenatural). Así, lo que es un bonito tema, recurrente y tolerado, el de lo sobrenatural, o su juego con él (no su parodia), por parte de Calderón, queda relegado al inframundo de la superstición propia de las mentes más crédulas. Esta conveniente distinción permite a tales críticos distinguir entre un orden superior (el positivismo cartesiano) y otro inferior (la mencionada superstición, incluida una teórica resurrección de los cuerpos que, por lo visto, imposibilita el poder escribir bien).

Imagen de The White Queen
El argumento se desarrolla a lo largo de tres días, no consecutivos, que se corresponden con sendas jornadas o actos. El estudio crítico se beneficia, sin asomo de duda, de un buen aparato argumental, métrico y hasta espaciotemporal con lo que sucede en la escena (páginas 49 a 58).

La presentación dialogada de Julia y Astolfo, en el arranque de la obra, es excelente, quedando descrita la pareja con total precisión. Él como noble (en al más amplio sentido), orgulloso y arrebatado; y ella, resolutiva, valiente y bien dispuesta (ambos con una buena planta, pues ¡no deben tener más de veinte años, caramba!). El conflicto con el duque queda establecido en palabras de Julia, cuando le explica a Astolfo lo que este pretende, matándome a mí en tu pecho (149).

En su portentoso parlamento inicial, Julia advierte además a su amoroso Astolfo que se guarde de visitarla esa noche, pues su vida corre grave peligro. El pérfido duque Federico la persigue y la acosa, jactándose de no fiar de mi estrella mi cuidado / sino de mi poder y el valor mío / que ellos los polos son de mi albedrío (770-3). Como contrapartida, igual de definidora del personaje, declara Enrique, padre de Astolfo y de Laura, que virreinas de la majestad del sol son la luna y las estrellas (988-90; estrellas como sinécdoque de los planetas). Calderón ya ha establecido antes, a través de un diálogo entre padre e hija (Enrique a Laura), que Astolfo ha fingido su óbito. Ahora solo hay que comunicárselo a la angustiada Julia.

La dramática y divertida (a la vez) reaparición de Astolfo, en la jornada segunda, viene precedida por unos ruidos involuntarios, que el muchacho efectúa al tratar de emerger de su escondrijo, para gran pasmo de la criada Porcia, que ha vendido la suerte del joven al duque y lo cree muerto. El pobre Astolfo no es consciente, en un primer momento, de que, en su afán de reencontrarse con Julia, con tal reaparición causa un gran alboroto, llenándose la escena de gente (mucha de la cual huye despavorida).


En El galán fantasma, el purgatorio para las almas en pena sigue siendo un escenario válido, por la sencilla razón de que Calderón no puede tomar a burla la conversión o arrepentimiento del duque (que cree haber cometido un crimen, por justificado que este le parezca). Tras la reaparición de Astolfo a Julia, por fin pueden los jóvenes hablar con intimidad. En este sentido, el criado Candil es el personaje más despierto en materia de fantasmas (2200), pues señala que doy que ha habido muertos que piden sufragios (indulgencias), más, ¿es de sufragios camino / irse a parlar con su dama / un muerto enamoradizo? (2216-20). Al tiempo, el criado del duque, Leonelo, añade que, en efecto, si la aparición fuera tal, él estuviera en cualquier parte contigo (con el duque, 2229-30); es decir, que no se despegaría de su verdugo, si el crimen se hubiera perpetrado.

El caso es que Astolfo cuenta con una segunda oportunidad para clarificar su situación: no puede resignarse a ser un fantasmón toda la vida. El enfrentamiento final con el duque ya es más dialéctico que físico, y se produce en el mismo jardín donde unas noches atrás le rozó la muerte. Con buena disposición, todo se resuelve a favor de Julia y Astolfo, y de Laura y Carlos, gracias a la renacida magnanimidad del duque, en un proceso que es muy similar al del príncipe Segismundo.

Escrito por Javier Comino Aguilera

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