Para el sábado noche (LXII): Capricornio Uno, de Peter Hyams

20 junio, 2017

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De carrera progresivamente diluida, Peter Hyams (1943) cuenta en su filmografía con algunas películas muy notables; generalmente, las escritas, o incluso fotografiadas, por él mismo. Esta es una de esas ocasiones, aunque la labor fotográfica corresponda a Bill Butler (1921).

En la primera imagen de Capricornio Uno (Capricorn One, ITC-Warner Bros.), producción de Lew Grade (1906-1998) con música de Jerry Goldsmith (1929-2004), el sol emerge física y metafóricamente por la plataforma del cohete que ha de llevar a los primeros expedicionarios terrestres al planeta Marte. Es un símbolo que se superpone a la voz en off que informa puntual pero lacónicamente del estado de la misión.

Pero a excepción del desconfiado -y partidista- diputado Hollis Peaker (David Hudleston), los políticos, como buena parte de la población -curiosa correlación-, se sienten poco atraídos por las perspectivas de este nuevo logro humano y tecnológico. No obstante, además de los astronautas Charles Brubaker (James Brolin), Peter Willis (Sam Waterston) y John Walker (O. J. Simpson), todos con un carácter bien definido por Hyams, el proyecto recibe el apoyo entusiasta de familiares y colaboradores, como el operario Horace Gruning (Lou Frizzell) que, honradamente, se siente orgulloso de una empresa de la que, la llegada a la luna, el veinte de julio de 1969, fue tan solo uno de sus jalones.

El motivo de la desconexión del resto de personas -en términos generales-, lo hallamos, precisamente, en aquello que se pretende ofrecer como remedio de la crisis: el desinterés de la gente por el programa espacial tripulado responde al hecho de que todo se ha convertido en mediático, y en que la oferta se ha ampliado. Los medios de comunicación, con su poder de realidad de lo televisado, reflejan, en este caso, dicho desinterés. Es por eso que Marte se convertirá en un escenario más; aparte de que, en este sentido, el parlamento que el director del programa Capricornio de la NASA, James Kelloway (el estupendo Hal Holbrook), lanza a los tres astronautas, cuando la misión parece abortada, es bastante realista aunque desemboque en cauces -¡o canales!- nada éticos. A modo de paráfrasis, ¡el programa debe continuar!, lo que incluye las voces grabadas de los atónitos protagonistas y, se supone, que algunas de las muestras del terreno marciano aportadas por los exploradores robóticos.


Pese a todo, en forma de justicia poética, ese optimismo e ideales que escasean, serán los que el periodista Robert Caufield (Elliot Gould), representante de esa parte de un reporterismo de investigación honesto y arriesgado -en varios sentidos-, devuelva a la sociedad, en la persona de algunos de sus héroes; porque los héroes existen, por mucho que determinadas ideologías se avergüencen o denuesten el pasado histórico, remoto o reciente.

En esta ficción, la balanza termina por equilibrarse pese al esfuerzo que esto conlleva, es decir, pese al enfrentamiento mantenido por la idiosincrasia y la superación humanas, y el progreso técnico, cuando ambos aspectos no van acompasados. Un terreno que ha sido abordado por buena parte del género de ciencia ficción, como en 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, 1968; aunque sigue habiendo quienes creen que se trata de una glorificación de lo tecnológico por encima de los valores trascendentes, lectura ajena a la verdadera intencionalidad de Stanley Kubrick [1928-1999]), o bien, por la interesante Operación Ganímedes (Operation Ganymed, Rainer Erler, 1977), aunque a diferencia de esta última, en Capricornio Uno, el recorrido de los astronautas se produce por separado y conduce a similares pero distintos derroteros, por decirlo así. En el caso que nos ocupa, la simulación afecta al aterrizaje en Marte, pero no al lanzamiento del cohete. Además, existe otro escenario intermedio, efímero pero crucial para la trama, como es el decorado de un pueblo del oeste…


Por lo tanto, ¿hasta dónde llegar para mantener vivo un sueño y devolver las ilusiones al público? ¿De qué forma merece uno pasar a la historia? El momento de la verdad de Kelloway consiste en sostener una mentira; al fin y al cabo, confirma que solo nos hacen falta las emisiones de televisión. Su lealtad al programa espacial es encomiable pero errónea, como le hace ver, en primer lugar, Charles Brubaker. Para Kelloway, el aliciente es que ya no queda nada en qué creer, lo que, de alguna manera es cierto. Para Brubaker, sin embargo, no es lógico mantener algo vivo traicionándolo. Naturalmente, la antedicha balanza comienza a desequilibrarse desde el momento en que entran en funcionamiento mecanismos y presiones que operan al margen de los principales implicados. Esto se me ha ido de las manos, hay fuerzas que tienen mucho que perder, especifica Kelloway. Desde ese momento, otro componente se ha averiado, al convertirse la amistad entre el astronauta y su antiguo mentor en un mero contrato emocional, en el que es el televisor el que opera como mecanismo de representación.

A Robert Caufield le pone tras la pista el operario de telemetría Elliot Whitter (Robert Walden). La iniciativa individual de ambos frente al sistema también será castigada, en favor de ese más amplio y etéreo bien común, como bien comprueba el sufrido Mustang de Coufield. A ello se prestan gustosos determinados organismos gubernamentales que crean, a su vez, otro escenario alterno para distorsionar lo que, hasta entonces, ha sido la realidad (tal vez, sin el conocimiento de los propios dirigentes; condición de estos suele ser estar en las nubes… de Valencia o marcianas; es decir, en sus reelecciones).


Por ello, no es casualidad que, cuando al fin se produce el ansiado -y ansioso- aterrizaje, el mensaje grabado del presidente a la nación, al resto del mundo, y a los astronautas, se vea acompañado por un movimiento de la cámara con el que Peter Hyams se va alejando de estos últimos, para acabar mostrando todo el entramado del montaje. La ironía consiste, como ya he señalado, en que tales agencias y el personal a su servicio habrán de enfrentarse con aquello que pretendían evitar a toda costa: el desprestigio del programa espacial, cuya víctima colateral es el ámbito informativo. Por suerte, para quienes los defienden de una forma cabal, el viacrucis de estos pioneros del espacio por un nuevo escenario, ubicado, por cierto, en un remoto y reseco paraje, al estilo del marciano, no quedará sin recompensa moral. Esto parece Marte, confirma Willis. El destino es azaroso, más allá de de todas las previsiones y reglas de cálculo…

Todo esto lo cuenta el realizador de una forma clásica y perspicaz. Por ejemplo, empleando un movimiento de cámara análogo al del antedicho mensaje presidencial, cuando los tres astronautas toman caminos separados en plena aridez; o en el ejemplar duelo aéreo entre dos helicópteros y la destartalada avioneta que pilota Albain (Telly Savalas), o incluso, cuando es el propio discurso final del presidente (Norman Bartold) el que acaba convertido en un enorme montaje (tal y como advertía, por razones ajenas al personaje).

Y si me permiten un apunte final, diré que Capricornio Uno es una de esas películas que pueden ayudarnos a recuperar parte de esa ilusión perdida, en este caso, cinematográfica, pues no se trata de encadenar un título detrás de otro, sino de hacer de cada ocasión algo especial; en definitiva, de regresar al rito que suponía ir al cine (aún en el propio hogar).

Escrito por Javier C. Aguilera


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