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La última legión, de Doug Lefler

06 abril, 2016

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Uno de los fenómenos más habituales dentro del aspecto comercial del arte es la reiteración de ciertas fórmulas o, directamente, la aparición de una multitud de obras similares a otra que ha sido un éxito en ventas o en público. Independientemente de la calidad de la obra madre, estas obras derivadas suelen tener de forma general una calidad inferior. La última legión (The Last Legion, Doug Lefler, 2007) trata de beber de diversas fuentes tanto exitosas como de calidad, pero acaba por ser un pastiche sin demasiada gracia ni acierto, uniéndose a esa lista de obras derivadas que tratan de aprovechar el camino abierto por otros.

Con una carrera centrada en el cine y las series de aventuras, generalmente de corte juvenil, Doug Lefler desarrolla en la pantalla un guión firmado por los hermanos Butterworth que adapta parcialmente la novela homónima del italiano Valerio Massimo Manfredi. Sin embargo, aunque no conozcamos las razones, el resultado final no es una obra compleja ni completa, sino una película de aventuras que podría calificarse de resultado infantil, a pesar de partir o tener momentos que pudieran hacernos pensar lo contrario en un primer momento.

La última legión se proyecta, en un inicio de voz en off y un montaje fantasioso, como la historia del origen de la espada Excalibur y del mito artúrico, uniendo ambas leyendas al Imperio Romano. Así, la obra parte del ocaso del Imperio Romano de Occidente presentándonos a un emperador niño, Rómulo Augusto (Thomas Brodie-Sangster), en lo que parece ser un péplum. Se incluyen aquí elementos diversos que trazan las primeras líneas argumentales: un niño heredero del legado del César que, sin embargo, no deja de ser un niño, un padre, Orestes (Iain Glen) obsesionado por el poder y la posición de su familia, una madre aún preocupada por la seguridad y el futuro de su hijo, un maestro filósofo cuyas ideas resultan contrarias a las del padre, y un comandante romano de prestigio que es convocado como protector de Rómulo. Se producen aquí las primeras amenazas y presagios de la invasión bárbara, incluyéndose además algunas escenas que recuerdan a los clásicos péplum, con ejemplos como el reencuentro del comandante con un senador amigo, Nestor (John Hannah), la mención a la dificultad de gobernar un Imperio tan vasto o las incesantes presiones bélicas. Sin embargo, la película toma un rumbo diferente y comienza la perversión de su idiosincrasia y del género.


Observando el final de este primer tramo de la película, resalta el hecho de que nos encontramos ante una película dirigida realmente a un público más juvenil, casi infantil, pero considerándolo poco inteligente. Conforme avanza la trama, estas sospechas se confirman. Comenzando por el péplum, después se nos presenta una obra de aventuras, comenzando por el rescate del joven emperador, la huida a Gran Bretaña y un tramo final que trata de establecer vínculos con la leyenda artúrica. Sin embargo, encontramos en esta travesía muy pocos aciertos y demasiados homenajes.

Entre los aciertos, por mencionar lo bueno, la huida de toda magia mostrando con claridad los trucos que en esta época se podían usar (ahí tenemos el adiestramiento del cuervo o las catapultas con fuego), escenas lamentablemente subrayadas para el espectador. Una cuestión esta que contradice la idea en la que se funda la trama, pues ¿acaso la espada Excalibur no tenía algún poder como se plantea al menos en tres ocasiones? Se puede destacar también algunas coreografías en batalla, la escena de la traición del senador, la ausencia de pudor a la hora de acabar con algunos personajes o incluso de herir al héroe, o la propuesta argumental, que trata de realizar un engarce histórico y legendario curioso, aunque con un resultado final extravagante y mal conducido.


En cuanto a los errores, podemos destacar la ausencia de personalidad y profundidad de los personajes, cuyas acciones y reacciones resultan incomprensibles, especialmente al referirnos a los villanos, totalmente maniqueos y pueriles. Incluso a pesar de presentar a Odoacro y otorgarle cierta inteligencia más allá de su barbarie, el personaje es ignorado posteriormente y ocuparán el puesto de villano uno de sus secuaces, Wulfila (Kevin McKidd), sin más propósito que acabar con el niño emperador por motivos infantiles, y el misterioso Vortgyn (Harry Van Gorkum), dictador britano, según define la película, cuya ambición es conseguir la espada Excalibur, pero cuya identidad real, procedencia y demás características son desconocidas. Ni siquiera podremos ver su rostro, oculto tras una máscara, igual que sucedía con Sauron de El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001-2003).

Las semejanzas con la trilogía fantástica cinematográfica no acaban ahí: tenemos a Ambrosino (Ben Kingsley, de capa caída), que adquiere las características de Gandalf en esta película, funcionando como mentor, mago y hasta guerrero con bastón; el comandante Aurelio (Colin Firth, poco adecuado para el papel) que se asemeja a Aragorn, incluso en su afán y decisión de proteger al pequeño emperador. Se incluye también a cuatro guerreros que siguen a Aurelio, mostrando también la muerte de uno de ellos... ¡con flechas, igual que uno de los componentes de la Comunidad del Anillo! Hasta la forma exótica de la india guerrera Mira (Aishwarya Rai, de las pocas que parece creerse su papel) y su forma de combate recuerdan a las formas élficas. Lefler se complace incluso copiando una escena de La comunidad del anillo (2001) con la travesía por unas montañas nevadas.


Si Lefler y los guionistas se hubieran decidido por centrarse en un género y darle consistencia y verosimilitud a la historia podríamos encontrar una película de aventuras disfrutable; sin embargo, La última legión raya en el telefilme a pesar de su acabado visual y de contar con algunos actores conocidos, que tampoco llegan a aportar una interpretación digna, aunque es lógico dado el material. Por cierto, hasta cuatro actores del plantel (Owen Teale, Iain Glen, Thomas Brodie-Sangster y James Cosmo) regresaron a un mundo de cierta fantasía medieval en Juego de Tronos.

Desconocemos el contenido de la novela en que se basa la película, aunque vista la dedicación de su autor, podríamos deducir una mayor verosimilitud y documentación. La última legión podría haber sido tanto un péplum decente, según auguraba en su comienzo, como una película de aventuras familiar bien llevada, algo que logra ocasionalmente, pero se pierde en su falta de identidad. Además, no se trata de la primera propuesta similar, pues ahí tenemos El rey Arturo (Antoine Fuqua, 2004), del que también toma algunos elementos.

Aunque podamos considerarla adecuada como obra de aventuras menor y perfecta para ver con pequeños, incluyendo, por ejemplo, mensajes antibelicistas (¡No más guerras! podría ser la idea final explícita en el film, aunque resulte paradójica) y un ritmo narrativo adecuado, le falta pulso, épica, verosimilitud, originalidad y, sobre todo, ilusión. Un pastiche a medio camino de cualquiera de sus objetivos.

Escrito por Luis J. del Castillo


El corredor del laberinto, de Wes Ball

10 enero, 2015

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Juntamos a un grupo de muchachos, les borramos la memoria y los lanzamos uno al mes a un laberinto con una zona central donde establecerse y peligros mortales a su alrededor, con un fin que ellos desconocen. Partiendo de este argumento, procedente del libro homónimo publicado en 2009 por James Dashner, nos encontramos ante esta mezcla de elementos que es El corredor del laberinto (The Maze Runner, 2014). Hay quienes ante la organización que establecen los personajes en el Claro, la zona central del laberinto, mencionaron El señor de las moscas (William Golding, 1954), igual que otros han mencionado a la exitosa saga juvenil Los juegos del hambre o incluso con la película canadiense Cube (Vincenzo Natalli, 1997), en cuanto a los peligros a los que se enfrentan estos seleccionados y el control que se ejerce sobre ellos mientras tanto.

Estamos ante otra distopía juvenil, un futuro catastrófico donde se experimenta de una manera cruel y retorcida con estos jóvenes para un fin que aún el espectador desconoce al concluir la película. Podemos percatarnos tras estas palabras de que estamos en una mezcla de productos, con una trama similar a otras y que no explora nada más allá, al menos en lo referido a la película, puesto que del libro no haremos referencia; de ahí que no la incluyamos en nuestro apartado Adaptaciones.

El encargado de esta película en la dirección es Wes Ball, que se estrena en este puesto tras haberse dedicado a los efectos especiales y haber trabajado como artista gráfico en varias obras cinematográficas. En un futuro, dirigirá la segunda parte de lo que ya suponemos será una trilogía, dada la equivalencia con los libros de James Dashner, precuelas aparte.

Wes Ball, en primer plano, durante el rodaje
La historia da comienzo cuando Thomas llega al Claro, momento en el que le tienen que explicar la mecánica del sitio. El espectador seguirá a este personaje en su andadura y, como resulta obvio, nos encontramos ante el protagonista, aquel que nada más llegar, arde en deseos de unirse al grupo de mayor riesgo de los que componen aquella microsociedad: los Corredores, aquellos que recorren el mortífero laberinto que les rodea, con la misión de crear un mapa y buscar una salida de aquel lugar. Pero su actitud chocará con la de algunos jóvenes de su alrededor, además de llamar la atención por los acontecimientos que se suceden desde su llegada, especialmente cuando vuelve a sonar la alarma y llega el último miembro que será enviado al Claro, según la nota que la acompaña, la única chica enviada al lugar.

Poco más sucederá realmente, puesto que la historia no está tan aprovechada como podría. No hay lugar para investigar el laberinto, ni se nos presentará mayor peligro en su interior que los laceradores, unas criaturas mitad robóticas, mitad insectos gigantes, que serán a la postre parte de la solución para salir. Todo lo demás queda encerrado en las disputas, de un tono insulso, que se dan en el grupo. No por ello debemos menospreciar las actuaciones de los jóvenes, destacando a Dylan O'Brien como el protagonista Thomas, Thomas Brodie-Sangster como el segundo de abordo Newt o el antagonista Gally, interpretado por Will Poulter. Encarnan bien a sus personajes, demasiado encorsetados en sus papeles de héroe o elegido sin conocer motivo alguno, guía o apoyo, y matón tozudo en unas ideas conservadores, respectivamente.


Ni siquiera merecería la pena mencionar a Teresa (Kaya Scodelario), que pese a parecer pieza clave y necesaria en la historia, ve su papel reducido a un mero acto de presencia además de una primera escena de enfado que casi parece más un planteamiento humorístico. Ni tampoco a Alby (Aml Ameen), líder en el Claro, que aunque perfila bien su papel, es vapuleado por el tratamiento que recibe su personaje, sin llegar a aportar demasiado a la trama. El resto de personajes, incluso el que suponemos es más cercano a Thomas, Chuck (Blake Cooper), desfilan por la pantalla sin pena ni gloria.

Con todo ello, hay quien alaba no haber incluido tópicos adolescentes de manera excesiva, y lo cierto es que no vemos florecer en la pantalla nada del romanticismo pueril que tanto éxito ha dado en las sagas juveniles de los últimos años. Pero tampoco estamos ante una película que logre explotar sus mejores cartas, hasta sus giros finales dejarán al espectador con la certeza de que se encuentra ante una clara apuesta por dar continuidad a una saga que recién empieza, sin llegar a desarrollar una auténtica historia con fuerza, sino más bien sus cimientos.


En definitiva, una película que pretende arrojarnos una intriga que se hace menos atractiva conforme avanzamos en su visionado, intentando alcanzar un clímax que no parece llegar y que en su resultado final se hace no solo insuficiente, sino incoherente con la historia creada hasta el momento. Quizás haya que esperar a ver la trilogía entera en pantalla para valorarla justamente, aunque de momento las interpretaciones, alguna que otra escena de acción y el planteamiento tratan de elevar a una película que se queda muy atrás de lo esperado.

Escrito por Luis J. del Castillo


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