Clásicos Inolvidables (LXXXVI): La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela

12 enero, 2016

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En muchas ocasiones es frecuente pensar que ciertas épocas son más propicias para la delincuencia, para la expansión criminal por distintos factores sociales, económicos o hasta religiosos. No obstante, la historia de la humanidad está plagada de casos que, independientemente del statu quo general, nos sorprende por su virulencia personal, aún en tiempos considerados pacíficos, si acaso ha existido algún tiempo así.

La literatura ha supuesto el desarrollo de una doble cara a veces confusa y extraña. No es difícil considerar todo lo literario como bello, su faz más célebre y común, aquello que nos enternece y que nos hace pensar en el amor más allá de todo impedimento, ese amor más allá de la muerte, en la naturaleza apartada, en la perfección y la búsqueda de un camino recto para el ser humano. Pero la otra faz pervive y es sitio común también para muchas obras, algunas incluso logran fundir ambas. Hablamos de ese otro lado de la literatura que nos golpea, que nos muestra la miseria humana, que nos habla no de lo que sobrevive a la muerte, sino de lo que perece ante ella. La que nos revuelve el estómago y nos hace pensar en todos los lados oscuros del alma humana. La ceguera de uno de estos lados supone acabar con una visión completa de la realidad, porque, seamos sinceros, en el ser humano convive todo lo peor con todo lo mejor según queramos mirarlo.

En nuestra sociedad, este lado que a veces tratamos de ignorar es la marginalidad sobre la que algunos autores han querido poner el foco. Dentro de una época de miseria tras la guerra civil, España vio aparecer en 1942 una novela titulada La familia de Pascual Duarte, inicio de la trayectoria literaria de Camilo José Cela (1916-2002). El autor inauguró lo que se vino a denominar como tremendismo, aunque fiel a su idea de un autor libre de estilos, no regresaría a publicar una obra similar. No obstante, cabe señalar que la visión negativa de la sociedad y de la rutina también alumbraría su retrato de la grisácea Madrid de los años cuarenta en La colmena (1951).

Tristes premoniciones de lo que ha de acontecer, pintura de Goya
Da pena pensar que las pocas veces que en esta vida se me ocurrió no portarme demasiado mal, esa fatalidad, esa mala estrella que, como ya más atrás le dije, parece como complacerse en acompañarme, torció y dispuso las cosas de forma tal que la bondad no acabó para servir a mi alma para maldita la cosa. Peor aún: no sólo para nada sirvió, sino que a fuerza de desviarse y de degenerar siempre a algún mal peor me hubo de conducir. (Pág. 132)

La familia de Pascual Duarte es una novela que juega con distintos niveles de narrador, empleando el habitual truco de los papeles encontrados, que tan habitualmente referimos como técnica cervantina en el Quijote (1605). En este caso, esos papeles, en concreto, unas cuartillas, conforman el grueso de la obra, siendo la historia, en primera persona, de Pascual Duarte, extremeño que comenzará a narrar su vida para justificar, en cierta forma, los crímenes que ha realizado a lo largo de la misma. Este tipo de relato bebe de la tradición picaresca, en la que el pícaro buscaba la salvación final con el arrepentimiento de sus crímenes, generalmente una redención de tipo cristiana.

No obstante, este tipo de relatos pretendían moralizar y ofrecer ejemplos ex contraria, objetivo abiertamente referido en sus prólogos, como sucede con Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán, 1599) y con la Nota al transcriptor de esta novela. De forma contraria, esto no sucedía en el Lazarillo de Tormes, donde tan solo se refería toda una vida a colación de una acusación concreta, siempre dirigiéndose a Vuestra Merced, como sucede en el caso de Pascual, que pretende confesarse a un conocido sin ser consciente de esa utilidad moral que le da un segundo narrador dentro del juego textual. Así, el narrador principal, Pascual, comenzará a hablar desde su nacimiento hasta uno de sus últimos crímenes, podemos considerar el que libera finalmente al personaje de toda carga personal, aunque el relato se interrumpe abruptamente debido a la condena mortal de Duarte, como explicarán las cartas finales que sirven de colofón a la obra.

Duelo a garrotazos, pintura de Goya
Se mata sin pensar, bien probado lo tengo; a veces, sin querer. Se odia, se odia intensamente, ferozmente, y se abre la navaja, y con ella bien abierta se llega, descalzo, hasta la cama donde duerme el enemigo. Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. [...] Pero no se puede matar así; es de asesinos. Y uno piensa volver sobre sus pasos, desandar lo ya andado. (Pág. 102)

El relato parte de su infancia con las peleas continuas entre sus padres, los nacimientos de su hermana Rosario y de su hermano Mario, su relación agridulce con Lola y otras vivencias que se relacionan con la violencia y con una forma de ser desencantada. Cela nos muestra la vida de Duarte tratando de justificar las acciones de su vida. Podríamos pensar que se trata de mostrar un cierto determinismo social, quizás que vivir desde la niñez la violencia doméstica o que todo estímulo pacífico sea cortado por los cuchicheos del pueblo y por los prejuicios machistas (un hombre no hace eso) obligue a Pascual a actuar de una forma que realmente no desea. Sin embargo, conforme avanzan las reflexiones de Duarte, observamos que trata de ahondar en la suerte, en una especie de destino macabro (la sangre parece como el abono de tu vida) o incluso en una especie de acto comprometido contra el que nada se puede hacer ni evitar, a pesar de desearlo. De la misma forma que Daniel, el Mochuelo, justificaba la actitud de sus vecinos en El camino (1950) como algo natural y, por tanto, bueno, o como Felipe II justificó la derrota de la Armada Invencible por no haberse preparado para luchar contra los elementos, se trata de una excusa para justificar una mala decisión, generalmente inmoral. 

Entre los distintos motivos que expondrá Duarte como instigador de su mal interior, encontramos a la figura materna; su madre está siempre presente a lo largo de la obra y el narrador nos la caracteriza a través de sus acciones, siempre negativas: las peleas con el padre, el repudio hacia su marido, la falta de atención a sus hijos, la diversión por el sufrimiento de su hijo indefenso, y así hasta la acusación continua hacia Pascual, cargándolo no solo de culpa, sino también de odio. Ahora bien, sabemos que estamos ante una justificación vacua, pues aún atendiendo a que esta clase de personas pueden resultar tóxicas para la mente de cualquier persona, el primer asesinato de Pascual del que somos testigos en la novela resulta salvaje e incomprensible, revelando a su vez que detrás de estas excusas, Pascual es un ser violento e incapaz de controlar sus impulsos.

Mujer a la puerta de su casa en Guijo de Galisteo (Cáceres), fotografía de Vicente Elizo
La verdad es que la vida en mi familia poco tenía de placentera, pero como no nos es dado escoger, sino que ya -y aun antes de nacer- estamos destinados unos a un lado y otros a otro, procuraba conformarme con lo que me había tocado, que era la única manera de no desesperar. (Pág. 32)

Contra la idea de la madre, se revelarán otros personajes por los que nuestro narrador muestra cierto cariño, como su hermana Rosario, que funciona como una figura contraria a la materna y con la que podemos percibir una especie de relación incestuosa (de ahí quizás el intento, infructuoso, de defensa de su honra ante el Estirao), aunque nunca revelada, o su hermano Mario, nacido con una tara mental. Incluso la figura paternal sale favorecida frente a la maternal. Un problema que también se muestra en sus tragedias románticas, al ser incapaz junto a Lola de procrear o mantener viva a su prole. Todos estos sucesos conforman la existencia de nuestro protagonista y por ello la novela se titula La familia de Pascual Duarte, en tanto que expresa, no de forma azarosa, el grado de efecto de nuestra convivencia con otras personas (la familia en este caso) en nuestra vida.

Camilo José Cela
Pascual Duarte se hace más presente en la novela por no ser un personaje maniqueo, sino un personaje profundo, capaz de reflexionar sobre sus actos y sobre las circunstancias vitales que le han arrastrado hasta su condena. No obstante, Cela crea un personaje sin formación, empleando recursos que simulen el habla rural, con uso prolífico de refranes, así como alteración en el léxico, caso de reló, o vulgarismos tras los que el narrador suele pedir perdón. A su vez, encontramos el texto fragmentado en algunos capítulos como si estuviese censurado, como sabemos que sucede por el transcriptor inicial en ese juego de edición literaria ya mencionada. 

En conclusión, Cela nos muestra un fracaso social y nos lo desgrana en la voz del condenado. Una voz que nos narra su vida, pero que también teje la trampa sobre lo que nos cuenta, como hiciera el narrador de La casa del padre (Justo Navarro, 1994), aunque de forma menos evidente. Hay periodos resumidos de tiempo así como una muerte incomprensible tras una conversación aparentemente normal, lo que proporciona la sensación de que Duarte no cuenta todo lo que sucedió, a lo que se suma la posible acción censora del transcriptor.

Con todo ello, no podemos evitar ver en La familia de Pascual Duarte una obra oscura y hasta misteriosa, lo que necesariamente no la hace agradable en su fondo, dado que remueve el pozo oscuro del alma humana a través del dolor, la incomprensión y la muerte.


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