Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay

29 octubre, 2015

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Eva (Tilda Swinton) tenía una vida brillante e independiente, pero alcanzada cierta edad, decide tener un hijo con su marido Franklin. Esta decisión, tan corriente y normal para tantas otras personas, será el inicio de una larga travesía por la indiferencia, la frialdad, la violencia y el desencanto. Tiempo después de un suceso que le cambió la vida, Eva decide reflexionar sobre su vida desde que nació Kevin (Ezra Miller) e intentar buscar una explicación para el comportamiento de su hijo a través de su infancia y su adolescencia.

Lynne Ramsay es la encargada de situarse en la dirección de esta historia, adaptando ella misma la novela homónima de Lionel Shriver. Esta cineasta escocesa quizás no resulta muy conocida en los círculos más comerciales, aunque sus películas han recibido generalmente excelentes críticas. Comenzó su carrera en los años noventa con cortometrajes, siendo Ratcatcher (2002) y Morvern Callar (2002) sus dos primeros largometrajes. Después, tan solo realizaría un vídeo musical en 2005 y no volvería al cine hasta Tenemos que hablar de Kevin (2011), su último largometraje hasta el momento, que fue seguido por la realización del cortometraje Swimmer (2012). Como podemos observar, una todavía breve carrera.

Lynne Ramsay durante el rodaje de la película
La película en la que nos adentramos juega con su argumento entremezclando los tiempos cronológicos a partir de una memoria confusa, la de Eva Khatchadourian. La estructura de este relato nos sitúa en un inicio donde Lynne Ramsay juega con el metraje, tratando de simular un puzzle narrativo que hilvane escenas sin demasiado sentido, al menos aparentemente. Así, tenemos una primera parte caótica que entremezcla partes del pasado más cercano y partes de una vida que parecía olvidada por Eva (como ese viaje a la tomatina de Buñol).

No obstante, la poética clásica gana el pulso al intento vanguardista pasado el primer tramo y comienza una narración cronológica a partir del nacimiento de Kevin junto a su infancia y crecimiento a partir de los flashbacks que recuerda su madre desde su actual estado de apartada social. Precisamente, somos conscientes de dos líneas narrativas. Por una parte, el intento de Eva por formar parte de la sociedad a pesar del rechazo y la continua observación y cuestionamiento de sus vecinos; por otra parte, la relación entre madre e hijo, centrada en la continua sospecha de la primera y la actitud del segundo.


Ahora bien, el relato es parcial: solo vemos la visión de la madre a través de pequeñas escenas de toda una vida, una especie de justificación de lo que finalmente ocurrió, como si la culpa residiera en la naturaleza de su hijo y no en lo que ella pudo haber hecho. Precisamente, habrá ocasiones para comenzar esa conversación pendiente, ese tenemos que hablar de Kevin, aunque cuando se inicie su visión de las cosas, nadie parezca creerla, especialmente su marido, Franklin (John C. Reilly), que parece obstinado en tener una familia idílica, pero ajena a partes iguales a lo que su mujer le dice y a quién es realmente su hijo.

En este sentido, Eva se encuentra sola no solo al ser tachada de madre de un criminal, sino también cuando nadie consideraba a su hijo como un ser malvado y ella mantenía sus sospechas sobre la auténtica naturaleza de Kevin, que se van acrecentando conforme crezca, especialmente en lo relativo a su hermana Celia Khatchadourian (Ashley Gerasimovich). Tras el culmen de su violenta trayectoria, quien queda libre es su madre, que sufrirá una culpabilidad deslizada por parte de vecinos, víctimas y hasta compañeros de trabajo. Unas secuencias que nos hacen plantearnos en cómo (sobre)vive la familia de un criminal, de un asesino.


Como hemos podido observar hasta ahora, hay dos personajes esenciales: Eva, la madre, que es el personaje sobre el que se enfoca la historia, mientras que Kevin es el motor que mueve todo lo que sucede, aunque no esté presente en escena. Precisamente, él es el personaje más complejo, por lo distante que resulta para el espectador. Mientras que podemos empatizar con Eva, que, como mencionábamos, es quien a través de sus recuerdos nos transmite la historia, no podemos más que encontrar en Kevin actitudes impropias tanto de un niño como de un adolescente.

Así pues, comenzando por circunstancias tan corrientes como un bebé que llora continuamente, para estrés de su madre, continuaremos por ver cómo su personalidad se va formando llevando la contraria continuamente a su madre. Un niño que tarda en hablar, que no desprende cariño o necesidad por su madre, que mantendrá enuresis hasta una edad avanzada o que muestra un odio irracional hacia Eva y todo lo que le gusta. Pero, precisamente, solo ante ella se muestra cómo realmente es, incluso mostrando que la necesita cuando está enfermo o señalando que ha salido a ella. Quizás por todo ello, ella es su principal víctima, pues a ella es a quien más hace sufrir. Si lo analizamos de forma psicológica, estaríamos seguramente ante la representación evidente de un psicópata, capaz incluso de alterar su forma de ser según con la persona con la que se encuentre.


Eva es encarnada por Tilda Swinton, que logra alcanzar a la perfección la actitud desesperanzada y desesperada que el personaje necesitaba, así como una mezcla de emociones que incluyen la culpa, la pérdida o la sospecha. Por su parte, Kevin es finalmente interpretado por Ezra Miller, a quien hemos podido ver en un papel muy diferente en Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower, Stephen Chbosky, 2012). El actor logra incorporar a su actuación un tono nihilista, una especie de furia contenida que encaja con el rol del personaje. Tampoco evitaremos mencionar a los pequeños Rocky Duer y Jasper Newell, este último logrando resultar inquietante.

Y todo ello a pesar de que el diálogo es mínimo en la película, pretendiendo contar y aumentar la tensión a través de las imágenes y el simbolismo. En este sentido, Ramsay evita el gore o las escenas violentas, insinuando al principio, haciendo hincapié en ciertos símbolos relevantes para el final, y mostrando finalmente lo mínimo, pero más relevante y necesario. En este sentido, la fotografía es impresionista, destacando esencialmente el rojo, que es omnipresente en la obra. Desde el inicio veremos la tomatina, como posteriormente la pintura roja lanzada a la casa y al coche de Eva, el rojo de la ropa, el rojo de las latas de tomate en la tienda, un rojo que finalmente será sangre, y que forma tanto parte de ella como de él. Una representación de un color opresivo y angustioso.


Frente a este uso de color, encontramos el uso de la música, que recoge canciones conocidas y de tono alegre, que ejercen un gran contraste con lo que nos cuenta la historia y con lo que expresan los personajes. Un argumento que es áspero e incómodo, unido a una estética muy marcada y a una estructura parcialmente caótica. Lástima de un final que no resulta tan culminante, aunque sí logre mostrar la sinrazón de la violencia y ofrecer una respuesta que, aunque poco deseada, es fruto de la reflexión sobre el dolor y la crueldad. Una respuesta abierta para el espectador.

Sin duda, una película que nos muestra el alcance de la violencia, con una resolución que nos golpea directamente hacia donde no estamos preparados. Un estudio sobre un estado mental deteriorado que justamente invita a buscar el morbo; unas escenas morbosas que, por cierto, no están presentes en la obra. Quizás sobraría cierta pretensión narrativa, pero ello no resta valor a la obra. Definitivamente perturbadora, como solo lo son los relatos que no buscan los monstruos en el factor fantástico, sino en nuestra realidad más cotidiana.


Escrito por Luis J. del Castillo


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