Clásicos Inolvidables (LXXXV): Yerma, de Federico García Lorca

08 enero, 2016

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Si Federico García Lorca (1898-1936) destacó en su época a nivel social fue, sin duda, por su teatro. El éxito se le resistió en un principio, especialmente con el fracaso que supuso su ópera prima, El maleficio de la mariposa (1920), pero pocos años después cosechaba éxitos tanto de público como de crítica, a pesar de encontrar la oposición de ciertos sectores más conservadores ante las palabras y críticas que desplegaba en sus obras. Si Mariana Pineda (1927) supuso el retrato románticamente difuso de una heroína popular y Bodas de sangre (1933) era la representación de la tragedia, Yerma (1934) se acerca al drama de la identidad, tema que se encarna en concreto en la maternidad como característica identitaria de la mujer. 

No obstante, lo cierto es que casi todas las obras lorquianas están atravesadas por una misma idea subyacente: la lucha contra la represión u opresión, sea cual sea su tipo. Así lo muestra la lucha enérgica de Mariana, el ansia de libertad de La Novia o de Adela en La casa de Bernarda Alba (1936), como también Yerma. Estas tres últimas protagonistas forman parte de lo que se ha venido a denominar trilogía lorquiana, aunque la crítica considera que La casa de Bernarda Alba no es realmente la última pieza de la trilogía de dramas rurales que Lorca prometió.

De las tres, quizás la menos reconocida o popular en la actualidad sea Yerma, que hoy comentamos aquí. Sin embargo, supone un avance respecto a lo mostrado en escena por García Lorca y desprende temas modernos muy relacionados con el papel de la mujer en la sociedad. Su estreno ha sido comparado al que supuso Electra (1901), de Galdós, contando con el beneplácito de gran parte de los intelectuales y artistas contemporáneos.

F. García Lorca, Margarita Xirgú y C. Rivas Cherif tras el estreno de Yerma (1934)
Yerma.- (Temblando.) ¿Oyes?
Víctor.- ¿Qué?
Yerma.- ¿No sientes llorar?
Víctor.- (Escuchando.) No.
Yerma.- Me había parecido que lloraba un niño [...] Muy cerca. Y lloraba como ahogado. (pág. 74)

Con una mezcla de prosa y verso, este más ocasional, Lorca nos entrega un drama íntimo: el de la mujer que no logra engendrar hijos y se siente incompleta. A lo largo de los tres actos, divididos en dos cuadros cada uno, se nos plantea en el escenario la obsesión de Yerma por ser madre tras dos años casada, acusando en cada acto el paso del tiempo y la cada vez más improbable situación deseada. La desesperación de la protagonista la llevará a comportarse de forma indecente a ojos de su marido, prefiriendo la soledad fuera de la casa, notando la atracción con otros hombres, refugiándose en ritos paganos y acabando con una acción desenfrenada, trágica, que la condena finalmente a no cumplir nunca su sueño.

Yerma es un personaje que desea cumplir con su papel de mujer al convertirse en madre, pero que al no lograrlo, comienza a odiarse por no ser capaz hasta proyectar su ira en su marido, cuya relación se irá enturbiando conforme avanzan los actos. La represión a la que está impuesta Yerma es doble: una es la social, como muestra la conversación de las mujeres mientras lavan en el río, de la que surge su actitud, el deseo de ser madre porque es lo que una mujer, especialmente casada, debe ser; la otra, más personal, es la imposibilidad de serlo por una relación nefasta, debido entre otras cuestiones a la esterilidad de Juan, su marido, no física necesariamente, sino intrínseca a su forma de ser. 

Él se ocupa de las tareas del campo, donde crecen los cultivos, legando las tareas domésticas a su mujer, pero sin desear nada más, nada de hijos, con una sequedad que se acentúa con la presencia de sus hermanas. Estas permanecen enmudecidas en la mayor parte de la obra y protagonizan algunos momentos dramáticos, como el juego con la oscuridad y las velas al final del acto segundo.

Las lavanderas, de Jean François Millet
Yerma.- La mujer del campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos, y hasta mala, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios. (María hace un gesto como para tomar al niño.) Tómalo, contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre. [...] Estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia [...] Que las fuentes no cesan de dar agua y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí en lugar de la boca de mi niño. (pág. 92)

En este sentido, Yerma se muestra dual, pues está oprimida, pero decidida, segura de sí misma y de sus deseos. A la vista de los ojos actuales, la desesperación de la protagonista quede menos ligada a esa opresión social, hoy aún presente, pero cada vez en menor grado; primaría así una visión más personal de la tragedia con esa infertilidad fatal, un sueño incumplido que, según algunos han planteado, se trasladaba al propio García Lorca, dada su homosexualidad. El tema de la maternidad será tratado de forma obsesiva, aumentando gradualmente esta ansiedad que Lorca logra retratar en su protagonista.

En el acto primero se nos adelantan sus ganas de quedarse embarazada unidas a una actitud despreocupada de Juan. La intervención de María, que está encinta, provocará en cierta forma la ansiedad de Yerma, que será cada vez más evidente. En el acto segundo se revelará este ansia con más fuerza en el diálogo con la Vieja Pagana en la que busca consejo para quedarse embarazada, a lo que esta la prevendrá señalando la necesidad de amar realmente al esposo así como la necesaria virilidad de Juan, enturbiada quizás por enfermedad. 

Aridez (Fotografía de LJ)
Juan.- ¿Es que te falta algo? Dime. ¡Contesta!
Yerma.- (Con intención y mirando fijamente al marido.) Sí, me falta. [...]
Juan.- [...] ¿Por qué no te traes un hijo de tu hermano? Yo no me opongo.
Yerma.- No quiero cuidar hijos de otros. Me figuro que se me van a helar los brazos de tenerlos. (pág. 88)

Lorca hace notar además la atracción de Yerma por Víctor al cansarse de un compromiso infértil con Juan. El deseo sexual hacia Víctor se intensifica mostrando a este personaje más viril que el marido, pero Yerma no puede satisfacer sus ansias y cada vez será más reprimida por Juan y sus cuñadas. Curiosamente, Lorca no hace aparecer físicamente en la obra a la familia, padres o hermanas, de la protagonista, aunque sí se menciona que su hermano tiene hijos, lo que muestra la fecundidad familiar.

Por contra, otros personajes se enfrentarán a Yerma al mostrarse indispuestos a continuar la represión femenina, haciendo valer el papel de la mujer más allá del matrimonio y de las labores domésticas en el caso de la Muchacha 2.ª, que es tachada de loca por otras mujeres, frente a lo que ella señalará que ¿Qué necesidad tiene mi marido de ser mi marido?, apuntando finalmente que lo único que he aprendido en la vida: toda la gente está metida dentro de sus casas haciendo lo que no les gusta (pág. 71). Como novedad, también encontramos el ateísmo representado en la Vieja Pagana, aunque esta no logre huir de otras supersticiones y valores sociales de la época.

Detalle de Las tres edades de la mujer, de Gustav Klimt
Como hemos podido ver, el epicentro de la obra es la maternidad, un tema frecuente pero tratado aquí como una obsesión y como elemento represor, de tal forma que ni siquiera acepta Yerma una maternidad deslizada, es decir, una adopción que no provenga de sus propias entrañas. Se nos presenta así una concepción de la vida femenina insatisfecha e incompleta al no cumplir el rol de madre, algo que también está presente en otras obras literarias de la época.

Por ejemplo, era frecuente en Miguel de Unamuno (1864-1936), que pese a dar valor a la maternidad, sí permitía en sus obras que sus personajes estuvieran satisfechos con hijos que no fueran propios, en el caso de La tía Tula (1921) o en la relación intercambiada entre Angélica y don Manuel Bueno en San Manuel Bueno, mártir (1930); también Unamuno trató la neurosis maternal, como hace Lorca en Yerma, en Raquel encadenada (escrita en 1921, publicada en 1959). Otra obra teatral sobre la maternidad a principios del siglo XX es Señora ama (1908), de Jacinto Benavente, también drama rural.

María.- Dicen que con los hijos se sufre mucho.
Yerma.- Mentira. Eso lo dicen las madres débiles, las quejumbrosas. ¿Para qué los tienen? Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre. Pero esto es bueno, sano, hermoso. Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos, y cuando no los tienen se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí. (pág. 69)

El teatro de García Lorca no es unitario en su forma, como quizás, ya comentábamos antes, sí mantiene un fondo común. Frente al verso preferido en obras anteriores, Yerma se caracteriza por una prosa cercana, de fácil lectura, pero no exenta de simbología poética, incluyendo poemas intercalados que ahondan en cuestiones relacionadas, como la fertilidad. Así, encontramos la tierra como imagen de la Madre Naturaleza que engendra, a la que Yerma quiere sentir cerca, el agua como fuerza fecunda, el ganado de Víctor como muestra de virilidad y, por contra, la arena y la sequedad como símbolos de la esterilidad. El frío se relaciona a su vez con la muerte o con la insatisfacción de la madre que no logra serlo. Incluso habrá momentos en que la protagonista oiga la voz de un niño que se ahoga, el niño que realmente nunca pudo tener.

A Yerma quizás le falta la fuerza literaria de otras obras lorquianas, pero no su intensidad dramática. Una historia sencilla con una temática aún interesante, no solo por el hecho de la maternidad, sino también de cómo la insatisfacción o la ruptura de nuestros sueños pueden acabar con una persona, además de cómo la represión social nos empuja a tener necesidades que realmente no tenemos. El drama final de nuestra protagonista se reviste de tragedia clásica, del descubrimiento fatal de saberse culpable del destino, como le pasara a tantos personajes grecolatinos. Así, Lorca logra ofrecer interés e intensidad en Yerma bebiendo de la tradición y ahondando en un tema universal sin que, por ello, resulte reiterativo. Un drama a no olvidar.

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