Granada, aires y estampas y Setiembre en los jazmines, de Antonio Carvajal

02 julio, 2018

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La poesía de Antonio Carvajal (1943) nos propone un paseo sensorial, pero bien rimado. Al tiempo que nos recuerda que la realidad es escurridiza e indefectiblemente personal. Este comentario se circunscribe a dos de sus últimos poemarios, pero se puede hacer extensible al conjunto de su obra poética. El primero de ellos es Granada, aires y estampas (Entorno Gráfico Ediciones, 2016). En él, el poema Imagen fija da comienzo con la descripción sensitiva de un paseo o excursión, antes de adentrarse en la imagen del propio autor, desplegada en un busto. Es decir, que un estado de ánimo previo alienta la posterior contemplación de sí mismo, en lo que es una sensación particular pero transmisible. De forma análoga, Carvajal entiende que el bien del individuo y el de la ciudad son uno solo (ya sean sincrónicos o porque a través del primero se alcanza el segundo).



Sin embargo, como sucede en demasiadas ocasiones, el poemario es contenedor de un prólogo, de esos que tratan de reconducir o reinterpretar la lectura, más que describir o clarificar el contenido. Una postura que, además, adorna al autor con lo que no es, o no (de)muestra ser. Es decir, uno de esos estudios donde más que invitar a la lectura particular se indica cómo leer, y en el que, para colmo de injerencia, se confunde la auténtica falta de libertad con la ausencia de una muy determinada elección política o moral. De verdad que a veces parecen estos añadidos una penitencia asestada al lector. Por desgracia, antes de disfrutar de la lectura de los poemas, he de referirme a ello.

Qué manía con querer aleccionar a los demás acerca de cambiar el mundo en una dirección preestablecida. Parece que el poeta o no es social o no es nada. Pero social entendido como comprometido con una ideología política en concreto (con otras no). Rizando el rizo, se trata de algo que se extiende al ámbito de lo confesional, pues a ello se suma un ramalazo predicativo; esto es, un elemento de salvación humana teledirigido, dispuesto a crear acólitos, o lo que es lo mismo, anular la individualidad todo lo posible. Sin embargo, el poeta social, bien entendido, es inductor y no mecanismo, pues si se erige en colectivo ya se adentra en la esfera de la sumisión ideológica y, por lo tanto, deja de ser libre.

Lo que carece de sentido, máxime cuando se nos asegura que el pensamiento de Carvajal no es consigna de partido, pese a que su poesía remita a un espíritu político (ya es triste equiparar moral, religiosidad o espiritualidad con la política mundana).


Pues bien, olvídense de cumbres sociales borrascosas, entregas salvíficas y otras verdades reveladas y, sencillamente, disfruten de los poemas de Antonio Carvajal, y con lo que ellos les transmitan de forma particular, sin necesidad de profesar en ninguna facción, sea política o religiosa.

Si por algo se caracterizan estos poemas es por el hermanamiento entre ética y estética, sin sucumbir a ninguno de los polos. Lo bello es bueno, y viceversa, como lo clásico es moderno, en poesía como en otras artes, porque sigue suscitando el diálogo y la inmanencia. Como toda poesía que se rehumaniza, la de Carvajal sigue estando de plena actualidad.

No en vano, la restitución de la armonía perdida se encuentra y parte del interior de cada uno, y como tal, ha de ser descubierta de modo personal, no desde una tarima, púlpito o escaño. De esta manera, evitaremos caer en la simplista valoración de la técnica, o el azar científico (empleo las palabras textuales del prólogo), como enemigo de la moral verdadera (no sé qué es eso) y la propia naturaleza humana (esto será si uno se deja, que del uso que cada cual haga de su libertad no hay más responsable que la propia persona).

Y es que, junto al nacimiento del nuevo periodismo punitivo, está la zafiedad de algunos rellenadores de páginas, opuestos a los auténticos escritores. Está muy bien echar horas y más horas de escritura, como en una cadena de montaje, pero mejor es escribir lo que haya lugar y hacerlo bien. Por no incidir en el quejido hacia aquellos autores (en este caso poetas) que se atreven a glosar valores mitificados por el capitalismo norteamericano (entonces, ¿solo puede el vate cantar a una sola cosa?, ¿con ello incluye el prologuista la artística industria del séptimo arte?). Sin duda que hace bien en reclamar la bondad, la justicia y la belleza, solo faltaría, pero para eso no hacían falta tan pesadas alforjas.

Imagen de Granada
Pues sí, desdecir afirmaciones taxativas es muy cansino, pero no hay más remedio. Uno ha de ser talentoso y aceptado, aún en círculos más modestos, por méritos propios y literarios, y no por oposición al resto de contendientes artísticos. O dicho con más claridad, si hay poetas que desean cantar al cómic, las estrellas de cine o el iPad, tienen todo el derecho del mundo, y no por ello su labor poética será menos sutil e inspirada, allende los gustos de cada lector.

Aclarada esta cuestión, que creo sustancial e inevitable (no digo que grata), vayamos con el contenido, que es lo que nos interesa. Soy conviviente, pero no tolerante, declara Antonio Carvajal, en cita recogida, asimismo, en el prólogo. En efecto, de la tolerancia se ha creado una especie de mantra, lo mismo que con la palabra diálogo. Pero para dialogar se requiere voluntad por ambas partes y no imposiciones, de igual modo que no se debería ser tan tolerante con la intolerancia (y la hay de todos los signos). Así entiendo yo esta afirmación de Carvajal. Lo que me demuestra que su poesía va más allá del laberinto utópico de pretender cambiar el mundo, ya que se es consciente de que dicho cambio supone, poco menos que cambiar al ser humano alterando su genética.

A su vez, el esteticismo de Carvajal cobra sentido cuando asistimos a un ritmo favorecido por medio de la métrica. Esta sí que es piedra angular de su poesía, disquisiciones ideológicas aparte. Como ya hemos remarcado en otras ocasiones, con respecto a algunos autores románticos, abordados en este blog, ¿es el estado de ánimo el que dibuja el paisaje, o es este último el que influye anímicamente sobre el poeta paseante y, consecuentemente, sobre el lector? Dejándonos llevar, en este espacio uno no cavila, late, convirtiendo las imágenes fijas en eterno movimiento.

Río Poqueira, Alpujarra, Granada
Todo va a su exterminio, reza otro verso de Imagen fija. Pero lo hace para volver a renacer con cada primavera. Lectura que proporciona un sentido clásico al ciclo vital que Carvajal pondera y rubrica con su poesía. Se muere anímicamente para volver a nacer. Al igual que la naturaleza hace, al ser parte de la misma o estar imbuidos en ella, nos renovamos con cada tropiezo o alegría. Más allá de nuestra carcasa física, incluso podríamos aseverar que morimos para renacer en otros (puede que en uno mismo transmutado en otros).

Por eso su labor poética nos resulta tan bella e inquieta como la vida. Lo cual no está exento de una humana nostalgia. Otro verso lo considera. De niño no fui triste, pero jugaba solo (Páginas incompletas de mi historia social, III).

Otros tantos poemas nos hacen conscientes de que la naturaleza habla sola, y a veces, el viajero constante u ocasional, puede pasearla para así intentar escucharla y comprenderla. Como toda trascendencia consciente, esto requiere de un esfuerzo, tal y como sucede con esos otros poemas que encierran una sustancia, pero carecen de título definido.

Además, el paisaje también puede ser urbano. La voz de la memoria personal se funde con la de la ciudad en Soneto / Trío e impresiones y fuga (sic), nuevamente, con el detonante de un paisaje externo, en esta ocasión, el aporte de un tema gráfico. Allí se desata la memoria recobrada o vencida de una ciudad, en un tiempo que se diluye, que es pasado y presente al mismo tiempo, futuro preso en ambos. Estas no son las aguas del olvido, acentúa el autor en Tres estampas de Granada.


En Patio cerrado, de nuevo abrazamos el paso del tiempo. Quizás nos parezca algunas veces apesadumbrado tal contenido (cierto pavor invernal para quien es signo solar), pero la compensación surge en Jardines de Granada. Cierto que cuando se canta el invierno (el Generalife en invierno), se anhela la primavera. Pero si, una vez más, escarbamos en la superficie, comprendemos que el invierno es la estación más incomprendida; a veces se le saca poco partido interno a su relevancia, no necesariamente despojada, pues su escasez material no ha de serlo espiritual. El invierno es más complementario que un opuesto al resto de las estaciones, hace necesaria la resistencia, puede que incluso el dolor. Por ello, tan trascendente como vital es su puesta en escena, la cual, Antonio Carvajal sabe sostener. Por ejemplo, en el mencionado soneto al Generalife.

A qué huele el silencio, suena el agua o sabe el aire mojado. Son bellas sinestesias que configuran los aires de varias estampas granadinas donde se permite el juego optimista (Primer aire de la milana, Zejeles de él y él). Lo que, como digo, no excluye un invierno que también canta a la tierra (Evocación de Jerez, Este río, los ríos). En su conjunto estacional, inarmónico solo en apariencia, la naturaleza sana, y es receptáculo de la historia y evocación de la crónica que nos apresa (Episodio en Poqueira, Moros y cristianos), sobre todo, cuando dicha naturaleza nos ama o nos hiere.


Setiembre en los jazmines recupera en su título una cita de Pedro Páramo (1955), trascendente (aparte de trascendental) novela del mexicano Juan Rulfo (1917-1986). Un prólogo más aireado (interesante y provechoso, y con un nutrido análisis métrico) se inserta en el poemario. Anida alguna dedicatoria a Pablo García Baena (1923-2018), Federico García Lorca (1898-1936), Luis de Góngora (1561-1627), Juan Meléndez Valdés (1754-1817), San Juan de la Cruz (1542-1591) o Manuel Machado (1874-1947), junto a rememoraciones de Luis de Camoes (1524-1580), Pedro Soto de Rojas (1584-1658), Vicente Aleixandre (1989-1984) o José Zorrilla (1817-1893).

En Setiembre en los jazmines conviven dos libros en uno: Del viento en los jazmines (Hiperion, 1983) y Noticia de septiembre (Antorcha de paja, 1984). Reedición, por consiguiente, de ambos poemarios en un solo volumen, ya en 2017. En su interior es sugerente, por lo tanto, determinar lo que una obra suscita en el lector y el autor mismo, después de haber sido compuesta, con el transcurrir de los años; además de tras su recepción crítica, cuando dicha obra -y vida- ya han sido revisadas, o se está en proceso de ello.

Atardecer en Granada
Tal sucede con este poemario amalgamado, alimentado por la idea del cancionero, junto a citas y glosas de escritores clásicos. Como ya señalaba antes, esto se ofrenda a través de una riqueza de estilo y de métrica, donde destacan romances, formas populares, el soneto alejandrino de catorce sílabas, cantares de amigo, silvas u ovillejos… 

Toda una riqueza léxica a la que se añade el empleo del subjuntivo, formas musicales para estructurar algunos capítulos (epígrafes poéticos), la simpática incorporación de los acrósticos, y la reelaboración de una serie de versos previos; es decir, la intertextualidad de los clásicos, como sustrato de todo buen poeta que los precie y se precie.

De este modo vuelve a la vida Antonio Carvajal nuestro pasado literario, no por muerto, sino por vivo. Si en el primer libro de Setiembre en los jazmines asistimos a homenajes literarios y un expreso deseo de reunión sentimental (incluso al calor de la estación invernal), en el segundo, se ahonda en tal perspectiva. Aquí elevan el vuelo las aves, que junto al amanecer y el anochecer se erigen en meditativos símbolos amorosos; al igual que el recurrente cielo es considerado un arcano firmamento. De forma que el ser humano queda expuesto en el entramado del mismo; es decir, entre el cielo y un campo cuajado de flores y pájaros muy determinados, asentados en un entorno específico, pero con fundados anhelos de libertad.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Noticias: Próximamente en BdC

30 junio, 2018

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Faro en Formentera, fotografía de LJ
El calor parece haber llegado para quedarse con el mes de junio. Y han llegado también las vacaciones académicas, aunque aquí no nos queremos detener. Durante este mes nos habéis acompañado con asiduidad, como en anteriores ocasiones, aunque debemos destacar la cantidad de comentarios que nos habéis dejado y que os agradecemos. Hemos tenido más de 14000 visitas y los seguidores se han mantenido: Blogger, con 179, en Twitter con 611 o en nuestra página de Facebook, con 175.

El cine ha sido eje de nuestro mes de junio. Desde absolutas joyas inolvidables como El precio del poder (Scarface) hasta últimos estrenos como Con amor, Simón. También hemos ido desde cintas independientes como Captain Fantastic hasta un blockbuster como Jurassic World.

Todo ello sin olvidarnos de la literatura, con un repaso a dos obras de Calderón de la Barca, ni de la música, con un repaso a la carrera de Vangelis.

Brian de Palma y Al Pacino en el rodaje de Scarface
Esperamos seguir deleitándoos durante el verano aún con más contenido que estos últimos meses. Os animamos a comentar vuestras opiniones y a disfrutar, sobre todo, de la cultura.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Seguimos recomendando canales de Youtube que consideramos interesantes, en este caso sobre ciencia: CdeCiencia, que en su último vídeo ha colaborado con Jaime Altozano para explicarnos las razones por las que nos gusta la música.



"El jarrón da forma al vacío y la música al silencio"
                  - Georges Braque (1882-1963)




Música Inolvidable (XXXV): Vangelis

27 junio, 2018

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El compositor griego Evangelos Odysseas Papathanassiou (1943), Vangelis para los amigos melómanos, no solo ha influido en el cine o en la llamada música New Age; realmente, lo ha hecho en la misma imaginación. Aunque particularmente, estas taxonomías musicales no me convencen, y prefiero hablar de conjuntos o de autores, lo cierto es que Vangelis pertenece a una época tanto como a un movimiento, el de la música cósmica y electrónica, donde encontramos a figuras tan señeras como los sustanciales grupos Kraftwerk y Tangerine Dream, el vibrante Jean-Michel Jarre (1948), el ensayista de la paráfrasis sideral Tomita (1932-2016), el espiritual Deuter (1945), el discotequero -en el mejor sentido- Giorgio Moroder (1940), o el maestro precursor del clásico moderno, Walter Carlos (luego Wendy Carlos; 1939).


Ellos dignificaron el sintetizador, cada uno en su estilo, unos años antes de que este se introdujera en nuestras vidas, de forma definitiva, por vía del pop (lo que sucedió hacia 1981 u 82, ya como un componente claramente establecido).

En el caso de Vangelis, esta andadura comenzó con un grupo de rock sinfónico llamado Aphrodite’s Child (1968-1972), junto a Demis Roussos (1946-2015). Sin embargo, pronto adquirió dominio e independencia, aunque las colaboraciones con su paisano no se interrumpieron, al punto de ser Demis Roussos la exótica voz que acompaña algunos de los inolvidables pasajes de la partitura para Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Otras bandas sonoras de interés, que se beneficiaron del cálido sonido envolvente y sugestivo del compositor, fueron la afamada Carros de fuego (Chariots of Fire, Hugh Hudson, 1981), Desaparecido (Missing, Costa-Gavras, 1981, estrenada al año siguiente), 1492, la conquista del paraíso (1492, Conquest of Paradise, Ridley Scott, 1992) o Lunas de hiel (Bitter Moon, Roman Polanski, 1992).

A lo que podemos añadir el acompañamiento vitalista (primordial y reflexivo), dado a los documentales del francés Frederic Rossif (1922-1990), a los que pasaremos a referirnos a continuación, musicalmente hablando.


Dejando a un lado los primerizos y algo esquivos trabajos en solitario del músico, como Amore (1973), de la que aún aguardamos una buena edición en CD, la primera pieza imprescindible del compositor es la banda sonora de uno de los documentales de Rossif, L’apocalypse des aniamux (El apocalipsis de los animales, 1973), que contiene la conocida Petite fille de la mer (La pequeña hija del mar, cuyo enlace proporcionamos al final de este artículo). Una ensoñadora y “debussiana” creación, que ya despliega las texturas más características y armónicas de su autor. Le siguieron Ignacio (también conocido como Entends-tu les chiens aboyer?: ¿Oyes a los perros ladrar?), de 1974, el cenital Heaven and Hell (1975), recordado por servir de estratosférica apoyatura musical a la célebre serie de televisión Cosmos (1980), del inquieto Carl Sagan (1934-1996); Albedo 0’39 (1976), contenedor de los estupendos y muy televisivos Pulstar y Alpha, y uno de mis trabajos favoritos del autor, Spiral (1977), con el inigualable y melancólico To the Unknown Man (igualmente, al final de este artículo), sin olvidar el místico y conceptual China (1979).

Muy conocida de aquellas fechas, en sí mismas, todo un dechado de creatividad para la mayoría de compositores e instrumentistas, es Opera sauvage (1979), nuevo trabajo para Rossif, en el que destaca el evocador Himno y L’enfant (El niño), posteriormente utilizado en la película de Peter Weir (1944), El año que vivimos peligrosamente (The Year of Living Dangerously, 1982).

A esta primera melodía le puso hermosa voz la compatriota Nana Mouskori (1934), con letra en italiano, en la versión titulada Ti amero (1986); así como en francés, respecto al tema principal de Desaparecido, Tu m’oublies (1986). A su vez, su asociación con el cantante Jon Anderson (1944) legó trabajos y canciones tan reconocibles como las contenidas en los álbumes Short Stories (1980), The Friends of Mister Cairo (1981), Private Collection (1983), otro predilecto para mí, por contener el bello tema instrumental Horizon, y el bonito aunque menos conocido Page of Live (1991), que en muchos sentidos, anticipa el posterior Voices (1995), para el que esto suscribe, el mejor trabajo de Vangelis en la década de los noventa. Demostrando con todo ello una prolífica inspiración, lo que no solía ser demasiado habitual.


No quiero dejar en el tintero otras creaciones de Vangelis. Junto al desconcertante -por dodecafónico- Beaubourg (1978), y el relativamente áspero Mask (1985), aunque con un retentivo tema central (el segundo movimiento), cabe tener en consideración las apreciables Antarctica (1983), Direct (1988), regreso al Vangelis más intuitivamente electrónico, con temas imprescindibles como Elsewhere o Glorianna, y el inquieto y pegadizo The City (1990), con otro tema reposado, después de tanto ajetreo urbano, similar al blues de Blade Runner, llamado Procession. The City es, merced a esa radiografía ciudadana, otra tentadora y excitante entrega del talento de Vangelis.

Junto a sus ya mencionadas obras con Rossif, también destacan Sauvage et Beau (Salvaje y bello, 1984) y La fête sauvage (Fiesta salvaje, 1976), que incorpora sonidos africanos que, una vez más, nos trasportan a la realidad de otra dimensión; en esta ocasión, en los confines del Kilimanjaro.

Como podemos observar, además de escuchar, la relación de Vangelis con el cine, sea de ficción o documental, ha sido fructífera, resultando lógico que la narrativa fundamental del siglo XX, que es la cinematográfica, se acompasara a la calidad de aquel periodo tan inventivo. Incluso su último y muy recomendable trabajo de estudio, guarda relación con una misión espacial real, ficcionalizada a través de la partitura. Un recorrido minimalista e hipnótico que se presta a banda sonora, y en el que la protagonista es la sonda Rosetta (2004-2015), en el álbum de igual título, de 2016.


Pero en la inspirada carrera de Vangelis también sobresalen otros empeños, no por soterrados menos estimulantes. A mí me sucede con el biodiverso y medioambiental (¡o micro ambiental!), Soil Festivities (1984), ideal para cualquier día de lluvia, o en el que se anhela una buena tormenta. U Oceanic (1996), que es todo un canto a los profundos misterios del mar, filtrados por el recuerdo de las películas de Esther Williams (1921-2013). O El Greco (1998), nuevo monográfico, dedicado esta vez al gran pintor y estilista residente en España, de origen e ingenio comunicantes (1541-1614).

Por todo ello, Vangelis es definidor de un periodo, que como todo buen artista traspasa. No en vano, una época se puede vivir y revivir. En sus melodías, la atmósfera quieta y la electrónica más orgánica se abrazan con afectuosa armonía. Vivir para escuchar, para prestar atención. Es lo que siempre nos ha dicho Vangelis.


La pequeña hija del mar (1973)


Salvaje y bello, tema principal (1984)


Al hombre desconocido (1977)





Para el sábado noche (LXXI): El precio del poder (Scarface), de Brian de Palma

22 junio, 2018

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La atracción por el mal, por el lado oscuro o salvaje, ha sido transitada por los realizadores desde que el cine es cine, al igual que sucede en otras artes. A ello podemos sumar la característica, netamente humana, del personaje malo-bueno que, en contraposición con quienes le rodean, se granjea el favor del respetable (algo así como el ladrón que perpetra un golpe y al que no deseamos que atrapen). En definitiva, son biografías abocadas al desastre que, reales o ficticias, no dejan de estimularnos.

En el caso que nos ocupa, el biografiado es Antonio Montana (Al Pacino), en la ficción de El precio del poder (Scarface, Universal, 1983), un monumental retrato de cuerpo entero con familia al fondo, que parafrasea de forma respetuosa el original de Ben Hetch (1894-1964) y Howard Hawks (1896-1977), Scarface (Universal, 1930; estrenada en 1932). A ambos, guionista y director, está dedicada esta afortunada actualización, lindante con el género del terror.

En cuanto al personal que rodea a Antonio, o Toni Cara Cortada, y que casi lo hace bueno, oscila entre el jefe del departamento de narcóticos, Mel Bernstein (Harris Yulin), los matones que le envía Frank López (Robert Loggia) para ajustarle las cuentas, al Club Babylon (escenografía de Ferdinando Scarfiotti [1941-1994]), los que a su vez le manda el narcotraficante Alejandro Sosa (Paul Shenar), incluyendo su sicario particular, Alberto (Mark Margolis), y el círculo de “amigos” de este último, todos ellos en cargos muy influyentes. Podemos añadir algún que otro banquero que apenas sale de su asombro pero que se suma a la fiesta (Dennis Holahan).

Todo ello, armonizado con la vibrante música del estupendo Giorgio Moroder (1940) -lo lamento por los puristas-, la restallante fotografía de John A. Alonzo (1934-2001), el deslenguado guion de un encarrilado Oliver Stone (1946) y, por descontado, la espléndida labor de dirección de Brian de Palma (1940).


El realizador pone en funcionamiento todo su bagaje -¡su arsenal, cabría decir!- en materia cinematográfica, como demuestra el movimiento circular en su inicial presentación y descripción del personaje principal, los fundidos a negro, grúas que ralentizan la tensión del plano, imágenes de acercamiento o alejamiento, la cámara que focaliza el plano general en una persona, sea Toni cuando ve por primera vez a Elvira (Michelle Pffeifer), sea su hermana Gina bailando (Mary Elizabeth Mastrantonio), o el blanco de una ejecución, como el ex mandatario Emilio Revenga (Roberto Contreras); o en fin, el expresivo empleo del plano-contraplano entre Toni y el camello Héctor (Al Israel), que marca el distanciamiento entre ambos y su cruda falta de entendimiento.

Pero recapitulemos. Antonio accede a los EEUU entre una multitud que, liberada del paraíso cubano, arriba a la tierra de promisión. Tras un periodo de cuarentena en un campo para refugiados, encorsetado entre un amasijo de autopistas, Antonio y su amigo del ejército Manny Rivera (Steven Bauer), van escalando puestos trabajosa pero inexorablemente. Como contrapartida, la madre de Antonio se negará a reconocer las intenciones cargadas de buenas razones de su hijo, lo que no sucederá con la hermana, atraída por ese ofrecimiento envenenado.

Según el propio Antonio, en ese plano-secuencia inicial, se fijaba en encarnaciones como las de James Cagney (1899-1986) o Humphrey Bogart (1899-1957); el Cagney de Al rojo vivo (White Heat, Raoul Walsh, 1949), y el Bogart de Calle sin salida (Dead End, 1937) u Horas desesperadas (The Desperate Hours, 1955), ambas de William Wyler (1902-1981). Esta apreciación es una forma de rendir tributo a los clásicos del género.


Antonio comenta, además, a los policías que le interrogan con brusquedad, a su llegada a Miami, que su padre era norteamericano, con lo que el suyo es más bien un retorno. Significativamente, la primera imagen que tenemos de la ciudad, propiamente dicha, es la del paisaje que sirve de anuncio a un restaurante; de forma simbólica, representa el estancamiento o espejismo del sueño americano para nuestros protagonistas.

Algo que precede y se pone en marcha durante el descarnado enfrentamiento con los traficantes colombianos, en un hotel de la costa (mientras dan por la tele Terremoto [Earhquake, 1974], del bueno de Mark Robson [1913-1978]). Todo un barullo que pondrá a Toni y a Manny en contacto con Frank López, traficante a su vez, pero portador de cierto código de lealtad (hasta que se le inflan las narices, claro).

Sin embargo, su campechanía es evidente. Todos me llaman Frank, se ufana, desde los muchachos del equipo juvenil de beisbol que patrocina, hasta los fiscales de esta maldita ciudad. Sincero es, no cabe duda.

De igual modo, Antonio es descrito tanto por las imágenes de la película como por él mismo. Por ejemplo, cuando asegura no poseer apenas cultura, pero sí agallas (él dice otra cosa), y cierta ecuanimidad (no mata -y es verdad- a quien no se lo tiene más que merecido, ¡destinatarios de la droga aparte!). Según él mismo, merece el mundo con todo lo que contiene.


Y en efecto, es esta una característica que se traslada a la propia filmación, su desmesura. Cuando tienes el poder, tienes el dinero, y cuando tienes el dinero, tienes a las chicas, le espeta Toni a Manny. Su hiperbólico existir, ilustrado por ese tigre en el jardín, es fiel reflejo de lo que acontece en la película: droga, alcoholismo, avidez envuelta en neón, toda una dependencia de la infelicidad. En suma, un hastío del dinero y de darle a la coca, que De Palma visualiza en el plano con grúa que muestra a Antonio en la soledad de su portentosa bañera redonda.

Más aún, el paralelo con el movimiento circular del principio del relato (casi una premonición), acontece en un restaurante donde todo ese tedio y apatía salen a relucir. Estando colocado, Toni enarbola su discurso del “malo”, pero la ironía, que tantas veces imita a la historia, consistirá en que la pillada de Toni Montana es a causa de la evasión de impuestos. El principio de su fin y de casi todos los que le rodean. Algo que López ya le advirtió, al decir que el mayor problema es saber qué hacer con tanto dinero.

Junto a la escabechina perpetrada en el Club Babylon, tampoco podemos dejar de mencionar la excelente secuencia en que la vida de un abogado, su esposa y sus hijos, pende de un hilo (o un cable), merced a una bomba instalada en los bajos de su vehículo. Imágenes cargadas de angustia donde, a pesar de todo, sale a relucir la parte menos negativa de Antonio Montana.


Película de contenido realista, El precio del poder es una de las más crueles y despiadadas narraciones sobre el mundo de la droga. No quiero decir con esto que no las haya habido más violentas, gráficamente hablando: desde entonces a esta parte se han sucedido los horrores, aunque me temo que más por nerviosismo y malformación cinematográfica que por afinidad temática. Lo que distingue, precisamente, a El precio del poder, es su contenida y clásica planificación, al punto de que Brian de Palma no sacrifica los puntuales pero estratégicos momentos de quieta tensión, de relativa pausa, como sucede en los prolegómenos al asedio de la mansión de Toni Montana. Así, la película presenta unos marcados claroscuros, pero prescindiendo de la estética noir, si bien, incluyendo el alivio cómico de algunas notas de humor negro.

De este modo, el realizador no confunde acción con crispación cinematográfica, como demuestra la ejemplar filmación, el montaje, y un empleo del sonido que es, asimismo, un sangriento indicador. Ello, pese a que el exceso forma parte, como digo, de la personalidad (y particular coraje) de Antonio Montana, que no se fija límites y lo cree controlar todo. La ambición ha sido su primera adicción.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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