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Rebeldes, de Susan E. Hinton, y adaptación de Francis Ford Coppola

24 agosto, 2023

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La figura del rebelde, cuya etimología latina rebellis procede del vocablo bellum (guerra), nos recuerda a aquel que planta batalla. El concepto fue ampliándose, aunque en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española predomine la acepción del que se rebela u opone resistencia. En el cine clásico se trata de un ente distintivo, versátil, recurrente y empático para el espectador. Un personaje venido a más en circunstancias adversas, con o sin causa.

Nos identificamos con él, en efecto, sobre todo si introduce algún matiz, escapando a la normativa del estereotipo. Verbigracia, una sensibilidad especial. Soñadores que no dejan por ello de tener los pies en la tierra, represaliados por la sociedad y sus leyes ajenas a la justicia, bizarros amantes del hipismo, luchadores de su identidad, visionarios creativos, inadaptados e inconformistas silenciosos, o en fin, esclavos y oprimidos en un entorno hostil. Estos siempre serán distintos a los meros rompecoches, incendiarios, analfabetos funcionales o troles del deporte y la política que hoy enarbolan la bandera de la rebeldía.
 

Lo que sí parece muy necesario para poder empatizar con el rebelde es conocer sus motivaciones; sin necesidad de justificar sus actos, en los casos más extremados. Ponyboy Curtis se presenta a sí mismo y a sus amigos, o mejor habría que decir compañeros greasers (grasientos, en la película), de forma muy personal en Rebeldes (The Outsiders, 1967; Alfaguara, 1985-2011), de la precoz y estimulante Susan E. Hinton (1948). Y lo hace por su forma de escribir, en primer lugar. Es decir, Ponyboy se identifica a través de su escritura, noble y sincera, con la que expone en primera persona su modo de ver las cosas. Más tarde conoceremos sus particulares querencias afectivas y situación familiar.

El grupo de greasers se completa con sus dos hermanos, Darryl (Darry) y Sodapop (Soda). No son apodos, sino nombres que constan en el registro civil, y que expresan en primera instancia una singularidad en el estatus de rebeldes que comparten con los demás. Porque formar parte de una pandilla es sentirse integrado, casi bajo el lema de los mosqueteros, sin merma de la propia personalidad (los protagonistas no paran de asumir que fulano es de esta u otra manera). Por ejemplo, a Ponyboy le gusta el cine, y estar solo cuando conviene. Su hermano mayor, Darry, le recrimina que camine solo por la calle. Se está más arropado por el grupo, aunque a veces se corra el riesgo de ver diluida la identidad individual.

No obstante, esta es una banda que, bajo las distintas individualidades, posee su propia idiosincrasia, enfrentada a la de los socs (dandis, en la traslación cinematográfica). No están supeditados a lo comunal, de hecho, se hayan al margen, en tanto que los socs sí se imbrican mejor en el sistema social (lo que no los hace peores necesariamente). Ponyboy especifica que, si no actuamos como hermanos, ya no es una pandilla, es una manada (capítulo II). Todos hacen alarde de su independencia. Por eso son capaces de formar dicho grupo. En el cual, el destino de cada uno no es el mismo.
 

La acción arranca cuando, a la salida de un cine y de vuelta a casa, algunos socs intentan zurrar a Pony, por el mero hecho de ser un greaser (I). Pero esta acción es tanto extrovertida (los sopapos) como introvertida (las reacciones y pensamientos de Ponyboy), lo que adscribe al protagonista a otro conjunto: el de los narradores de las novelas psicológicas, donde lo que prima es la profundidad analítica interna por encima de la acción exterior. Sin embargo, la novela de la autora no es netamente psicológica, porque sabe entreverar ambas acciones. Como en toda determinación que se evidencia de forma física y psíquica, el protagonista y voz narrativa sabrá cambiar (o se verá abocado al cambio), alcanzando una mayor madurez. Inevitable en el caso de un adolescente, en función de las circunstancias que lo rodean.

Mientras el sentido de Ponyboy se define, si es que alguna vez se logra la plenitud en la vida adulta, y pese a ser el vehículo narrador de este relato de urdimbre coral, lo cierto es que su amigo Johnny Cade es el favorito de la banda, porque es el más vulnerable. Su situación familiar es desastrosa, y su complexión física, la menos ostentosa. Pero en la pandilla saben cómo arroparse unos a otros. Determinante, además de símbolo de toda una época que se fue, es la escena, literaria y cinematográfica, que se ambienta en un autocine (el Admiral Twin de Oklahoma), donde se establecen esas maneras de ser, y se produce el encuentro entre Ponyboy, Johnny y Dallas, con las socs Cherry y Marcia, que tratan de ver una de esas películas playeras (II). Francis Ford Coppola (1939) especifica más, y en su adaptación incluye metraje de las desopilantes, y así mismo definidoras, Locas por Míster Universo (Muscle Beach Party, William Asher, 1964) y Diversión en la playa (Beach Blanket Bingo, William Asher, 1965), serie de películas a las que ya dediqué un extenso artículo. Más allá de este escenario donde se entremezclan realidad y ficción (adaptación cinematográfica basada en una historia real donde se asiste a la proyección de una película), campa una realidad donde el fingimiento también es material de supervivencia, y donde a uno le puede asaltar una paliza en el momento más imprevisto, caso de Ponyboy, o en el pasado narrativo, de Johnny, que además es maltratado por sus padres.
 

Con esto, Susan Hinton hilvanaba en su novela una serie de experiencias, particulares o compartidas -es decir, de otros-, siempre en primera persona. Incardinándolas a través de su personaje o alter ego de distinto sexo, Ponyboy Curtis. Con esos matices que declaran la originalidad de una pieza literaria o cinematográfica por vía de sus portavoces. Así, al estilo de lo que sucedía con los protagonistas de West Side Story (íd., MGM, 1961), Pony y Cherry establecen un vínculo pese a pertenecer a bandas -a mundos- rivales. Quizá los distintos mundos en que vivíamos no fueran tan distintos (III), sugiere Pony. Pero a diferencia de lo que sucedía en la obra maestra de Robert Wise (1914-2005) y Jerome Robbins (1918-1998), los personajes no consolidan su acercamiento (al menos, de cara a la galería). Prevalece la división.

Una noche aciaga, Johnny apuñala a Bob, un soc que trataba de ahogar a Pony en la fuente de un parque (IV). Asustados, ambos chicos piden ayuda a Dallas (Dally) Winston, un muchacho proveniente de Nueva York que ya es ex convicto, pues ha estado en prisión. Este les recomienda que acudan a un lugar tranquilo que conoce, la iglesia abandonada de Jay Mountain, en lo alto de una colina. Tras un trayecto repleto de incertidumbres, como casi todo recorrido en la vida, allá se refugian Ponyboy y Johnny (IV).

Una de las ideas más interesantes es la de procurarse un cambio de aspecto, nuevo derrotero del fingimiento, con el objetivo de pasar desapercibidos o, de alguna manera, tratar de aparentar ser otras personas. Algo similar a lo que ocurre cuando se forma parte de una banda, pero sin la voluntariedad. Otra acertada idea es la lectura de Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1936; Reino de Cordelia, 2022), de Margaret Mitchell (1900-1949), que emprenden ambos muchachos, mientras dura su confinamiento. A pesar de tan grata compañía, no estarán solos por mucho tiempo. El futuro les aguarda (V).

Así describe Ponyboy a su mejor amigo. Johnny era un buen luchador (…), pero era sensible, y esa no es una buena manera de ser cuando se es un greaser. En estas palabras creo que también se observa a sí mismo. A continuación, sobreviene el incendio de la desvencijada iglesia, tan abandonada como puedan sentirse los chavales. En realidad, no lo están. Cuando se produce el reencuentro de la pandilla (VI), volverán a demostrar que son duros pero con sentimientos. Excelente es, en este sentido, la charla de Pony en el coche del soc Randy (VII), así como la posterior visita a Johnny, postrado en el hospital, y el agridulce reencuentro con Cherry (el asesinado era su novio) (VIII). Siguiendo el hilo de los acontecimientos, Pony le habla al lector, se confía a él (en realidad, a su maestro, IX), con un ánimo muy distinto al del perverso Alex en La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1962; Minotauro 1976-1994), de Anthony Burgess (1917-1993). Sus afinidades electivas son muy diferentes.

Inevitable es referirse a la cercanía de la muerte. La del soc Bob, y la que se reviste de suicidio sobre el césped a la luz de la luna, por parte de uno de los miembros de la banda de Ponyboy. A esta terrible cercanía se ha sumado el trágico destino de Johnny. La poética de estos dos últimos sacrificios es intensa, por constituir una certera plasmación del célebre aserto vivé deprisa, muere joven y haz un cadáver bonito; sentencia originaria de Llamad a cualquier puerta (Knock on Any Door, Nicholas Ray, 1949).

Mencionaba antes a un maestro. La de Ponyboy es una redacción extendida, destinada a su profesor de lengua, además de una confesión que necesita ser escrita. El destino de Pony no es ser un rebelde quinqui, sino un rebelde intelectual. Relatar lo que ha vivido, exorcizando la muerte de sus padres y amigos (XII). Frente a un destino marginal, está el esfuerzo y conocimiento que proporcionan los estudios, o la especialización en un puesto de trabajo. Única tabla salvavidas para quienes están dispuestos a salir de un agujero al que, tan injustamente, han sido arrojados.
 

La adaptación cinematográfica de Rebeldes (The Outsiders, Warner Bros.-Zoetrope, 1983), cuenta con el aliciente de unos exteriores reales, en la medida de lo posible. La fisicidad del Instituto Will Rogers, en Tulsa, Oklahoma, y otros entornos contenidos en la novela. A ello añade Coppola su particular puesta en escena, fijando planos con distinta profundidad de campo, pero idéntica nitidez espacial, gracias a la labor en la fotografía del espléndido Stephen H. Burum (1939). Otros detalles materializan la trama literaria, como Johnny (Ralph Macchio) y Ponyboy (C. Thomas Howell) durmiendo en el duro suelo de la iglesia; por parte de un Coppola con un pie en cada estrato del cine, el tradicional (clásico), y el que se desarrollaba técnicamente a lo largo de la imprescindible década de los ochenta. Esto, tras experimentos no por frustrados y frustrantes, menos logrados a un nivel fílmico, como son El hombre de Chinatown (Hammett, Wim Wenders, 1982) y Corazonada (One from the Heart, Francis Ford Coppola, 1982).

En Rebeldes, una cosa es proceder de un barrio deprimido, y otra ser un mal educado sin conciencia y sentimientos. Por eso algunos de estos duros encuentran satisfacción en la lectura de Lo que el viento se llevó, como modelo de comportamiento antes de la tele y otros artilugios con cable o inalámbricos. La película es rigurosamente fiel a la novela, a cuya autora se reserva un pequeño papel de enfermera. Con muy escasos pero llamativos matices. Aquí, Ponyboy no contempla la puesta de sol con Cherry, antes de su forzada huida. Pony se lo propone a la vuelta de su destierro, pero esta escena no se lleva a cabo (o no ha sido incluida en el montaje final), tal vez para no superponerla en el aspecto visual a la de Pony y Johnny en las cercanías de la iglesia.

Por su parte, otro vértice esencial está en Dallas (Matt Dillon). Dice lo que piensa, incluso antes de haberlo pensado. Su personaje se humaniza mucho cuando, al fin, antes de hablar, cavila lo que va a decir, y recupera el incómodo ejercicio de sentir, de exteriorizar sus sentimientos. El más cercano a su modo de ser es el hermano mayor de los Curtis, Darryl (Patrick Swayze), pero sin los antecedentes conflictivos de Dallas; es alguien que ha debido hacer frente a una situación muy traumática e inesperada, tratando de aunar a sus otros dos hermanos menores tras la muerte de los padres, bajo una máscara de dureza que Ponyboy confunde con animosidad y desapego. A su vez, Soda (Rob Lowe) se muestra afectuoso, responsable pero desganado (ha dejado los estudios), noble pero no siempre centrado. No posee las atribuciones de sus hermanos y lo sabe; las suyas son otras, quizá menos vistosas, pero así mismo, leales y generosas, puestas sus miras en un objetivo que potencie sus habilidades.

En un territorio intermedio se encuentran los demás, aún por definir, como sucede con la propia adolescencia. Todos saben atacar cuando son atacados.
 
 
Y yo me pregunto, estos personajes -y nosotros mismos-, ¿sufren un desvío en el camino de su destino, a través de un hecho imprevisible y desgarrador, o por el contrario, es el destino el que nos conduce a veces por carreteras secundarias y rutas alternativas que ni imaginábamos, siguiendo una trayectoria previamente establecida?
 
Francis Ford Coppola acometió en 2005 un metraje más completo de la película. Hasta entonces, solo conocíamos el montaje del estreno y, en efecto, echábamos en falta algunas de las escenas de la novela. La inclusión de estos descartes, debidamente remasterizados para la edición en blu ray, proporciona solidez y pulcritud al argumento, y reafirma el buen hacer de su director tras las cámaras, de modo imperativo. Solo cabe lamentar que, en el proceso, las voces originales del doblaje en español no se hayan mantenido; sacrificadas -ya que de muertes hablábamos- en favor del típico redoblaje, de mermada personalidad y escaso aliento romántico.
 
Escrito por Javier Comino Aguilera


¡A ponerse series! (XIII): El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006)

07 febrero, 2014

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Con la política hemos topado (otra vez). Y es que resulta difícil zafarse de una esfera que lo abarca absolutamente todo, como un ente omnímodo.

En su día, series tan populares como Centro médico (Medical Center, 1969-1976), o la espléndida Lou Grant (1977-1982), habían llevado el “realismo” a un ámbito concreto, en estos casos, el médico y el periodístico. Siguiendo esta estela de prestigio, en 1999 se estrenó el drama El Ala oeste de la Casa Blanca (The West Wing, Warner Bros. Television, 1999-2006), una creación del guionista Aaron Sorkin (1961), y trabajo con el que alcanzó un –merecido- prestigio, probablemente no superado.

De hecho, la idea para una serie le vino a Sorkin cuando se dio cuenta de la cantidad de material dramático acumulado -real o ficticio-, durante la documentación y posterior elaboración de su guión para la película El presidente y miss Wade (The american president, Rob Reiner, Warner Bros., 1995).

Toby: Me pregunto cómo hemos ganado las elecciones.

Tal y como Sorkin ha relatado, en un principio la idea de El Ala Oeste era focalizar los conflictos en los componentes del equipo presidencial, si bien la propia dinámica de los episodios, ya en su fase de escritura, aconsejó una mayor presencia de la figura del presidente, como personaje pivotal y de relevancia, y no solo como estampa testimonial (sus apariciones iban a ceñirse a una breve aparición al final de cada capítulo).

En el episodio piloto, ya ha transcurrido año y medio desde que el “actual” presidente alcanzó lo que definimos como el Poder. La casa ya está en marcha, y el espectador se ve arrastrado a la vorágine del mundo de la política, en toda su extensión. Unos intersticios no tan solo ideológicos, sino físicos, retratos lo más fieles posible del escenario real -salvo excepciones, como la presencia de unos ventanales mucho más amplios-.

Ya en este primer capítulo de “toma de contacto”, somos testigos del ritmo frenético de un equipo trabajador y organizado, en el que vamos conociendo detalles de su relación: por ejemplo, que el presidente Josiah Barlett (Martin Sheen) y su consejero Leo McGarry (John Spencer) se conocen desde hace bastante tiempo. No obstante, no será hasta A la sombra de los tiradores, sito al inicio de la segunda temporada, que sabremos como fue reclutado cada uno de ellos. Una cosa, no obstante, queda clara: saben que son inquilinos de la Casa Blanca -el personaje indirecto-, y que el tiempo de que disponen es limitado.


Leo: Creo que tengo razón en lo que he dicho.

Como decimos, la dinámica se plasma por medio de unos personajes en constante movimiento, aunque esta planificación extenuante será “aminorada” a lo largo de las temporadas siguientes.

Además del jefe de personal y consejero en asuntos internos, Leo, el resto del equipo lo componen el director de comunicaciones Toby Zeagler (Richard Schiff) -a mi modo de ver el personaje con un carácter y andadura más interesantes-; su colaborador, el también abogado Sam Seaborn (Rob Lowe); el ayudante del jefe de personal, Joshua Lyman (Bradley Whitford); la secretaria de prensa, Claudia Jean (o “C.J.”; Allison Janney), y las secretarias personales de Leo y Josh, Margaret y Donna (Nicole Robinson y Janel Moloney). A estos se sumarán, en relación con el presidente, un joven ayuda de cámara, Charlie Young (Dulé Hill); el jefe del Estado Mayor, Fitzwallace (John Amos); una secretaria personal, la sra. Landingham (Kathryn Joosten; después Debeorah Fiderer, interpretada por Lily Tomlin); una hija, Zoey (de tres; Elizabeth Moss), y la Primera Dama, Abigail (Stockard Channing). Como adversario, el avieso vicepresidente John Hoynes (Tim Matheson). El resto, como dijo algún lord, solo son los oponentes.

Esporádicamente, tendrán cierto peso -sobre todo en las primeras temporadas-, el periodista Danny Concanon (Timothy Busfield); Mandy, asesora de medios y ex de Josh (uno de esos personajes que parecen “evaporarse” en el aire, Moira Kelly); la analista Joey Lucas (una estupenda Marlee Matlin), el abogado de la Casa Blanca (Oliver Platt); la asesora y también abogada Ainsley Hayes –de signo opuesto: la otra visión también puede ser sensata- (Emily Procter; será en En esta Casa Blanca); la hija de Leo, Mallory (Allison Smith); la también asesora Amy Gardner (Mary Louise-Parker, lo más flojo del reparto, con diferencia); la ayudante de la consejera nacional (Mary McCormack); el adjunto de medios, Will Bailey (Joshua Malina, en sustitución de Rob Lowe, que reaparecerá al término de la serie), y el asesor de imagen para la reelección, Bruno Gianelli (un excelente Ron Silver).

De igual modo, otros muchos rostros conocidos de la pequeña y gran pantalla desfilan por el Despacho Oval. Rostros tan entrañables como los de Karl Malden, Bob Balaban, Edward James Olmos, David Huddlestone, John Goodman, Laura Dern (en otro de los más bonitos episodios de la serie, La poetisa laureada de los Estados Unidos, este en la tercera temporada), Austin Pendleton, Jay Leno o David Hasselhoff.


Josh: La política es éticamente dudosa.

Naturalmente, a lo largo de la serie se abordan, entre otros asuntos, temas relacionados con crisis militares, unos conflictos mostrados ya en el segundo capítulo de la primera temporada, Post hoc ergo propter hoc (Por lo tanto causado por), y en su continuación, Una represalia proporcional; junto a Lord John Marbury, con India enfrentada a Pakistán; El viaje de Portland, acerca de unos secuestros de las FARC colombianas, y centrado, además, en las desilusiones políticas; El tercer debate de Barlett sobre el Estado de la Unión y La guerra en casa. Situaciones que recuerdan lo importante que, pese a todo, continúa siendo el poder comunicarse, más aún teniendo a la persona delante, enfrentándose con el problema (en Shibboleth).

Otros asuntos tendrán que ver con los votos necesarios para que se apruebe una anhelada ley (A falta de cinco votos), relato donde cobran peso las campañas para la reelección que financian los particulares, y episodio en el que se constata el hecho de que existen profesiones –o dedicaciones- que no admiten el poder tener una familia comme il faut.


Presidente Barlett: No tiene que preocuparle la duración de su pregunta, sino la de mi respuesta.

Entre esos otros asuntos, destacan la puesta en marcha de una tarjeta de “seguridad nacional” y el desfile de las muchas asociaciones que acuden a mamá Casa Blanca en busca de su subvención (Los chalados y estas mujeres), o la historia del señor Willis de Ohio -en el capítulo del mismo nombre-, en el que un “anónimo” profesor de sociales ocupa esporádicamente el puesto de congresista de su esposa fallecida, en torno a una decisión para la enmienda al censo, y que es consciente, por primera vez, del riesgo que entraña el poder de decisión. Se trata este de (otro) excelente relato, que recupera el espíritu de la –auténtica- democracia; esa que demuestra que pueden ser dos cosas muy distintas: hacer lo que se cree mejor y lo que, muchas veces, establece un partido.

Más asuntos serán el envío de una sonda a Marte bajo los resabios de la Guerra Fría, empecinada en no desaparecer del todo (Galileo), y las cenas oficiales, aderezadas por algún que otro huracán, una huelga de camioneros y los tejemanejes de una secta en Idaho; y es que cuando un día se tuerce… (Cena oficial). Junto a estos argumentos, se dan cita en el Ala Oeste las a veces complicadas relaciones laborales y extra laborales del equipo (por ejemplo, en Y seguramente es mérito suyo).


C.J. Cregg: En democracia, los otros ganan a veces.

Por su parte, el presidente Barlett ya ha sido tres veces congresista, dos gobernador y atesora un Nobel en Economía (eso es un presidente y no lo que se observa por otras latitudes; para colmo, en la serie ¡parece que ningún cargo es vitalicio!). Además, el humor será una buena aliada a la hora de abordar temas complejos o delicados, aparte de definir la personalidad -cada cual según su estilo- de los personajes.

Entre esos otros temas delicados, están la redacción de un discurso para una cena de estado, labor casi imposible (Cena de estado); la redacción de discursos “alternativos” junto a la toma de decisiones sin “cortapisas internas” (Dejad que Barlett sea Barlett); los sondeos de opinión (Malditas mentiras y estadísticas); el sacrificio de una ley al haberse sentido manipulados (Enemigos); la elección del mejor candidato posible para el Tribunal Supremo (La lista final), de un nuevo senador (Elecciones legislativas), la suplencia de vacantes para el Congreso (El Congreso saliente), o la nombradía de embajadores (El anexo).

Frente a estos cargos públicos, el anónimo ciudadano muerto de frío frente a la Casa Blanca en el extraordinario In excelsis Deo, y la presencia de relatos con estructura en flashback, comenzando por Navidad, donde sabremos como un incidente en el que ha perdido la vida un joven piloto ha afectado psicológicamente a Josh (la devolución de una pintura a sus legítimos dueños será la adecuada sub-trama), y siguiendo por los inicios de la campaña de Barlett (Qué clase de día ha sido), los que atañan al atentado contra el presidente (los citados A la sombra de los tiradores, 1 & 2), y a su juventud, a la sombra –esta vez- de un padre tirano (Dos catedrales). El flashback se convierte así en un elemento narrativo predominante, también durante la narración del senador obstruccionista, en el capítulo del mismo nombre, que nos retrotrae –algunas cosas nunca cambian- a la excelente Caballero sin espada de Frank Capra (Mr. Smith goes to Washington, Columbia Pictures, 1939).

Con Ron Silver
Presidente Barlett: Estoy cansado, de mal humor y mi mujer está en Argentina.

Soy de los que piensan que la serie ofrece lo mejor de sí misma a lo largo de sus dos primeras temporadas, sin que esto quiera decir que las restantes no sean intrínsecamente interesantes o contengan episodios excelentes. Al margen de los resultados, la razón es simple: a Sorkin se le dio luz verde para una o dos temporadas, por lo que no se pensó en principio en una renovación a largo plazo, de modo que lo más destacado fue incluido en ambas. Después, la buena acogida por parte de los espectadores determinó la continuidad, hasta que el desgraciado fallecimiento de John Spencer (Leo) dio por concluida la serie.

Por ejemplo, en un primer visionado, me pareció que todo el asunto acerca de la enfermedad del presidente, en teoría interesante, derivaba en un inoportuno añadido. Volviendo a ver la serie, creo que dicho asunto está mejor planteado de lo que recordaba -aparte de que una materia como son las mentiras de un cargo público siempre es motivo de interés-. La cuestión “se deja caer” ya la primera temporada como posible banderín “de enganche” (Lo hará, de vez en cuando, episodio donde, además, tiene gracia escuchar al presidente comentar los “convencionalismos” de las series de televisión). Más tarde, se desarrollará en 17 personas, Se avecinan malos tiempos, Os mataréis en la caída y buena parte de la tercera temporada. Pero siempre en base a un respeto por la propia Constitución y sus Fundamentos.


Sam: Creo que nada de lo que dicho tiene importancia, así que seguiré escribiendo.

Sorkin no teme ser descarnado cuando “toca” serlo. A este respecto, resulta tremebundo el ácido retrato de la Primera Dama, no tanto por tener sus propias ideas “a los respectos”, sino por cierto autoritarismo confundido con fortaleza. Así, si muchas Primeras Damas a lo largo de la Historia han creído que interferir en la política de su marido (como presidente) era asunto, como poco, inoportuno, hay ocasiones en que la señora Barlett parece considerarlo una obligación, algo así como una promesa religiosa. Así sucede, por ejemplo, con el cargo de director para la Reserva Nacional en Profesionales y amateurs en la Casa Blanca, de tan ilustrativo título.

Sumando material, nos topamos con las noticias “fin de semana” para la prensa en el también ilustrativo Sacar la basura (en el que, además, conocemos el trágico destino de un muchacho homosexual); la tiranía de determinados lobbys, en 20 horas en L.A., centrado de nuevo en la financiación de los partidos; la compensación a descendientes de esclavos, en Seis reuniones antes de almorzar; las manifestaciones estudiantiles, en Alguien va a urgencias y alguien va a la cárcel; el tabaco, en Decimoctava con Potomac; la posible despenalización de la marihuana, en Ellie; y finalmente, la separación de Poderes y la llamada Pena Capital en el excelente El Sabbath.

Por otro lado, técnicamente la serie contiene buenos momentos de realización (que no solo de guión vive una serie), como el asombroso plano-secuencia, a la altura del mejor De Palma, en A falta de cinco votos; junto a un acertado empleo dramático de la luz o la disposición de los actores dentro del cuadro. Elementos que nos ponen frente a una institución, la Sede del Gobierno de un Estado que, independientemente de sus formas ideológicas, estructura un proyecto nacional basado en la libertad; es decir, la representación del Estado como instrumento y no como fin (y de nuevo que cada cual componga su “mapa político” mundial).

Con J. Smits y A. Alda
Josh: ¡¡Donna!!

El enfrentamiento final entre el demócrata Matt Santos (Jimmy Smits) y el republicano Arnold Vinick (Alan Alda), será la materia con la que se construya la última temporada.

Huelga decir que los actores están espléndidos y que El Ala oeste de la Casa Blanca constituye un ejercicio de ficción-realidad tan estimulante como bien logrado, que, en ejercicio meta-verídico, recuerda que, mejor que dar consejos, es dar ejemplo. ¡Lástima que esto solo ocurra en la dimensión desconocida de la televisión!

Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: Masada

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