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30 abril, 2013

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Iglesia de la Encarnación, Almuñécar (fotografía de LJ)

Abril se ha presentado entre cine, música y literatura, brillando esta última con nuestro especial del Día del Libro. Gracias a ello, hemos conseguido buenos números superando a los meses anteriores desde febrero, con 17.500. Hemos tenido un número similar de entradas a marzo, contando con una menos, pero aún así nuestra media de visitas ha subido hasta situarse en las 600 diarias. Con todo ello, estamos a menos de diez mil visitas de las 400.000. En cuanto a seguidores, estamos de enhorabuena, este mes alcanzamos los 120 seguidores, cuatro más que en marzo, y subimos 8 en nuestro Twitter, que con 212 seguidores tiene una buena proporción con los 206 que seguimos desde la red social. En nuestra página de Facebook contamos con casi cincuenta me gusta y se está convirtiendo en nuestro medio más usual de interacción, pese al poco tiempo que llevamos.

Si ya notamos que Clásicos Inolvidables había resurgido en marzo, aquí ha proseguido con fuerza con dos entradas dedicadas a la narrativa de Francisco Ayala (La cabeza del cordero y El jardín de las delicias), a quien dedicamos nuestro Día del Libro con una reseña biográfica. Además, hemos proseguido con otras secciones, teniendo en nuestro haber una nueva descubriendo como es la polifacética Belén Gordillo. También el detective Poirot se une a la sección ¡A ponerse series! junto a otras reseñas cinematográficas entre las que podemos encontrar Super 8 o Los últimos días.

Nuestro abril 2013 en imágenes
Apenas sin descanso continuamos publicando entradas, para mayo ya estamos preparando alguna entrada musical, una nueva serie televisiva y más reseñas literarias y cinematográficas. Seguramente descienda nuestra ritmo entre finales de mayo y junio, debido como siempre a nuestras tareas académicas, pero esperamos que hasta ese momento llenemos una oferta cultural a la altura de lo ya expuesto. Mientras tanto, podéis seguir disfrutando de todas nuestras antiguas entradas, que suman la somera cantidad de 284, cercana de las trescientas a solo tres meses de nuestro segundo aniversario. Como siempre, esperamos vuestra presencia en esta aventura, participando con vuestros comentarios.

Un saludo,
L.J.

PD: Concluyendo, os dejamos un vídeo relacionado con una librería peculiar, donde los libros, tal y como hacían en Mourir auprès de toi, toman vida.



"Una vida sin literatura no es una vida humana."
                  -Francisco Ayala

En tres, dos, uno... (IX): Cortos con libros

29 abril, 2013

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Abril siempre tiene olor a libros. El Día Internacional del Libro ha sido epicentro de nuestra producción este mes, y también está presente en los cortometrajes de hoy. 


Corto:  
El libro sin terminar
Dirigido por Daniel Orbegozo.

Historia:
Con un argumento salido prácticamente de la serie Pesadillas, de R.L. Stine, nuestro primer corto de hoy nos sitúa en la perspectiva de un niño en cuyas manos acaba un libro que supondrá un final drástico. El espectador debe suponer algunas parte de la historia, además de añadirse la mudez en todos los personajes. Aunque bien hilado, es tan previsible como incomprensible, sin darnos motivo para ofrecernos este argumento.

Actuación, aspecto técnico y música:
El cortometraje se centra en el niño protagonista, a quien seguramente le falta experiencia para transmitir lo que el film pedía, aunque de ello se encargará la cámara, produciendo más confusión en la imagen que alguna sensación. En el mismo sentido, el sonido sufre en la captación, escuchándose demasiado ruido blanco. El resto de sonidos pueden resultar inquietantes, como los susurros incomprensibles o la respiración, sin embargo, sufre cierto abuso de estos elementos con imágenes a las que le falta algo de definición.

En definitiva, un interesante planteamiento de un argumento recurrente, pero que sufre las deficiencias de una producción amateur.


Corto:  
Mourir auprès de toi
Dirigido por Spike Jonze y Simon Cahn. Producido por Olympia Le-Tan.

Historia:
Al más puro estilo Toy Story, pero con un estilismo más propio de Burton y del stop motion más tradicional, se nos ofrece Mourir auprès de toi, donde los personajes presentes en las portadas de algunos libros toman vida durante la noche parisina. Una propuesta original donde un esqueleto salido de Macbeth tendrá un flechazo un tanto sórdido con una víctima de Drácula, posiblemente Mina Harker. Entre ellos desfilarán unos cuantos personajes de novelas conocidas, todo bajo un cuidado escenario artesanal.

La idea podía haber sido más trabajada acorde a las novelas que se presentan, aunque se ha optado por una historia más original partiendo de personajes desconfigurados de su historia personal. Si bien el cortometraje trae una sugerente idea, nos quedamos con la intriga de cómo hubiera sido algo más relacionado con las novelas que representan. Los créditos presentan, por otra parte, una graciosa imagen de la relación entre dos esqueletos.

Aspecto técnico, actuación y música:
El estilo artesanal del cortometraje es exquisito, junto a la selección de la música conforma un nivel técnico elegante y profesional. Poco en contra se puede decir a este nivel en un cortometraje que entremezcla heroísmo femenino, amor, sexo y cierta gracia peculiar.



Corto:  
Pase de letras
Realizado por Yumma Karime Sánchez González, Miguel Ángel Ocaña Contreras y Ettel Estela Velázquez Torres en el Campus Querétaro.

Historia:
Un profesor está dispuesto a que su alumno lea y para ello pondrá de ejemplo su labor de investigación. Basándose en una curiosa anécdota relacionada con Villoro y Caparrós, comentaristas de fútbol. Sin duda, el argumento es contado con un enfoque humorístico bien orientado, aunque puede llegar a resultar ridículo en ocasiones. Ahora bien, si el propósito era fomentar la lectura, posiblemente no sirva para lograr su objetivo, aunque sí para contar una agradable historia relacionada con libros, ediciones y problemas de autoría.

Aspecto técnico, actuación y música:
La técnica es bastante aceptable, incluída la actuación del profesor, que es más convincente que la del alumno, a quien parece que le faltan fuerzas para actuar, mostrando la misma desgana del personaje por leer que el actor por hacer su trabajo. Otro factor negativo es la música, que si bien en un primer momento sirve y apoya al humor del corto, puede resultar excesivamente pesado para el espectador transcurrido un tiempo. Una variedad musical en el mismo estilo hubiera sido más efectiva que la repetición del mismo a lo largo del metraje. 


Escrito por Luis J. del Castillo


Una pasión vintage, de Isabel Wolff

24 abril, 2013

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- Lo que de verdad me gusta… es saber que contienen la historia personal de alguien. – me pasé el ribete de marabú por el dorso de la mano -. Siempre pienso en las mujeres que llevaron esa ropa. Pienso en su vida. No puedo mirar una prenda, como este traje… – añadí acercándome al perchero de la ropa de diario para sacar un conjunto de chaqueta entallada y falda de tweed azul oscuro de los años cuarenta -... sin pensar en la mujer a la que perteneció. ¿Qué edad tenía? ¿Trabajaba? ¿Estaba casada? ¿Era feliz? – Dan se encogió de hombros -. El traje tiene etiqueta británica de principios de los cuarenta – proseguí -, así que me pregunto qué le ocurriría a esta mujer durante la guerra. ¿Sobrevivió su marido? ¿Sobrevivió ella?
(Fragmento de Una pasión vintage)

No cabe duda de que, en el mundo de la moda, lo vintage es un verdadero arte y, en cierta forma, un estilo de vida. Lo comprobaremos en el personaje de Phoebe Swift, la protagonista de Una pasión vintage, una mujer luchadora y trabajadora que, en el fondo, esconde un corazón sentimental y lleno de inseguridades.


Phoebe decide repentinamente transformar su vida: deja a su prometido, abandona su trabajo en una gran casa de subastas y decide trasladarse a un suburbio de Londres para abrir su propio negocio, una modesta tienda de ropa vintage. La razón de este cambio radical se encuentra en una dolorosa experiencia que marcaría para siempre su pasado, pero que, gracias a la nueva vida que emprende, Phoebe se muestra dispuesta a olvidar y a encaminar un destino con ilusión y valentía.

Y es que este nuevo trabajo hará que entre en contacto con personas muy distintas y peculiares que, por uno u otro motivo, se convertirán en piezas fundamentales para ella. Cada una de las historias que vive con los personajes conocidos gracias a su negocio nos hará disfrutar de muchos momentos divertidos sin olvidarnos de reflexionar sobre cualquier situación que resulte cotidiana para nosotros, además de hacer hincapié en profundos sentimientos y preocupaciones con las que también nos sentiremos identificados.

Ejemplo de moda vintage
Estas nuevas amistades la ayudarán a mirar hacia el futuro, pero disfrutando del presente, como su fiel ayudante Annie, el divertido y desaliñado Dan, o el apuesto y maduro Miles. Sin embargo, una amistad destaca por encima del resto, y es, sin duda, la llegada de Thérèse Bell a su vida, una anciana que conoce gracias a una entrevista que Phoebe concede a Dan para dar a conocer su nueva tienda vintage en el barrio. Phoebe la visita para comprarle antiguas prendas y, poco a poco, se dará cuenta de que ellas tienen común mucho más de lo que ninguna se imagina. Unas profundas, históricas y entrañables conversaciones entre dos generaciones sobre las que girarán gran parte de la novela y de las que recordaremos grandes hechos cruciales del siglo XX. Dicen que el pasado siempre vuelve, pero esta vez volverá a sus vidas para ser concluido y poder cerrar ese libro.

Prisionera en Auschwitch durante la II Guerra Mundial, fotografiada por Wilhelm Brasse
Como recuerdo de una conmovedora historia, la señora Bell guarda como su mayor tesoro un precioso abrigo azul desde que era niña. Cuando la anciana decide desahogarse con Phoebe, quien se ha convertido ya en su confidente, y le relata su vivencia, se da cuenta de que su historia tiene muchas similitudes con el sufrimiento que la propia Phoebe padece y esconde. Juntas intentarán superarlo, ayudándose inconscientemente la una a la otra, pero, ¿qué les sucedió exactamente a cada una de ellas?

La inglesa Isabel Wolff es escritora y una intrépida periodista que recorrido Australia, África y América. Además, ha trabajado también en la prestigiosa BBC Radio Internacional o en el periódico Daily Telegraph. Además de Una pasión Vintage, ha publicado ocho libros de gran éxito en Gran Bretaña, traducidos al francés, español e italiano, entre los que destacan Tu vivo retrato o La chica del tiempo. A través de esta historia, Wolff nos lleva del actual Londres hasta a la Francia de la Segunda Guerra Mundial, relatando pasajes repletos de sufrimiento, superación y lealtad.

Isabel Wolff
Sin duda, en Una pasión vintage nos encontramos ante una novela con la que nos sentiremos plenamente identificados, gracias, en parte, a la multitud de personajes variopintos que en ella conoceremos. Descubriremos cómo nuestra vida puede girar en un instante y, sobre todo, qué sentimiento se esconde tras la ropa con la que Phoebe logrará vestirnos. Y es que, al comprar moda vintage, compramos algo más que una prenda, nos apropiamos de vidas anteriores que amaron, rieron o sufrieron llevando esa misma ropa. Porque la moda es capaz de coser otros lazos. El vintage es algo más que telas, hilos, botones y lazos.




Escrito por Mariela B. Ortega


Clásicos Inolvidables (XXV): El jardín de las delicias, de Francisco Ayala

23 abril, 2013

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Francisco Ayala
¡Que a este llamen mundo! Hasta el nombre miente.
Llámese inmundo, y de todas maneras disparatado.
(Gracián; cita recogida en la obra)

Siempre es conveniente contextualizar un texto a la hora de abordarlo. Nos permite asomarnos a un momento concreto de la historia literaria, cinematográfica, pictórica o musical (artística, en suma); comprobar la evolución del autor si la hubiere y constatar hasta qué punto la obra en cuestión sigue resultando actual (que no moderna) o, como suele decirse, “si ha envejecido bien”. Francisco Ayala “envejeció” admirablemente, y en su prosa se dan la mano lo literario, lo fílmico, lo musical y lo pictórico como en un todo orgánico que, en efecto, nos sigue hablando a día de hoy (bien es sabido que esto nunca está de más, habida cuenta de que el humano se distingue por tropezar con las mismas piedras). Para hablar de El jardín de las delicias -la edición que yo manejo es de Alianza, 2006, aunque por su magnífico prólogo también destacaría la de Espasa-Calpe de 1978- debemos situarnos en 1971, añadidos posteriores al margen: la concepción del libro como tal data de dicha época; de tal modo que la originalidad de la obra, que a día de hoy, 2013, deviene en notable inspiración actual, se convierte en 1971 en asombrosa amalgama vitalista, casi una obra de anticipación.

Panel del tríptico de El Bosco
Es El jardín de las delicias obra metagenérica y metalingüística. Por ejemplo, en el texto introductorio sobre la presunta condena de un asaltante a un tren, como en el far west, destaca el empleo de la cursiva durante la redacción de los hechos, y la tipografía habitual sobre aquello que de ordinario debería ser lo destacado. Es decir, la ficción ya está siendo apuntada por medio de la forma.

Y metagenérica, pues en ella se entrelazan los géneros literarios de la crónica de sucesos o de viajes, la anécdota, el aforismo, el género epistolar o la reflexión entrañablemente metafísica, que hace que dichos géneros correteen tratando de ofrecer todo un puzle anímico, un collage de vivencias extrapolables, amena “carta al lector”, que es el destinatario último en todo lo que concierne al arte.

Alguien podría decir que determinados artículos periodísticos son más el resultado de una política-ficción que una crónica objetiva y veraz, pero no seamos arteros y digamos que, caso de serlo, tal idea ya fue vaticinada por, entre otros, Francisco Ayala, a través de las noticas-bomba que “recopila” durante la primera mitad del libro. ¿Realidad o ficción? Ambos inextricablemente unidos, un quid pro quo o who is who donde la realidad se incrusta en la ficción, y viceversa. En definitiva, el empleo de la prensa diaria como un espejo (¿reflejo?) de la globalidad.

Así sucede con la -de nuevo supuesta- nota de suicidio de El caso de la starlet duquesita, con la chocante muerte de un niño (Otra vez los gamberros), con la noticia “rosa” de una pareja japonesa sorprendida tras un seto debido a La escasez de la vivienda en Japón, con la confección de una muñeca hinchable en Ciencia e industria, o en fin, con la visión irónica sobre una conferencia acerca de la salud durante la edad provecta en Actividades culturales.


Pero El jardín de las delicias es igualmente un diario donde cabe el recuerdo de un gorrión pintado en una tablilla, la botica del tío Antolín, un torbellino de sensaciones y deseos apenas concretados durante una noche de Fin de Año en Alemania, en época estudiantil, junto a todos los detalles del jardín familiar, almacenados por medio de estas fotos de papel.

Destaca igualmente el recuerdo de un Día de duelo, poética reflexión ante la muerte de un familiar, y primer contacto del autor granadino con el destino final, ejemplificado durante los distintos momentos del día, en el que la consecuencia más penosa es el olvido. Por contra, siempre puede existir un luego, ya que los desaparecidos pueden seguir vivos en tanto los recordemos, del mismo modo que nosotros mismos, solo lo seremos por cómo somos vistos ahora por los demás. Claro que esta es aplicada tarea personal, que puede tomarse o dejarse.

Detalle del panel derecho del tríptico de El Bosco (Museo del Prado, Madrid)
Junto a estas evocaciones nostálgicas, el recuerdo doloroso del desamor, repartido entre las páginas de Fragancia de jazmines y Las golondrinas de antaño. Pero también la invención crítico-gozosa en torno al fenómeno de masas ante un ídolo juvenil en Isabelo se despide. Por otra parte, el problema de la identidad parece agazaparse en Un ballo in maschera, argumento en relación abierta con la ópera de Verdi, en la que se narra el asesinato del rey Gustavo III de Suecia de un disparo (1792) durante un baile de máscaras, ahora suceso tamizado por la moderna relación entre padres e hijos (madre e hijo, en este caso).

Ángel de Bernini
Pero hablábamos de lo artístico en su plenitud. Por la obra transitan desde la escultura clásica en forma del Ángel de Bernini, la obra pictórica (En la Sixtina), el elemento musical en Lake Michigan, Música para bien morir o El Mesías; y hasta el culinario, como sucede en Au cochon de lait. Pero para el autor, lo mismo que le sucede al lector, todo depende del estado de ánimo, lo cual queda reflejado por medio de la prosa, a veces dentro de un mismo escrito, como ocurre en la citada En la Sixtina, en Entre el grand guignol y el vaudeville, o de forma más curiosa, en Aleluya, hermano. Del mismo modo, todo parece condenado a repetirse ad infinitum, como sucede con el ritual de una boda en Una mañana en Sicilia, lo cual es otra forma de olvido. De ahí la necesidad de permanencia del autor por medio de una obra con la que el lector pueda identificarse, aunque este añada datos de su propia experiencia. En definitiva, lo que nos proporciona Ayala es una ventana abierta a una época y unas gentes determinadas, pero con vistas a toda la humanidad (Un regreso a la Venecia de Proust, El chalet art-nouveau, El querubín difunto). Una ventana, en suma, por la que poder asomarnos. Después de todo, que somos sino la memoria de nuestras lecturas.

En efecto, hasta qué punto somos reales o solo existimos cuando somos vistos por los otros es cuestión que revolotea por un jardín que, inspirándose en los paneles laterales del inabarcable tríptico de El Bosco, del cual toma su título, se divide en dos segmentos principales, en realidad intercambiables: Diablo mundo, que incluye los citados recortes de prensa y los subversivos Diálogos de amor, y Días felices. Una realidad que paradójicamente, se concreta a veces sin necesidad de escribir una sola palabra, ni tan siquiera pronunciarla (como en Otro pájaro azul, Mientras tú duermes o Sin literatura, donde la callada contemplación de una momia, otro ser que fue, proporciona un nuevo instante de reflexión no prevista).


El jardín de las delicias, en versión de Francisco Ayala, tiene como principal destinatario esa entidad indeterminada que es el lector, al cual compete convertir lo escrito antaño en hogaño, y lo particular en universal, en esa paradoja dramatizada que es la existencia.

Escrito por Javier C. Aguilera 



Clásicos Inolvidables (XXIV): La cabeza del cordero, de Francisco Ayala

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-Así es, todos iguales, y todos igual a nada, es la grande y redonda verdad a la que se llega por todos los caminos del mundo. Pero, ¿sigue la vida? ¿Siguen otros viviendo? [...] De todo esto no podría quedar más que la pesadumbre de un mal sueño [...] queda el inocente valor de los soldados, el odio conmovedor de los niños [...] la fe sin esperanza, el sacrificio sin premio.
(Diálogo de los muertos, Francisco Ayala)


La narrativa española del siglo XX tuvo como una de sus piezas fundamentales al escritor Francisco Ayala, jovencísimo miembro de la Generación del 27 que con su longeva vida alcanzó a ver el inicio del siglo XXI y ser memoria viva de los acontecimientos más importantes de nuestra historia más reciente. Marcado por las ideas vanguardistas de Gómez de la Serna y por personas muy relevantes en la cultura española de la época, especialmente por Ortega y Gasset y Manuel Azaña. Pero a partir de 1931 abandonaría esta vanguardia para afrontar la realidad, lo que le llevaría a un silencio que se interrumpiría finalmente con su retorno a la narración de Los usurpadores y La cabeza del cordero, publicados en 1949, su incursión literaria más importante tras la guerra civil salvando el pequeño cuento de 1939 titulado Diálogo de los muertos que después incorporará como epílogo a Los usurpadores. Es relevante mencionar este hecho por la explicación que Ayala vio necesaria incluir en el proemio a la obra de la que hoy hablamos.

El factor biográfico es importante en esta obra, pero no puede ser nuestra única perspectiva. Ayala será una persona que sufre sus pérdidas en la guerra, empezando por su propio exilio y continuando por las muertes tanto de familiares, entre ellos su padre y un hermano, y amigos, como Lorca. Pero a la hora de afrontar este hecho crucial en su vida y en la historia de España se decantará por hacer un ejercicio de conciencia. Abordará el tema dirigiéndose a los actos de cada individuo y a la moralidad y conciencia de cada uno de ellos, siguiendo la línea del discurso de Azaña, Paz, piedad, perdón, y su cuento Diálogo de los muertos. Para ello comenzará un camino desde el pasado, que retratará en las figuras históricas de Los usurpadores, para llegar finalmente a la guerra civil y las diversas circunstancias personales de los españoles afectados de una u otra forma.


Estas situaciones serán las descritas en los cinco relatos que se incluyen en esta obra. Tanto el primero como el último conforman un prólogo y un epílogo. Esta primera historia, titulada El mensaje nos traslada a las tensiones entre dos primos en un ambiente rural antes de la guerra, enfocándonos la personalidad del narrador que se hace humano en sus palabras. Seguramente una de las virtudes de Ayala sea humanizar a sus personajes, con los matices del gris que ya se aprecia en este primer relato centrado en un mensaje indescifrable que servirá para la especulación, fruto de los miedos de cada lector.

El siguiente relato nos sitúa en plena guerra civil, bajo el título de El tajo, el general Santolalla será el narrador en el frente de Aragón, formando parte del ejército nacional. A través de cuatro secciones, irá mostrando sus circunstancias y miedos, surgiendo toda la reflexión de su vida alrededor de un hecho que podría parecer trivial -el asesinato de un miliciano- pero que tendrá todo su conflicto en la conciencia del protagonista. Recorriendo los momentos de miedo y violencia de su historia personal, concluyendo con una escena tras el fin de la guerra que muestra el tajo, la herida, que esta ha producido en los españoles, separándolos sin importar los ideales políticos. Santolalla, pese a la victoria de su bando, no vivirá de forma alegre ese éxito, sino con la sensación de vacío que dejan los remordimientos sin reconciliación.


Lo había asesinado, sencillamente [...] Cuando eso era obra ajena, a él lo dejaba perplejo, estupefacto, lo dejaba agarrotado de indignación; siendo propia, todavía encontraba disculpas, y se decía «en todo caso, era un enemigo...» Era un pobre chico -eso es lo que era-, tal vez un simple recluta que andaba por ahí casualmente [...] «he asesinado a un semejante, a un hombre ni mejor ni peor que yo.»
(El tajo, Francisco Ayala) 

Tras la guerra, dos figuras más. El regreso será, precisamente, el retorno a España de un exiliado que se descubrirá aborrecido tanto de su país de acogida como del país al que regresa. Una vez en Santiago de Compostela seguirá el rastro de su amigo Abeledo, quien durante la guerra se servió de sus influencias para intentar liquidarlo, una muestra de la falta de escrúpulos de algunos sujetos que emplearon la guerra para sus rencillas personales. Al otro lado, José Torres, en el relato que da nombre al libro, La cabeza del cordero. Este almuñequero tendrá que hacer frente a una difícil digestión; es el retorno de la culpa por no haber logrado afrontar un papel digno en la guerra. Un reencuentro con unos familiares desconocidos en Marruecos será el justificante para rememorar sus acciones, dando lugar a un examen de conciencia nocturno alrededor de una comida demasiado grasienta. Sin duda, la palabra que mejor define este relato es la angustia que puede producir la escena final, donde Ayala consigue un acercamiento tremendo a la tesitura del protagonista.

Al exilio
Estos eran los relatos que componían la primera edición del libro, hasta que en 1962 Ayala usó La vida por la opinión como epílogo, último capítulo que ofrece otra perspectiva. A diferencia del resto, Ayala se acerca a la entremezcla entre ficción y realidad, con un narrador que es el propio autor entrevistándose con otros exiliados. La historia principal de este epílogo estará protagonizada por Felipe, un topo que vivió escondido en su casa en España durante nueve años. Se sitúa en 1945, año que se presumía como momento de salvación pero que supuso realmente una época crítica para los republicanos en España, que vieron cómo los países aliados les daban la espalda y apoyaban al gobierno franquista cuando ellos los habían apoyado durante la II Guerra Mundial. 

Ante la posibilidad de verse libre, Felipe se confiará y deberá tomar una decisión arriesgada por su honor, lo cual es el punto irónico de Ayala como culmen de La cabeza del cordero. A diferencia del resto de relatos, este se basa en una historia real, mientras que el resto no, aunque tengan ecos de sucesos reales. Es la realidad elaborada como ficción que lo llevará a escribir El jardín de las delicias, publicado en 1971.

Miliciano en la guerra civil, cuadro de Ernest Descals
Mi tía me lo plantaba delante, y se burlaba de mí con una risa mala: «¿Quién es éste? Eres tú, y no lo eres; eres tú, después de que hayas muerto.» La sentía decir eso, que nunca me había dicho.
(La cabeza del cordero, Francisco Ayala) 

En conclusión, más allá de la utilidad política, Ayala sitúa la condición humana, sobre la que reflexiona en un tiempo de coyuntura de guerra, que funciona como detonante y como situación donde todo se extrema. Las reflexiones sobre la conciencia estarán presentes en prácticamente todos los relatos, pero especialmente en los tres centrales, conformados por El tajo, El regreso y La cabeza del cordero. Otra característica presente en estos relatos es el vacío, una sensación que acompañará las cinco historias, con el mensaje indescifrable, la falta de perdón y de hogar, la culpabilidad y el honor calderoniano del último protagonista o su diario compuesto de palabras incomprensibles. Es la incomprensión ante unos hechos que golpean la vida humana y sitúa a nuestra conciencia personal en primer lugar, sabiendo que solo nosotros somos dueños de nuestros actos, lo que puede conducirnos a la desesperación del vacío.

Escrito por Luis J. del Castillo




Francisco Ayala, un autor de siglo

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Un año más, se cumple una jornada importante para el mundo del arte y literatura: hoy 23 de abril, es el Día Internacional del Libro. Por eso, desde Baúl del Castillo queremos contribuir a este día dedicándolo a una figura importante y consagrada como lo fue el veterano escritor Francisco Ayala. Narrador y crítico granadino, Ayala nació en 1906. Hijo de Francisco Ayala Arroyo y Luz García-Duarte, fue nieto del eminente médico Eduardo García Duarte, quien también fue rector de la Universidad de Granada.

Su afición por las artes se tradujo en su indecisión entre dedicarse a la pintura o a la literatura, una pasión que también heredaría su hija, que actualmente es historiadora del arte. Con dieciséis años, se trasladó a Madrid, donde pronto entró en contacto con los grupos literarios de vanguardia y empezó a colaborar en importantes revistas del momento como La Gaceta Literaria y Revista de Occidente. En esos años publicó sus primeras novelas y dos volúmenes de relatos vanguardistas (El boxeador y un ángel y Cazador en el alba), así como Indagación del cinema.

Francisco Ayala
En la capital también estudió Derecho y Filosofía y Letras. Durante la década de los treinta, interrumpe su creación literaria porque su vanguardismo le parece incompatible con la realidad que estaba viviendo. Tras su estancia para ampliar estudios en Berlín, obtuvo el doctorado, ganó las oposiciones a Letrado de las Cortes y, más tarde, a catedrático de Derecho Político. Además, fue de los primeros que redactaría artículos periodísticos referentes al auge del nazismo de la época.

En el comienzo de la Guerra Civil se encontró dando conferencias en Sudamérica y, aunque previó que iban a perderla, regresó durante la misma y ejerció como funcionario del Ministerio de Estado, entre otros desempeños, en tareas diplomáticas desde la legación de España en Praga. Al caer la República se exilió con su mujer y su hija en Buenos Aires, donde retomó su dedicación a la literatura después de años de silencio. Pasó diez años trabajando y colaboró en la revista Sur, en el diario La Nación y en la editorial Losada, confundando con Lorenzo Luzuriaga la revista Realidad, una de las más importantes en la época del exilio. Sus primeras obras publicadas fueron Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), Historia de un amanecer (1926) y Cazador en el alba (1930).

Algunas de sus principales obras
El mundo entero presentaba otro aspecto. Más veloz, y menos lírico. Estrecho, idéntico a sí mismo, ya no [...] consentía esos descubrimientos de que los tréboles tienen siempre tres hojas, o de que el hielo flota sobre el agua. Su vida, hasta ahora sonámbula, blanda y desamparada, vertida al exterior, había desembocado en un desfiladero sin valles prometidos.
(Erika ante el invierno, Francisco Ayala)

En 1950 se trasladó a San Juan de Puerto Rico, en cuya universidad enseñó Sociología, además de dirigir el departamento editorial y crear una nueva revista, La Torre. Las dos últimas décadas de su exilio transcurrieron en Estados Unidos, donde ejerció como profesor de literatura en las universidades de Princeton, Chicago y Nueva York, entre otras, hasta su regreso definitivo a España en 1977.

Ayala a la edad de treinta años
Francisco Ayala, que también fue traductor y editor, nunca dejó de colaborar en la prensa diaria, siendo autor de una extensa obra ensayística y literaria en la que caben el ensayo sociológico (Tratado de sociología, Razón del mundo), los estudios literarios (El escritor en su siglo, Las plumas del fénix), libros de relatos (Los usurpadores, La cabeza del cordero), novelas (Muertes de perro y El fondo del vaso) y obras singulares como El jardín de las delicias (premio de la Crítica), que, junto con sus memorias, Recuerdos y olvidos (1906-2006), le valieron el reconocimiento de estudiosos y lectores y su plena reincorporación a la vida cultural española. Los rasgos fundamentales de su obra son el intelectualismo, la ironía o la deshumanización y el realismo crítico, obteniendo el Premio Nacional de Literatura en 1983. Ingresó en la Real Academia al año siguiente, y, posteriormente, su obra fue distinguida, entre otros, con los premios Cervantes y Príncipe de Asturias de las Letras. 

En 2006, convertido en un clásico vivo, Francisco Ayala tuvo la oportunidad de asistir a los actos de conmemoración de su centenario. De manos del alcalde de Granada, José Torres Hurtado, recibió una reproducción de plata de la espada de Fernando el Católico como regalo de todos los granadinos. Por su parte, el rey Juan Carlos I le definió como «el auténtico artesano de la palabra, quien ha esculpido una vida llena de fuerza creativa, admirable lucidez y genial maestría». Ayala fallecería en Madrid el 3 de noviembre de 2009, a los ciento tres años de edad.

Ayala junto al rey Juan Carlos I en el día de su centenario
Don Álvaro, claro está, compró entonces el libro [El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha] [...] ¿Será arriesgado pensar que, en llegando a las últimas páginas, allí donde tiene que asistir a la muerte de aquel hombre estrafalario [...] los ojos del caballero granadino se empañaron en lágrimas?
(La invención del Quijote, Francisco Ayala)

En el mismo año de su centenario, nació la Fundación Francisco Ayala, cuya sede se sitúa en el palacete de Alcázar Genil de Granada. Su presidenta de honor es Carolyn Richmond de Ayala, segunda esposa del escritor, teniendo figuras relevantes de la sociedad y cultura andaluza dentro del patronato de dicha fundación. Tiene por objeto custodiar el legado creativo, intelectual y material de Francisco Ayala, además de promover el estudio y la difusión de su obra como precursor de la renovación de la prosa española de vanguardia, la narrativa y el ensayo del exilio, el pensamiento social y la teoría y la historia literarias. La Fundación asume la apuesta ética de Francisco Ayala en defensa de la libertad, entendida como patrimonio individual y compromiso social.

Ayala junto a su esposa Carolyn
La personalidad de Ayala transmite serenidad, bondad y cercanía, en contraposición a la imagen oscura que puede desprenderse tras la lectura de sus obras. Descubridor de escritores reconocidos como Julio Cortázar y coetáneo de numerosos autores del siglo XX gracias a su prolongada vida. Tuvo la oportunidad de conocer a las figuras más relevantes de principio de siglo, como Lorca, Azaña o Borges, hasta los autores de generaciones más cercanas al siglo XXI, como Luis García Montero o Rafael Juárez Ortiz.  

Soy un cómico que lleva años esperando a que se baje el telón, pero no termina de bajarse. Justificadas palabras pronunciadas por el propio Francisco Ayala, quien, en 2007, ya se refería a su longevidad. Se había convertido, por derecho propio, en todo un capítulo de la historia de la literatura española del siglo XX. Títulos como La cabeza del cordero, Muertes de perro o El jardín de las delicias ocupan ya un lugar de honor en la historia de la misma. Un lugar en el que sus memorias, Recuerdos y olvidos, tienen su propio espacio dentro del género autobiográfico. Sin duda, un narrador centenario, testigo de los sucesos más importantes durante generaciones del pasado más reciente.


Escrito por Mariela B. Ortega


Elena Martín Vivaldi, poeta en Granada

22 abril, 2013

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La Elena real que tenía delante, (…) fumaba, hablaba y leía (…) Lo primero que llamaba la atención era la fragilidad y exquisitez de su figura. ¡Qué poco cuerpo para tanta alma! No habló mucho aquel día Elena en la tertulia del desaparecido Café Granada.
Francisco Gil Craviotto.

Elena Martín Vivaldi (1907-1998) fue la voz de lo cotidiano, que nada tiene que ver con lo manido o lo ramplón, sino con la esencia de un periplo vital transmisible, asequible y no oscurecido por ropajes vanguardistas. Su voz era la de la claridad y sencillez, porque lejos de los recursos más alambicados, Martín Vivaldi hablaba para el que era como ella, y en un lenguaje en el que pudiera sentirse reconocido. Era la voz que canta al interior con la apariencia del vecino modesto de cualquier rellano.


Elena Martín Vivaldi, que curiosamente pasó su infancia en la casa que había pertenecido a Francisco Ayala, en la calle Canales, junto a la Carretera de la Sierra y la Acequia Gorda, fue una mujer culta y de talante liberal, con un carácter independiente (¡horror!) y formas elegantes y educadas. Difícilmente una mujer de su tiempo, pero imbricada en él pese a todo, proponiendo una alternativa personal al concepto femenino tradicional y también al moderno, con una acusada sensibilidad y un privilegiado acceso (e interés, claro) a la literatura. Con semejantes mimbres, el ostracismo estaba casi asegurado. Por fortuna seguían existiendo reuniones y tertulias culturales en las que poder expresarse, pero el desengaño amoroso era solo cuestión de tiempo.

Antigua ubicación de la estatua de Colón, en el Paseo del Salón (fotografía de Rafael Garzón)

Tras la Guerra, obtuvo Vivaldi plaza en el llamado Cuerpo de Bibliotecas, Archivos y Museos, dedicando parte de su tiempo al oficio de archivera. Siendo una de las primeras mujeres universitarias de la provincia, tras un periplo inicial por Huelva y Sevilla, Elena se establece definitivamente en Granada, en 1948, donde ejerció de profesora de latín. Son muy representativos de esta etapa los poemarios Escalera de luna (1945), el primero que escribió, y El alma desvelada (1953), que ha sido unánimemente aclamado.

Con Bécquer y Juan Ramón al fondo, Elena Martín Vivaldi propone un mosaico de solitarias teselas existenciales, a veces tristes, a veces gozosas (que se ha exagerado su angustia por el anhelo maternal: una mujer que asume su deriva, nunca derrota, saltándose conscientemente determinados roles, no puede sentirse tan insatisfecha). La soledad, que nada tiene que ver con el pesimismo, y sí más con la auténtica conciencia del mundo, acompañó a la poeta junto con su amor por la naturaleza, expresado a través del color amarillo, que es el color de lo armónico, de la fusión de la persona con el entorno.


Una última etapa de corte romántico y contemporáneo brota en Durante este tiempo (1972), y se ratifica con la aparición de Nocturno (1981). Son los setenta y ochenta los años de una reconocida madurez artística. La jubilación (funcionarial) en 1977 no puso fin a la producción vital, que no se ralentizó hasta mediados de la década de los ochenta.

Una característica importante de su obra es la incorporación de patrones métricos clásicos: heptasílabos y endecasílabos, sobre todo sonetos, estrofas de base redondeada y poemas de versos libres. Esto ilustra bien el carácter e intención de su obra, cercana al viandante y no sobrepasada por estériles artificios. Es cierto que a veces el fruto, como veremos en el poema que hemos seleccionado, es punteado por medio de pausas y encabalgamientos. Pero la cercanía, su franqueza consigo misma, es lo que confiere valor a Elena Martín Vivaldi como poetisa. Por eso merece la pena acercarse y reconocerse en su obra.

Escultura de J. A. Castro Moreno en el Bulevar de Granadinos Ilustres (Av. Constitución, Granada)

Ginkgo Biloba (Árbol milenario)

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.

Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

Amarillo. Aún no imagina
el viento, la desbandada
de sus hojas, ya apagada
su claridad. Se avecina
la tarde gris. Ni adivina
su soledad, esa tristeza
de sus ramas.
Fue certeza,
alegría – ¡otoño ! - . Faro
de abierta luz.
Desamparo
después. ¿Dónde tu belleza?

Paseo de Ginkgos

Un simposio internacional celebrado en 2008 rindió merecido homenaje a Elena Martín Vivaldi, poeta de Granada. La Granada del Café Suizo y el amarillo de los otoños.


Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (XIV): Mike Oldfield

17 abril, 2013

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Michael Gordon Oldfield (Reading, 1953) se convirtió en Mike Oldfield a muy temprana edad, cuando descubrió en la música el cauce perfecto para evadirse de una situación familiar cada vez más calamitosa. Mediante la articulación de una guitarra clásica o eléctrica podía fijar su propio mundo. Curiosamente, sus hermanos también optaron por la vía de la música: un hermano, Terry, se hizo compositor para documentales, y su hermana Sally, es cantante.


Tras probar suerte en algunas bandas y tocar en locales folk, el joven Michael se decide a grabar su propia maqueta y mostrarla en distintos estudios de grabación y discográficas, pero aquello no era lo que estaba de moda. El sonido, aún siendo todavía primigenio, resultaba demasiado personal. Pero quiso el destino que recalara en un nuevo estudio de grabación cerca de Oxford, The Manor, fundado por el ingeniero Tom Newman. A él sí le interesó, o supo ver, las facultades e inventiva del joven. A partir de ahí, Mike Oldfield encontró en estos nuevos colaboradores la familia que le animó y le permitió desarrollar su talento, llegando a convertir el estudio de grabación en una ¿segunda? casa, y en un elemento consustancial a la hora de perfilar un buen trabajo (como la sala de montaje lo es para el cine).


De este modo pudo Mike Oldfield concretar su celebrado Tubular bells (1973), compendio de todas las ideas que le bullían en la cabeza (es decir, de un estilo), y que se hizo enormemente popular cuando una de sus secciones se empleó como motivo principal de la película El exorcista (William Friedkin, 1973), lo que, pese a reconocer el joven músico la popularidad proporcionada por la cinta, procuró que no volviera a repetirse: Oldfield deseaba que su música gustara per se, y Tubular bells no fue concebida como la banda sonora de ninguna película, o al menos, de ninguna película “concreta”; en todo caso privada.

Pero el hecho incuestionable es que el álbum se comercializó con enorme éxito el 25 de mayo de 1973, inaugurando una fructífera (por calidad más que cantidad) etapa de trabajos novedosos y muy recordados, donde el británico desplegaba una amplia gama de contrastes sonoros y ritmos sostenidos por medio de instrumentos tanto acústicos como electrónicos. Él mismo se encargó de tocar la mayoría de instrumentos (con la colaboración de algunos instrumentistas para los que no tocaba, como la percusión). Así, siguieron otros trabajos tan estimulantes como el pegadizo Hergest ridge (1974), el mítico Ommadawn (1975), el panteísta Incantations (1978) y el dicharachero Platinum (1979).

 

El sonido Oldfield ya estaba instaurado. Pero el músico, como suele decirse, se ha ido reinventando en cada trabajo, incorporando los adelantos técnicos más novedosos a su sonido personalísimo; pero no a rebufo de nadie, sino (re)creando su propio y reconocible estilo, convertido ya en biografía musical. Consciente tal vez de que los fans, por lo general, son siempre veleidosos.

Por repasar algunos de los más trascendentales trabajos de esta segunda etapa podemos citar los ya clásicos Five miles out (1982), Crises (1983), Discovery (1984) o Islands (1987), imprescindibles por inaugurar un nuevo ciclo adornado con canciones retentivas, ensoñadoras y juguetonas.


Como fruto de esa reelaboración y evolución de sí mismo a la que nos referíamos, en los noventa se estrenaba Oldfield con otra major discográfica, Warner Music (WEA), fase en la que destacan Songs of the distant earth (1994), sinfonía electrónica basada en la bonita novela de Arthur C. Clarke, Cánticos de la lejana tierra (no era la primera vez que el músico mostraba su interés por la ciencia ficción, su personaje favorito es el capitán Kirk de Star Trek, según ha asegurado); o la segunda y tercera partes de Tubular Bells (1992 y 1998 respectivamente), junto a la joya de la corona, Voyager (1996).

Posteriormente aparecieron un hipnótico Light and Shade (2005) y, dentro de lo que podríamos considerar como un trabajo sinfónico de corte más “tradicional”, el hermoso Music of the spheres (2008), en cierta manera, culmen de todo un proceso global hasta la fecha.


Indudablemente, es la de Mike Oldfield una carrera de creación continua, jalonada de logros, y cuyo reconocimiento penúltimo ha sido su intervención durante la ceremonia de los Juegos Olímpicos en Londres (2012). De carácter reservado, casi recluido, y con el único apoyo de su determinación, Mike Oldfield convirtió su gran imaginación en notas musicales.

Que es uno de mis creadores musicales favoritos no es ningún secreto. Además, ¡los secretos gusta compartirlos con los seguidores de nuestro Baúl!


Escrito por Javier C. Aguilera


Los últimos días, de Álex y David Pastor

13 abril, 2013

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¿Qué ocurriría si un síndrome como la agorafobia atrapara a la sociedad dentro de casa o de su lugar de trabajo? Los últimos días nos adentra en esa situación, presentando una historia apocalíptica, como bien se intuye de su título. Enmarcada en una Barcelona aparentemente desolada, Marc emprenderá un incierto y duro viaje en busca de lo más importante que ha perdido en esta indeseable situación, su novia Julia. Y es que la agorafobia se ha extendido como una plaga, dejando al planeta sumido en una deplorable catástrofe social en la que ni una sola persona es capaz de salir a la calle por su propia voluntad.

La película comienza así, de una manera abrupta. Sin motivo aparente, nos encontraremos con lo que presagia ser una gran catástrofe, siendo testigos de cómo una sociedad puede quedar sepultada en sus propias ciudades, incapaz de salir al exterior. Y todo por culpa de un síndrome procedente de la mente humana: una agorafobia extrema (por algún motivo que, aún acabada la película, se desconoce) extendida por nuestro planeta y que impide disfrutar de la libertad de los espacios abiertos. Gracias a los distintos flashbacks presentes en el film, podremos deducir que dicho trastorno quizás se deba a la evolución decadente que presenta la sociedad del momento, influida por una serie de factores negativos, ya sea por la incesante contaminación, la crisis económica o la falta de seguridad y confianza en el sistema que nos rige.

La ciudad de Barcelona, destrozada
Quim Gutiérrez será quien dé vida a Marc, de una manera correcta pero sin llegar a brillar, el protagonista de este peculiar suceso. Marc también se ve afectado por ese extraño síndrome, por lo que se encuentra recluído en su lugar de trabajo. Cuando ya no puede aguantar más esa situación, decidirá emprender un viaje para encontrar a su novia, motivo esencial para llevarlo a cabo bajo una Barcelona claustrofóbica. Y decimos bajo porque de ella veremos fundamentalmente infraestructuras cerradas: la red de alcantarillado, el metro, bloques de edificios o centros comerciales devastados.

Pero Marc no viajará solo. Le acompaña Enrique (José Coronado), quien fuera su superior, un despiadado y soberbio director de Recursos Humanos que mostrará tener, obviamente, su lado humano. Ambos protagonizarán una relación peculiar, una extraña amistad que comienza siendo hostil y acaba convirtiéndose en un sincero compañerismo. Sin duda, uno de los pilares básicos de la obra y de la que viviremos momentos bastante duros y conmovedores.

José Coronado y Quim Gutiérrez
Dirigida por los hermanos Álex y David Pastor, quienes ya debutaran al frente de otro film apocalíptico como Infectados (2009), la película describe con bastante fidelidad y crudeza cómo sería una aventura post-apocalíptica en dichas circunstancias. Sin llegar a presentar una distopía en esencia, típica de obras decadentes como 1984, nos encontraremos ante un drama de acción bastante consistente, con toques de ciencia-ficción y con un trasfondo inquietante. Sin embargo, también presenta algunas lagunas respecto a la lógica racional, no explicando cómo la sociedad ha podido llegar a tal extremo y en tan poco tiempo y, por otra parte, con algunos diálogos sobre ello carentes de naturalidad. Aunque sí es remarcable el papel que desempeñan Marta Etura y José Coronado, dando luz a unos creíbles personajes como Julia y Enrique. Marta, que encarna en esta ocasión a Julia, lleva a sus espaldas pequeños pero cruciales personajes que marcan la acción y el objetivo de la trama, como ya hiciera en Celda 211 o Eva. En Los últimos días ocurre lo mismo, ya que Julia se convierte en el sentido de la búsqueda de Marc y en la meta que determina la historia. Por su parte, José Coronado llega a sorprender gracias a su brillante ejecución, no siendo éste el último ya que se encuentra encadenando proyectos de repercusión como El cuerpo o No habrá paz para los malvados, por el que fue ganador del premio Goya 2011 a mejor actor.

Marta Etura en el papel de Julia
La producción técnica es impecable, como la imagen y la variedad de planos aparentemente impensables, que sorprenden e impresionan a partes iguales. El espectador podrá adentrarse como uno más a la hora de observar la magnitud del desastre, con algunas escenas que, incluso, pueden dar vértigo y angustia, exactamente la misma sensación que experimentan los personajes frente al mundo exterior. Otra cosa que puede ser remarcable son los últimos minutos finales, ya que sin ellos la película hubiera acabado en su mejor momento, sin rodeos ni interpretaciones innecesarias.


Sin duda, Los últimos días es una ambiciosa y espectacular obra que el mercado español ha dado al séptimo arte en los últimos años, que trata un tema abordado en innumerables ocasiones en el mundo del cine pero con una historia, un trasfondo y unos personajes bien trabajados que no dejan indiferente al espectador.


Escrito por Mariela B. Ortega

La bella Barcelona es retratada como un escenario post-apocalíptico bajo las cámaras de los hermanos Pastor, haciendo las delicias de todos los que conozcan la ciudad y haya deseado verla algún día sin el tráfico típico de una gran ciudad. Fuego, humo, soledad y cadáveres invaden la calle mientras que los seres humanos se ven obligados a permanecer dentro de los edificios, fruto de la enfermedad denominada pánico, especie de agorafobia expandida como una pandemia de origen desconocido.


Bajo este marco, dos hombres, Marc y Enrique, emprenderán una búsqueda recorriendo los sótanos, las alcantarillas, los túneles de metro y, en fin, todo el territorio subterráneo de la ciudad condal. Es la historia de una búsqueda, casi al estilo de una road movie con elementos de un buddy film, aunque la problemática relación amorosa de Marc en los días previos a la catástrofe (enseñada a través de flashback) será el motivo principal de esta historia.

Los elementos podrían prometer mucho si no fuera porque es la remezcla de varios argumentos que ya nos hemos encontrado antes, todo hilvanado con un misterioso fenómeno sin resolver ni antes, ni durante ni después del film. Los hermanos Pastor logran, en efecto, una gran calidad de imagen y técnica, pero con un guión algo pobre y unas actuaciones que no dan la talla. Es decir, en escenarios, fotografía, cámara y sonido estamos ante una calidad excelente, del calibre norteamericano y poco acostumbrados a anteriores películas españoles; pero no es original y peca de numerosas incoherencias, esas de las que o bien te percatarás durante el film o bien cuando pienses en el argumento tras salir del cine. 


En cuanto a los actores, brilla José Coronado bajo el personaje de Enrique, que parece por momentos la resurreción de un agente Santos Trinidad, personaje que le diera el Goya, reconvertido en director de recursos humanos y venido a menos. A su lado, Quim Gutiérrez tiene varios altibajos en su papel de Marc, resultando poco natural en alguna de sus escenas, incluso resultando teatral en los diálogos con Marta Etura, interpretando a Julia, desarrollados durante los flashbacks. Sobre las actrices, Marta Etura y Leticia Dolera, podemos destacar el poco metraje del que forman parte, especialmente la segunda, cuyo personaje apenas es esbozado. La novia de Marc tiene mayor peso en las escenas del pasado, siendo más una imagen recurrente en las ensoñaciones mudas del protagonista. Este es, seguramente, la característica más cercana al buddy film: el peso de la película recae en los dos protagonistas masculinos, observando la evolución de su amistad desde el trato más primitivo hasta unos límites insospechados.

 

En el transcurso de la película contaremos con una mezcla de acción, amor, amistad y humor bastante entretenida, dejándonos también escenas innecesarias que hubieran podido cubrirse de mejor forma. Los hermanos Pastor decidieron dejar fuera cualquier tipo de explicación, lo que ya nos indica que el potencial de este film no está en el elemento apocalíptico, como es habitual en muchas producciones norteamericanas, sino el factor humano. Precisamente, el factor en el que más falla el film. Y si bien han llegado a transmitir al espectador la angustia del momento, aunque sea mareándonos con la cámara, también han mostrado serias carencias en algunos puntos, sobre todo el final, donde pudiendo dejarlo en el punto justo, decidieron dar un paso más, errando para muchos en la elección. Los últimos días pasa así a engrosar las listas de películas post-apocalípticas, aunque debemos agradecer que, en esta ocasión, no hayan destruido la Estatua de la Libertad.


Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XV): Miss Marple, de George Pollock con Margaret Rutherford

12 abril, 2013

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Agatha Christie
Siguiendo con nuestro especial dedicado a la figura de Agatha Christie, iniciado con el análisis de la serie Poirot (vid, ¡A ponerse series!), procedemos ahora a comentar las cuatro estupendas películas que en la década de los sesenta tuvieron como protagonista a la entrañable Margaret Rutherford en el papel de miss Marple, el otro gran personaje creado por la novelista inglesa. Continuamos inmersos en el fascinante mundo de expresiones tales como ¡¿No estará usted sugiriendo…?!, o ¿Cómo diablos lo supo? Fortunas familiares, bizcochos de té, y un pueblecito donde se leen novelas policiacas.

Las cuatro películas fueron realizadas por George Pollock para Metro Goldwyn Mayer y contaron con la música pegadiza de un estupendo compositor, Ron Goodwin.También el reparto principal fue el mismo, lo que otorga cohesión al conjunto: Margaret Rutherford como miss Marple, Charles Tingwell como el sufrido inspector Craddock, y Stringer Davis como el amigo bibliotecario, compañero y confidente de miss Marple, el Sr. Stringer (sic).

Al parecer, la propia Agatha Christie quedó contenta con el resultado, porque si bien no se trataban de unas adaptaciones en sentido estricto de sus novelas, como sí se haría años más tarde, todo el ambiente recreado, la interpretación de Rutherford y el conjunto en general, chispeante y ameno, fueron del agrado de la escritora.

Miss Marple (Margaret Rutherford)
Miss Marple al Sr. Stringer: ¿Ha leído usted alguna novela de detectives que se detenga en un solo asesinato?

Cronológicamente, El tren de las 4:50 (Murder, she said, 1961) es el primer título. Miss Marple se encuentra en el tren que parte de Paddington y la lleva a su idílico lugar de residencia, el pueblecito de Milchester. Para entretenerse durante el viaje lee la novela de detectives “La muerte tiene ventanas” (casi parece un título de Cornell Woolrich) cuando, de repente, es testigo de una escena de asesinato, en el compartimento de un tren que pasa a su lado. No puede haber error y, debido al escepticismo del inspector, inicia por su cuenta una investigación con la complicidad del bibliotecario del pueblo.

Las pesquisas la conducen hasta un curioso caserón, se diría que perdido en la nada, junto a las solitarias vías del tren. Es bonita la imagen de la entrada a la finca con el tren a sus espaldas. En dicha finca, por supuesto, anida una disfuncional familia rondando en torno a la fortuna del patriarca.

Una pléyade de personajes, mezquinos de opereta, que incluye la figura de un jardinero siniestro, pero de entre los que destaca el resuelto nieto del propietario, Alexander (Ronnie Raymond), que tiene bastante gracia. En esta casona entrará finalmente a trabajar miss Marple como cocinera.


Un buen apunte de puesta escena lo hallamos durante el encuentro final entre la investigadora y el asesino, que queda reflejado en el espejo. La clave, más que en mirar, está en observar. Por ejemplo, por medio de los faros de una bicicleta, que descubren un cuerpo en mitad de la noche. O entre las antiguas caballerizas, con sus carricoches abandonados, cubiertos de polvo los pescantes y arrumbados unos curiosos objetos egipcios, de los que ya nadie se acuerda, pero que hablan de un pasado más esplendoroso para la familia.

Entre los actores, característicos como Thorley Walters, James Robertson Justice y Joan Hickson, que curiosamente será la encarga de interpretar a miss Marple en la posterior y celebrada serie para TV de la BBC. Mención aparte hacia un actor tan relevante como Arthur Kennedy, que interpretó aquí al médico de la familia.

El tren de las 4:50
Después del funeral (Murder at the gallop, 1963) prosigue esta línea de misterio y sentido del humor que ya no abandonará el ciclo.

El arranque muestra a miss Marple como un miembro activo de la comunidad. Acude a pedir un óbolo a una decrépita mansión de Milchester (de nuevo la idea de un pasado esplendor), donde su dueño, el señor Enderby (bajo los esporádicos rasgos de Finlay Currie) cae literalmente fulminado a sus pies. Para colmo un visitante la pilla con el arma en la mano y agarra un susto morrocotudo. Muerte por un gato, certifica miss Marple ante la nueva pasividad de las autoridades.

Miss Marple con el inspector Craddock
De nuevo asistimos a un edificante desfile de personajes ácidos o abiertamente depravados, no exentos de ese elemento paródico con que Agatha Christie gustaba de adornar sus relatos. El escenario, en esta ocasión, se traslada a un coqueto hotel-escuela ecuestre en pleno campo.

Entre los momentos más divertidos, aquel en que Miss Marple cita a Agatha Christie como una de las fuentes que más conviene leer si se pretende resolver un crimen; o la lectura del testamento a los familiares, donde se nos dice que el difunto les lega toda su fortuna para que les haga lo más desgraciados posible. O ese otro en que el heredero Hector Enderby (bajo los rasgos del gran Robert Morley), asegura que es inusual que una mujer inglesa prefiera leer a montar a caballo, ¡pero es posible!

Un sarcasmo que incluso se traslada a la propia puesta en escena, cuando miss Marple, en ventajosa posición, no alcanza a ver a uno de los interlocutores de una conversación desde una ventana.

Rutherford con Robert Morley
En La señora McGinty ha muerto (Murder most foul, 1964), un bobby rural con aire furtivo recibe una cerveza al hacer la ronda nocturna, mientras al lado perece la vecina de Milchester Miss McGinty. El destino quiere que el policía descubra al falso culpable ¡con la soga en la mano y rodeado de billetes!

Los créditos se superponen a las imágenes del juicio sin que medie sonido alguno, salvo la banda sonora, logrando transmitir en todo momento el buen humor y la socarronería del relato. Y formando parte del jurado, aparece miss Marple, que lejos de quedar convencida con las pruebas circunstanciales logra, como el personaje de la obra de Reginald Rose y por agotamiento, la revisión de la causa, para desesperación (siempre amistosa) del comisario Craddock.

Junto al señor Stringer
De hecho, toda la película parece una representación teatral, en el sentido más positivo, donde realidad y ficción se entremezclan: los acontecimientos se desarrollan en el interior de una humilde compañía de teatro comandada por H. D. Cosgood (Ron Moody), en la que entrará a formar parte miss Marple como actriz de reparto y posible patrocinadora (o “angel”, como ellos lo denominan en argot).

Miss Marple va esparciendo motivos para el asesinato cometido aquí y allá, con el ánimo de atrapar al criminal, cosa que finalmente logra, tras salir ella misma indemne de varios intentos de asesinato, tan ingeniosos como el del gas de cianuro. Entre los momentos más hilarantes, aquel en que se dice en escena, puede que creas que la policía es tonta, mientras que tras el sargento de guardia se comete una fechoría.


Asesinato a bordo (Murder ahoy, 1964) fue la última película, y cuenta un episodio totalmente original. Acontece en un Centro para la reeducación de la Juventud, a cuyo Consejo pertenece miss Marple por razones de parentesco: es la sobrina-nieta del fundador. El Consejo de dicha Fundación está regido por el obispo Faulkner (interpretado con su habitual desenvoltura por Miles Malleson), pero el centro en cuestión es un escenario genial, un antiguo galeón.

Este está gobernado por el capitán Rhumstone (Lionel Jeffreys; la similitud con la palabra ron en inglés es evidente), un hombre que aún cree en el mal fario y que en determinado momento recrimina a un subordinado diciendo: ¡Prometido! ¡A una mujer! ¡Explíquese!


Buenos apuntes a retener son las estanterías de miss Marple, todas repletas de libros policiacos, o una sombra fugaz en ventana del barco, por la parte exterior; o la imagen del cadáver atravesando una estancia. Y entre los momentos más sarcásticos, está el asesinato de uno de los miembros del Consejo, lo que pone en marcha toda la investigación. O el comentario del capitán, que no puede reprimir decir ¡qué manera más hermosa de morir! al contemplar al occiso. Y por supuesto, el descubrimiento de que la joven tripulación del navío es una buena colección de Rinconetes y Cortadillos con disciplina militar, cuya hilarante complicidad provoca un baile de luces entre el barco y la costa.


Asesinato a bordo es el divertido y digno colofón de una serie de películas que ningún aficionado debería perderse.

Una imagen irrepetible: Rutherford, Sophia Loren y Charles Chaplin en el rodaje de La sra.McGinty ha muerto

Escrito por Javier C. Aguilera



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