Clásicos Inolvidables (XCIII): Campos de Castilla, de Antonio Machado

21 marzo, 2016

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Cuando Antonio Machado (1875-1939) comenzó a escribir poesía, lo hizo auspiciado por el espíritu modernista, que había descubierto de primera mano con Rubén Darío (1867-1916), Francisco Villaespesa (1877-1936) y un joven poeta aún desconocido, Juan Ramón Jiménez (1881-1958). En efecto, cuando nos acercamos a la obra poética de Antonio Machado, esta parece dividirse claramente en dos etapas, una representada por sus Soledades, galerías y otros poemas (editado por primera vez como Soledades en 1903 y ampliado y editado en numerosas ocasiones a partir de 1907), que está marcado por la estética modernista y un intimismo tardorromántico que recuerda a Bécquer, y Campos de Castilla (1912, reeditado en 1917 con nuevos poemas), contundente en su crítica tras el contacto con la Castilla profunda e imbuido por el espíritu regeneracionista de la Institución Libre de Enseñanza y de los componentes de la Generación del 98

Por ello, en Campos de Castilla nos encontramos con el foco expuesto hacia los problemas de España, realizando cuadros de la vida española, pero también hacia cuestiones de carácter existencial y trascendental en relación a la naturaleza humana: el amor, la muerte, Dios, las pasiones o incluso la envidia son temas que atraviesan varias de las piezas que componen este poemario. Una obra que quedaría completa en Baeza, en una reedición de 1917, desde donde Machado proyectaría también el sufrimiento por la pérdida temprana de su esposa, Leonor Izquierdo (1894-1912). 

No nos adentraremos en exceso en la biografía del poeta de origen sevillano, aunque cabe recordar, como ya hemos mencionado, sus vivencias y viajes entre Madrid y París, acabando finalmente como profesor en Burgos donde conocería a una joven muchacha que se convertiría en su esposa. Tras la muerte de Leonor, se trasladaría a Baeza, donde completaría el poemario que hoy comentamos, y finalmente se trasladaría a Segovia, cercano así al círculo intelectual madrileño. La muerte le alcanzó en el exilio, huyendo de la victoria franquista en 1939, en el pueblo de Colliure.

Como mencionábamos, el Machado que encontramos en Campos de Castilla no mantiene la estética modernista, aunque en su Retrato, arte poética con el que se inicia el poemario, no desmiente haber pertenecido a esta corriente, a pesar de rechazarla en su actualidad. Se trata de la reafirmación de un hombre sincero, una voz poética que no teme expresarse con contundencia.

Antonio Machado junto a Leonor Izquierdo
El tiempo es uno de los temas que atraviesa un poemario tan diverso en sus temas, pero tan similar en su tono. Por ejemplo, resulta habitual encontrar una imagen pendular, que compara el pasado con el presente; así realiza una comparación entre el ayer glorioso de Castilla (o su espíritu guerrero, también frecuentemente relacionado con el paisaje en otros poemas como El Dios íbero) y su presente árido, de esa Castilla miserable [...] / envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora (A orillas del Duero), como también opone su pasado feliz junto a Leonor y ahora voy caminando solo, / triste, cansado, pensativo y viejo (Allá en las altas tierras), también en Otro viajeAdemás, también es reiterado el retrato del ciclo natural de la vida. Así, en A José María Palacio, toda la vida del paisaje castellano prosigue adelante, floreciendo y dando frutos, de forma ajena al dolor de la pérdida; es decir, todo renace anualmente, y aunque esa es su tierra, ella ya no está, ni volverá a estarlo. 

En efecto, la naturaleza que retrata es eterna, un paisaje ajeno a lo humano mortal. Así, en Amanecer de otoño, la presencia del hombre solo servirá para concluir el poema, casi como si se representara como última creación de la naturaleza; por cierto, una naturaleza idílica sin presencia humana se alcanzará en la sublimación cósmica de Sombra del Paraíso (1944) de Vicente Aleixandre (1898-1984), aunque también estará presente en autores posteriores, como Sánchez Robayna y Julio Llamazares (en este último caso, la idea de una naturaleza perdida). También en Noviembre 1913 se nos remite al tiempo cíclico de la naturaleza (Un año más [...]), pero con la presencia humana al inicio del poema, aunque en este caso el paisaje es el andaluz, como se observa en la mención a Cazorla, Mágina o Granada.

Ahora bien, que el tiempo de la naturaleza no se corresponda con la mortalidad humana, no quiere decir que el alma humana no se funda e influya en ella. Precisamente, Machado también se proyecta en la naturaleza que retrata y esta se convierte según el estado de ánimo de la voz poética. Una unión cósmica (y con cierta sintonía panteísta, aunque no se produce un misticismo apasionado como pudiera suceder en la poesía de Aleixandre) que se relaciona tanto con la felicidad vivida entre esos parajes como con la tristeza y la nostalgia que le produce recordarlos tras su pérdida dolorosa. 

De esta forma, y por señalar un ejemplo concreto, encontramos la nostalgia en ese cúmulo de acontecimientos tan rutinarios que existen en el mundo campestre y que, por ejemplo, recoge Machado en A José María Palacio, con una naturaleza que vive a pesar de la muerte, no solo ya la de Leonor, sino la de cualquiera de los habitantes castellanos. Por ejemplo, en Campos de Soria V, donde incluso es la propia naturaleza, con su fría nieve, la que se convierte en culpable de la muerte de un arriero. O acaso la frialdad del momento no sirva para acompañar a los corazones helados de sus padres.

Atardecer en el río Duero a su paso por Zamora (fotografía de Alonso Iglesias)
Amanecer de otoño

Una larga carretera
entre grises peñascales,
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.

Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río.
Tras los montes de violeta
quebrado el primer albor.
a la espalda la escopeta,
entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

Quizás desde la visión actual algunos de los poemas iniciales, centrados en el campo castellano, no resulten tan atractivos o poderosos, especialmente a quienes desconozcan el paisaje al que Machado se refiere o las conexiones con el pasado histórico; no obstante, también a partir de ese paisaje se transmite en ocasiones una realidad íntima que nos remite a unos sentimientos ancestrales. Precisamente, esos poemas donde se alcanza esta relación entre paisaje, historia y transcendentalismo nos resultan más cercanos e interesantes, como comentábamos anteriormente. Así, por ejemplo, en A un olmo seco, nos muestra a través de este árbol el final de una vida, pero también la esperanza de una posible recuperación, esa rama reverdecida, que hace esperar otro milagro de la primavera, es decir, la esperanza en la recuperación de Leonor, insatisfecha finalmente. Volverá a remitir a ello, aunque en clave melancólica, en A José María Palacio: ¿Tienen los viejos olmos / algunas hojas nuevas?


A un olmo seco (fragmento)
[...]
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas, de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Continuando con esta temática del dolor, Machado nos ofrece algunos poemas la angustia ante el vacío existencial, clamando así a la soledad, a la muerte (simbolizada generalmente con el mar) y a Dios. Por ejemplo, en Otro viaje, comparando el dolor por el recuerdo de la amada con una mano fría que le aprieta el corazón, finalizando con los siguientes versos: Soledad, / sequedad. / Tan pobre me estoy quedando, / que ya ni siquiera estoy / conmigo, ni sé si voy / conmigo a solas viajando. De forma más popular y similar a una coplilla es el poema Una noche de verano, que nos narra la visita de la muerte al lecho de su amada, mientras esta ignora a la voz poética, que descubrirá al final la trágica respuesta a sus preguntas. Cabe mencionar en este clamor que mencionábamos al serventesio alejandrino que también forma parte del poemario y que, en tan poco espacio, ilustra perfectamente y con gran fuerza la soledad existencial (incluso podríamos excluir a Dios) ante la muerte: Señor ya me arrancaste lo que yo más quería / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Sobre estos poemas dedicados al clamor existencial, resulta irónico advertir que una reflexión tan profunda sobre la religión cristiana como la que se halla en La saeta, con ese rechazo obvio a la expresión pasional de la religiosidad en Semana Santa con la preferencia, enigmática, del Jesús que anduvo en el mar, quizás más humano, quizás como vencedor de la muerte (ese mar tantas veces referido y que tanto nos remite siempre a Manrique), se haya convertido, sin embargo, en uno de los himnos más habituales de las procesiones de la citada festividad.

Cristo del Abismo (fotografía de Francesca KIX D'Errico)
Alejándonos del existencialismo y del paisaje castellano, debemos detenernos por último en el aspecto de la crítica a la situación de España. Por una parte, dedica varios versos a mostrar la dualidad del país entre el desfase, de vacío en la cabeza, y el prometedor futuro, entre una España de charanga y pandereta y una España implacable y redentora como nos muestra en El mañana efímero. En este sentido, es célebre el número LIII de sus "Proverbios y cantares", del que citamos el final: Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios, / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón. Por otra parte, y en relación a la sección a la que pertenece este último poema, encontramos una serie de breves poemas que componen estos "Proverbios y cantares", algunos de ellos bastante popularizados también a través de su musicalización, y que reúnen toda una serie de consejos o escenas vitales que entroncan con los temas ya mencionados. 

Se une a la tendencia sapiencial bíblica, que se intuye ya desde el título de la sección, e incluso ahonda en la cuestión de la existencia de Dios, otro tema presente en este poemario como comentábamos antes (XLVI: Anoche soñé que oía / a Dios gritándome: ¡Alerta! / Luego era Dios quien dormía, / y yo gritaba: ¡Despierta!), pero también incluye piezas irónicas y críticas, como el proverbio L (-Nuestro español bosteza. / ¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío? / Doctor, ¿tendrá el estómago vacío? / -El vacío es más bien en la cabeza).

Machado centra su atención en varios poemas en lo que se ha denominado cainismo, es decir, la actitud agresiva y (auto)destructiva de los españoles (en concreto en el contexto de la obra, pero añadimos al ser humano en general) con nuestros prójimos. Será evidente, por ejemplo, en Por tierras de España ([...] por donde cruza errante la sombra de Caín) o el proverbio X (La envidia de la virtud / hizo a Caín criminal / ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio / es lo que se envidia más), y estará muy presente en el intenso poema narrativo que es La tierra de Alvargonzález, el extenso romance, de 712 versos) dividido en diez secciones que forma parte de este poemario (como curiosidad, está dedicado a Juan Ramón Jiménez, a quien también dedicaría un Elogio en este poemario, junto al realizado para Unamuno).

Caín y Abel, de Pietro Novelli
La tierra de Alvargonzález (fragmento)

III

Mucha sangre de Caín
tiene la gente labriega,
y en el hogar campesino
armó la envidia pelea.

Casáronse los mayores;
tuvo Alvargonzález nueras,
que le trajeron cizaña,
antes que nietos le dieran.

La codicia de los campos
ve tras la muerte la herencia;
no goza de lo que tiene
por ansia de lo que espera.

Sin duda, es una de las más logradas piezas poéticas y de las más interesantes de estos Campos de Castilla, reproduciendo la narrativa de los romances originales, pero adaptándola a otro tiempo y a otras circunstancias sin perder con ello el espíritu mítico del romancero original. La historia que cuenta podría ser verídica, pero roza la leyenda con elementos oníricos (que permiten alcanzar el conocimiento) y fatales que elevan las circunstancias posibles a algo más ancestral, casi una parábola bíblica contra el parricidio y la actitud propia de Caín, como advertíamos anteriormente. Este romance no solo resulta interesante y atrapa al lector, sino que muestra además un cuidado estilo poético anclado, eso sí, en la visión que Machado sostiene sobre el inhóspito paraje castellano.

En definitiva, una obra completa donde Machado dio un paso hacia delante con una voz más personal, frente al Modernismo de su anterior obra, y logró aunar lo tradicional con lo moderno, como podemos observar claramente en este último poema mencionado. Su visión de la España que le rodeaba puede resultar funesta, pero sigue estando muy presente y pareció vaticinar la cercana guerra civil. No obstante, donde más hondura poética encontramos es en la representación del dolor, de la soledad y del recuerdo o la nostalgia por el amor, todo ello imbuido de un paisaje castellano que pocas veces ha sido tan retratado con tanta fuerza y belleza.

Escrito por Luis J. del Castillo


1 comentario :

  1. Soy una admiradora de la poesìa de Machado, le descubrì en el colegio mientras leìa a Rubèn darìo, Bècquer, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y Amado Nervo, a todos los leìa mucho a travès de internet, pero el ùnico poemario que he podido conseguir es el de Bècquer. Ojalà pudiera intengrar una ediciòn tan hermosa a mi modesta biblioteca.

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