Mostrando entradas con la etiqueta Washington Irving. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Washington Irving. Mostrar todas las entradas

Clásicos Inolvidables (CXLVI): Vieja Navidad, de Washington Irving

17 diciembre, 2017

| | | 0 comentarios
La primera ilustración que aparece en Vieja Navidad (Old Christmas, 1820; El Paseo, 2016), narración del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), muestra una mansión señorial con jardín, con la única presencia o representación humana de una estatua en primer término. De alguna manera, la humanidad que destila esta crónica navideña es cualidad tanto de personas como de lugares (casas, figuras, adornos, alimentos o paisajes), porque tanto importa lo que se celebra como por quienes, cómo y dónde.

Vieja Navidad desgrana algunas buenas costumbres que van cobrando expresión conforme avanza el relato, escapando de toda fosilización para alcanzar esa rara cualidad de lo trascendente. El libro lo conforman tradiciones que, día a día, van olvidando su vigor (más que perdiéndose), aunque de algún modo, continúan estando vigentes dentro de lo que conocemos como espíritu de la Navidad.

El ameno relato de Irving nos retrotrae, obviamente, al pasado. Pero no solo al del narrador, sino al de todo lector, viviera o no la época que en él se describe. Tal es la capacidad de evocación del excelente autor estadounidense. Y aunque se nos antoje un retrato de cuando el mundo era más hogareño, respetuoso y sociable (que no es lo mismo que social), todos estos elementos se las apañan para perdurar en el presente que cada cual se procura, ya sea a través del recuerdo, o del anual cumplimiento de tan intenso y vivificante periodo festivo (festivo en tanto lúdico y reflexivo).

Así, en Vieja Navidad, los recuerdos, no solo de la infancia, sino también de la madurez, rescatan de la pesadumbre y el conformismo al lector. Lo que, asimismo, podemos entender como el auténtico milagro de la Navidad.


La narración formaba parte del más extenso Libro de escenas del caballero Geoffrey Crayon (The Sketch Book of Geoffrey Crayon, 1819-1820), del que la presente edición de El Paseo rescata el particular y universalizado relato navideño de nuestro protagonista, un émulo del propio autor, respetando las ilustraciones originales de Randolph Caldecott (1846-1886).

La hospitalidad, la hermandad, la ilusión por los preparativos, los afectos, el bullicio, la imaginación, son elementos sustanciales que tratan de describir lo que es la Navidad: un estado de ánimo que se hace siempre presente, incluso en los momentos en que no es necesario describirla, salvo por medio del buen humor de los comensales. De hecho, en ninguna otra época del año parece cobrar tanta vida el aserto de que es mejor esperar llegar que haber llegado.

Por medio de una prosa primorosa, no solo en cuanto al contenido se refiere, sino a su cálida exposición semántica, Washington Irving busca y encuentra el adjetivo más preciso y transferible. En realidad, podemos considerar esta Vieja Navidad como una obra cercana al ensayo, además de la citada crónica de un viajero que se reencuentra con unas celebraciones repletas de juegos y colorido, por boca de un maduro (emocionalmente hablando) inglés, que recrea los tiempos de su niñez.


Entre tales ingredientes constitutivos están los sencillos placeres -a veces, los más difíciles de lograr- que se viven en torno a la chimenea, y en suma, a una estación de sentimientos regenerados. De este modo, una diligencia puede transportar consigo la animación más cálida y poner el mundo en movimiento, en tanto que otras veces, el relato depara caprichosos hermanamientos de fisonomías, y un civilizado amor al decoro.

Sin pasar por alto el sostenimiento de la tradición a través de las relecturas de algunos clásicos populares, ya sean literarios o musicales (episodio La mañana de Navidad), circunstancia que nos recuerda que, algunas veces, nuestro tiempo no siempre es justo con aquellas personas y épocas que nos han precedido. Algo que, en cualquier caso, siempre estamos a tiempo de subsanar.

Gentes como el cochero inglés que transporta a los ilusionados viajeros cada víspera de Navidad, crean un instante que trasciende la cotidianidad de lo ordinario. Al igual que le ocurre a la misma noche, cuando todo el despliegue lucía como un firmamento tachonado de astros plateados (La cena de Navidad). En este mismo capítulo, La cena de Navidad, el manotazo que recibe un personaje entrometido por parte de una figura de mármol, nos remite a la divertida leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), El beso (Leyenda toledana). Una alteración de la realidad que enlaza con el periodo mágico de la Natividad. No en vano, el (buen) gusto de Irving por lo fabuloso también se haya presente en esta narración ejemplar, como cualquier otro huésped bien avenido.


Vieja Navidad es la gustosa obra de un autor que reconoce escribir para entretener, un afán mucho más loable que el de aleccionar, al que tanto se prestan algunos fantasmones que, renegando de las pascuas del presente, tratan de hacer la pascua a todo ser viviente, olvidando que la Navidad es la temporada para encender el fuego de la hospitalidad.

Por último, unas notas aclaratorias de la mano del propio Washington Irving ponen el broche al pequeño pero ancho volumen, haciéndonos partícipes de algunas aclaraciones y apreciaciones por parte de su autor.

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (XXX): Cuentos de fantasmas, de Washington Irving

08 junio, 2013

| | | 0 comentarios
Con los Cuentos de fantasmas de Washington Irving (Valdemar, 2002, por ejemplo) completamos nuestra anterior entrada, dedicada al escritor neoyorquino y sus celebres Cuentos de la Alhambra. De hecho, esta edición de Valdemar, fundamental editorial consagrada a la literatura gótica en España, completa el volumen con varias de las sugestivas leyendas de misterio extraídas de los citados Cuentos de la Alhambra. Pero en la presente selección cobran importancia otros relatos representativos de Irving, como La leyenda de Sleepy Hollow o Rip Van Winkle.

Washington Irving
Comenzamos por el primero, seguramente el más popular allende los mares, La leyenda de Sleepy Hollow (1820), siquiera por haber encontrado buen acomodo en el cine, a través de adaptaciones como la de Walt Disney en 1949 o la de Tim Burton en 1999.

Nuestra costumbre es interesar al lector (o simplemente charlar con él, en caso de que ya conozca la obra) sin desvelar demasiado las tramas o la resolución de los argumentos, pero la narración de Irving suele ser conocida, así que diremos que en Sleepy Hollow, el maestro de escuela Ichabod Crane imparte sus clases en un pueblecito de Nueva Inglaterra y pretende a la hija de un próspero granjero.

Pero tras una fiesta en la que parece haber sido rechazado por la joven, Ichabod desaparece cuando es perseguido por un jinete con la cabeza bajo el brazo, personaje que, filigrana metalingüística, forma parte en la ficción de una de las leyendas más populares de la región.

El relato resulta excelente por la descripción del entorno y por cómo este incide en el carácter de sus habitantes. Irving, pilar fundamental en el nacimiento de una literatura norteamericana que siguieron edificando autores como Poe o Whitman, concreta la atmósfera de una geografía determinada, la de las colonias independizadas, que comienza a desplegar todo un imaginario de corte romántico.

Imagen extraída de Digital Blasphemy
Rip Van Winkle (1819) es otro relato donde prima el escenario, en este caso una colonia holandesa, Nueva Ámsterdam (la futura Nueva York), en un tiempo anterior a la Guerra de Independencia con Gran Bretaña (1775-1883). Nuevamente un entorno pródigo para leyendas y relatos de corte sobrenatural, como cerciora el prólogo mismo, situado en un pasado ancestral poblado por los indios.

La acción se narra en flashback, ya que los hechos quedaron escritos en unos manuscritos, junto al río Hudson y los Apalaches. Estos relatan la sorprendente peripecia de un haragán, Rip, que huyendo de los requerimientos y abusos de su mujer, escapa como alma que se lleva el diablo, refugiándose en los bosques cercanos, para finalmente despertar en el mismo lugar… ¡pero en un tiempo diferente!

Rip van Winkle, según el ilustrador John Howe
Los siguientes relatos pertenecen a la obra Tales of a traveller, de 1824. En La aventura de mi tío, un anciano relata lo que aconteció a su tío estando de visita en el castillo de un marqués amigo suyo, en Francia, ¡visita espectral incluida! Como curiosidad, la acción transcurre esta vez antes de la Revolución.

Es El espectro del novio un encantador relato que narra el huésped de una posada a sus acompañantes. En él, una hermosa joven, la hija de un acaudalado barón, encuentra el amor en un chico perteneciente a otra casa enemistada. Se produce un efervescente juego entre apariencias, en el que el final del relato (otro rasgo de modernidad) propone un giro que altera el sentido de lo narrado. Sobresale igualmente, el marco de bosques y castillos de la ancestral Alemania. En La aventura del estudiante alemán un joven estudiante encuentra en el París de la Revolución a una desdichada joven bajo la lluvia, y reconociéndola como la mujer de sus pertinaces sueños, la acoge llevándola lleva a casa. ¡Lo sucedido a la mañana siguiente quedará grabado para siempre en la mente del joven Gottfried!

El Diablo y Tom Walker (Charles Deas, 1843)
Sigue El Diablo y Tom Walker, un irónico relato en el que el mismo Diablo entabla negociaciones con un lugareño de Nueva Inglaterra (otro colono), en un bosque cercano a su aldea, con el fin de apoderarse de su alma bajo la filfa de poder adueñarse del tesoro oculto de nada menos que el capitán Kidd. Tras comprobar el bueno de Tom cómo su mujer no regresa a casa, tras una encendida disputa con tan maligno personaje, y pensando que no hay mal que por bien no venga, se establece en Boston con su recién adquirida fortuna, montando un negocio de empréstitos. Hasta que le toca rendir cuentas con su socio…

Como adelantábamos, el volumen se completa con cuatro de las leyendas recogidas en los Cuentos de La Alhambra (1832). Como la recordada Leyenda del astrólogo árabe, excelente relato en el que un rey, acechado por sus enemigos, toma a su servicio a un longevo erudito que conoce todas las artes y encantamientos, pues se ha formado en Egipto, para tratar de repeler las agresiones.

O La leyenda del príncipe Ahmed Al Khamel, aquel excelente relato sobre las peripecias de un joven príncipe musulmán recluido por un oscuro vaticinio, que parte en pos de una hermosa princesa cristiana y en el que llamaba la atención el hecho de que se hacía entender por las aves del relato: una paloma, un loro y una lechuza, que prestan su ayuda al joven príncipe, ofreciendo momentos tan irónicos como hermosos (además de contar cada uno con una personalidad bien definida).

El resto son las no menos poéticas Leyenda de la rosa de La Alhambra, historia de Jacinta, aislada en una de las torres de La Alhambra, la cual logra romper el hechizo de la princesa Zorahaida, lo que a su vez propiciará el reencuentro con su joven enamorado, el joven paje Ruy; o La leyenda de las dos estatuas discretas, en el que la hija del jardinero del palacio nazarí encuentra un amuleto por el que entra en contacto con la joven cristiana del relato anterior, y a su vez, con el sabio del relato del astrólogo árabe.

Finalmente, en La leyenda del soldado encantado, un joven estudiante salmantino trata de romper, con ayuda de un clérigo, el hechizo que ata a un soldado de la escolta de Isabel y Fernando, al tesoro de Boabdil, en una cueva sita en las inmediaciones del Darro, ¡con inesperadas consecuencias!

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (XXVIII): Cuentos de La Alhambra, de Washington Irving

27 mayo, 2013

| | | 1 comentarios
Washington Irving
Toda nación reclama sus propios modelos artísticos, sobre todo en aquellos momentos en que se está edificando y tratando de adquirir una entidad definida. La cuestión está en saber incorporar las inevitables influencias exteriores sin comprometer por ello la propia idiosincrasia, puesto que toda cultura no es ajena a todo tipo de influjos. Así ha venido ocurriendo en América del Sur desde los tiempos de Andrés Bello, y en Norteamérica, en una época apasionante que coincidió con nuevos desarrollos técnicos y un sinnúmero de descubrimientos científicos. Se trata de un proceso lento que se construye con cada ladrillo cultural.

A Washington Irving (1783-1859), pese a completar unos estudios de abogacía que nunca le llamaron la atención, de igual modo que no le interesaron durante mucho tiempo los negocios familiares, centrados en el comercio del vino y el azúcar, se le puede considerar con toda justicia uno de esos referidos puntales. Su carrera como escritor comenzó como mordaz articulista social a comienzos del XIX, centrándose principalmente en los comportamientos sociales, con especial incidencia en la clase política.

En 1812, con motivo de la nueva confrontación con Inglaterra, Irving se traslada a la capital americana, Washington, en representación del negocio familiar, y donde aprovechó para ejercer labores como editor durante dos años. Es en este periodo donde emerge un talento “puramente literario”, con las debidas influencias, como las de su amigo Walter Scott, pero finalmente “personal”.

Washington Irving tuvo la suerte de viajar bastante, lo que a la larga definiría su temática y cimentaría su estilo como agudo observador. Cinco años en Inglaterra, seis meses en París, vuelta a Inglaterra, una estancia en Alemania que se corresponde con sus Tales of a traveller (1824, en dos volúmenes); y por fin, su anhelado viaje a España, de 1826 al 29, concretamente, hasta su nombramiento como secretario en la embajada norteamericana de Londres, cargo propuesto por el propio presidente Andrew Jackson.

Leones de La Alhambra (fotografía de LJ)
Hubo un segundo viaje a España, siendo ya embajador (de 1842 al 46), pero la situación política resultó demasiado inestable y los años de ensoñación parecían haberse evaporado entre los humos de la política “angosta” de Isabel II.

Debe tenerse en cuenta, además, que la condición de soltero de Washington Irving le evitó los típicos trances familiares y a la larga le permitió una independencia económica que el escritor supo aprovechar al máximo.

Entre las obras más reconocidas del escritor de Manhattan destacan A story of New York (1809), una deliciosa serie de artículos, ensayos y relatos, y The sketch book of Geoffrey Crayon, Gent (1819), nueva recopilación, esta vez de ficción, en la que destacan los muy populares relatos Rip Van Winkle y La leyenda de Sleepy Hollow (de los que nos ocuparemos en nuestra siguiente entrada).


En España, Irving concretó la traducción de una Historia de la vida y los viajes de Cristobal Colón (1827), junto a Legends of the conquest of Spain (1835) y, naturalmente, los Cuentos de La Alhambra (aparecidos finalmente en 1832, y que contaron con una edición posterior, revisada por su autor, en 1851). A estos siguieron otros trabajos como Astoria (1836) o The adventures of Captain Bonneville (1837).

Suele citarse a la autora de la bella –y trágica- La gaviota, Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), como instigadora de los Cuentos de La Alhambra. Irving recordaba como la joven escritora siempre le animó a poetizar la realidad sin alterarla (bella definición romántica). El caso es que tras cumplir con sus obligaciones laborales y literarias en Madrid, en compañía de su hermano Peter, Washington Irving pisó por fin La Alhambra por primera vez el diez de marzo de 1828. Allí tomó contacto con lo que él llamó los “hijos de La Alhambra”, refiriéndose a aquellos que habían nacido dentro de los muros del Palacio; entre ellos, entabló una cordial relación con el joven Mateo Ximénez, de diecisiete años, “mi desarrapado filósofo”, compañero, guía, y fuente inagotable de multitud de chascarrillos y relatos.

Grabado de La Alhambra de David Roberts

Pero junto a los valiosos relatos orales, Irving tuvo acceso a una buena documentación histórica. Su estancia en el país queda bien reflejada a través de sus relatos, cartas, diarios y su autobiografía. Por ellos sabemos, por ejemplo, que el gobernador de La Alhambra, Francisco de Serna, le ofreció alojamiento dentro del Palacio, el inigualable enclave en el que el autor permaneció durante cuatro meses.

En Cuentos de La Alhambra (Tales of The Alhambra, o The Alhambra, como también se tituló en alguna edición posterior) cobra fuerza la suma entre las reflexiones de carácter histórico y el placer de las historias puramente fantásticas, si bien todo el conjunto (cabría decir que monumental) aparece englobado en el ámbito maravilloso de la leyenda, en un tiempo mágico y mítico en el que Irving acabó, como todo buen artista, “imprimiendo la leyenda” con letras de oro.

Comienzan los Cuentos de La Alhambra con El viaje, relato de su llegada a la península y descripción de su paisaje (un itinerario que parte de Sevilla), en este caso acompañado por el joven guía Bautista Serrano, de Écija. Seguidamente hallamos su Descripción de La Alhambra, donde ya aparece el dicharachero Mateo Ximénez. Estos pasajes descriptivos, bañados por el romanticismo, se completan con otros episodios de corte histórico, como El palacio de La Alhambra, El salón de Embajadores, El Patio de los Leones, Los Abencerrajes, La Torre de las Infantas, El Generalife o una descripción de los famosos baños… Por las páginas de la obra desfilan, ya calladamente, las historias de Alhamar, de Yusuf, de Boabdil…

Grabado de La Alhambra de David Roberts

Acomodándose en La Alhambra (El trono de Boabdil) y Moradores de La Alhambra conforman una divertida digresión sobre los habitantes del Palacio y el carácter hispano, que se completa con un comentario sobre las fiestas del Corpus Christi en Granada y una introducción a las leyendas locales. Nos vamos adentrando en el ámbito de lo legendario. Además, conoceremos al auténtico Truhán de La Alhambra, un tórtolo al que cuidan los lugareños en una de las habitaciones y que siempre que tiene hambre regresa.

Pasajes magníficos lo constituyen los paseos –también nocturnos- por las colinas, con Mateo, o hasta la Torre de Comares, más las impresiones de Irving desde las habitaciones del jardín de Lindaraja o el Peinador de la Reina. Además, el autor se lo pasa bomba contemplando a la gente e inventándose historias con su telescopio portátil desde un balcón (en El balcón). ¡Todo sazonado por la leyenda del fantasma El Belludo!

Igualmente destacan, ya dentro del ámbito de lo fabuloso, La aventura del albañil y el tesoro, La leyenda de la Casa de la Veleta, o la del astrólogo árabe, en la que no faltan los amuletos, ciudades invisibles a los mortales, una bella cautiva, los símbolos de la Puerta de la Justicia, y hasta una torre edificada con piedras, transportadas desde el mismo Egipto.

Grabado de La Alhambra de David Roberts
Otro extraordinario relato con ingeniosas dosis de humor es La leyenda del legado del moro, donde un pobre aguador de los aljibes recibe una inesperada recompensa al socorrer a un moro.

Y cómo pasar por alto La leyenda de las tres bellas princesas, relacionada a su vez con La leyenda de la rosa de La Alhambra, situada ya en tiempos de Felipe V, en la que un paje real corteja a una doncella.

El misterio cobra carta de naturaleza en el ejército musulmán hechizado de El gobernador y el soldado, y en la Leyenda de las dos discretas estatuas, ninfas “mudas” que señalan un tesoro, rodeadas por los seres encantados que habitan La Alhambra. También hay cabida para una crítica amable a la fe “ciega” (La cruzada del gran maestre de Alcántara), o a los dramáticos resultados de una lucha entre antiguos amigos en La leyenda de don Munio Sancho de Hinojosa.


Otro gran relato de la obra es La leyenda del soldado encantado, en el que el alegre estudiante Vicente llega a Granada durante la víspera de San Juan, y tiene que vérselas con fantasmas, tesoros y amuletos, puesto que todavía impera el mundo de lo arcano frente a la frialdad de un racionalismo creciente.

Edición de Cátedra
En La leyenda del príncipe Ahmed Al Kamel, o el peregrino del amor, el susodicho padece encierro en el palacio del Generalife, por mor de una profecía, hasta que al fin alcanza la libertad. Así, el príncipe llegará a relacionarse y conversar (como en una de las obras maestras de Disney) con un búho y un loro. Un relato inolvidable de humor pimpante y final feliz, donde destaca el tratamiento sobre paisajes y personajes, en una atmósfera de ruinas románticas que sostienen todo el relato.

La edición de Cátedra, a cargo de J. A. Gurpegui, recoge el texto, más completo, de 1851, y se beneficia, como suele ser habitual, de un estudio imprescindible sobre la obra y su autor. Un espíritu melancólico, inquieto en cuanto a conocer nuevas culturas, no correspondido en el amor (el de juventud falleció joven, el de madurez topó con el rechazo), pero efervescente de imaginación. En Cuentos de La Alhambra de Washington Irving hallamos la ficción medida de los acontecimientos históricos junto a lo mejor del genio romántico. Aquel que propone entre el sueño y la realidad, el ideal de la ensoñación.

Escrito por Javier C. Aguilera "Patomas"



Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717