Otros mundos (XXII): El mar, ese mundo fabuloso y Los monstruos marinos, de Antonio Ribera

15 agosto, 2017

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En determinados ámbitos existen criaturas abisales de pesadilla. Pero no se alarmen, no nos referimos a ningún parlamento, sino a las profundidades de nuestros mares y océanos. Como saben, en esta sección me propongo abordar -nunca mejor dicho- aspectos muy particulares y misteriosos de nuestro entorno más visible o invisible, con el recuerdo y la ayuda de algún libro representativo. En esta ocasión, acudimos a la (re)botadura de dos de esos libros, firmados por un mismo autor.


Antonio Ribera (1920-2001) no fue solo el pionero de la ufología en España, también se interesó por ese otro mundo, más cercano, pero igual de sorprendente y extraño, que es el acuático. El autor de uno de los más logrados libros sobre OVNIS en lengua española, El gran enigma de los platillos volantes (Pomaire, 1966), fue uno de los fundadores, también en nuestro país, del Centro de Recuperación e Investigaciones Submarinas, o CRIS, así como fundador y presidente del Centro de Investigaciones y Actividades Submarinas de Cataluña, o CIAS (¡irónica sigla!).

Los libros en cuestión son los ensayos divulgativos El mar, ese mundo fabuloso, subtitulado Leyenda, aventura, historia y progreso (Hermanos Gassó, 1959; edición especial para Círculo de Lectores, 1968), y el más específico, aunque igual de delicioso, Los monstruos marinos (Telstar, 1967). Con ellos, se propuso Antonio Ribera hacernos partícipes de un mundo dentro de un mundo; un universo con sus propias leyes, sus habitantes y sus dramas (Los monstruos marinos, Introducción).

Jean Jacques Cousteau y Antonio Ribera
En efecto, el mar no es solo una maltratada reserva ecológica. También es contenedor de enigmas fascinantes y monstruosos, calificativo último al que, si añadimos la acepción de aquello que nos asusta y perturba, pues nos es desconocido, se ajusta perfectamente al patrón clásico de la prevención ante lo ignoto, en lugar de solo hacer referencia a aquello que muestra una apariencia horrísona y aterradora. Entre tales monstruos, sin duda, se encuentra el ser humano, pero justo es reconocer que, al menos, trata de redimirse enfrentándose a lo inexplorado, investigando, catalogando y haciendo frente a su curiosidad y sus miedos (otras veces, tratando de abarcar más de lo que su razón alcanza); en suma, tratando de dejar en buen lugar a sus semejantes.

Comenzando por El mar, ese mundo fabuloso, Antonio Ribera dispone, como es su costumbre (y a diferencia de otros), un bien redactado y argumentado recorrido por la conquista humana del mar, desde los fenicios, pueblo bien curtido en las labores marinas, hasta los grandes navegantes de los siglos XVIII y XIX; pasando por la fauna abisal y las técnicas oceanográficas más novedosas, la historia de los barcos y la navegación, donde se engloba el mar como fuente de energía y riqueza, los primeros artilugios submarinos en la exploración subacuática, algunas oportunas pinceladas sobre derecho marítimo, la arqueología submarina en España y los congresos a nivel mundial, y finalmente, los deportes marinos (algunos de ellos practicados por el propio autor).

Nessie
Todo ello, con la impronta profesional y el sentido del humor característicos de Antonio Ribera, y su interés por el ejemplo concreto e ilustrativo. Sirvan para ello la historia de la hélice, el batiscafo o la escafandra, junto a las estremecedoras odiseas de algunos submarinos que hallaron su tumba en el mar (capítulo La navegación submarina) o, de forma más optimista, la pionera recuperación de algunas ánforas en aguas españolas, y el hallazgo arqueológico submarino más importante, también en aguas patrias, del Sarcófago de Hipólito, fechado hacia el siglo II o III D.C. (ambos, en El mundo submarino). Al fin y al cabo, como para otras tantas cosas, es al maravilloso pueblo griego antiguo a quien debemos acudir para hallar los inicios de la inmersión submarina (…) De hecho, los escritores clásicos griegos y romanos nos proporcionan las primeras noticas históricas acerca de la inmersión (Ibid.).

Prosigue el volumen con la mención a toda clase de animales y plantas, y a esa tercera división de la vida marina que es el plancton, tan colorista, que proporciona al Mar Rojo su nombre. Sin olvidar las diatomeas, tan necesarias para la supervivencia del ser humano en el planeta. Ni el estudio de la historia terrestre sería el mismo sin la extracción de sedimentos, por medio de grandes trépanos, ni las comunicaciones habrían avanzado, incluso cuando la rotura de un cable telefónico submarino nos ha deparado curiosidades geológicas apenas imaginadas, al proceder con su recuperación (Leyendas y mitos marinos).

Una singladura que parte de las propiedades físicas del agua (La Tierra, planeta marino) y de la sugestiva Vinlandia cantada en las sagas escandinavas, siempre “tierra de oportunidades” (El hombre a la conquista del mar), y que arriba a cómo se formaron los mares primitivos, cuando la Tierra se hallaba sometida a las inmutables leyes de la gravitación universal y de la atracción solar, que provocaba gigantescas mareas en la masa de materiales semifundidos (Ibid.). Incluso el Renacimiento humanista coincide con la época de las grandes navegaciones europeas de los siglos XV y XVI (El dominio del mar).

Sarcófago de Hipólito, Museo Arqueológico Nacional de Tarragona, España
Con respecto a Los monstruos marinos, descuellan de cuando en cuando el monstruo leonino, el fraile de mar o el pez obispo (del que se muestra un grabado de 1531), y naturalmente, los simpáticos (lo siento, pero estoy a favor del libre comercio) Monstruo del Lago Ness, o Nessie, y el menos conocido pero igual de ejemplar, Monstruo de Flathead, del que se dice que no perdona, aún de forma afable -esto es, dejándose ver-, ¡a quiénes han hecho burla y dudan de su existencia! (Capítulo VI). Realidad y folclore se dan la mano amistosamente bajo las aguas.

El presente Los monstruos marinos se complementa con el anterior por medio de datos muy queridos para los bibliófilos y filólogos (como es mi caso), tales, como que es en España donde hallamos el mayor repositorio de noticias sobre nereidas y otros seres fantásticos, en nada menos que el famoso Teatro Crítico Universal (1771), del padre Feijoo (1676-1764; Introducción). Apreciaciones que abarcan al propio Diccionario de Autoridades (1726-1739; V). No en vano, entre la bibliografía manejada por Antonio Ribera, figuran autores como el filólogo suizo Georg Finsler (1852-1916) o el estupendo antropólogo y lingüista español Julio Caro Baroja (1914-1995). De este modo, el autor hace un refrescante recorrido por los engendros marinos de la antigüedad (I), reales o inventados, pero siempre sujetos a las redes de la imaginación, con inclusión de algunas ilustraciones de la época; además de por la Edad Media y el Renacimiento (II), los cronistas de Indias (III), como el propio Cristóbal Colón (1436-1506), o los estupendos José Gumilla (1687-1750), Pedro Mártir (sic) de Anglería (1447-1526) o José de Acosta (1539-1600); y finalmente, por el hallazgo de monstruos modernos como el celacanto (VII) o el muy literario Kraken (IV).

Grabado del Kraken
Recuerda Antonio Ribera en sus páginas cómo los cartagineses consideraban las Columnas de Hércules como el final del mundo. Para que este mundo marino, en concreto, no tenga un final precipitado, se nos insta a comprenderlo mejor para poder conservarlo adecuadamente. En definitiva, siempre han existido notorias semejanzas entre las costumbres, ritos y tradiciones de las distintas culturas bañadas por este medio común. Y aunque la moderna exploración submarina ha arrinconado a los monstruos marinos a las profundidades oceánicas, o a las páginas de los libros de algunos autores de secano (Leyendas y mitos marinos), el recorrido histórico propuesto por Antonio Ribera, celebra el mantenimiento de la vida marina tanto como la del propio misterio. Aparte de que, en época de canícula, nunca está de más rescatar dos buenos volúmenes y sumergirse en las páginas de la incógnita, chapotear en los escurridizos pliegues de esos otros mundos y, en definitiva, viajar por el tiempo (de aquellas editoriales) y el espacio, propuesto por cada ejemplar; en esta ocasión, el de nuestro planeta Agua.

Escrito por Javier C. Aguilera




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