Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers, y adaptación de John Huston

02 marzo, 2017

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Más que el cuestionamiento de determinadas autoridades, Reflejos en un ojo dorado (Reflections in a Golden Eye, 1941; Seix-Barral, 2017), novela corta, o relato largo, de la escritora norteamericana Carson McCullers (1917-1967), muestra el enfrentamiento, finalmente frustrado, y la mera claudicación, de una serie de personajes que desean escapar a la sumisión de una colectividad, a la ideología única. Si nos sustraemos a un prólogo -ajeno a la autora- torpe y maniqueo, tópicamente correcto, con lindezas como que el ejército es una institución abiertamente violenta (¡y cualquiera se lo discute!), de esos predestinados a enderezar la lectura de un contenido, reconduciendo al lector como si este no fuera capaz de reflexionar por su cuenta y riesgo, lo cierto es que, en la obra, lo relevante acontece en la intimidad familiar de las viviendas de los oficiales y en la cercada libertad del campo, más que en las dependencias militares. Aunque la fuerza opresiva se sitúa en un marco concreto, el ámbito militar, lo expuesto en la nouvelle se desata de visillos para adentro; es decir, con vistas a lo genérico.

La obediencia cegada afecta, no solo a unos determinados mandos, sino que alimenta unos comportamientos adquiridos, muy concretos y restrictivos. En el caso del capitán Penderton, la homosexualidad reprimida es tan latente que conlleva un cortocircuito interior. Es el tipo de obediencia que mata la libertad, como vimos que sucedía en La voluntad (1902) de Azorín (1873-1967).

Una naturaleza que ha sido artificiosamente extirpada de determinadas estructuras, en una etapa que todos deseamos, a tales efectos, finiquitada. No en vano resalta McCullers que todo en el puesto militar está idénticamente dispuesto. Es decir, que todo debe ser igual, con los peligros que ello ha comportado siempre. El capitán es un dandi cartesiano, frío y enjuto, seducido por los amantes de su mujer, en delicado equilibrio entre los elementos masculino y femenino (Capítulo I). Una escisión que acarrea su desequilibrio, al ser incapaz de combinar ambas facetas. Socialmente, su naturaleza ha sido sofocada (salvo en lo estrictamente militar: es en esta parcela donde se ha desenvuelto y prosperado, al igual que su consorte).

Carson McCullers
Por otra parte, su esposa Leonora es desocupada y tendente al wiski doble. Ambos componen un matrimonio mutuamente insatisfecho. En cuanto a Ellgee Williams, se trata de un soldado joven y silencioso (I), sin amigos ni enemigos. No fuma, ni bebe, apenas juega ni… va con mujeres. Trata de ser libre en una zona acotada. Su singularidad es suya, aunque forme parte de un cuerpo mucho más amplio. Un estatus que el capitán Penderton no ha logrado ni por aproximación, o no puede permitirse.

Junto con otra pareja de la base, el comandante Morris y su esposa Allison, lo cierto es que Penderton y Leonora son personajes consumidos por la medianía, pese a su mediana edad (aún menor en el caso de Leonora); y más que por lo que hacen, lo son por razón de la rutina de sus actos, o por lo que no hacen. De igual modo que les pesa, aún sin ser demasiado conscientes de ello, la historia de sus familias. Leonora proviene de cierto abolengo castrense, el capitán no había conocido nunca un verdadero cariño (III), y Williams fue prevenido monacalmente respecto a la “impureza” femenina.


En tal estado de cosas, y como reverso del sentimiento amoroso, se odia aquello que no puede poseerse, y se personaliza dicho odio hacia la gente en general, o hacia una persona en particular; o incluso, hacia uno mismo, si lo que se reprime es la propia sexualidad. O bien, se dirige tal resentimiento hacia una de las posesiones de la persona despreciada. Cuando Penderton lastima al caballo de Leonora, es a ella a quien pretende fustigar, tanto como a sí mismo.

En el caso del soldado Williams, este parece conducirse en torno a una bisexualidad algo más desacomplejada, aunque igualmente introvertida. Participa de ambas naturalezas y termina de ver en Leonora una suerte de protección materna, además de una retahíla de fetiches femeninos por descubrir. Un aspecto malinterpretado por el capitán, que se sentirá fatalmente traicionado por el soldado, más que por su propia esposa (ya que resuelve que ambos se entienden).

Y ahora enlazo, o amplío mi comentario, con la película dirigida por John Huston (1906-1987), pues el realizador y sus guionistas, Chapman Mortimer (1907-1988) y Gladys Hill (1916-1981), acometen una lectura avant la lettre, siendo mínimas las alteraciones que sufre la obra original de McCullers.

No en vano, siempre ha habido gente comprometida, aunque en los momentos difíciles, sin tratar de sacar réditos a posteriori. Tras la lectura del libro, las miradas proyectadas cobran otro sentido; o mejor dicho, cobran sentido. Como las de los dos oficiales que observan a Leonora (Elizabeth Taylor) y a su acompañante, el capitán Morris Langdon (Brian Keith), alejarse juntos a caballo. O las que el capitán Weldon Penderton (Marlon Brando, de aspecto menos quebradizo que el personaje literario) dirige al soldado Williams (Robert Forster), en un combate de boxeo o al aire libre. Como asegura Morris, aún refiriéndose a su esposa Allison (Julie Harris), nadie sabe lo que pasa por nuestras mentes. El adulterio entre Morris y Leonora se consuma poco después del momento antedicho, en tanto que en el libro este ya ha tenido lugar.

Novela y versión cinematográfica son la representación simbolizada de la reclusión y la represión, a todos los niveles. Por ejemplo, como ya hemos anticipado antes, en la visualización de la cabalgada de Weldon sobre el caballo de su esposa; acometida con furia, pero sin ningún control: se supone que él lleva las riendas, aunque no gobierna la situación, posee el mando pero no el liderazgo. Es en este momento cuando el personaje exterioriza -visualmente- toda su frustración. Lo que también se traducirá en su incapacidad para poder dar clases con normalidad; un oportuno valor añadido de la película.


Weldon es, en cierta forma, impotente; pero no tanto física como mentalmente. Su imagen en el espejo mientras se aplica una crema para el cutis sobre el rostro, refleja parte de su tormento y una compasión contenida hacia el personaje. En semejante escenario interior, no deja de tener gracia que los demás tomen a Allison como la única desequilibrada, cuando todos ellos son, igualmente, meros reflejos a los ojos de quien los ronda en la oscuridad.

Una idea que Huston encadena con el dibujo de un pavo real. De hecho, en Allison no parece existir esa frontera entre lo conveniente y lo inconveniente, condición que comparte con su desprejuiciado criado filipino Anacleto (Zorro David), y que en el resto de personajes es bastante acusada; sus heridas y esperanzas en un futuro mejor conviven con la monotonía de su presente, hasta que este también es traicionado.

En lo que atañe a Leonora, queda perfectamente descrita en la película desde el instante que confiesa haber escrito mal una palabra en los sobres de las invitaciones a una fiesta. Poco después, no es solo Weldon quien descubre la desnudez del soldado sobre una yegua a la que, no en balde, se le presumía cierta torpeza (o esterilidad), sino que lo hace en compañía de Morris y Leonora (II), con lo que su reacción es más frustrante si cabe, si ha de guardar las formas.


En un claro ejemplo de proyección, y aunque la imagen resulte en exceso gráfica (o simbólica), Weldon censura en el muchacho lo que a él le está vedado (por los demás y por sus propios prejuicios). La forma de reaccionar de sus acompañantes es bien distinta; incluso, alborozada. Y, de igual modo que el capitán Weldon conserva como auténticas reliquias un envoltorio de caramelos que Williams ha arrojado al suelo, o una cucharilla, perteneciente a otro oficial, no existe “impureza” en Leonora para Williams.

Pero al igual que en la novela, esto sucedió hace algunos años (I), y lo hizo bajo la dorada luz proporcionada por Aldo Tonti (1910-1988) -y parece ser que con cierta ayuda de Oswald Morris (1915-2014)-. Una luz que es siempre sinónimo de una profunda tristeza crepuscular, por todos aquellos que pudiendo ser, no se les permitió.

Escrito por Javier C. Aguilera




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